Category: Tecnologia

  • Pasea con su hija por las montañas de Noruega y encuentra una extraña huella gigante de hace 3.000 años

    Pasea con su hija por las montañas de Noruega y encuentra una extraña huella gigante de hace 3.000 años

    Una parada junto a la colina de Kolsåstoppen, en Bærum, al este de Noruega, terminó convirtiéndose en un hallazgo arqueológico inesperado para Tormod Fjeld y su hija Ada. Mientras examinaban las rocas de la zona, localizaron varios grabados que habían permanecido ocultos durante unos 3.000 años. Entre las marcas aparecieron representaciones de barcos, una gran planta de un pie y una mano con cinco dedos gruesos, un conjunto que remite a las comunidades que ocuparon este paisaje durante la Edad del Bronce nórdica.

    Tormod Fjeld no llegó hasta allí completamente por casualidad. Lleva años buscando arte rupestre y explica que gran parte de su método consiste en aprender a interpretar el terreno para reconocer los lugares elegidos antiguamente para realizar estas representaciones. Aquel día viajaba con su hija hacia otra ubicación cuando ambos decidieron detenerse bajo Kolsåstoppen y revisar con mayor detalle las superficies rocosas. Poco después comenzaron a distinguir figuras grabadas que, a simple vista, podían pasar desapercibidas entre las irregularidades de la piedra.


    Los primeros motivos identificados fueron varias embarcaciones talladas en la roca. Algunas aparecen en posición normal y otras invertidas, mientras que ciertos detalles podrían representar a personas situadas en el interior de los barcos. El descubrimiento se volvió todavía más singular cuando padre e hija localizaron la gran marca con forma de pie y una mano de dedos muy separados. Estas figuras humanas acompañan a los motivos navales y convierten el conjunto de Bærum en una nueva pieza para estudiar cómo las poblaciones escandinavas de hace tres milenios representaban su entorno y su propia presencia.

    Grabados sobre arenisca

    Una de las particularidades que más ha llamado la atención de Fjeld es el soporte elegido por quienes realizaron los grabados. “Lo que me parece especialmente interesante del nuevo hallazgo en Bærum es que los grabados están hechos en arenisca“, explica. El investigador aficionado está acostumbrado a localizar este tipo de figuras sobre granito duro en Østfold, pero la arenisca ofrece una superficie distinta. “Casi se puede ver cada golpe como una pequeña hendidura en la superficie. Tampoco está tallada de forma tan densa como en el granito duro“, añade.

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    Otro grabado con forma de suela (Tormod Fjeld)

    Otro grabado con forma de suela (Tormod Fjeld)

    Esa diferencia permite observar con claridad la técnica empleada para construir las figuras mediante sucesivos impactos sobre la piedra. La superficie de arenisca conserva pequeñas depresiones que muestran cómo se fue definiendo cada línea, algo especialmente visible en los barcos y en las representaciones humanas. La presencia conjunta de barcos, una huella de pie, una mano y figuras animales amplía el repertorio descubierto en este punto de Bærum y plantea nuevas preguntas sobre el uso que tuvo el enclave durante la Edad del Bronce.

    Decenas de yacimientos localizados

    El hallazgo tampoco es un episodio aislado dentro del trabajo de Fjeld. Desde 2023 ha rastreado intensamente el entorno de Drøbak, en el municipio de Frogn, al otro lado del fiordo de Oslo. Antes de sus búsquedas se conocían allí alrededor de 10 enclaves con grabados rupestres; desde entonces ha localizado unos 70 nuevos yacimientos. Su estrategia consiste en analizar la disposición del paisaje e intentar descifrar lo que define como los “códigos” utilizados para escoger los lugares donde se tallaron las figuras.

    La arqueóloga Reidun Marie Aasheim, del municipio del condado de Akershus, ha valorado especialmente este tipo de aportaciones. “Los arqueólogos sabemos que hay muchos lugares de patrimonio cultural que todavía no han sido registrados“, explicó al periódico noruego Budstikka. Según detalló, los equipos oficiales suelen documentar nuevos enclaves cuando está prevista la construcción de carreteras, viviendas u otras infraestructuras, por lo que no disponen de recursos suficientes para desarrollar búsquedas sistemáticas con el mismo alcance que realiza Fjeld.

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    Un animal desconocido también fue esculpido en la roca (Tormod Fjeld)

    Un animal desconocido también fue esculpido en la roca (Tormod Fjeld)

    El propio descubridor considera probable que Asker y Bærum escondan todavía numerosos grabados sin catalogar. La aparición de este conjunto bajo Kolsåstoppen refuerza esa posibilidad: una superficie aparentemente corriente terminó revelando embarcaciones, animales y marcas humanas realizadas hace aproximadamente tres milenios. “No tenemos los recursos para buscar de la manera en que lo hace Fjeld, así que realmente agradecemos sus contribuciones“, señaló Aasheim. Para los arqueólogos noruegos, cada nueva roca identificada permite reconstruir con mayor precisión un patrimonio que todavía permanece, en buena medida, oculto bajo el paisaje.

    Una parada junto a la colina de Kolsåstoppen, en Bærum, al este de Noruega, terminó convirtiéndose en un hallazgo arqueológico inesperado para Tormod Fjeld y su hija Ada. Mientras examinaban las rocas de la zona, localizaron varios grabados que habían permanecido ocultos durante unos 3.000 años. Entre las marcas aparecieron representaciones de barcos, una gran planta de un pie y una mano con cinco dedos gruesos, un conjunto que remite a las comunidades que ocuparon este paisaje durante la Edad del Bronce nórdica.

  • El nuevo plan de China para impedir que asteroides impacten en la Tierra: usar velas solares

    El nuevo plan de China para impedir que asteroides impacten en la Tierra: usar velas solares

    Los asteroides no llevan ninguna señal de peligro que indique que algún día podrían chocar contra la Tierra. Aunque no conocemos ninguno que se dirija actualmente hacia nuestro planeta, cada año se descubren miles de objetos nuevos, por lo que siempre existe la posibilidad de que uno de ellos represente una amenaza. Ya hemos demostrado una técnica viable para afrontar esa eventualidad: la misión DART logró desviar un pequeño asteroide mediante un impactador cinético, un objeto pensado, básicamente, para empujarlo y apartarlo de su trayectoria.

    Sin embargo, DART tenía un defecto importante: viajaba en la misma dirección que el asteroide y se aproximó a él por detrás, hasta golpearlo con un impactador lanzado mientras orbitaba a su alrededor. Esa técnica podría funcionar si se dispone de suficiente margen de aviso, pero exigiría años de complejas maniobras orbitales. Una alternativa, propuesta por investigadores de la Universidad de Beihang, consiste en emplear un nuevo tipo de vela solar para desviar un asteroide potencialmente peligroso golpeándolo de frente.

    Desviar un asteroide mediante un impactador se reduce, en el fondo, a un único factor: la energía. Cuanta más energía se transfiera del impactador al asteroide, más se desplazará este. Y lo interesante de la energía es que aumenta con el cuadrado de la velocidad; dicho de otro modo, cuanto más rápido se golpea algo, más energía se le transmite.

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    DART se estrelló contra Dimorphos, su asteroide objetivo, a una velocidad de unos 6 km/s, una cifra respetable, aunque limitada por el hecho de aproximarse desde la misma dirección. Según el nuevo estudio, un impactador propulsado por una vela solar podría acercarse a un asteroide desde la dirección contraria —como un conductor que circula en sentido opuesto por una autopista— y alcanzarlo a unos 100 km/s, transmitiendo alrededor de 230 veces más fuerza por kilogramo de masa del impactador que la prueba DART.

    El principal problema reside en conseguir que la nave se desplace en sentido contrario. Casi todo lo que orbita alrededor del Sol, incluida la Tierra, lo hace en sentido antihorario. Por eso, cuando algo despega desde nuestro planeta, ya se mueve en esa dirección. Invertir ese sentido y entrar en una órbita retrógrada, en sentido horario, requiere, por decirlo suavemente, una enorme cantidad de energía. Los cohetes químicos no son capaces de lograrlo: la tiranía de la ecuación del cohete de Tsiolkovski les impide transportar el combustible suficiente para completar esa maniobra. Las velas solares, en cambio, sí podrían conseguirlo.

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    La segunda vela solar impulsada por la Planteraty Society tratará de demostrar la viabilidad de la tecnología: que la radiación del sol es capaz de mover las velas que mueven esta nave que, desplegada, tiene un tamaño de 32 metros cuadrados. Su lanzamiento no se producirá antes de septiembre.

    La segunda vela solar impulsada por la Planteraty Society tratará de demostrar la viabilidad de la tecnología: que la radiación del sol es capaz de mover las velas que mueven esta nave que, desplegada, tiene un tamaño de 32 metros cuadrados. Su lanzamiento no se producirá antes de septiembre.

    Las velas solares funcionan aprovechando la presión de la radiación solar, esa fuerza minúscula que un fotón transmite al chocar contra un objeto. En esencia, navegan impulsadas por la luz del Sol en lugar de necesitar combustible, como ocurre con un cohete químico o iónico convencional. Ya en la década de 1990, el ingeniero italiano Giancarlo Vulpetti advirtió que esta tecnología podía emplearse para situar una vela solar en lo que él denominó una trayectoria de inversión H, un método para lograr que la vela comience a orbitar en sentido contrario.

    Esta técnica utiliza primero la vela como freno, para reducir el momento angular de la nave. Cuando este llega a cero, la gravedad del Sol entra en acción y atrae la nave hacia nuestra estrella en una caída pronunciada. Pero, en la trayectoria de Vulpetti, la vela vuelve a activarse en el momento del máximo acercamiento, el perihelio, y catapulta la nave de nuevo hacia el exterior en una órbita retrógrada. Parece una solución brillante para conseguir que un impactador se desplace en la dirección adecuada y transmita así una cantidad enorme de energía a un asteroide. Solo hay un inconveniente: las velas solares son notoriamente difíciles de controlar.

    Ya se han probado con éxito algunas en el espacio: la misión IKAROS de la JAXA y LightSail 2, de The Planetary Society, son ejemplos de velas solares tradicionales, que funcionan, esencialmente, como grandes espejos. En su caso, la luz que rebota en ellas sale con el mismo ángulo con el que llega, de modo que el empuje siempre es perpendicular a la superficie de la vela. Esa característica no resulta ideal para una trayectoria de inversión H, ya que obliga a inclinar la vela en un ángulo extremo respecto al Sol, lo que reduce la superficie expuesta a la luz solar y, con ello, disminuye drásticamente su eficiencia.

    Aquí entra en juego la vela solar difractiva. En lugar de la lámina reflectante tradicional, el material de estas velas emplea rejillas ópticas microestructuradas que difractan la luz lateralmente, sin necesidad de que la propia vela gire. Esto permite mantener toda la superficie orientada hacia el Sol, incluso en el perihelio, mientras se dirige todo el empuje hacia un movimiento lateral. De este modo se simplifica enormemente el control de orientación y, aun así, se logra el impulso necesario para completar esta compleja maniobra orbital.

    Los investigadores simularon varias configuraciones de vela solar para esta trayectoria de inversión H y comprobaron que las velas difractivas de tipo reflectante son, con diferencia, las más eficaces. En sus simulaciones, fue el único tipo que no acabó cayendo hacia el Sol ni saliendo despedido fuera del sistema solar. Pero dar con el tipo de vela adecuado fue solo el primer paso: su segunda simulación mostró un ejemplo de lo que podría suceder con otro asteroide célebre, Apofis.


    Apofis es un asteroide de 340 metros de diámetro que, como es bien sabido, pasará a solo 38 000 kilómetros de la Tierra el 13 de abril de 2029. Aunque esa distancia no justifica por sí sola una maniobra de desviación, los investigadores decidieron comprobar qué podría lograrse con este asteroide, tan bien estudiado. Simularon una vela reflectante-difractiva en dos configuraciones distintas: una con un ángulo de difracción fijo y otra capaz de alternar entre un ángulo moderado durante la caída hacia el Sol y, cerca del perihelio, aumentarlo hasta casi 90 grados.

    Ambas versiones lograron hacer llegar un impactador a 100 km/s directamente hasta Apofis en un plazo de entre 200 y 300 días desde el lanzamiento, casi un año menos que el tiempo de misión necesario con una vela solar reflectante convencional; una diferencia de tiempo que podría marcar la distancia entre una desviación lograda y un impacto real.

    Esperemos no tener que usar nunca esta tecnología para desviar un asteroide potencialmente peligroso, pero, en la práctica, tarde o temprano tendremos que enfrentarnos a uno. Y resulta alentador saber que esta técnica podría transmitir cientos de veces más energía que los impactos coorbitales, más convencionales, cuya eficacia ya hemos demostrado: al menos sabemos que contamos con otra herramienta más para hacer frente a estos peligros, aunque, por fortuna, quizá nunca lleguemos a necesitarla.

    Los asteroides no llevan ninguna señal de peligro que indique que algún día podrían chocar contra la Tierra. Aunque no conocemos ninguno que se dirija actualmente hacia nuestro planeta, cada año se descubren miles de objetos nuevos, por lo que siempre existe la posibilidad de que uno de ellos represente una amenaza. Ya hemos demostrado una técnica viable para afrontar esa eventualidad: la misión DART logró desviar un pequeño asteroide mediante un impactador cinético, un objeto pensado, básicamente, para empujarlo y apartarlo de su trayectoria.

  • Probamos el nuevo ASUS Zenbook 14: cuando el diseño ‘premium’ no está reñido con un precio asequible

    Probamos el nuevo ASUS Zenbook 14: cuando el diseño ‘premium’ no está reñido con un precio asequible

    La ‘vuelta al cole’ supone, en muchas ocasiones, una operación renove de nuestros dispositivos, ya sean de uso personal o profesional. Y eso incluye nuestro ordenador portátil: para trabajar, para crear contenido personal, para ver series o películas, para organizar las fotos familiares…

    En este contexto, ASUS ha lanzado el nuevo ASUS Zenbook 14, un portátil que la marca nos cuenta que está “diseñado para usuarios modernos que trabajan, crean, aprenden y se conectan desde cualquier lugar”. Hemos acudido a la presentación oficial para comprobar, de primera mano, tanto su diseño como sus prestaciones.

    El ASUS Zenbook 14, a prueba

    Nada más cogerlo, nos damos cuenta de lo obvio: es un portátil ligero, de apenas 1,1 kg. A nivel visual, de los tres colores disponibles (Arctic Blue, Komodo Coral y Zabriskie Beige), hemos optado por el último. Y aquí hay que ser sinceros: de entrada, es un portátil bastante bonito. Su diseño con CeraluminumTM, un material exclusivo de ASUS, promete resistir arañazos y manchas del uso diario. Vamos a empezar usando el equipo precisamente para cubrir el evento, así que comenzamos a tomar notas y se nos viene un pensamiento a la cabeza: la experiencia táctil es bastante similar a la de la cerámica, algo que notamos cuando usamos el touchpad inteligente y el teclado retroiluminado.

    La pantalla, por su parte, es una ASUS OLED con resolución 16:10 y hasta un 89% de relación pantalla-cuerpo. La intención de la compañía es que los usuarios tengamos más espacio para enfocar, crear y consumir contenido. Algunas configuraciones suben el nivel, disponiendo de una pantalla OLED ASUS Lumina 3K 120Hz. El test visual y estético, por tanto, es más que satisfactorio.

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    Imagen: cedida.

    Imagen: cedida.

    Navegación ligera y uso de IA

    A la hora de navegar entre aplicaciones, la experiencia es bastante ligera y, además, aquí llega uno de los principales atractivos: la inteligencia artificial. El Zenbook 14 viene equipado con IA, que puede aplicarse a varias tareas: usar Copilot+ PC, hacer búsquedas inteligentes o recurrir a herramientas de productividad. También las cámaras vienen mejoradas con IA, así como Windows Studio Effects o incluso el reconocimiento facial de Windows Hello.

    Para quienes suelan utilizar inteligencia artificial de manera recurrente, comprar este dispositivo puede tener una motivación extra: con motivo del lanzamiento, ASUS ofrece tres meses gratis de Google AI Pro, que da acceso a modelos de Gemini más avanzados, así como 5 TB de almacenamiento en la nube.

    Se trata de un modelo que “ofrece una facilidad de uso para todo tipo de usuarios y entornos: el doméstico, el laboral y el creativo”, nos cuenta Antonio Torregrosa, Technical PR de ASUS.

    Un procesador ‘superdotado’ para cualquier tarea

    Una vez fuera del evento de presentación, llega el momento de volver a la redacción y probar, de manera intensa, el ASUS Zenbook 14. Para empezar, hay tres versiones distintas según el procesador: AMD Ryzen AI 7 345 con un NPU TOPS de 50, Intel Core Ultra 7 Series 3 con hasta 50 NPU TOPS y Snapdragon X con un NPU TOPS de 45. El que tenemos en nuestras manos es el tercero.

    En la redacción nos habíamos dejado una tarea pendiente: editar y procesar un vídeo que había que subir a nuestro canal de YouTube y a redes sociales. Así que, ¿qué mejor manera de hacer una prueba a fondo que someterlo a la tarea periodística que más puede hacer sufrir a un ordenador?

    El dispositivo viene equipado con hasta 24 GB de memoria RAM, una capacidad que, seamos sinceros, rarísima vez viene incluida en un ordenador portátil. Y menos, en uno que apenas pesa 1,1 kg. Así que, con semejante potencia, cabría esperar que el uso de un programa de edición de vídeo, con los recursos que habitualmente suele consumir, no fuese un problema.

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    Imagen: cedida.

    Imagen: cedida.

    Y es exactamente lo que ha pasado: hemos podido editar, procesar y renderizar un vídeo de 1 GB de tamaño sin que el resto del equipo se inmute. Y todo esto, además, con varias aplicaciones más abiertas: Chrome, Firefox, Hangouts, Teams y Slack. Tampoco notaríamos ninguna diferencia si recurriésemos a la versión más modesta de la RAM, de 16 GB, ya que la mayoría de portátiles suelen ofrecer entre 4 y 8 GB. Editando el vídeo, también percibimos que los altavoces mejorados con Dolby Atmos dan como resultado un audio inmersivo de muy buena calidad. La prueba no está superada; está superadísima. Y el espacio del disco duro, de hasta 1 TB, es más que suficiente para cualquier tipo de usuario.


    Llegados a este punto, hay que añadir un factor extra. Cogimos el ordenador cerca de las 9 de la mañana, son las 15 horas… y la batería está al 73% pese al uso que le hemos dado, especialmente en la edición de vídeo, que suele ser muy exigente. No en vano, “este dispositivo tiene una autonomía de más de 21 horas de reproducción de vídeo y hasta 14 horas de navegación web”, asegura Torregrosa.

    Diferenciación, innovación y versatilidad

    Con este lanzamiento, ASUS se sitúa en un escenario que no escapa a ningún fabricante: el de la subida de los precios en los componentes de memoria. En un contexto como el actual, “la tendencia es muy clara: frente a la contención en precios, ofrecemos más innovación y tecnología”, afirma Marc Aliaga, Country Product Manager de ASUS. De hecho, “lo importante no va a ser competir en precio, sino en branding y en diferenciación”. Y en estos dos aspectos, “el Zenbook 14 rompe todos los moldes”.

    Y es que ASUS “es una de las marcas más completas del sector en innovación y tecnología”, señala Iris Langa, Marcom Director de la compañía. “Nuestra visión es ser la empresa más admirada; y nuestro objetivo es crear las mejores soluciones tecnológicas inteligentes para el usuario”, afirma.

    Se trata, en definitiva, de que, “ante un sector marcado por ser estanco en especificaciones, en ASUS apostamos por la innovación, la diferenciación y la versatilidad“, concluye Aliaga.

    El diseño y el precio, compatibles

    Nuestras conclusiones, por tanto, son claras. El nuevo ASUS Zenbook 14 puede entrarle a cualquier usuario por los ojos, ya que a nivel visual y de diseño está al nivel de cualquier dispositivo de primera gama. Y en los aspectos técnicos, no se queda precisamente atrás: sus opciones de procesadores, su uso de la IA, su memoria y su disco duro son perfectamente aptos para un uso tanto personal como profesional.

    Si te interesa, el ASUS Zenbook 14 ya está disponible en España desde 799,99 euros en sus tres modalidades de procesador: Qualcomm, AMD e Intel.

  • Estudiantes españoles diseñan una plataforma para cultivar alimentos con agua de mar y solucionan un gran problema de la agricultura

    Estudiantes españoles diseñan una plataforma para cultivar alimentos con agua de mar y solucionan un gran problema de la agricultura

    Un equipo de estudiantes de la Universitat Politècnica de València (UPV) trabaja en una plataforma concebida para producir alimentos utilizando agua de mar y energía solar, una combinación con la que pretende reducir la dependencia agrícola del agua dulce y del suelo fértil. El proyecto, denominado Eden Blue, todavía se encuentra entre la prueba de concepto y la validación de sus componentes en laboratorio. Su planteamiento parte de una dificultad cada vez más visible en determinadas zonas costeras: disponer del mar a pocos metros no significa poder utilizar directamente esa enorme reserva de agua para cultivar.

    La iniciativa está liderada por Mario Ribelles, estudiante del doble grado en Biotecnología y Química de la UPV, y reúne actualmente a 16 alumnos de distintas titulaciones. Su origen está en una pregunta formulada por el propio Ribelles: “¿Por qué seguimos haciendo depender la producción de alimentos de dos recursos cada vez más limitados, como el agua dulce y el suelo fértil, cuando tenemos dos recursos extraordinariamente abundantes, el mar y el sol?”. A partir de esa idea, el equipo comenzó a diseñar un sistema que conectase tecnologías que normalmente funcionan de manera independiente.


    La propuesta de Eden Blue pasa por desarrollar a largo plazo plataformas modulares flotantes capaces de generar agua dulce, mantener cultivos vegetales y aprovechar los residuos creados durante la desalación. Ribelles define el problema como la “paradoja costera”: territorios sometidos a estrés hídrico pueden encontrarse junto a grandes masas de agua que no sirven directamente para regar. “La innovación de Eden Blue no está en una única tecnología, sino en la integración”, explica el impulsor del proyecto.

    Agua de mar para cultivar

    El funcionamiento previsto comienza con una unidad que utilizaría energía solar para desalar agua de mar. El agua dulce obtenida podría destinarse posteriormente al cultivo de plantas mediante sistemas que reduzcan la necesidad de disponer de suelo agrícola, mientras que la corriente salina generada durante el proceso seguiría teniendo utilidad dentro de la propia plataforma. La intención consiste en crear una cadena en la que cada etapa alimente a la siguiente y disminuya la cantidad de recursos desperdiciados.

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    Uno de los puntos diferenciales está precisamente en el tratamiento de la salmuera procedente de la desalación. En lugar de considerarla únicamente un residuo, el equipo plantea utilizarla para cultivar microorganismos halófilos, adaptados a entornos con elevadas concentraciones de sales y capaces de generar compuestos de interés. De este modo, la plataforma combinaría desalación, agricultura y biotecnología marina dentro de una misma infraestructura, con una lógica de aprovechamiento sucesivo de los subproductos.

    El sistema también incorporaría sensores y tecnología IoT para controlar el funcionamiento de los distintos módulos. Esa monitorización permitiría seguir variables asociadas al agua y a los cultivos y comprobar cómo responden los diferentes componentes cuando operan de forma conectada. La automatización adquiere especial relevancia porque la futura plataforma está concebida para funcionar sobre el mar, aunque esa fase todavía queda lejos del estado actual del proyecto y dependerá de los datos obtenidos durante las pruebas.

    Primer prototipo a finales de 2026

    Eden Blue todavía no es una plataforma agrícola marina operativa. El equipo ya ha diseñado la primera unidad destinada a obtener agua dulce y ha comenzado su montaje, al tiempo que prepara un protocolo experimental para comparar sustratos, sistemas de riego y microorganismos beneficiosos en el módulo vegetal. El siguiente paso consistirá en realizar una prueba integrada a escala de banco: producir agua de forma constante, utilizarla en un ensayo vegetal y conducir después la salmuera real hacia un fotobiorreactor.

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    Recreación 3D de otra de las plataformas sobre el mar (UPV/Eden Blue Project)

    Recreación 3D de otra de las plataformas sobre el mar (UPV/Eden Blue Project)

    La previsión es presentar públicamente ese primer prototipo integrado a finales de 2026. “No buscamos que ese primer prototipo sea bonito ni comercial; buscamos que produzca datos fiables”, sostiene Ribelles. El proyecto, tutorizado por la profesora del campus de Gandia de la UPV Claudia Palloti Sagripanti, ha recibido el Premio Talento Joven de la Comunitat Valenciana en la categoría de Ciencia y ha sido seleccionado como Proyecto Innovador Ciudad de Gandia 2026. El reto inmediato será comprobar si la combinación de agua de mar, energía solar, cultivos y biotecnología puede funcionar de manera estable antes de plantear su despliegue fuera del laboratorio.

    Un equipo de estudiantes de la Universitat Politècnica de València (UPV) trabaja en una plataforma concebida para producir alimentos utilizando agua de mar y energía solar, una combinación con la que pretende reducir la dependencia agrícola del agua dulce y del suelo fértil. El proyecto, denominado Eden Blue, todavía se encuentra entre la prueba de concepto y la validación de sus componentes en laboratorio. Su planteamiento parte de una dificultad cada vez más visible en determinadas zonas costeras: disponer del mar a pocos metros no significa poder utilizar directamente esa enorme reserva de agua para cultivar.

  • Una matemática simula los próximos 1.000 años de la humanidad y descubre lo único que podría salvar a la civilización del colapso

    Una matemática simula los próximos 1.000 años de la humanidad y descubre lo único que podría salvar a la civilización del colapso

    Una simulación matemática sobre los próximos 1.000 años de la humanidad ha explorado qué condiciones permitirían a una civilización tecnológica mantenerse activa frente a crisis ambientales, escasez de recursos o fallos tecnológicos. El trabajo, dirigido por la matemática Celia Blanco y publicado como preprint en arXiv, no pretende anticipar el futuro de la Tierra, sino estudiar cómo distintas formas de organización pueden alterar la supervivencia de sociedades avanzadas. La investigación conecta este problema con la paradoja de Fermi, la conocida pregunta sobre por qué todavía no hemos detectado otras civilizaciones inteligentes pese a la enorme extensión y antigüedad del universo.

    Los investigadores plantean una posibilidad distinta a la desaparición definitiva: una civilización podría atravesar repetidamente etapas de expansión tecnológica, crisis, recuperación y nuevos periodos de desarrollo. Bajo esa hipótesis, el silencio cósmico no exigiría necesariamente que la inteligencia fuese excepcionalmente rara. Bastaría con que las sociedades tecnológicas permanecieran detectables durante intervalos relativamente breves. Para estudiar esta idea, el equipo construyó 10 escenarios de civilización con diferentes niveles de recursos, gobernanza, presión ambiental y capacidad para recuperarse después de una catástrofe.

    Diez futuros posibles

    Cada escenario fue sometido a 200 simulaciones que cubrían un horizonte de 1.000 años. Las sociedades podían continuar desarrollándose hasta agotar determinados recursos o sufrir un riesgo existencial generado de forma aleatoria, como una catástrofe ambiental o un fallo tecnológico. Después del colapso, algunas tenían capacidad para reconstruirse dependiendo de la tecnología, las infraestructuras y los recursos que hubiesen sobrevivido. Los autores utilizaron una medida denominada duty cycle, que representa la proporción del tiempo durante el cual una civilización conserva un nivel tecnológico suficientemente elevado como para permanecer activa.


    Los resultados muestran comportamientos muy diferentes. Los escenarios denominados Golden Age y Out of Eden (Edad de Oro y Fuera del Edén) consiguieron completar las simulaciones sin experimentar colapsos, mientras que siete de los diez modelos terminaron cayendo en todas las ejecuciones realizadas. Otros futuros alternaron repetidamente crisis y reconstrucciones. Living with the Land (Vivir con la Tierra), una sociedad limitada por fuertes restricciones ecológicas, permaneció tecnológicamente activa alrededor del 38% del periodo simulado. Ouroboros, un modelo jerárquico que encadenaba expansión, colapso y recuperación, alcanzó aproximadamente un 87%.

    La clave está en los recursos

    El análisis permitió identificar dos variables especialmente sensibles: la velocidad a la que una sociedad consume sus recursos y la cantidad de recursos que conserva o recupera tras una crisis. Cambios relativamente pequeños alrededor de determinados umbrales provocaron diferencias importantes en la capacidad de una civilización para mantenerse activa durante largos periodos. A partir de esos resultados, los autores apuntan hacia estrategias como reducir el consumo, proteger conocimientos esenciales y diseñar infraestructuras distribuidas que faciliten una eventual reconstrucción. También plantean repositorios con información sobre agricultura, medicina, energía o comunicaciones, siguiendo una filosofía similar a la de la Bóveda Global de Semillas de Svalbard.

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    La investigación tiene límites importantes. El modelo parte de sociedades inspiradas en la experiencia humana, supone un crecimiento tecnológico lineal y utiliza tasas de agotamiento de recursos previamente fijadas. Sus autores reconocen que una hipotética civilización extraterrestre podría organizarse de formas completamente diferentes y que el estudio todavía no ha pasado por revisión por pares. Tampoco demuestra que la humanidad vaya a sufrir un colapso ni permite predecir cuándo podría producirse. Su aportación consiste en mostrar que la continuidad tecnológica podría depender menos de evitar cualquier crisis que de conservar suficientes recursos, conocimientos e infraestructuras para recuperarse cuando una crisis llegue.

    Una simulación matemática sobre los próximos 1.000 años de la humanidad ha explorado qué condiciones permitirían a una civilización tecnológica mantenerse activa frente a crisis ambientales, escasez de recursos o fallos tecnológicos. El trabajo, dirigido por la matemática Celia Blanco y publicado como preprint en arXiv, no pretende anticipar el futuro de la Tierra, sino estudiar cómo distintas formas de organización pueden alterar la supervivencia de sociedades avanzadas. La investigación conecta este problema con la paradoja de Fermi, la conocida pregunta sobre por qué todavía no hemos detectado otras civilizaciones inteligentes pese a la enorme extensión y antigüedad del universo.

  • ¿Por qué cerramos las piscinas cuando aún hace 40 grados? El verano de España ahora dura cuatro meses

    ¿Por qué cerramos las piscinas cuando aún hace 40 grados? El verano de España ahora dura cuatro meses

    Un paseo por la calle en esta última semana basta para encontrarse con más de una muñeca agitando un abanico. Pese a que muchas empresas llenan ya sus escaparates de gabardinas y guantes y las cafeterías promocionan cafés con sabor a calabaza con carteles adornados con hojas de otoño, lo cierto es que la última semana de septiembre ha superado de largo los treinta grados -e incluso llegado a los cuarenta- en varios puntos de España.

    Con este mapa de temperaturas, soltar el café y volver al bañador hubiera sido lo más adecuado. Pero ni siquiera usar esta prenda es ya posible en muchas ciudades españolas: la gran mayoría de piscinas públicas de uso recreativo llevan cerradas desde principios de mes.

    La Aemet lanzó el pasado lunes un aviso por altas temperaturas, pero para los ciudadanos ha resultado complicado encontrar espacios en los que refrescarse, aunque el veranillo de San Miguel haya pedido a gritos que le quiten el diminutivo.

    El sábado 19 de septiembre de este año los termómetros de Sevilla marcaban 39 grados. La capital hispalense solo tiene cinco piscinas públicas: todas ellas habían cerrado el seis de septiembre. El cierre no responde necesariamente a que haya dejado de hacer calor. En Sevilla, el propio Ayuntamiento explica en su web que el calendario de baño recreativo se diseña para coincidir con las vacaciones escolares: comenzó el 23 de junio y terminó el 6 de septiembre. Paradójicamente, el Consistorio sí decidió adelantar excepcionalmente la apertura durante dos fines de semana de junio de este año ante las elevadas temperaturas previstas.

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    El mismo día de septiembre cerraron sus puertas las albercas madrileñas tras un verano récord de afluencia, pese a que en esta última semana la Aemet reconocía temperaturas superiores a las normales que llegaron a superar los treinta grados. En este caso, el alcalde de Madrid, Jose Luis Martínez Almeida, aseguraba que estudiarían alargar la temporada de piscinas de cara a 2027 tras las quejas de la portavoz del PSOE, Reyes Maroto.

    Y aunque Barcelona ha estado por encima de los treinta grados, sus piscinas también despedían la temporada el mismo seis de septiembre. Esta vez fue el grupo municipal de Junts, liderado por Jordi Martí, el que pedía al gobierno de Collboni que se adaptara a esta “nueva realidad climática”.

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    Varios bañistas llenan las piscina pública de la Casa de Campo durante una ola de calor. (Archivo)

    Varios bañistas llenan las piscina pública de la Casa de Campo durante una ola de calor. (Archivo)

    Un estudio publicado por la agencia esta misma semana definía el período estival de 2026 como “un verano de cuatro meses”. Otros datos publicados por la Aemet confirmaban que el 23 de septiembre, día en el que supuestamente empieza el otoño meteorológico, se alcanzaron temperaturas propias de los días más calurosos del verano.

    La Agencia Estatal de Meteorología ya concluía en una publicación de 2024 que los veranos en España se estaban alargando de manera alarmante, superando el mes y medio en algunos casos. Advertían en la publicación de que nos enfrentamos a un futuro en el que los veranos sofocantes y prolongados serán la nueva norma. Pero, ¿están nuestros calendarios e infraestructuras preparados para ello?


    La socióloga emérita de la Universidad Carlos III Mercedes Pardo explica en una entrevista con este medio que a las ciudades españolas les queda mucho para estar correctamente adaptadas al cambio climático. Bajo su punto de vista, nuestras administraciones públicas toman más decisiones basándose en las estaciones históricas y no a las condiciones meteorológicas actuales. Comenta que son necesarios cambios variados, incluidos, por supuesto, los que competen al urbanismo. El problema, cuenta, no es solo la baja adaptación al calor, sino el aumento generalizado de los acontecimientos meteorológicos extremos, como las inundaciones o lluvias torrenciales y la falta de infraestructuras para asumir estos cambios.

    “Está todo inventado, se trata de acelerar su implementación y para ello hace falta desde luego un cambio social y cultural en las personas, pero también en las instituciones, que lo hagan posible y lo más rápido posible”, cuenta. Y no solo habla de los espacios abiertos, sino también de una transformación integral de la arquitectura que pasa por utilizar materiales de construcción que no concentren el calor o implementar sistemas de drenaje urbano de cara al aumento de la intensidad de las lluvias.

    La necesidad de hacer ciudades que se adapten

    La arquitecta Izaskun Chinchilla cuenta en el ensayo La ciudad de los cuidados la necesidad de que las ciudades que habitamos estén preparadas para responder a todo tipo de obstáculos, ya sean repentinos o que, como en este caso, vayan surgiendo lentamente. La autora reconocía a este medio que “deberíamos estar ante el cambio más grande que deberían sufrir las ciudades, pero no tengo constancia de que los ayuntamientos vayan a reaccionar a esta necesidad de cambio”.

    Una opinión similar comparte el sociólogo de la Universidad de Barcelona e investigador en políticas del clima Jordi Ortega. “El cambio climático nos muestra las disfuncionalidades sociales fuertemente arraigadas y las resistencias culturales a cambios urgentes”, cuenta a El Confidencial. Sobre el ejemplo concreto de las piscinas, apunta que el calendario debería extenderse. “Con estas inusuales temperaturas, no tiene sentido que se abran a mediados de junio y se cierren en septiembre”, cuenta antes de insistir en que las ciudades deberían ser más capaces de decidir ante imprevistos y no seguir normas, reglas y protocolos estandarizados. “Hay servicios que, con estas inusuales temperaturas, no tiene sentido que se abran a final de junio y se cierren a inicio de septiembre“, narra.

    “El urbanismo tiene que estar adaptado a los desafíos del siglo XXI”, explica Ortega y declara que este tipo de cambios en las normas sociales deberían hacernos cambiar la pregunta de “qué debemos hacer” ante estos cambios a “por qué no se hace”. “La seguridad -ante estos cambios- debería residir en la capacidad de actuar ante imprevistos, no en seguir normas, reglas y protocolos”, declara.

    Ortega habla también de que estos escenarios de menor gravedad deberían servirnos como una especie de entrenamiento para actuar como sociedad a los retos climáticos que vienen en el futuro y considera estos pequeños cambios que no se realizan “oportunidades perdidas” de aprender a enfrentarse a futuros retos.

    Mientras los escaparates venden otoño, muchos ciudadanos se mojan la cabeza en las fuentes públicas. Serán las instituciones las encargadas de decidir si las ciudades se ajustan al calendario o al termómetro.

    Un paseo por la calle en esta última semana basta para encontrarse con más de una muñeca agitando un abanico. Pese a que muchas empresas llenan ya sus escaparates de gabardinas y guantes y las cafeterías promocionan cafés con sabor a calabaza con carteles adornados con hojas de otoño, lo cierto es que la última semana de septiembre ha superado de largo los treinta grados -e incluso llegado a los cuarenta- en varios puntos de España.

  • Perforan el hielo de Groenlandia y descubren que una estructura de 8,7 metros de grosor ha desaparecido en los últimos 13 años

    Perforan el hielo de Groenlandia y descubren que una estructura de 8,7 metros de grosor ha desaparecido en los últimos 13 años

    La capa de hielo de Qaanaaq, en el noroeste de Groenlandia, lleva más de una década revelando a los científicos cómo está cambiando uno de los entornos helados más remotos del hemisferio norte. Un equipo dirigido por el profesor Shin Sugiyama, de la Universidad de Hokkaido, ha seguido su evolución mediante mediciones directas sobre el terreno entre 2012 y 2025. El trabajo, publicado en Journal of Glaciology, permite reconstruir con una precisión poco habitual la evolución reciente del deshielo de Groenlandia y comprobar cómo las transformaciones de la superficie varían según la altitud.

    Los investigadores no se limitaron a utilizar observaciones realizadas desde satélite. Perforaron para instalar estacas de medición en seis puntos de la capa de hielo de Qaanaaq y añadieron sistemas GPS que permitieron seguir los cambios de altura a lo largo de los años. Las campañas se repitieron regularmente durante 13 años, mientras otras estaciones recogían datos de temperatura del aire en cientos de emplazamientos. Incluso durante la pandemia de COVID-19, los habitantes de Groenlandia continuaron efectuando mediciones cuando los científicos internacionales no podían desplazarse hasta la zona.


    La serie acumulada acabó mostrando la magnitud del cambio: entre 2012 y 2025, la superficie estudiada perdió de media 8,7 metros de hielo, una altura próxima a la de un edificio de tres plantas. La reducción fue todavía mayor en las zonas situadas a menor altitud y, según los investigadores, el ritmo de pérdida se aceleró durante el periodo analizado. Los veranos progresivamente más cálidos hicieron que la nieve acumulada no pudiera compensar el hielo desaparecido, alterando el equilibrio de masa de esta región del noroeste de Groenlandia.

    Por qué desaparece el hielo

    El aumento de las temperaturas explica una parte sustancial del retroceso, pero el estudio apunta a otros procesos que ayudan a entender por qué algunas áreas están perdiendo hielo con mayor rapidez. A menor altitud, el glaciar se ha ralentizado, de modo que llega menos hielo desde las partes superiores para sustituir el que desaparece por fusión. En cotas intermedias, los investigadores consideran que el oscurecimiento provocado por microorganismos glaciares también puede haber contribuido, ya que una superficie más oscura absorbe una mayor proporción de la radiación recibida.

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    Imagen que refleja el oscurecimiento del hielo (Ken Kondo)

    Imagen que refleja el oscurecimiento del hielo (Ken Kondo)

    “La parte más difícil del estudio fue continuar estas mediciones durante 13 años. Este registro llena un importante vacío de datos en el noroeste de Groenlandia y proporciona una base para futuras investigaciones sobre glaciares en la región”, explicó Shin Sugiyama. Los cálculos del equipo indican que la pérdida registrada generó alrededor de 2.000 millones de metros cúbicos de agua. Esa cantidad equivaldría a extender sobre toda la superficie estudiada una capa de agua de aproximadamente ocho metros de profundidad.

    Una señal para Groenlandia

    Qaanaaq lleva perdiendo hielo desde hace más de un siglo, aunque durante buena parte de ese periodo el proceso debió de desarrollarse con una intensidad menor. El estudio presta especial atención a los glaciares y casquetes de hielo de Groenlandia, que ocupan solo alrededor del 4% del territorio helado de la isla, pero pueden responder con mayor rapidez a los cambios de temperatura. Entre 2018 y 2021, estas formaciones representaron aproximadamente el 14% de la pérdida de hielo registrada en Groenlandia, según los datos recogidos por los autores.

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    Los investigadores advierten de que la aportación de estos pequeños glaciares y casquetes podría crecer porque son considerados más sensibles al calentamiento que la gran capa de hielo groenlandesa. El comportamiento tampoco es idéntico en toda la isla: algunas regiones reciben más precipitaciones, capaces de compensar parcialmente el aumento de la fusión estival, y las variaciones anuales no siguen necesariamente el mismo patrón de un punto a otro. La serie de 13 años de Qaanaaq ofrece precisamente una referencia directa para observar cómo la temperatura, la nieve, la dinámica glaciar y los cambios en la superficie están modificando el hielo del noroeste de Groenlandia.

    La capa de hielo de Qaanaaq, en el noroeste de Groenlandia, lleva más de una década revelando a los científicos cómo está cambiando uno de los entornos helados más remotos del hemisferio norte. Un equipo dirigido por el profesor Shin Sugiyama, de la Universidad de Hokkaido, ha seguido su evolución mediante mediciones directas sobre el terreno entre 2012 y 2025. El trabajo, publicado en Journal of Glaciology, permite reconstruir con una precisión poco habitual la evolución reciente del deshielo de Groenlandia y comprobar cómo las transformaciones de la superficie varían según la altitud.

  • Parece una avispa, pero es una araña invasora que se come a sus parejas y se extiende por el norte de Europa huyendo de España

    Parece una avispa, pero es una araña invasora que se come a sus parejas y se extiende por el norte de Europa huyendo de España

    Según explican en The Guardian, una curiosa araña está ampliando su presencia hacia el norte de Europa a medida que cambian las condiciones climáticas. La especie, llamada Argiope bruennichi, pero más conocida popularmente como araña tigre o araña avispa por sus rayas amarillas y negras, es habitual en España, el norte de África y Asia. Sin embargo, acaba de protagonizar un encuentro bastante raro en Cheshire, Inglaterra. Y es que los especialistas del Chester Zoo localizaron una hembra adulta reproductora durante un seguimiento de biodiversidad realizado en terrenos destinados a la recuperación de la naturaleza.

    Su abdomen amarillo y negro explica que sea conocida como araña avispa, aunque detrás de ese llamativo patrón existe una estrategia defensiva: su apariencia imita a estos insectos y puede disuadir a determinados depredadores. Las hembras alcanzan alrededor de 2 cm de longitud corporal y, desde ahora, se sitúan entre las arañas de mayor tamaño presentes en el Reino Unido. Pese a su aspecto y a que posee veneno, los expertos recalcan que no representa un peligro significativo para las personas.


    El ejemplar descubierto fue encontrado durante un bioblitz, es decir, una prospección destinada a registrar las especies presentes en unas 80 hectáreas del entorno del zoo. Posteriormente, un especialista de la British Arachnological Society confirmó que se trataba del primer registro conocido de esta especie en Cheshire. Su aparición refuerza una tendencia observada durante los últimos años: la araña avispa está avanzando progresivamente hacia zonas situadas más al norte y al oeste.

    Una araña que devora a sus parejas

    El comportamiento reproductivo de Argiope bruennichi resulta especialmente llamativo. Los machos son mucho más pequeños, con aproximadamente una cuarta parte del tamaño de las hembras, y suelen ser atacados y devorados durante o después de la cópula. De hecho, hasta el 80% de los machos muere después de su primer intento de apareamiento, mientras que el 100% de los supervivientes termina muriendo en el segundo. El cuerpo del macho aporta posteriormente proteínas que la hembra puede utilizar durante la producción de huevos.

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    En 2019, esta araña ya fue documentada en Bélgica (EFE)

    En 2019, esta araña ya fue documentada en Bélgica (EFE)

    Scott Wilson, responsable de programas de campo del Chester Zoo, explicó que resulta difícil pasar por alto a esta especie por su tamaño, sus colores y la particular arquitectura de su tela. “Es una araña realmente grande y colorida y las telas son enormes y distintivas“, señaló. Uno de sus rasgos más reconocibles es una franja gruesa en zigzag tejida sobre la red, cuya función todavía no está clara, aunque se ha planteado que podría reflejar luz ultravioleta y facilitar la atracción de insectos.

    El clima empuja su expansión hacia el norte

    La araña avispa suele ocupar pastizales abiertos, soleados y cálidos de Europa, Especialmente, en países del sur como España, donde no tiene consideración de especie invasora. Es más, se la considera fundamental para combatir otras especies que sí lo son, como la avispa asiática. Sin embargo, su distribución está cambiando. Esto es posible debido a que sus crías pueden recorrer distancias considerables mediante ballooning, una técnica por la que utilizan hilos de seda para dejarse transportar por el viento, lo que facilita la colonización de nuevos territorios cuando las condiciones ambientales resultan adecuadas.

    Ruby Merriman, responsable de biodiversidad del Chester Zoo, relaciona este desplazamiento con el calentamiento de las áreas meridionales de Europa, que estaría obligando a determinadas especies a buscar condiciones más favorables hacia el norte. Los conservacionistas utilizan en ocasiones el término “refugiados climáticos” para describir estos movimientos. El fenómeno también plantea interrogantes ecológicos, ya que todavía se desconoce cómo afectará la llegada de Argiope bruennichi a los ecosistemas del norte de Reino Unido y qué otras especies podrían modificar su distribución conforme continúe cambiando el clima.

    Según explican en The Guardian, una curiosa araña está ampliando su presencia hacia el norte de Europa a medida que cambian las condiciones climáticas. La especie, llamada Argiope bruennichi, pero más conocida popularmente como araña tigre o araña avispa por sus rayas amarillas y negras, es habitual en España, el norte de África y Asia. Sin embargo, acaba de protagonizar un encuentro bastante raro en Cheshire, Inglaterra. Y es que los especialistas del Chester Zoo localizaron una hembra adulta reproductora durante un seguimiento de biodiversidad realizado en terrenos destinados a la recuperación de la naturaleza.

  • Canadá explora las profundidades del océano y encuentra un ser vivo azul con pies peludos, tres labios en la boca y ojos rojos

    Canadá explora las profundidades del océano y encuentra un ser vivo azul con pies peludos, tres labios en la boca y ojos rojos

    Las aguas del mar de Salish, en Canadá, han revelado dos especies de arañas marinas desconocidas para la ciencia tras una campaña de muestreo realizada frente a la costa de la Columbia Británica. El hallazgo, descrito por investigadores de la Universidad de Columbia Británica, ha sido publicado en la revista científica Organisms Diversity & Evolution. Los ejemplares fueron localizados durante inmersiones efectuadas entre septiembre de 2023 y agosto de 2024, a profundidades de hasta 18 metros, dentro de un trabajo destinado a conocer mejor unos invertebrados marinos cuya diversidad sigue estando escasamente documentada.

    Una de las especies recibió el nombre de Callipallene pilosuspedes y concentra algunos de los rasgos más llamativos observados por los científicos. Presenta ojos rojos, patas cubiertas de largas espinas curvadas y una probóscide triangular que utiliza para alimentarse. Su boca posee tres labios y está recubierta de pequeñas estructuras sensoriales. El nombre de la especie hace precisamente referencia a sus pies peludos. Los investigadores únicamente encontraron un ejemplar, suficiente para estudiar con detalle su anatomía mediante técnicas de imagen y compararla con otras arañas marinas conocidas.


    Pese a su nombre, estos animales no son verdaderas arañas, aunque pertenecen al grupo de los artrópodos y están emparentados con escorpiones y cangrejos herradura. Su historia evolutiva se remonta aproximadamente 500 millones de años y actualmente existen formas que miden menos de un centímetro, mientras que determinados ejemplares antárticos pueden superar los 70 cm. Algunas especies llegan a desarrollar hasta 12 patas. También presentan una biología poco habitual: respiran a través de la piel y muchas se alimentan mediante una probóscide con la que absorben nutrientes de otros organismos.

    Un animal que se limpia las patas

    El equipo descubrió que Callipallene pilosuspedes dispone además de unos apéndices especializados llamados ovígeros que cumplen varias funciones. Bajo el microscopio, los científicos observaron cómo el animal los envolvía alrededor de sus propias patas y utilizaba unas estructuras semejantes a peines para retirar suciedad. Estos mismos apéndices intervienen en una de las características reproductivas más singulares de las arañas marinas. Las hembras producen los huevos a lo largo de sus extremidades y, tras la puesta, los machos los recogen y los transportan adheridos a su cuerpo mientras se desarrollan.

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    La curiosa boca de 'Callipallene pilosuspedes' vista al microscopio (Cormac Toler-Scott)

    La curiosa boca de ‘Callipallene pilosuspedes’ vista al microscopio (Cormac Toler-Scott)

    La segunda especie identificada, Tanystylum kiixin, es muy diferente. Sus extremidades destinadas al cuidado corporal son más pequeñas y menos flexibles, por lo que el animal tiene dificultades para eliminar la suciedad acumulada sobre su superficie. Los investigadores encontraron repetidamente pequeños parásitos instalados entre esos restos. Cormac Toler-Scott, autor principal del trabajo, describió esta relación como “un ecosistema dentro de un ecosistema dentro de un ecosistema”. El nombre kiixin procede de un antiguo asentamiento indígena próximo al lugar donde aparecieron los primeros ejemplares y alude al sonido de las olas rompiendo contra la costa.

    Las dos nuevas especies representan las primeras arañas marinas descritas en el mar de Salish en casi un siglo. El estudio combinó observación anatómica, imágenes detalladas y análisis de ADN, lo que permitió generar información genética de varias especies de la región que todavía no habían sido secuenciadas y elaborar una guía para facilitar su identificación. Toler-Scott inició el trabajo para estudiar cómo el cambio climático y las alteraciones humanas pueden afectar a estos invertebrados. Según explicó el investigador: “Para entender cómo los invertebrados marinos están siendo afectados por cosas como el cambio climático y cómo podemos proteger mejor estos elementos clave del ecosistema, tenemos que ser capaces de identificarlos”.

    Las aguas del mar de Salish, en Canadá, han revelado dos especies de arañas marinas desconocidas para la ciencia tras una campaña de muestreo realizada frente a la costa de la Columbia Británica. El hallazgo, descrito por investigadores de la Universidad de Columbia Británica, ha sido publicado en la revista científica Organisms Diversity & Evolution. Los ejemplares fueron localizados durante inmersiones efectuadas entre septiembre de 2023 y agosto de 2024, a profundidades de hasta 18 metros, dentro de un trabajo destinado a conocer mejor unos invertebrados marinos cuya diversidad sigue estando escasamente documentada.

  • India mezcla zeolita y biocarbón de bambú y fabrica un nuevo tipo de hormigón un 15% más resistente que absorbe CO₂ en lugar de emitirlo

    India mezcla zeolita y biocarbón de bambú y fabrica un nuevo tipo de hormigón un 15% más resistente que absorbe CO₂ en lugar de emitirlo

    Un equipo de ingenieros del Mepco Schlenk Engineering College, en India, ha desarrollado un nuevo tipo de hormigón capaz de capturar dióxido de carbono (CO₂) mediante la incorporación de zeolita y biocarbón de bambú. El trabajo, publicado en la revista científica Carbon Research, estudia cómo estos dos materiales naturales pueden modificar las propiedades mecánicas del hormigón sin comprometer su uso estructural. La propuesta parte de un problema ligado a la propia construcción: reducir el impacto ambiental de un material cuyo componente principal, el cemento, está asociado a emisiones de CO₂ durante su producción.

    Los investigadores, dirigidos por Srinivasan Revathi, trabajaron con hormigón de grado M35, habitualmente empleado en infraestructuras sometidas a un tráfico moderado. Para fabricar las distintas formulaciones sustituyeron el agregado fino por zeolita en proporciones del 25% y del 50%, mientras que una parte del cemento fue reemplazada por biocarbón de bambú en concentraciones del 0,5%, el 1% y el 1,5%. El objetivo era encontrar una composición que combinase capacidad para retener CO₂ con unas prestaciones mecánicas iguales o superiores a las del hormigón convencional.


    La elección de estos materiales responde a su estructura interna. La zeolita es un mineral altamente poroso, mientras que el biocarbón obtenido del bambú presenta un elevado contenido de carbono y una gran superficie específica. Estas características facilitan la retención de moléculas gaseosas dentro de sus poros. Para comprobar su comportamiento, el equipo midió parámetros como la resistencia a la compresión y a la tracción indirecta, la absorción de agua y la respuesta frente a impactos.

    Una mezcla más resistente

    Entre todas las formulaciones ensayadas, la denominada ZB5, compuesta por un 50% de zeolita y un 1% de biocarbón de bambú, ofreció los mejores resultados conjuntos. Su resistencia a la compresión alcanzó 38,49 MPa, un 7,48% por encima del hormigón convencional utilizado como referencia. La diferencia fue aún mayor en la resistencia a tracción indirecta: el material alcanzó 4,39 MPa, aproximadamente un 15% más que la mezcla estándar. Los autores relacionan este aumento con la interacción entre la estructura de aluminosilicatos de la zeolita y la dureza del biocarbón.

    El comportamiento mecánico no fue el único resultado destacado. Cuando las muestras ZB5 fueron introducidas en una cámara de carbonatación, el hormigón mostró capacidad para capturar alrededor de 1,2 g de CO₂ al día. Tras siete días de exposición, la carbonatación había penetrado unos 15 mm en el material. Según los investigadores, la combinación de los microporos de la zeolita y la elevada proporción de carbono del biocarbón permite que la matriz cementicia actúe también como superficie de retención del dióxido de carbono.

    El reto de llevarlo a obra

    Revathi considera que esta combinación abre una vía para convertir un material estructural en un elemento con una función ambiental adicional. “Nuestro trabajo demuestra un enfoque de doble beneficio. No solo estamos creando un hormigón más resistente, sino que estamos transformando un material de construcción común en una herramienta activa para la remediación ambiental. Al integrar zeolita y biocarbón de bambú, podemos construir estructuras que no solo se mantengan firmes, sino que también limpien activamente el aire del exceso de dióxido de carbono, allanando el camino hacia infraestructuras verdaderamente sostenibles en zonas de altas emisiones como carreteras urbanas y áreas industriales”, afirmó la investigadora.

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    El estudio plantea posibles aplicaciones del hormigón con zeolita y biocarbón en pavimentos, parapetos de autopistas o tuberías de alcantarillado, aunque los propios autores advierten de que la tecnología todavía se encuentra en una fase de prueba de concepto. Los próximos experimentos deberán comprobar su durabilidad a largo plazo, determinar si mantiene su capacidad de captura de CO₂ con el paso del tiempo y evaluar otros tipos de biocarbón, diferentes grados de hormigón y mortero y el uso de biocarbón previamente humedecido. Esas pruebas determinarán si la formulación puede pasar del laboratorio a una producción comercial a mayor escala.

    Un equipo de ingenieros del Mepco Schlenk Engineering College, en India, ha desarrollado un nuevo tipo de hormigón capaz de capturar dióxido de carbono (CO₂) mediante la incorporación de zeolita y biocarbón de bambú. El trabajo, publicado en la revista científica Carbon Research, estudia cómo estos dos materiales naturales pueden modificar las propiedades mecánicas del hormigón sin comprometer su uso estructural. La propuesta parte de un problema ligado a la propia construcción: reducir el impacto ambiental de un material cuyo componente principal, el cemento, está asociado a emisiones de CO₂ durante su producción.