Dinamarca investiga un submarino alemán hundido en 1917 frente a la isla de Rømø después de detectar señales de contaminación asociadas a los explosivos que todavía permanecen en su interior. Un estudio vinculado al proyecto NorthSeaWrecks, publicado en Marine Pollution Bulletin, ha identificado restos de TNT alrededor del pecio UC-30, un submarino de la Primera Guerra Mundial cargado con minas y torpedos. Más de un siglo después del naufragio, su deterioro empieza a dejar una huella medible en el medio marino.
La historia del UC-30 se remonta a abril de 1917, cuando la nave alemana regresaba hacia su país después de abandonar una misión con destino a Irlanda debido a problemas en el motor. El submarino navegaba cerca de Rømø y transportaba 18 minas y 6 torpedos cuando, el 19 de abril, chocó contra una mina británica. La explosión provocó su hundimiento y causó la muerte de los 27 tripulantes que viajaban a bordo.
El pecio permaneció oculto bajo las aguas del mar del Norte durante casi un siglo hasta que el buceador danés Gert Normann Andersen logró localizarlo en 2016. Su descubrimiento permitió incluir el submarino entre los restos analizados dentro de NorthSeaWrecks. Los investigadores comenzaron entonces a estudiar una cuestión que va más allá de su valor histórico: qué ocurre cuando las estructuras metálicas se corroen y dejan progresivamente expuesta la munición almacenada en su interior.
Restos de TNT en el entorno
El equipo dirigido por Katrine Juul Andresen, profesora del Departamento de Geociencias de la Universidad de Aarhus, trabajó con buceadores de la marina para recoger muestras de agua, sedimentos y organismos situados sobre el submarino y en el fondo próximo. También se analizaron estrellas de mar y mejillones. Los resultados detectaron trazas de TNT en la fauna marina, el lecho oceánico y la columna de agua, lo que confirma que parte del material explosivo está alcanzando el ecosistema.
Un buzo de la Armada danesa recolecta mejillones comunes en los restos (Katrine Juul Andresen)
Los científicos consideran que la contaminación procede de una fuente localizada, aunque el problema puede intensificarse a medida que avance la corrosión del pecio y quede expuesto un volumen mayor de explosivos. El alcance exacto todavía debe determinarse, especialmente porque las corrientes marinas y la morfología del fondo condicionan la dispersión de estas sustancias. El UC-30 se ha convertido así en un ejemplo concreto de un problema que afecta a numerosos restos militares hundidos alrededor de Dinamarca.
Un informe elaborado por Andresen en 2024 para la Agencia Danesa de Protección Ambiental contabilizó 10.127 pecios en aguas danesas. Alrededor del 15% corresponden a periodos próximos a las dos guerras mundiales, concretamente entre 1910 y 1920 y entre 1940 y 1945. El documento examinó los posibles riesgos ambientales de estos restos y distintas opciones para reducir la liberación de contaminantes, dentro de los trabajos relacionados con las exigencias de la Directiva Marco del Agua de la UE.
Robots para vigilar las municiones
Retirar los explosivos no es sencillo. Alemania ya ha destinado recursos a recuperar restos y munición de la Segunda Guerra Mundial en el mar Báltico, pero estas operaciones pueden resultar costosas y técnicamente complejas. Detonar las cargas bajo el agua tampoco es siempre la mejor alternativa, ya que la explosión puede dispersar contaminantes por el entorno. La decisión depende de las corrientes, las características del fondo y el estado concreto de cada pecio.
Imagen real del UC-30 antes de hundirse (X/@conect_insights)
El proyecto europeo REMARCO estudia ahora métodos menos agresivos para localizar, controlar y eventualmente retirar municiones sumergidas. Una de las líneas de trabajo utiliza robots capaces de desplazarse por el fondo marino, cartografiar explosivos y vigilar la degradación de los barcos hundidos. Algunos sistemas podrían incluso recoger determinados objetos para neutralizarlos fuera del agua. Los investigadores descartan actuar sobre todos los pecios: aquellos cubiertos parcial o totalmente por sedimentos presentan un riesgo menor, por lo que el reto pasa por identificar primero cuáles representan la amenaza ambiental más elevada.
Dinamarca investiga un submarino alemán hundido en 1917 frente a la isla de Rømø después de detectar señales de contaminación asociadas a los explosivos que todavía permanecen en su interior. Un estudio vinculado al proyecto NorthSeaWrecks, publicado en Marine Pollution Bulletin, ha identificado restos de TNT alrededor del pecio UC-30, un submarino de la Primera Guerra Mundial cargado con minas y torpedos. Más de un siglo después del naufragio, su deterioro empieza a dejar una huella medible en el medio marino.
Un nuevo análisis del mapa digital más completo de las calzadas romanas está obligando a revisar algunas de las ideas más repetidas sobre la ingeniería del Imperio romano. El estudio, publicado en Nature Communications y basado en la plataforma Itiner-e, examina cerca de 300.000 km de vías romanas distribuidas por Europa, el norte de África y Oriente Próximo para reconstruir cómo funcionaba realmente aquella red de transporte.
La base de datos fue desarrollada por el arqueólogo Tom Brughmans, de la Universidad de Aarhus, junto con otros investigadores, y reúne unos 300.000 km de caminos atribuidos al mundo romano. Su tamaño permite estudiar el sistema viario a una escala difícil de alcanzar mediante los análisis tradicionales, que solían depender de restos arqueológicos concretos, documentos históricos y evidencias dispersas.
El trabajo parte de varias ideas profundamente arraigadas sobre las calzadas romanas: que Roma ocupaba inevitablemente el centro de todas las rutas, que sus carreteras eran excepcionalmente rectas y que una parte considerable de aquellos trazados ha sobrevivido prácticamente intacta hasta nuestros días. El análisis cuantitativo de Itiner-e muestra que la realidad era bastante más compleja y estaba condicionada por la geografía, las ciudades y la propia evolución política del Imperio.
No todos los caminos llevaban a Roma
Roma tenía una posición fundamental dentro de las comunicaciones mediterráneas, pero la red terrestre no estaba organizada exclusivamente alrededor de la capital. Los investigadores han identificado una estructura mucho más distribuida, con numerosos centros regionales vinculados a las capitales provinciales. Esa configuración habría facilitado funciones esenciales para el funcionamiento imperial, como la administración de los territorios, la recaudación de impuestos, los desplazamientos militares y el intercambio cotidiano de mercancías.
La investigación también señala que Constantinopla llegó a ocupar una posición especialmente central tras convertirse en capital imperial durante el siglo IV. Brughmans sostiene que su importancia dentro del entramado viario fue incluso mayor que la de Roma desde el punto de vista de la conectividad. Las carreteras servían, además, para transportar alimentos y productos básicos entre regiones, una función decisiva para mantener grandes concentraciones de población y articular mercados locales repartidos por todo el territorio romano.
Carreteras adaptadas al terreno
Otro de los mitos revisados afecta a la supuesta rectitud de las vías. Ejemplos monumentales como la Vía Apia han reforzado durante siglos la imagen de carreteras trazadas mediante largas líneas directas, pero los datos muestran que los ingenieros romanos modificaban los recorridos cuando el relieve lo exigía. Las rutas podían ser rectas cuando las condiciones geográficas lo permitían, mientras que montañas, valles y otros obstáculos naturales obligaban a buscar itinerarios diferentes.
La relación entre aquellas infraestructuras y las carreteras actuales tampoco resulta tan directa como suele imaginarse. Algunas vías romanas sobrevivieron, fueron reconstruidas o quedaron integradas en redes posteriores, mientras que otras desaparecieron con el paso de los siglos. Brughmans recuerda que Itiner-e todavía no recoge la totalidad del sistema y afirma: “Nuestra investigación revela que esto es solo la punta del iceberg: el sistema de carreteras romanas es mucho más extenso de lo que incluso nuestro trabajo revela”.
Un nuevo análisis del mapa digital más completo de las calzadas romanas está obligando a revisar algunas de las ideas más repetidas sobre la ingeniería del Imperio romano. El estudio, publicado en Nature Communications y basado en la plataforma Itiner-e, examina cerca de 300.000 km de vías romanas distribuidas por Europa, el norte de África y Oriente Próximo para reconstruir cómo funcionaba realmente aquella red de transporte.
Una pieza de lana natural tratada para absorber la luz solar se ha convertido en el núcleo de un sistema experimental de desalinización desarrollado por investigadores de la Universidad de Cornell, en EEUU. La tecnología aprovecha directamente la radiación del sol para transformar agua salada en vapor sin bombas ni suministro eléctrico externo. El trabajo, titulado Polydopamine-Wool Textiles for Sustainable Interfacial Solar Vapor Generation, ha sido publicado en la revista científica Advanced Science. Su planteamiento busca producir agua dulce con materiales sencillos y una infraestructura mucho menor que la utilizada por las grandes plantas desalinizadoras.
El rendimiento obtenido en laboratorio muestra hasta qué punto una tela puede desempeñar varias funciones al mismo tiempo. La versión de lana ultranegra alcanzó una tasa de evaporación de 2,43 l/m²/h, equivalente aproximadamente a 2,43 litros de agua por metro cuadrado y hora en las condiciones del experimento. La lana tratada únicamente con polidopamina llegó a 2,21 l/m²/h, una cifra muy próxima pese a necesitar un proceso de fabricación más sencillo. Las pruebas se realizaron con un simulador solar y, por ahora, el sistema continúa en fase experimental.
La clave está en la denominada generación interfacial de vapor solar. En lugar de calentar todo un depósito de agua, como ocurre en otros procesos térmicos, el tejido concentra la energía precisamente en la superficie donde se produce la evaporación. Las fibras de lana transportan el líquido mediante capilaridad hasta la zona expuesta a la radiación, mientras la polidopamina absorbe la luz y la convierte en calor. Después, el vapor debe recogerse y condensarse para obtener agua dulce, dejando atrás la mayor parte de las sales disueltas.
Lana ultranegra para desalinizar
El origen de esta tecnología se encuentra en una investigación anterior dirigida por Larissa M. Shepherd, profesora de la Universidad de Cornell. Su equipo había desarrollado una lana extremadamente oscura inspirándose en las estructuras microscópicas de algunas aves del paraíso. Ese material presentaba una reflectancia media de apenas el 0,13% de la luz visible, por lo que prácticamente toda la radiación incidente quedaba atrapada. La misma capacidad que hacía interesante al tejido desde el punto de vista óptico permitió plantear después su uso como superficie fototérmica para evaporar agua.
Para conseguirlo, los científicos tiñeron diferentes estructuras de lana con polidopamina, un polímero inspirado en la melanina y capaz de absorber radiación cercana al infrarrojo. Una segunda versión recibió además un tratamiento de plasma que generó nanofibrillas en la superficie y aumentó todavía más la captura de luz. Los investigadores comprobaron, no obstante, que la mejora aportada por ese proceso adicional era relativamente moderada. La propia Shepherd plantea que, en determinadas aplicaciones, podría resultar más conveniente prescindir de esa etapa y utilizar simplemente la lana teñida con polidopamina.
La geometría del sistema también influyó en los resultados. El equipo ensayó el tejido colocado en horizontal, en vertical iluminado por una sola cara y en vertical con iluminación por ambas caras mediante espejos. Esta última configuración fue la que produjo la mayor tasa de evaporación al aprovechar simultáneamente las dos superficies textiles. El diseño permite concentrar la radiación sobre una zona relativamente pequeña y mantener un suministro continuo de agua hacia el material, sin necesidad de recurrir a estructuras plásticas como elemento principal del evaporador.
Diez horas sin acumulación de sal
Uno de los problemas habituales de los sistemas de evaporación con agua marina es la cristalización de sales sobre el material. A medida que el agua desaparece, su concentración aumenta y puede terminar bloqueando la superficie activa. Durante las pruebas de Cornell, el dispositivo funcionó durante 10 horas continuas sin acumulación visible de sal y mantuvo estable su capacidad de evaporación. Los investigadores comprobaron también que el agua recogida presentaba una concentración salina situada por debajo del límite indicado para agua potable.
Ahora, la tecnología todavía debe demostrar su rendimiento fuera de un entorno controlado. La tasa de 2,43 litros por m² y hora corresponde a evaporación bajo iluminación equivalente a un sol y no representa automáticamente la producción neta de agua potable de un dispositivo real, ya que la condensación y la recuperación del vapor también condicionan el resultado. El grupo prevé estudiar ahora su comportamiento con agua de lluvia y aguas residuales, además de mejorar los mecanismos de recogida. Su principal campo de aplicación podría estar en sistemas pequeños y descentralizados para zonas aisladas donde disponer de electricidad, bombas de alta presión o grandes infraestructuras de desalinización resulte difícil.
Tu cuerpo biológico es una maravilla de la evolución que desgraciadamente viene con fecha de caducidad: se fatiga, enferma y se apaga sin remedio. La idea de desenchufar la mente de la carne para encenderla dentro de un chasis que no envejezca siempre ha sido una fantasía de la humanidad reservada para vendehúmos o novelas ciberpunk. Una fantasía que, sin embargo, podría ocurrir en el futuro muy lejano. Un trabajo recién publicado en Nature Neuroscience acaba de colocar un importante ladrillo real en esa dirección: científicos de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) han logrado, mediante un único implante cerebral, descodificar de forma simultánea lo que una persona quiere decir y cómo quiere gesticularlo. Han conectado la función de comunicación de nuestro cerebro, incluyendo el esencial lenguaje corporal, a un cuerpo. Aunque sea virtual.
El dispositivo intercepta órdenes motoras mientras ‘lee’ el habla. Mediante una malla de 253 electrodos de electrocorticografía colocada sobre la superficie del córtex sensoriomotor —la centralita donde el cerebro planifica el habla y el movimiento—, el sistema capta los impulsos eléctricos que los pacientes intentan enviar a sus músculos inertes. En personas que han perdido el habla y la movilidad a causa de un ictus en el tronco encefálico o por esclerosis lateral amiotrófica (ELA), el ‘cable’ de comunicación está cortado, pero la central sigue emitiendo órdenes intactas. El implante las recoge.
Hasta ahora, las conexiones cerebro-ordenador eran herramientas muy limitadas. O conseguían extraer unas cuantas palabras reproducidas por un sintetizador de voz robótico, o lograban mover un cursor en un monitor, o cerraban una pinza mecánica. Jamás ambas funciones al mismo tiempo. El problema es que los seres humanos no nos comunicamos como una máquina: hablamos moviendo las manos, asintiendo o encogiéndonos de hombros. Como señala el neurocirujano Edward Chang, autor principal de la investigación, en el comunicado oficial de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH): “La conversación va mucho más allá de las palabras que se pronuncian. Es un proceso dinámico y con múltiples capas en el que participa todo el córtex motor”.
Del algoritmo al cuerpo físico
El gran temor del equipo médico era que intentar hablar y gesticular a la vez saturara el implante, provocando que las señales se solaparan y el sistema terminase en un caos de interferencias. Ocurrió justo lo contrario. La clave ha sido la inteligencia artificial. Al entrenar a los modelos de aprendizaje automático con datos de intentos simultáneos de habla y movimiento, el modelo aprendió a discriminar ambos canales con una soltura imprevista, reduciendo drásticamente los falsos positivos. “Esta prueba de concepto demuestra que es posible que una interfaz cerebro-ordenador devuelva parte de esa libertad y esa flexibilidad”, apunta Chang.
Imagen de una persona usando el implante.
Las pruebas no son del todo perfectas. De los tres participantes del estudio, solo dos completaron las pruebas de conversación interactiva en tiempo real frente a un avatar digital. Uno de ellos alcanzó una precisión media del 100% descodificando tanto el habla como los gestos a lo largo de varios bloques experimentales, pero en el segundo voluntario las cifras fueron más bajas.
Además, los individuos estaban atados físicamente al laboratorio mediante un cable que atraviesa el cuero cabelludo hasta una torre de proceso. El grupo de Chang ya prepara los ensayos de una versión inalámbrica e integrada por completo bajo la piel, pero el salto del laboratorio a la implementación comercial llevará años de mucho trabajo.
Aun así, el avance es clave. Ese avatar tridimensional que habla y gesticula en una pantalla no es solo una animación 3D. Es una prótesis virtual total, un cuerpo entero respondiendo en directo a la voluntad consciente de un ser humano. A la corteza cerebral le da exactamente igual si la mano que ejecuta su orden está hecha de tendones, de polígonos de silicio o de fibra de carbono con servomotores hidráulicos. El patrón eléctrico que genera el cerebro para moverla es el mismo. Si una sola interfaz puede sincronizar la voz y la expresión corporal de un doble virtual, pilotar un receptáculo físico artificial en el mundo real deja de ser una imposibilidad teórica y pasa a ser un problema exclusivo de ingeniería mecánica y los algoritmos de control de esa máquina.
El futuro lejano
Si alguna vez se consigue ese sueño de la ciencia ficción, no todo será alegría. La factura ética y social llegará en la misma caja que el cuerpo. Cuando tu presencia física dependa de un soporte ajeno, tu capacidad para relacionarte con el mundo quedará supeditada al fabricante del dispositivo, a sus condiciones de servicio y a la obsolescencia programada. Como todo lo demás.
Por no hablar de la privacidad: un sistema capaz de descodificar intenciones mecánicas con tanta fidelidad registra decisiones milisegundos antes de que se manifiesten exteriormente. Jueces, aseguradoras y corporaciones van a querer monitorizar ese tráfico de datos mucho antes de que la sociedad aprenda a blindarse frente a semejante nivel de intrusión.
Pero parece inevitable que, como todo lo que hemos imaginado desde que empezamos a soñar, en el futuro habrá una manera de meter nuestra mente en cuerpos sintéticos, como en la serie de Westwood. No sabemos si dentro de medio siglo los seres humanos conversarán desde cuerpos alquilados o comprados a plazos, ni qué quedará del concepto de identidad física cuando el cerebro pueda mudarse de soporte, o qué pasará cuando podamos también capturar esa mente orgánica en una sintética dentro de un cuerpo cibernético. Por ahora, lo que ha demostrado este experimento en California es que el cableado de la mente ya sabe proyectarse fuera del envoltorio original sin perder los matices de la expresión humana. Resulta que lo que muchos autores de ciencia ficción propusieron era real: la carne solo era un borrador.
Tu cuerpo biológico es una maravilla de la evolución que desgraciadamente viene con fecha de caducidad: se fatiga, enferma y se apaga sin remedio. La idea de desenchufar la mente de la carne para encenderla dentro de un chasis que no envejezca siempre ha sido una fantasía de la humanidad reservada para vendehúmos o novelas ciberpunk. Una fantasía que, sin embargo, podría ocurrir en el futuro muy lejano. Un trabajo recién publicado en Nature Neuroscience acaba de colocar un importante ladrillo real en esa dirección: científicos de la Universidad de California en San Francisco (UCSF) han logrado, mediante un único implante cerebral, descodificar de forma simultánea lo que una persona quiere decir y cómo quiere gesticularlo. Han conectado la función de comunicación de nuestro cerebro, incluyendo el esencial lenguaje corporal, a un cuerpo. Aunque sea virtual.
Un ingeniero del que nadie ha oído hablar dice que deja su empleo en Anthropic porque está convencido de que lo que ha visto allí puede acabar siendo una amenaza existencial para la humanidad a finales de esta década. Un par de días después, el mundo se convierte en un plató de televisión gigante donde se debate en tiempo real si una de las tecnologías más disruptivas de la historia ha ido demasiado lejos y se debe frenar en seco.
Empiezan a tejerse alianzas impensables a favor de la medida. Dario Amodei, Sam Altman, Demis Hassabis y Elon Musk se sitúan en el mismo bando, pidiendo una pausa y una regulación a la altura. Jensen Huang o Mark Zuckerberg se colocan en el otro lado. Una postura, la de no intervenir el sector, también abrazada por los gobiernos de Estados Unidos y China, que no quieren dar ningún paso en falso que pueda lastrarles en la carrera económica, geopolítica y tecnológica que mantienen entre ambos.
Si repasan esta lista verán que faltan voces de este lado del Atlántico. Y es que la Unión Europea parece excluida de esta discusión. No es que no se hayan pronunciado. Es que está tan descolgada en esta carrera que sus opiniones y propuestas van a tener un efecto similar al de una rama cayendo en medio de un bosque desierto.
Fue Christine Lagarde, presidenta del BCE, la que puso sobre la mesa dos cifras que ilustraban perfectamente la anemia europea en lo que se refiere a la inteligencia artificial. La primera hacía referencia a los modelos que dan vida a inventos como ChatGPT o Gemini. Estados Unidos lanzó 59 modelos de alto nivel de IA el año pasado. En el caso de China, la cifra se reducía hasta los 35 modelos. En Europa, el número se reducía a 2, uno producido en Francia y otro en Reino Unido.
“En pocos años, la IA examinará mercancías en las fronteras, decidirá qué declaraciones de impuestos se auditan, gestionará trenes, vigilará a pacientes en los hospitales y autorizará pagos bancarios”, alertó Lagarde. “Para Europa, adoptar significa importar. Hoy, las empresas se están construyendo en otros lugares”, advirtió antes de entrar en la parte más apocalíptica de su discurso.
El mayor peligro para la UE
Ella no ve el mayor riesgo en que un agente autónomo esquive las salvaguardas que han diseñado sus tutores para mantenerlo a raya. En su intervención, la máxima autoridad del BCE apuntó en otra dirección. Su explicación venía a decir que, para mantener las vigas del estado del bienestar, el bloque comunitario necesita de las mejoras en “productividad” y “eficiencia” que promete la IA. En ese escenario, el mayor peligro es que se nos limite el acceso a la tecnología extranjera de la que ahora dependemos. “Una retirada del acceso, o un cambio de condiciones, afectaría a multitud de sectores al mismo tiempo. Es un tipo de capacidad de presión que ningún socio comercial jamás tuvo sobre Europa”, añadió.
El peligro puede venir de cualquiera de los dos frentes. Por el oeste, ya es de sobra conocido que Estados Unidos no es el socio fiable de antaño. Y, en algún momento, la Casa Blanca puede decidir cerrar el grifo de sus mejores modelos para hacer presión, por ejemplo, en lo que se refiere a la Tasa Google y otros impuestos que afecten a sus supercampeones tecnológicos.
Christine Lagarde, en una imagen de archivo. Foto: Reuters
Esto ya quedó demostrado cuando Anthropic tuvo que desconectar Mythos, cuando la Administración le pidió que prohibiera el acceso a los extranjeros. China puede instrumentalizar sus modelos de pesos abiertos de manera similar en el caso de que haya tensiones con Bruselas en materia de aranceles. No hay que olvidar que hay muchas empresas que han empezado a mirar a DeepSeek o Alibaba por su menor coste y mayor eficiencia.
El mejor termómetro para la encrucijada es revisar lo que dijo el Ministerio Digital de Alemania a principios de esta semana. Aseguró que suspender el desarrollo de la IA no era una opción viable para Europa, pero reconoció que la amenaza de una IA que escape del entorno de pruebas y obtenga acceso no autorizado a sistemas externos es un escenario de amenaza completamente nuevo. Su propuesta es la de muchos socios europeos: un régimen de supervisión mundial, que involucre a las dos grandes potencias.
El problema en Europa no solo es que no haya apenas startups capaces de moldear inteligencias artificiales de frontera. En caso de que las hubiera, hay un importante cuello de botella: la capacidad de cómputo para hacerlo. Según las estimaciones del BCE, EEUU concentra el 75% de la capacidad de cómputo de IA a nivel mundial. Europa tiene una fracción que apenas alcanza el 5%. Es decir, no tenemos los trenes bala, pero tampoco tenemos apenas vías por donde hacer que circulen.
Europa: un puñado de islas muy especializadas
Puede dar la sensación de que el mapa de Europa es un desierto absoluto. Pero nada de eso. El problema reside en que las startups que operan en esta parte del mundo son un puñado de islotes inconexos, incapaces de armar un archipiélago visible entre la dominancia estadounidense y el empuje chino. El mapa de la IA en el Viejo Continente está mucho más atomizado. Empresas muy especializadas y de menor tamaño, algo condicionado en muchos casos por las fronteras nacionales y la ausencia real de un verdadero mercado único.
La esperanza en la Champions League de los modelos de frontera es la francesa Mistral. Pero a la hora de la verdad, parece más un Shakhtar Donetsk o un Steaua de Bucarest que un firme candidato al título. Actualmente, la firma gala está valorada en 21.000 millones. Una capitalización que alcanzó tras una ronda de financiación liderada por Samsung, una multinacional surcoreana, por cierto. Por tener una referencia, Anthropic aspira a conseguir en su estreno bursátil una valoración de hasta 1,7 billones de euros.
Uno de los drones diseñados por Helsing. Foto: Reuters
A partir de ahí, el escenario europeo se compone de una red fragmentada donde destacan firmas alemanas, inglesas y suecas que han apostado por nichos clave, desde la generación de código con Poolside AI hasta la ingeniería de software con Lovable. Lejos de la narrativa enfocada en vibe coding, chatbots y agentes de IA, se sitúan las estrellas europeas.Por una parte, la alemana Helsing, que aspira a ser algo así como un Palantir europeo. Recientemente fue valorada en 18.000 millones de euros gracias a sus avances en sistemas de mando y control para la industria militar. Una valoración cercana es la que tiene entre manos Nscale, una compañía británica que se dedica al despliegue de centros de datos y GPU en la nube.
Un paso más atrás se sitúa un pelotón de especialistas de alto nivel en verticales muy concretas. El Reino Unido y Alemania vuelven a llevar la voz cantante con firmas como Eleven Labs y Synthesia en voz y vídeo sintético, DeepL en traducción automática, Black Forest Labs y Stability AI en generación de imágenes o Aleph Alpha en soluciones para la administración pública.
España no aparece en el ránking de startups de IA más valoradas, pero cuenta con una empresa que puede ayudar a entender por dónde pueden ir los tiros en el corto y en el medio plazo. Hablamos de Magnific AI, anteriormente conocida como Freepik. Se trata de una herramienta de generación y escalado de contenidos audiovisuales, que ha conseguido 230 millones de dólares en ingresos recurrentes y más de un millón de suscriptores. Sus números le valieron para entrar en la clasificación que elabora Andreessen Horowitz, uno de los mecenas favoritos de Silicon Valley, como la primera aplicación/web europea de IA generativa por uso real, muy por encima de otras alternativas estadounidenses con más recursos y capital.
Un caso español puede mostrar el camino
Este caso viene a demostrar que, a pesar de las carencias y dependencias existentes, todavía hay margen para competir con éxito en la creación de servicios y experiencias, aunque la falta de gigantes propios siga obligando al continente a importar la infraestructura sobre la que se asientan estos triunfos.
Este quizá sea el camino más sensato para que Europa deje las lamentaciones. La primera fase de la IA se ha librado en el terreno de la potencia de cómputo bruta y los modelos de frontera, donde hemos quedado noqueados por la pinza ejecutada entre Silicon Valley, Shenzhen y Shanghái. Ahora entramos en una fase en la que la industria y las empresas de la zona euro y sus alrededores deben capturar el valor en el día a día.
Mario Draghi, ex presidente del BCE y ex primer ministro de Italia, dedicó un amplio artículo en el Financial Times a estudiar las oportunidades europeas. El reto es el de brillar en un negocio en el que no controlas la infraestructura. El italiano aseguró que esto no se consigue ni aislándose ni con retórica regulatoria, sino “asegurando eslabones críticos de la cadena de valor” donde aún tenemos batallas que ganar. Hablaba de cosas como registros sanitarios unificados, bases de datos públicas y un pozo de información industrial gracias al sector manufacturero. Una economía de datos que se estima que alcance 800.000 millones de valor en 2030.
El problema es que la maquinaria para licuarlos está al otro lado del Atlántico y sujeta a los giros y el temperamento del inquilino de turno de la Casa Blanca.
Es en los centros de datos y en el control del cómputo soberano donde se juega la verdadera autonomía estratégica. Hoy, Europa apenas alberga un 5% de la capacidad mundial de procesamiento para IA frente al 75% de Estados Unidos.La brecha entre la demanda interna y la oferta instalada no deja de ensancharse. Depender de nubes soberanas que son en realidad propiedad de gigantes estadounidenses o estar expuestos a cuellos de botella energéticos deja al continente expuesto al chantaje geopolítico o a costes inasumibles, donde la infraestructura empaquetada se cobra con sobreprecios de hasta el 15%.
El expresidente del BCE y de Italia Mario Draghi, fundador del Rhine Group. Foto: Getty.
El problema de los centros de datos de IA son las inversiones masivas que exigen. Entre 15 y 20 millones por megavatio. Un dinero que solo se financia ante contratos de compra garantizados y sostenidos en el tiempo. Amazon, Google, Apple o Meta tienen cartera de sobra para firmar estos compromisos. En esta parte del mundo, el consumo está de nuevo fraccionado y atomizado entre miles de empresas que compran la capacidad mes a mes. Es esta falta de demanda lo que hace que, al final, aunque tengas una empresa como Nscale en suelo inglés, sus mejores contratos sean suscritos con clientes estadounidenses.
Europa debe resolver urgentemente esta crisis de infraestructura agregando la demanda interna. La referencia operativa más clara la marcan los European Compute Units impulsados por Mistral. Esta propuesta articula la venta a futuro de capacidad de cómputo mediante compromisos plurianuales firmados por consorcios de grandes corporaciones como ASML, Capgemini, Amadeus o CMA CGM. Al comprometer este dinero a largo plazo, el proyecto genera la garantía financiera necesaria para levantar deuda y construir instalaciones físicas en suelo europeo, bajo jurisdicción continental y ajenas al Cloud Act estadounidense, con la meta de alcanzar un gigavatio de capacidad para 2030.
El verdadero dilema del continente no es elegir entre la irrelevancia tecnológica o el servilismo. Draghi plantea que Europa puede romper la falsa disyuntiva entre crecimiento y valores. Solo si se garantiza que las decisiones clave y el procesamiento de los datos sensibles se quedan en suelo propio, la inteligencia artificial dejará de ser una amenaza de subordinación geopolítica para convertirse en el motor de productividad que sostenga, a largo plazo, el modelo social europeo.
Leopardus tilcayo o gato tilcayo es el nombre de la nueva especie de felino silvestre descubierta por un equipo internacional de científicos en los bosques de los Yungas de Bolivia. Un hallazgo que supone la primera descripción científica de una nueva especie de gato salvaje en más de un siglo.
La especie ha sido identificada mediante el análisis de ADN de ejemplares históricos conservados en museos y de muestras de animales vivos, de acuerdo con National Geographic, y ha revelado que lo que hasta ahora se consideraba un único grupo de felinos ampliamente distribuido está compuesto por al menos cinco especies diferentes. Los investigadores todavía desconocen cuántos ejemplares de Leopardus tilcayo viven en estado salvaje.
Entre los expertos que han participado en el estudio publicado este jueves en la revista científica Current Biology, se encuentran el científico Eduardo Eizirik, el investigador Jonas Lescroart y la exploradora de National Geographic Paola Nogales Ascarrunz.
El gato tilcayo se diferencia por ser un felino más pequeño que un gato doméstico promedio: mide aproximadamente 46 centímetros desde la cabeza hasta el final del cuerpo y pesa cerca de 1,4 kilos.
Además, puede distinguirse de sus parientes, las oncillas, por sus manchas de mayor tamaño, una cola más larga y delgada y un pelaje de tonalidad más apagada.
Para la investigación se ha estudiado concretamente un macho de diez años perteneciente al Santuario de Vida Silvestre Senda Verde, en Bolivia, que había llegado al centro alrededor de 2017. Nogales Ascarrunz descubrió al felino mientras colaboraba como voluntaria en el santuario, después de que una familia local lo entregara para que recibiera cuidados.
Su nombre, Leopardus tilcayo, se corresponde con las comunidades locales que encontraron y cuidaron al animal, en forma de homenaje. Los habitantes de la zona lo llamaban “Tilcayo“, un nombre que los investigadores decidieron conservar para reconocer el conocimiento ancestral y la relación de las comunidades con el felino.
Por otro lado, el análisis genómico también ha permitido validar formalmente otras cuatro especies de este grupo: Leopardus guttulus, L. emiliae, L. pardinoides y L. tigrinus, además de identificar una nueva subespecie en los Yungas de Perú, L. tigrinus antisuyo.
Los científicos han utilizado la secuenciación completa del genoma y han recurrido a material genético de ejemplares conservados en museos de Europa y Estados Unidos.
Nogales Ascarrunz está instalando cámaras trampa en los bosques de los Yungas para documentar la especie, conocer su distribución, comportamiento y necesidades de hábitat, en una región amenazada por la deforestación y la minería.
Leopardus tilcayo o gato tilcayo es el nombre de la nueva especie de felino silvestre descubierta por un equipo internacional de científicos en los bosques de los Yungas de Bolivia. Un hallazgo que supone la primera descripción científica de una nueva especie de gato salvaje en más de un siglo.
Cuando pensamos en un TAC nos viene a la cabeza la imagen de un enorme escáner con forma de donut que pesa varias toneladas y mide unos 2 metros de alto. Pero eso es solo la punta del iceberg. Algunos sistemas industriales tienen el tamaño de un camión y son hasta tres veces más pesados, otros son más compactos y ligeros y pueden trasladarse rápidamente a un quirófano o tener el tamaño de un microondas para analizar muestras pequeñas. El Xtomo-Cube es el TAC más pequeño que existe y, con sus 14 × 13 × 22 centímetros, puede sonstenerse perfectamente con una mano.
Su fabricante —Rayim Detection Technology, una empresa surgida del Instituto de Física de Altas Energías de la Academia China de Ciencias— lo presenta como el sistema de TAC más pequeño y ligero jamás construido. “Este es nuestro Xtomo-Cube, el escáner de TAC más pequeño del mundo”, explicaLiu Baodong, ingeniero de la Academia China de Ciencias y director general de la compañía. “El dispositivo puede sostenerse con una sola mano y es el sistema de TAC más pequeño y ligero del mundo, lo que le ha valido el apodo de TAC de mano”. El récord de escáner más pequeño lo tenía hasta ahora un modelo portatil desarrollado por el Fraunhofer Development Center for X-ray Technology (EZRT) de 19 kilos, más del triple que el Xtomo-Cube.
El nuevo dispositivo no pretende sustituir al TAC médico convencional, su reducido campo de escaneo lo limita a objetos pequeños, no a cuerpos humanos. Aun así, su ligereza y bajo consumo lo hacen perfecto para el trabajo en yacimientos arqueológicos o prospecciones geológicas, donde no es posible transportar un escáner de los grandes.
La empresa es especialista en este tipo de máquinas de análisis por imagen y fabrica además microTAC, TAC industrial y sistemas para semiconductores. “Probablemente existan más tipos de TAC que de coches: deportivos, camiones, lo que se te ocurra”, explica Liu. “Este es el utilitario compacto del mundo del TAC. No está pensado para escanearlo todo; está diseñado para mirar dentro de cosas pequeñas”.
Un TAC combina imágenes de rayos X tomadas desde distintos ángulos para reconstruir, por ordenador, un modelo 3D del interior de un objeto. Esta técnica se conoce desde los años setenta. El primer TAC clínico lo desarrolló el ingeniero británico Godfrey Hounsfielden Londres y se usó para detectar un tumor cerebral. Pero su miniaturización —meter la fuente de rayos X, la mesa giratoria y el detector en apenas cuatro litros sin perder calidad de imagen— siempre ha sido un problema.
El Xtomo-Cube permitiría a los científicos analizar muestras pequeñas en el terreno. (CAS)
Más de cinco décadas después, los investigadores chinos han conseguido reducir el tamaño extraordinariamente gracias a que la fuente de rayos X del Xtomo-Cube trabaja a 50 kVp (kilovoltios pico), una energía muy baja comparada con la que usa un TAC hospitalario. Por lo que también necesita menos blindaje a su alrededor para evitar la filtración de radiación.
Además, el detector, la retina del aparato, tiene píxeles de 18,5 micrómetros. Cuanto más pequeño el píxel, más fina la cuadrícula con la que se dibuja la imagen. El campo de escaneo del Xtomo-Cube mide solo 16 mm de diámetro, el tamaño máximo de objeto que cabe dentro. A esto se suma que tiene una resolución espacial de 80 micrómetros, el grosor de un cabello. No es lo mismo que el tamaño de píxel —son mediciones distintas, aunque relacionadas—, sino el detalle más pequeño que el aparato distingue ya en la imagen reconstruida.
Un aparato así tiene un consumo eléctrico ridículo, unos 200 vatios, que permite alimentarlo con una batería portátil de las que se usan para cargar el móvil durante trabajos de campo. El bajo voltaje también reduce el riesgo de radiación, lo que según el fabricante, hace al Xtomo-Cube apto para la enseñanza en universidades y centros de investigación. A diferencia de muchos sistemas comerciales cerrados, sus parámetros son ajustables y da acceso a los datos brutos, útil para experimentar con algoritmos de reconstrucción de imagen.
La compañía no ha revelado precio ni fecha de comercialización del Xtomo-Cube todavía. Pero si cumple lo que promete, este TAC de bolsillo ahorraría un tiempo precioso a los arqueólogos que están trabajando en un yacimiento. En lugar de tener que embalar y trasladar los objetos que han encontrado hasta el laboratorio y esperar semanas por el resultado, podrían saber en pocos minutos qué hay dentro de semillas antiguas, pequeños amuletos o estructuras internas de sedimentos antes de decidir si merece la pena seguir excavando.
Cuando pensamos en un TAC nos viene a la cabeza la imagen de un enorme escáner con forma de donut que pesa varias toneladas y mide unos 2 metros de alto. Pero eso es solo la punta del iceberg. Algunos sistemas industriales tienen el tamaño de un camión y son hasta tres veces más pesados, otros son más compactos y ligeros y pueden trasladarse rápidamente a un quirófano o tener el tamaño de un microondas para analizar muestras pequeñas. El Xtomo-Cube es el TAC más pequeño que existe y, con sus 14 × 13 × 22 centímetros, puede sonstenerse perfectamente con una mano.
Una prospección destinada a mejorar el hábitat de la rana de patas rojas de California terminó con un hallazgo completamente distinto bajo los pies de los investigadores. Mientras examinaba el lecho de un arroyo en una reserva natural del condado de San Mateo, la geomorfóloga Brigid Lynch reparó en una pieza de aspecto extraño que sobresalía entre los sedimentos. Lo que parecía una roca resultó ser un enorme molar fosilizado de un mastodonte del Pacífico, un animal extinguido al final de la última Edad de Hielo.
El descubrimiento se produjo durante un trabajo de campo centrado en una especie amenazada, por lo que nadie esperaba encontrar restos de uno de los grandes mamíferos que recorrieron el oeste de Norteamérica. Lynch, geomorfóloga de Balance Hydrologics, reconoció que nunca había visto algo semejante durante sus salidas profesionales. “Como geóloga, he salido al campo y he visto cosas, pero definitivamente nada tan emocionante como esto“, señaló la investigadora tras conocerse la naturaleza del fósil.
Los especialistas identificaron posteriormente la pieza como un molar perteneciente a un ejemplar adulto de mastodonte del Pacífico (Mammut pacificus). Su estado de conservación llamó especialmente la atención del paleontólogo Wayne Thompson, propietario de Pacific Paleontology y consultor del hallazgo. “El diente en sí está en un estado inmaculado. Es el molar de mastodonte más completo de nuestra zona y el molar de mastodonte más espectacular que he visto jamás. Sentí escalofríos recorriéndome la espalda”, afirmó.
Un gigante de la Edad de Hielo
El mastodonte del Pacífico fue reconocido como especie diferenciada en 2019 y convivió con el mastodonte americano. Emparentado con los elefantes actuales, habitó regiones de lo que hoy son California, Oregón, las Montañas Rocosas septentrionales y partes de México. Sus grandes molares estaban adaptados a triturar vegetación, incluidos frutos y hojas que estos enormes herbívoros obtenían de árboles y otras plantas del paisaje pleistoceno.
Ilustración que representa el diente del mastodonte del Pacífico (Haley Grunloh/Midpeninsula Regional Open Space District)
La anatomía permite distinguirlo de otros proboscídeos de la época. Frente al mastodonte americano, presentaba dientes más estrechos, huesos de las patas más gruesos y diferencias en los colmillos. Tampoco debe confundirse con los mamuts: mientras los mastodontes explotaban principalmente recursos vegetales de bosques y zonas arboladas, los mamuts estaban mejor adaptados al consumo de hierbas y otras plantas de espacios abiertos. Los machos de mastodonte podían alcanzar unos 3 m de alturay pesar alrededor de ocho o nueve toneladas.
El fósil ha sido donado a la Universidad de Stanford, donde investigadores de la Doerr School of Sustainability intentarán precisar su antigüedad exacta mediante datación por carbono. Las primeras estimaciones sitúan el molar alrededor de los 10.000 años, cerca del periodo en el que desaparecieron estos animales. “Los fósiles son nuestra única oportunidad de observar la biodiversidad pasada“, explicó Christine Garcia, responsable de la colección de especímenes geocientíficos de Stanford. Para Thompson, la pieza añade una nueva pista a la historia natural de California: “Es otra pieza del rompecabezas de la Edad de Hielo que podemos colocar en su sitio“.
Una prospección destinada a mejorar el hábitat de la rana de patas rojas de California terminó con un hallazgo completamente distinto bajo los pies de los investigadores. Mientras examinaba el lecho de un arroyo en una reserva natural del condado de San Mateo, la geomorfóloga Brigid Lynch reparó en una pieza de aspecto extraño que sobresalía entre los sedimentos. Lo que parecía una roca resultó ser un enorme molar fosilizado de un mastodonte del Pacífico, un animal extinguido al final de la última Edad de Hielo.
China ha probado un nuevo tipo de panel solar capaz de producir electricidad bajo el agua, una idea que desafía uno de los principales límites de la energía fotovoltaica convencional. El desarrollo, liderado por Simin Ma, de la Universidad de Yunnan, utiliza células solares de perovskita adaptadas a las longitudes de onda que consiguen penetrar varios metros en el océano. El objetivo no es sustituir a las instalaciones terrestres, sino encontrar una fuente de alimentación para dispositivos que necesitan funcionar durante largos periodos sumergidos.
La elección de la perovskita resulta especialmente llamativa porque la humedad es precisamente uno de los grandes enemigos de estas células solares. Frente al silicio utilizado habitualmente en los paneles fotovoltaicos, este material tiene una ventaja decisiva para trabajar bajo el mar: su composición química puede modificarse para absorber regiones concretas del espectro luminoso. El agua bloquea con rapidez buena parte de las longitudes de onda aprovechadas por el silicio, mientras que una célula ajustada específicamente puede seguir utilizando la luz disponible a varios metros de profundidad.
El equipo introdujo en la célula clorhidrato de polihexametileno guanidina, un aditivo destinado a atacar varios problemas al mismo tiempo. El compuesto crea una capa que repele el agua alrededor del material y también interviene en la estructura cristalina de la perovskita, favoreciendo la formación de cristales de mayor tamaño. Al mismo tiempo, limita el movimiento de iones dentro de la red cristalina, uno de los procesos relacionados con la degradación de estas células, y mejora su capacidad para transformar la radiación recibida en electricidad.
Una eficiencia del 35% bajo el agua
Como se afirma en el estudio publicado en la revista Cell, los resultados comenzaron a ser especialmente relevantes cuando los investigadores reprodujeron las condiciones luminosas correspondientes a unos 10 metros de profundidad. Bajo esa iluminación filtrada, las células consiguieron transformar aproximadamente el 35% de la energía luminosa disponible en electricidad. Como referencia, los paneles solares de silicio suelen situarse alrededor del 20% de eficiencia, aunque ambas tecnologías trabajan aquí en condiciones muy distintas y la comparación directa debe interpretarse con cautela. La menor intensidad de la luz y las temperaturas más bajas del medio submarino también podrían reducir algunos mecanismos de degradación habituales en las perovskitas.
El siguiente desafío consistía en comprobar cuánto podía resistir el dispositivo dentro del mar. Los científicos construyeron un pequeño panel encapsulando la célula entre distintas capas protectoras y lo mantuvieron sumergido en agua salada durante unos 40 días. Al terminar la prueba conservaba el 99,6% de su eficiencia inicial. A partir de esos datos, el equipo calcula que podría tardar alrededor de 5,5 años en descender hasta el 80% de su rendimiento original, una duración todavía muy inferior a la de los paneles de silicio convencionales, pero poco habitual para una tecnología basada en perovskita.
La prueba más cercana a condiciones reales se realizó en el Mar de China Meridional, donde el panel fue instalado en un pequeño vehículo capaz de mantener una profundidad determinada. El sistema cargó baterías durante varias horas a 2, 6 y 10 metros. Cerca de la superficie, la producción fluctuó por el movimiento de las olas, mientras que a mayor profundidad la iluminación fue más débil pero también más estable; a 10 metros generó algo menos de una cuarta parte de la energía obtenida a 2 metros. Los investigadores plantean su uso en vehículos submarinos autónomos, sensores marinos e infraestructuras sumergidas conectadas a internet, siempre dentro de profundidades donde todavía llegue suficiente luz solar.
China ha probado un nuevo tipo de panel solar capaz de producir electricidad bajo el agua, una idea que desafía uno de los principales límites de la energía fotovoltaica convencional. El desarrollo, liderado por Simin Ma, de la Universidad de Yunnan, utiliza células solares de perovskita adaptadas a las longitudes de onda que consiguen penetrar varios metros en el océano. El objetivo no es sustituir a las instalaciones terrestres, sino encontrar una fuente de alimentación para dispositivos que necesitan funcionar durante largos periodos sumergidos.
Un terremoto de magnitud 7,8 sacudió Granada el 29 de marzo de 1954. Sobre el papel, la cifra invitaba a pensar en una catástrofe. El registro situaba el episodio entre los mayores documentados instrumentalmente en España, pero sus efectos en superficie no se correspondieron con la energía liberada: no hubo víctimas y los daños fueron puntuales. La intensidad máxima alcanzó el grado V en la escala macrosísmica europea EMS-98, un dato que evidencia la diferencia entre el tamaño de un seísmo y la fuerza con la que termina sintiéndose sobre el terreno. La aparente paradoja tenía una explicación geológica muy concreta, aunque para encontrarla había que descender cientos de kilómetros hacia el interior de la Tierra.
Por qué el terremoto más potente no fue el más destructivo
La clave estaba en el origen del terremoto: su hipocentro se situó a 657 kilómetros de profundidad, muy cerca de los aproximadamente 700 kilómetros que marcan el límite de la sismicidad conocida. A diferencia de un seísmo superficial, las ondas liberadas bajo Dúrcal tuvieron que recorrer cientos de kilómetros a través del interior terrestre antes de alcanzar la superficie. En ese trayecto, la energía se distribuye y la amplitud de las ondas se atenúa con la distancia. De ahí la aparente contradicción: el 7,8 medía la magnitud del terremoto en su origen, no la intensidad de la sacudida que acabaría sintiéndose en Granada. Esa enorme profundidad explica, en buena medida, por qué un episodio de tal magnitud produjo efectos relativamente limitados sobre el terreno.
El contraste con otro terremoto de Granada permite comprender mejor la diferencia entre magnitud e intensidad. El 25 de diciembre de 1884, Arenas del Rey sufrió un seísmo de magnitud estimada de 6,5 Mw, considerablemente menor que el 7,8 de Dúrcal. Sus consecuencias, sin embargo, fueron mucho más destructivas: alcanzó una intensidad de IX-X y dejó entre 750 y 900 víctimas, además de 4.400 edificios destruidos y otros 13.000 afectados con distinta gravedad, según los datos del Instituto Geográfico Nacional. La profundidad, por tanto, constituye una pieza decisiva del puzle, aunque no es la única: también influyen la distancia respecto a las poblaciones, el tipo de suelo, las características de la ruptura, la densidad urbana, la vulnerabilidad de las construcciones y la preparación ante el riesgo sísmico.
Dúrcal no es un caso aislado. Granada es la única provincia de la península ibérica donde se han documentado terremotos a más de 500 kilómetros de profundidad. La explicación podría estar bajo las Cordilleras Béticas y el mar de Alborán, donde la tomografía sísmica ha identificado una masa que desciende cientos de kilómetros hacia el manto y que diversos estudios interpretan como un fragmento de litosfera relativamente fría. Es precisamente cerca de su extremo inferior donde se concentra esta sismicidad profunda. Lo que todavía no está resuelto es cómo puede desencadenarse un terremoto a semejante profundidad, donde la presión y la temperatura dificultan los mecanismos habituales de ruptura. Las transformaciones de determinados minerales y la fusión localizada están entre las hipótesis estudiadas, aunque ninguna explica todavía todos los episodios registrados bajo Granada.
Un terremoto de magnitud 7,8 sacudió Granada el 29 de marzo de 1954. Sobre el papel, la cifra invitaba a pensar en una catástrofe. El registro situaba el episodio entre los mayores documentados instrumentalmente en España, pero sus efectos en superficie no se correspondieron con la energía liberada: no hubo víctimas y los daños fueron puntuales. La intensidad máxima alcanzó el grado V en la escala macrosísmica europea EMS-98, un dato que evidencia la diferencia entre el tamaño de un seísmo y la fuerza con la que termina sintiéndose sobre el terreno. La aparente paradoja tenía una explicación geológica muy concreta, aunque para encontrarla había que descender cientos de kilómetros hacia el interior de la Tierra.