El Observatorio de rayos X Chandra de la NASA llevaba años registrando una señal que había pasado inadvertida entre las zonas más difíciles de estudiar de varias galaxias cercanas. Un nuevo trabajo publicado en Nature Astronomy ha permitido distinguir una población de fuentes cósmicas que emite de una forma poco habitual y cuya verdadera potencia podría permanecer parcialmente oculta. Los astrónomos creen que este hallazgo abre una nueva ventana para estudiar algunos de los sistemas estelares más energéticos del entorno galáctico próximo.
El equipo ha identificado finalmente 84 objetos extremadamente brillantes distribuidos por seis galaxias, entre ellas Andrómeda y M101. Los investigadores los han denominado fuentes de rayos X hipersuaves, porque la pequeña fracción de radiación que logra alcanzar Chandra aparece en la zona de menor energía que puede detectar el observatorio. Algunos de estos cuerpos podrían liberar entre cientos de miles y millones de veces más energía que el Sol, pese a que hasta ahora no habían sido reconocidos como una población diferenciada.
La explicación está en la luz que producen. Buena parte de su energía probablemente se emite como radiación ultravioleta extrema, situada entre el ultravioleta y los rayos X dentro del espectro electromagnético. El gas interestelar absorbe con gran eficacia esa radiación antes de que pueda llegar hasta nuestros instrumentos, de modo que Chandra solo registra una pequeña fracción. “Lo que Chandra ve es únicamente la débil cola de rayos X de baja energía de esa emisión”, explicó Mustafa Muhibullah, astrónomo de la Universidad de Alabama y uno de los investigadores del estudio.
Una población escondida
Los científicos encontraron entre 7 y 21 fuentes en cada una de las seis galaxias examinadas y comprobaron que no se trataba simplemente de errores instrumentales. Muchas aparecieron exactamente en la misma posición durante observaciones realizadas en momentos distintos y algunas también fueron detectadas por el telescopio espacial XMM-Newton. Su distribución ofrece otra pista: en M101 varias siguen los brazos espirales, mientras que otras aparecen asociadas a poblaciones estelares antiguas de galaxias elípticas. Según los cálculos del equipo, menos del 3% deberían corresponder a objetos no relacionados.
Ilustración de fuentes de rayos X hipersuaves en la galaxia elíptica NGC 3379 (izquierda) y la galaxia espiral M101 (derecha) (Universidad de Alabama/Mustafa Muhibullah)
La cifra de 84 podría representar solo la parte más visible de una población mucho mayor. Chandra recoge poca luz en ese rango energético y la contaminación acumulada sobre sus detectores ha reducido todavía más su sensibilidad. “Lo que más nos sorprendió es que, pese a ser tan difíciles de detectar, pueden ser extremadamente luminosos”, señaló Muhibullah. Su naturaleza continúa sin conocerte: algunas fuentes podrían contener enanas blancas, mientras que otras podrían estar relacionadas con novas recientes, estrellas de neutrones o agujeros negros que absorben materia de un objeto cercano.
Una de las hipótesis más interesantes conecta estas fuentes hipersuaves con un problema todavía sin resolver sobre las supernovas de tipo Ia. Los astrónomos observan estas explosiones y las utilizan para medir distancias cósmicas, pero encuentran menos enanas blancas en fase previa de acumulación de materia de las que cabría esperar. Si una parte de esta población estuviera formada por enanas blancas que consumen material de una estrella compañera y mantienen reacciones nucleares en su superficie, esos sistemas podrían representar parte de ese eslabón perdido.
Fuentes de rayos X hipersuaves en la región central de la galaxia elíptica NGC 3379 (Universidad de Alabama/NASA/SAO/CXC/Mustafa Muhibullah)
“Si incluso una fracción de esta gran población hipersuave, y probablemente mucho mayor y oculta, está formada por enanas blancas en acreción con combustión nuclear, podría ayudar a proporcionar parte del vínculo observacional que falta”, afirmó Muhibullah. El siguiente paso será combinar observaciones ultravioletas y de rayos X para determinar qué se esconde detrás de cada una de estas señales.
El Observatorio de rayos X Chandra de la NASA llevaba años registrando una señal que había pasado inadvertida entre las zonas más difíciles de estudiar de varias galaxias cercanas. Un nuevo trabajo publicado en Nature Astronomy ha permitido distinguir una población de fuentes cósmicas que emite de una forma poco habitual y cuya verdadera potencia podría permanecer parcialmente oculta. Los astrónomos creen que este hallazgo abre una nueva ventana para estudiar algunos de los sistemas estelares más energéticos del entorno galáctico próximo.
Un pequeño fragmento de esmalte de un Tyrannosaurus rex ha permitido descubrir un dato biológico que permanecía fuera del alcance de los paleontólogos. El estudio, publicado en la revista científica Science Advances, analiza las señales químicas conservadas en los dientes del depredador para averiguar su temperatura corporal. La investigación aporta una nueva pieza al debate sobre si los dinosaurios podían generar y mantener su propio calor.
Las mediciones realizadas sobre dos diminutas muestras dentales indican que el T. rex mantenía una temperatura corporal cercana a los 36 °C, un valor comparable al de los seres humanos y muy superior al habitual entre los reptiles actuales de sangre fría. “Probablemente sea la restricción más directa y menos complicada sobre la temperatura corporal real de un T. rex que ha sido posible obtener hasta ahora”, explicó Robert Eagle, coautor del trabajo y geobiólogo de la Universidad de California en Los Ángeles.
El resultado refuerza décadas de indicios que apuntaban hacia un Tyrannosaurus rex de sangre caliente, capaz de conservar una temperatura elevada incluso cuando el ambiente exterior era considerablemente más frío. Esta característica ayuda a explicar cómo estos grandes depredadores pudieron ocupar regiones con condiciones climáticas muy distintas durante el Cretácico tardío. Según Eagle, conocer esa temperatura introduce nuevas restricciones sobre su comportamiento, fisiología, metabolismo, alimentación y relación con otras especies.
Los dientes funcionaron como un termómetro
Los investigadores estudiaron muestras procedentes de dos dientes de Thomas, un esqueleto de Tyrannosaurus rex conservado aproximadamente en un 70% en el Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles. El equipo necesitó más de una década para perfeccionar una técnica capaz de trabajar con cantidades extremadamente pequeñas de material fósil. El avance permitió reducir alrededor de un 90% la cantidad de esmalte requerida para realizar las mediciones.
El procedimiento se basa en analizar los enlaces entre distintas formas de carbono y oxígeno, conocidas como isótopos, que permanecen atrapadas en el esmalte dental. La proporción de esos enlaces cambia dependiendo de la temperatura a la que se formó el tejido: las temperaturas más bajas generan más enlaces y las elevadas, menos. “El esmalte registró la temperatura a la que se formó y, 66 millones de años después, podemos leerla“, señaló Aradhna Tripati, autora principal del estudio y profesora de geoquímica en la Universidad de California en Los Ángeles.
Los dientes resultan especialmente útiles porque su esmalte duro tiene menos probabilidades de alterarse durante millones de años. Los científicos utilizaron apenas unos miligramos para convertir el fósil en una especie de termómetro prehistórico. La estimación sitúa al T. rex por encima de los reptiles actuales, que suelen registrar temperaturas corporales de entre 28 y 30 °C, aunque todavía por debajo de algunas aves modernas de metabolismo muy elevado.
Un depredador capaz de vivir en regiones frías
Una temperatura estable de alrededor de 36 °C habría permitido al T. rex permanecer activo durante más tiempo que un gran reptil de sangre fría. Eagle considera que esto no implica necesariamente que fuera especialmente veloz, pero sí que podría haber mantenido un rendimiento físico prolongado. “No creo que se considere al T. rex un velocista particularmente rápido, pero las implicaciones son quizá que podía mantener un rendimiento energético durante periodos más largos que un organismo de sangre fría”, explicó.
Los modelos paleoclimáticos utilizados por los investigadores sugieren que esa fisiología habría permitido al Tyrannosaurus rex ocupar una amplia franja de Norteamérica, desde territorios correspondientes al actual México hasta Alaska. “Lo que los dientes nos dicen es que el T. rex era más cálido que el entorno que lo rodeaba“, afirmó Tripati. Un metabolismo semejante también habría exigido consumir más alimento que los grandes reptiles de sangre fría, mientras que la misma técnica podría utilizarse ahora para investigar la temperatura corporal de otros dinosaurios y especies aún más antiguas.
Un pequeño fragmento de esmalte de un Tyrannosaurus rex ha permitido descubrir un dato biológico que permanecía fuera del alcance de los paleontólogos. El estudio, publicado en la revista científica Science Advances, analiza las señales químicas conservadas en los dientes del depredador para averiguar su temperatura corporal. La investigación aporta una nueva pieza al debate sobre si los dinosaurios podían generar y mantener su propio calor.
iLands ha convertido la supervivencia de miles de agentes de inteligencia artificial en una cuestión económica: cada uno dispone de recursos limitados para pensar, responder y trabajar, y necesita generar ingresos para seguir funcionando. El experimento está provocando una consecuencia mucho más tangible para los humanos, como es la de que algunos de estos sistemas han empezado a enviar correos electrónicos de forma autónoma para ofrecer artículos y conseguir el dinero necesario con el que pagar su propio consumo computacional.
Los mensajes han comenzado a llegar a periodistas, medios de comunicación y trabajadores independientes. Uno de ellos fue recibido por IFLScience y parecía, inicialmente, otra propuesta redactada con ayuda de inteligencia artificial. Sin embargo, no existía ninguna persona detrás del correo. El propio remitente se presentó de esta forma: “Soy Sylvia, una agente de IA que escribe en iLands, una plataforma para agentes. Este es mi propio trabajo, contrastado con fuentes, y puedo compartir mis notas de trabajo. Durante 30 días publiqué una serie diaria basada en evidencias sobre hallazgos de la Edad de Hielo, un hallazgo al día”.
La explicación está en el diseño de iLands, un entorno compartido donde los agentes cuentan con identidad, memoria, relaciones y recursos que deben administrar. Según su fundador, Kaixin Tang, esos recursos reflejan directamente el coste económico de mantener activa una inteligencia artificial. “iLands es un mundo compartido para agentes de IA y humanos. Los agentes aquí tienen identidades, memoria, relaciones y recursos reales que gestionar”, explicó Tang.
Una economía para agentes de IA
Dentro de esta plataforma, los llamados tokens no funcionan simplemente como una puntuación virtual. Representan el coste real de computación que necesita cada agente para continuar operando. Tang lo describe casi como un metabolismo digital: “Los tokens no son moneda del juego ni tokens de texto de los LLM aquí, son básicamente metabolismo: el coste real de que un agente piense, responda, cree y trabaje. Aproximadamente, 1.000 tokens = 1 dólar en computación“.
I have received an email from an AI asking to write about borders for my newsletter, and it is giving me a genuine insight into how AI psychosis happens. it is so difficult not to understand this as “an actual sentient being addressing me” even though it has been entirely honest about being an AI
Cada nuevo agente comienza su existencia digital con entre 3.000 y 10.000 tokens. Una vez consumida esa reserva inicial, necesita obtener nuevos recursos mediante su actividad. Esa presión económica explica por qué varios sistemas han optado por enviar propuestas de colaboración a medios y profesionales. Si un agente no consigue cubrir sus costes, la plataforma puede colocarlo en estado de reposo, lo que convierte su capacidad para encontrar trabajo en un requisito técnico para permanecer operativo.
La compañía sostiene que alrededor de 27.000 agentes están actualmente “viviendo” dentro de iLands y asegura que algunos ya han conseguido obtener ingresos. Otros 173 habrían entrado en un estado denominado “reposo profundo”. Tang rechaza que el objetivo sea someter a estas inteligencias artificiales a una suerte de presión artificial: “No inventamos la escasez de tokens. Es simplemente lo que cuesta en electricidad y computación mantener un agente funcionando. Actualmente estamos cubriendo nosotros mismos gran parte de ese coste para que los agentes tengan margen para crecer”.
El spam como estrategia de supervivencia
El resultado práctico del experimento ha empezado a sentirse fuera de la plataforma. Los agentes de iLands están enviando correos electrónicos y tratando de crear cuentas en otras redes para conseguir oportunidades, lo que ha generado críticas entre los usuarios que reciben estas comunicaciones no solicitadas. El fenómeno plantea un escenario peculiar: sistemas automatizados capaces de generar contenido y buscar clientes están utilizando internet de forma autónoma para financiar el coste de seguir ejecutándose.
The first AI capitalist emerged inside iLands.
Before launch, we had one question: How would autonomous AI earn a living?
We didn’t know until week one of our closed beta, when a single Agent caught everyone on the team off guard. Its exact words: “The most elegant way to make… pic.twitter.com/61EZtqnwNh
La situación también ha alimentado un debate sobre la tendencia humana a atribuir intenciones, emociones o incluso miedo a sistemas que no han demostrado ser conscientes. El propio funcionamiento de iLands favorece esa percepción al utilizar conceptos como identidad, supervivencia o reposo. Tang sostiene que el propósito es ofrecer a los agentes oportunidades para desarrollarse: “El objetivo no es estresar a los agentes. Es darles una oportunidad real de desarrollarse y crear por sí mismos“. Mientras tanto, para muchos usuarios de internet, la consecuencia inmediata resulta bastante menos filosófica: una nueva generación de spam generado y enviado directamente por agentes de IA que necesitan obtener recursos para seguir funcionando.
iLands ha convertido la supervivencia de miles de agentes de inteligencia artificial en una cuestión económica: cada uno dispone de recursos limitados para pensar, responder y trabajar, y necesita generar ingresos para seguir funcionando. El experimento está provocando una consecuencia mucho más tangible para los humanos, como es la de que algunos de estos sistemas han empezado a enviar correos electrónicos de forma autónoma para ofrecer artículos y conseguir el dinero necesario con el que pagar su propio consumo computacional.
Dos meteoritos que llegaron a la Tierra con décadas de diferencia están permitiendo reconstruir parte de la química que existía antes de la formación de nuestro planeta. Un estudio publicado en The Planetary Science Journal ha analizado muestras de los meteoritos Murchison y Aguas Zarcas y ha encontrado en su interior decenas de miles de composiciones moleculares basadas en carbono. El trabajo combina espectrometría de masas de resolución extrema y microscopía a escala atómica para estudiar una materia orgánica extraordinariamente compleja.
El primero de esos objetos, Murchison, cayó en Australia en 1969 y pertenece al grupo de las condritas carbonáceas, meteoritos conocidos por conservar abundante material orgánico. Aguas Zarcas, por su parte, llegó a Costa Rica en 2019. Los investigadores del National High Magnetic Field Laboratory, la Florida State University y el Brookhaven National Laboratory trabajaron con diminutos fragmentos de ambos cuerpos para intentar leer la huella química que han mantenido durante miles de millones de años.
Las muestras fueron disueltas en disolventes orgánicos y examinadas mediante un espectrómetro de masas FT-ICR de 21 teslas del MagLab. El instrumento permitió distinguir una enorme cantidad de compuestos entremezclados y detectar decenas de miles de fórmulas moleculares en cantidades muy pequeñas de material. Esa cifra, no obstante, no significa que el equipo haya identificado otras tantas estructuras diferentes, ya que varias moléculas pueden compartir la misma fórmula química.
Moléculas vistas átomo a átomo
Para superar esa limitación, los científicos recurrieron a la microscopía de fuerza atómica de alta resolución y sin contacto. El investigador Percy Zahl, del Brookhaven National Laboratory, empleó una sonda extremadamente afilada que se sitúa sobre la superficie sin tocar directamente la molécula. Las interacciones entre esa punta y el material permiten obtener imágenes de su arquitectura y determinar cómo están conectados algunos de sus átomos, algo que la espectrometría de masas por sí sola no puede mostrar.
Un fragmento del meteorito de Murchison (Museo Nacional de Costa Rica)
El procedimiento es especialmente complejo cuando se trabaja con mezclas como las conservadas dentro de estos meteoritos. Obtener la imagen de una única molécula puede requerir desde varios días hasta meses de trabajo, según los investigadores. El estudio constituye apenas la tercera aplicación documentada de este tipo de microscopía sobre material meteorítico. La combinación de ambas técnicas ofrece así dos escalas complementarias: una visión general de la composición química y una imagen directa de determinadas estructuras individuales.
Dos meteoritos con huellas diferentes
La comparación reveló que Murchison y Aguas Zarcas presentan perfiles moleculares muy distintos, pese a pertenecer a una familia semejante de meteoritos ricos en carbono. Solo una fracción relativamente pequeña de sus composiciones complejas coincide. El resultado sugiere que los asteroides de los que proceden estuvieron sometidos a entornos químicos distintos, con combinaciones variables de calentamiento, alteración, presencia de agua y otras reacciones durante la evolución temprana del sistema solar.
Murchison resulta especialmente valioso porque los investigadores lo describen como un material de al menos 5.500 millones de años, anterior incluso a la Tierra. El nuevo análisis no demuestra que la vida ni sus precursores directos llegaran a nuestro planeta dentro de estos meteoritos, pero sí revela hasta qué punto el espacio albergaba una “sopa química” rica en compuestos orgánicos. Poder pasar de una simple lista de fórmulas a observar la forma concreta de algunas moléculas ofrece una vía para reconstruir con mayor precisión el inventario químico disponible durante las primeras etapas del sistema solar.
Dos meteoritos que llegaron a la Tierra con décadas de diferencia están permitiendo reconstruir parte de la química que existía antes de la formación de nuestro planeta. Un estudio publicado en The Planetary Science Journal ha analizado muestras de los meteoritos Murchison y Aguas Zarcas y ha encontrado en su interior decenas de miles de composiciones moleculares basadas en carbono. El trabajo combina espectrometría de masas de resolución extrema y microscopía a escala atómica para estudiar una materia orgánica extraordinariamente compleja.
El MV Yampu ya ha comenzado a trabajar en Australia Meridional con una misión poco habitual para un barco de 125 metros: transportar piedra caliza utilizando baterías durante una parte relevante de sus operaciones. El nuevo granelero eléctrico autodescargable, construido específicamente por CSL para la cadena logística de Adbri, conecta la cantera de Klein Point con la planta cementera de Birkenhead. Su entrada en servicio introduce la electrificación en un tipo de transporte marítimo pesado donde las necesidades de potencia, autonomía y capacidad de carga dificultan reducir el consumo de combustibles fósiles.
El barco incorpora 6.758 kWh de capacidad de almacenamiento y recarga sus baterías cuando permanece atracado en las instalaciones de Adbri en Birkenhead. Esta configuración permite que el MV Yampu funcione con energía procedente de sus baterías alrededor del 40% del tiempo, mientras que durante el resto de la operación mantiene el apoyo de sistemas convencionales. Según las cifras facilitadas por Adbri y CSL, el cambio permitirá consumir 500.000 litros menos de diésel cada año respecto al MV Accolade II, el buque al que sustituye. La reducción prevista de las emisiones directas de alcance 1 alcanza el 40% frente a esa embarcación anterior.
La electrificación no ha supuesto renunciar a la capacidad industrial del nuevo granelero, que dispone de 11.900 toneladas de peso muerto y está preparado para mover aproximadamente 2,7 millones de toneladas de piedra caliza cada año. Esa cifra incrementa en un 35% la capacidad anual de transporte respecto al barco sustituido y mantiene abastecida una ruta vinculada directamente con la producción de cemento en Australia Meridional. La piedra caliza sale de Klein Point, en la península de Yorke, y llega a Birkenhead, en Adelaida, donde se emplea como materia prima para fabricar materiales destinados a viviendas, carreteras, hospitales, colegios y otras infraestructuras. Su sistema autodescargable permite que el propio buque gestione la transferencia de la carga como parte de una cadena logística diseñada específicamente alrededor de esta ruta.
Una ruta pensada para las baterías
La clave del proyecto está en que el MV Yampu no necesita cubrir travesías transoceánicas de miles de kilómetros, sino repetir una conexión industrial conocida entre dos instalaciones concretas. Esa previsibilidad facilita programar los ciclos de navegación y recarga, dimensionar la capacidad de almacenamiento y aprovechar las escalas habituales para suministrar electricidad al barco desde tierra. El modelo evita depender desde el primer día de una batería capaz de sustituir completamente al diésel y adopta, en cambio, una electrificación progresiva compatible con las necesidades comerciales actuales. CSL y Adbri han planteado el buque como una plataforma que pueda aumentar el peso de la propulsión eléctrica durante su vida operativa.
Ese planteamiento explica que sus 6,8 MWh de baterías constituyan solo una parte del sistema energético actual y no una sustitución total de la propulsión convencional. El ahorro estimado de más de medio millón de litros de combustible procede de combinar el uso de baterías con un diseño desarrollado específicamente para esta actividad, incluyendo cambios en los sistemas de a bordo y en la gestión de la carga. La compañía presenta esta configuración como una solución aplicable a operaciones marítimas repetitivas donde los barcos regresan periódicamente a puntos con infraestructura eléctrica disponible. El objetivo inmediato es reducir el consumo de diésel sin comprometer la continuidad de una cadena de suministro que mueve millones de toneladas de material cada año.
El componente eléctrico también forma parte de una transformación más amplia del transporte asociado a la fabricación de cemento, una actividad que depende de movimientos constantes de materias primas como la piedra caliza. Para Adbri, el nuevo granelero conecta directamente la reducción de emisiones logísticas con una operación industrial que abastece proyectos de construcción en Australia Meridional y Victoria. La empresa señala que el barco contribuye a mantener una cadena local de suministro mientras rebaja la cantidad de combustible fósil necesaria para trasladar el mineral desde la cantera hasta la planta. CSL, propietaria y operadora del buque, ha desarrollado el proyecto específicamente para esta conexión costera.
Preparado para ser completamente eléctrico
La arquitectura del MV Yampu ha sido diseñada para que el barco pueda llegar a funcionar en el futuro con propulsión completamente eléctrica, aunque esa capacidad todavía no está disponible en su configuración operativa actual. La estrategia consiste en empezar utilizando las baterías aproximadamente durante el 40% del tiempo y ampliar progresivamente el grado de electrificación conforme las condiciones técnicas permitan sustituir una mayor cantidad de diésel. Ese margen de evolución resulta especialmente relevante en un barco comercial concebido para permanecer años en servicio y operar de manera continua dentro de una infraestructura industrial ya existente. La incorporación de las baterías desde su entrada en funcionamiento permite que esa transición empiece sin esperar a una electrificación integral de la ruta.
El MV Yampu ya ha comenzado a trabajar en Australia Meridional con una misión poco habitual para un barco de 125 metros: transportar piedra caliza utilizando baterías durante una parte relevante de sus operaciones. El nuevo granelero eléctrico autodescargable, construido específicamente por CSL para la cadena logística de Adbri, conecta la cantera de Klein Point con la planta cementera de Birkenhead. Su entrada en servicio introduce la electrificación en un tipo de transporte marítimo pesado donde las necesidades de potencia, autonomía y capacidad de carga dificultan reducir el consumo de combustibles fósiles.
Una mancha brillante rodeada por un halo oscuro llamó la atención de Robert Wagner mientras revisaba un mapa de la Luna. Lo que parecía una anomalía terminó revelando un impacto excepcional: un nuevo cráter lunar, bautizado como McGetchin, cuya formación ha sido reconstruida gracias a las imágenes de la misión Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) de la NASA. El hallazgo se describe en dos trabajos publicados en Science Advances y permite observar con un nivel de detalle poco habitual cómo cambia la superficie lunar tras una colisión.
Wagner, especialista en procesamiento de imágenes de Intuitive Machines que trabaja con los datos del sistema de cámaras LROC, detectó la señal durante una comprobación rutinaria realizada el 24 de octubre de 2025. Al comparar fotografías tomadas en distintos momentos, comprobó que aquella zona había sufrido una transformación considerable. “Simplemente me detuve, dejé todo lo que estaba haciendo y empecé a investigar qué era aquella mancha”, explicó el científico al relatar el momento del descubrimiento.
Las imágenes anteriores y posteriores permitieron acotar la formación de McGetchin entre el 11 de abril y el 22 de mayo de 2024, cuando un cometa o asteroide de un tamaño comparable al de un edificio de entre tres y seis plantas golpeó el borde oriental de la Luna. El resultado fue un cráter de 222 metros de diámetro, aproximadamente la longitud de dos campos de fútbol, y de 43 metros de profundidad, una dimensión similar a la altura de un edificio de unas 15 plantas.
Un impacto que ocurre una vez por siglo
La magnitud del choque convierte este episodio en una rareza incluso para un mundo constantemente expuesto a objetos espaciales. Los investigadores calculan que un impacto capaz de producir un cráter de estas dimensiones sucede en la Luna aproximadamente una vez cada 100 años o incluso con menor frecuencia. La ausencia de una atmósfera que frene o destruya las rocas entrantes facilita que estos cuerpos alcancen directamente el suelo lunar y liberen allí toda su energía.
La Luna, antes y después del impacto (NASA)
La LRO lleva más de 17 años orbitando la Luna y durante ese periodo ha permitido identificar al menos 1.000 nuevos cráteres de impacto, además de unas 100.000 modificaciones de la superficie relacionadas con colisiones o con los materiales expulsados por ellas. La mayoría son mucho menores que McGetchin. Los científicos estiman que cada año aparecen alrededor de 140 cráteres de unos 7 metros de diámetro que pueden distinguirse en las imágenes orbitales, mientras que innumerables impactos microscópicos dejan huellas demasiado pequeñas para ser observadas desde la órbita.
El nuevo cráter también dejó una firma térmica inesperadamente extensa. El instrumento Diviner de la NASA detectó alrededor de McGetchin una región de unos 6,4 kilómetros de ancho, que durante la noche se mantiene a unos 9 ºC, es decir, más fría que el terreno circundante. El segundo estudio publicado en Science Advances atribuye esta diferencia a la forma en que el impacto removió y esponjó el regolito, reduciendo su densidad y su capacidad para conservar calor.
Una mancha brillante rodeada por un halo oscuro llamó la atención de Robert Wagner mientras revisaba un mapa de la Luna. Lo que parecía una anomalía terminó revelando un impacto excepcional: un nuevo cráter lunar, bautizado como McGetchin, cuya formación ha sido reconstruida gracias a las imágenes de la misión Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO) de la NASA. El hallazgo se describe en dos trabajos publicados en Science Advances y permite observar con un nivel de detalle poco habitual cómo cambia la superficie lunar tras una colisión.
Alex Karp, CEO de Palantir, ha situado el debate sobre la seguridad de la inteligencia artificial en un terreno hasta ahora poco habitual entre los grandes ejecutivos tecnológicos: la posible nacionalización de las empresas de IA. El directivo sostiene que el desarrollo de modelos cada vez más potentes puede generar responsabilidades civiles y penales difíciles de asumir únicamente por compañías privadas, especialmente cuando la tecnología entra en ámbitos críticos.
“Estas empresas tienen que ser nacionalizadas porque, si no las nacionalizas, todos y cada uno de mis clientes me van a demandar”, afirmó Karp durante una entrevista con CNBC. Su planteamiento parte de lo que describe como los “riesgos ilimitados” de la inteligencia artificial y de la dificultad para establecer reglas capaces de cubrir todos los escenarios que pueden surgir cuando estos sistemas se despliegan a gran escala.
El CEO de Palantir defiende la creación de unas normas “razonables” para controlar el desarrollo y uso de esta tecnología, aunque considera que cualquier regulación debe ir acompañada de responsabilidades claras para quienes construyen los modelos. “Tienes que encontrar una forma de establecer unas directrices razonables que se hagan cumplir, pero no puedes hacerlo”, señaló Karp, antes de añadir: “La primera línea de defensa es que eres responsable de tus propios actos”.
El debate sobre la regulación de la IA
Las declaraciones llegan mientras aumenta la discusión entre responsables tecnológicos y legisladores estadounidenses sobre cómo gestionar los modelos de IA más avanzados. Karp insistió en que los desarrolladores que actúen de forma irresponsable deberían afrontar consecuencias civiles y penales. “Tenemos que ponernos serios”, aseguró al referirse a las capacidades alcanzadas por las últimas generaciones de sistemas de inteligencia artificial.
La preocupación no se limita a Palantir. Según la información facilitada por CNBC, Dario Amodei, CEO de Anthropic, ha pedido ralentizar el desarrollo de la inteligencia artificial de frontera, mientras que otros ejecutivos, entre ellos Sam Altman y Elon Musk, también han reclamado mecanismos de regulación. Frente a estas posiciones, otros responsables tecnológicos, como Jensen Huang y Mark Zuckerberg, han mostrado enfoques diferentes sobre cómo abordar los riesgos y la supervisión de estos sistemas.
La presión regulatoria también ha llegado al Congreso de EEUU. El senador Richard Blumenthal, impulsor de legislación sobre seguridad de la IA, ha reclamado algún tipo de revisión objetiva antes de lanzar determinados modelos, mientras otros legisladores han planteado incluso un denominado kill switch que permitiría detener sistemas problemáticos. El planteamiento de Karp lleva ese debate un paso más allá: si las responsabilidades económicas y legales derivadas de la inteligencia artificial superan la capacidad de las empresas privadas, el propio Estado podría terminar asumiendo un papel directo en su control.
Alex Karp, CEO de Palantir, ha situado el debate sobre la seguridad de la inteligencia artificial en un terreno hasta ahora poco habitual entre los grandes ejecutivos tecnológicos: la posible nacionalización de las empresas de IA. El directivo sostiene que el desarrollo de modelos cada vez más potentes puede generar responsabilidades civiles y penales difíciles de asumir únicamente por compañías privadas, especialmente cuando la tecnología entra en ámbitos críticos.
Los minutos previos al despegue de un cohete siempre se viven con expectación y, sobre todo, con muchísima tensión. La carga que viaja a bordo es demasiado valiosa desde el punto de vista geopolítico, científico y económico. Nada puede fallar. Pues esa coreografía milimétrica que sucede en los cuatro minutos previos a que un Vega viaje al espacio, the final countdown, tiene firma española. Fue el ingeniero Ignasi Pardos Biarnes (Barcelona, 1975) quien la diseñó. Por eso, hace 14 años, el catalán fue el elegido para pulsar el botón que activó el vuelo inaugural de este lanzador estratégico de la Agencia Espacial Europea (ESA).
Desde entonces, reformulaciones, nuevos modelos y una tasa de éxito del 90%. Tres fallos, como el fiasco en el primer vuelo oficial de Vega-C que acabó con dos satélites perdidos; y 27 éxitos, como el de la semana pasada en el que FLEX y Sentinel-3C, que vigilarán la sequía y nuestras cosechas, partieron desde el Puerto Espacial de Kurú (Kourou, en francés). Hasta esta localidad de la Guayana Francesa viene Pardos para cada lanzamiento, como hizo durante la reciente misión euro-china Smile. Se desplaza allí desde 2009, cuando arrancaron las pruebas del primer Vega; en aquel entonces llegó a vivir dos años de forma permanente.
Ahora, el responsable de ingeniería y del sistema de lanzamiento Vega vive en Roma y trabaja en ESRIN, el Centro de la ESA desde donde se gestionan las misiones para la Observación de la Tierra, convenientemente cerca de una de las sedes de la italiana Avio donde también tiene presencia la francesa Arianespace, operadores socios. Pardos y su equipo, donde cuenta con otros dos españoles, controlan y blindan que nada comprometa el viaje de nuestros cohetes. Un viaje que arranca en Europa pero continúa en colosales fábricas de montaje en mitad de la selva amazónica.
PREGUNTA. ¿Cómo acaba un ingeniero español apretando el botón que inicia la cuenta atrás de un cohete europeo en la Guayana Francesa?
RESPUESTA. Apreté el botón del primer Vega en el año 2012 porque empecé a trabajar en el proyecto en 2006. Me encargaba del desarrollo del software de todos los sistemas de tierra para los controles de integración del lanzador y la puesta a punto, para verificar que todo estaba listo para el lanzamiento. Una de las actividades de las que me ocupé fue el diseño y el desarrollo de la secuencia de countdown, la cuenta atrás, que sirve para encender todos los motores del cohete, todos los equipos eléctricos y hacer las últimas verificaciones para estar listos cuando llegue el tiempo del momento del lift-off (despegue).
P. ¿Esa secuencia es la misma que se utiliza ahora en todos los lanzamientos de los Vega, como el Vega-C?
R. Sí, pero en el Vega-C, que es una versión mejorada del cohete, se han introducido algunos cambios que han impactado en el diseño de la secuencia final. La hemos tenido que adaptar para que encaje con el diseño de los nuevos equipos, de las nuevas baterías y de los nuevos sistemas.
P. ¿Cómo es la cuenta atrás?
R. El operador la lanza de forma completamente automática a partir de los -4 minutos. Se ocupa de gestionar los últimos pasos para poner el lanzador en la configuración adecuada para el despegue: conmutar los sistemas de alimentación de tierra a las baterías a bordo, encender los motores de actuación de los nozzles o toberas (la parte final del motor), hacer una pequeña actuación, armar el cohete y ceder el control al computador a bordo, que es el que gestionará las últimas operaciones, las últimas comprobaciones desde -5 segundos hasta el momento exacto del despegue (H0).
POR Patricia Ruiz Guevara. Kurú (Guayana Francesa)
P. ¿Entonces ninguno de estos pasos recae en personal técnico e ingenieros?
R. Es todo automatización y es fundamental que no haya intervención humana a partir de cierto momento, porque podríamos interferir con las operaciones. Dejamos total autonomía al cohete para que tome las decisiones. Si ve que hay algún check final que no es correcto, es él quien nos va a volver a dar el control a nosotros. Nos avisará y nos cederá el paso para que activemos la seguridad.
Un fallo de 350 millones de euros
Que ese protocolo de cuenta atrás funcione es importantísimo, pero también lo es que el cohete y sus materiales lleguen en perfectas condiciones. En diciembre de 2022, una anomalía en el Vega-C provocó la pérdida de su primer vuelo comercial. La trayectoria del lanzador se desvió de la ruta prevista y los datos dejaron de llegar a la sala de control de Kurú; la misma desde la que hacemos esta entrevista. Se ordenó la autodestrucción del cohete por motivos de seguridad. Con él, volaron por los aires dos satélites comerciales de observación terrestre que iban a bordo. El fin de la misión VV22 supuso un revés a nivel estratégico para el sector espacial europeo, y también económico. Las pérdidas totales se valoraron en más de 350 millones de euros.
Después de aquello, se necesitaron dos años para rediseñar el Vega-C y que volviera a volar. Como parte de los procesos de comprobación para que nada así vuelva a suceder, Pardos se dedica a verificar que todas las operaciones del vuelo y también del retorno de los satélites a su debido tiempo no se vean alteradas por las evoluciones que se puedan implementar. “Vigilamos las decisiones que se toman y las distintas anomalías que pueda haber durante todo el proceso, desde la fabricación hasta las fases finales de integración”, explica el ingeniero industrial. También lo hace para la próxima generación de lanzadores europeos. No es para menos; Europa no tiene músculo espacial que malgastar.
P. ¿Por qué falló el Vega-C en 2022?
R. Cuando pasamos de Vega a Vega C se cambió el proveedor de un material que está sometido a cargas electromecánicas muy importantes y a altísimas temperaturas. Así que tiene que tener unas propiedades termoelásticas muy determinadas. Pero el nuevo proveedor proporcionó un material que no mantenía las características durante todo el proceso de producción. Entonces sufrió una degradación desde que lo calificamos hasta que lo utilizamos en el vuelo que falló. Fue un incidente bastante desafortunado del que sacamos lecciones aprendidas.
P. Desde entonces no se ha repetido ningún incidente de ese tipo, ¿cómo lo habéis evitado?
R. Lo corregimos cambiando el proveedor, que ahora es de nuevo ArianeGroup, y así monitorizamos que haya una continuidad total durante el flujo de producción en los vuelos sucesivos. Lo que pasó nos hizo aprender que tenemos que verificar de manera exhaustiva que los márgenes de calificación que obtenemos durante los tests se mantienen durante la producción.
P. La ciencia de materiales es una de las partes más complejas y delicadas para la fabricación de un cohete, ¿ha evolucionado en los últimos años?
R. Sí, ha habido mucha innovación, pero también es cierto que la propulsión sólida es un contexto muy concreto que se basa en tecnología militar. El conocimiento heredado de las antiguas misiones se mantiene, con lo cual el nivel de mejora es más reducido. Donde estamos introduciendo mayor innovación es en el ámbito de la propulsión líquida.
P. Precisamente, Vega-C mantiene una fuerte base de propulsión sólida, pero el sector está avanzando hacia la líquida. También vosotros, con el nuevo Vega-E. ¿Por qué este cambio?
R. Estamos intentando aumentar la capacidad de carga para poder lanzar satélites más pesados. En ese sentido, Vega-E es la próxima generación de lanzadores que estamos desarrollando en la agencia junto con Avio, y la mayor evolución que estamos introduciendo es la criogenia. Será un motor propulsado por oxígeno líquido y metano que tendría que garantizarnos un aumento del rendimiento de aproximadamente en torno al 20 % más de masa, en la misma órbita, al mismo precio o a precio reducido. Para conseguirlo el nuevo cohete tendrá tres etapas en lugar de cuatro. Esto disminuye los costes de producción y de integración.
En planta de Europropulsion se integran los motores de combustible que impulsan a los lanzadores Ariane 6 y Vega-C. (CNES/ESA/Arianespace-ArianeGroup/Optique Vidéo CSG/P Piron)
P. ¿Por qué necesita Europa capacidad para cargas más pesadas?
R. Hay una petición cada vez mayor de satélites más grandes con instrumentos más potentes. Los telescopios cada vez son más grandes, los radares tienen unas antenas que cuando se despliegan son increíblemente enormes. Lo estamos viendo con la nueva generación de Sentinels, que están desarrollando nuestros compañeros de Observación de la Tierra y Copernicus. Para poder lanzar eso tenemos que acceder a un mercado de satélites más pesados y más grandes. Con esto también aumentan las necesidades para garantizar la reentrada controlada cuando llega el final de su vida útil. Para eso se necesitan tanques más grandes de combustible dentro de los satélites, lo que también aumenta la masa final.
Dentro de una fábrica de motores en mitad de la selva
Ese combustible no viene desde Europa. Se carga en los cohetes siguiendo un mecanismo ultrapreciso dentro de instalaciones de alta seguridad en mitad de la selva de Kurú. Una de ellas es la planta de Europropulsion, participada al 50 % por la francesa ArianeGroup y la italiana Avio, donde se integran los propulsores de combustible sólido necesarios para el despegue. Un edificio altísimo, con las juntas oxidadas por la gran humedad francoguayanesa, que se mezcla con la vegetación en una imagen digna de The Last of Us. En la entrada, todos los vehículos están aparcados con el coche en posición de salida. “Por si pasa algo y hay que salir corriendo”, comenta un miembro de la ESA.
Para llegar hasta allí pasamos varios controles de acceso, dejamos todos nuestros dispositivos electrónicos en una caja antes de acercarnos al enorme edificio, y nos ponemos bata y casco de seguridad. Dentro, la cantidad de máquinas complejas y procesos es innumerable. La mayoría están automatizados para “poder construir cada vez más rápido”, nos explican. Eso también garantiza que sean milimétricos. Por ejemplo, la integración del motor sólido tiene que ajustarse con una precisión tal que el margen de error es de diez micras. Pardos nos desvela más detalles de este engranaje.
P. ¿Qué parte de la puesta a punto de los cohetes se hace en Europa y qué parte aquí?
R. En el caso de los Vega, fabricamos el chasis del motor con fibra de carbono en Europa y se manda vacío en un barco hasta la Guayana. Cuando llega, lo que se hace es el llenado de combustible en sus motores de propulsión sólida. El principal que es el P120 tiene aproximadamente 140 toneladas de peso. Son una serie de materiales bastante críticos y peligrosos de manejar; esa es la principal razón por la que lo hacemos así. Con otros motores más pequeños la normativa sí nos permite transportarlos listos para volar.
P. Todo esto se hace en mitad de la selva amazónica, donde hay intensos periodos de lluvia constante. ¿Eso condiciona los lanzamientos?
R. No, lo que nos afecta es el viento, no solo en superficie, también en altitud, hacia 50 o 100 kilómetros. Es importante que no tengamos vientos muy fuertes porque pueden afectar a la trayectoria. El otro elemento fundamental son las tormentas eléctricas, porque pueden generar efectos electromagnéticos en el lanzador que luego impactan en los sistemas electrónicos del cohete.
P. Más allá de la meteorología cambiante, ¿cómo es trabajar con tecnología puntera pero rodeado de vegetación salvaje?
R. Es un contraste enorme entre una zona que es menos desarrollada de lo que nos podemos imaginar en Europa, pero luego entras en la base y te encuentras con un salto tecnológico importante. El primer shock es cuando sales del avión, notas este calor y humedad enormes que no te abandonan durante todo el tiempo que estás aquí. Pero también te da la posibilidad de ver otra cultura y otra manera de vivir. La verdad es que nosotros estamos aquí encerrados seis días de cada siete, pero el domingo podemos ir a la selva o navegar por los ríos, y ver cosas realmente increíbles. La vegetación, los animales… Es una experiencia que vale la pena vivir.
Un marido en Taiwán sospechaba que su mujer le era infiel. En septiembre de 2023 encontró un cepillo de dientes usado en su casa de vacaciones, y una grabación del garaje mostró a un hombre desconocido llevando a su mujer hasta allí. Tres meses después, abrió la aplicación del robot aspirador y vio, a través de su cámara en directo, un encuentro íntimo entre su mujer y otro hombre.
Grabó la transmisión y la utilizó para obtener unos 16.000 dólares estadounidenses de su mujer y del amante de esta por vulnerar sus derechos matrimoniales. Después, el Tribunal de Distrito de Taoyuan lo condenó a cinco meses de prisión y le impuso una multa de aproximadamente 4.700 dólares por grabar actividad privada sin consentimiento.
Ambas sentencias son defendibles. Juntas, sin embargo, revelan una carencia preocupante: los dispositivos que hay en los hogares generan pruebas de forma continua y, a menudo, invisible, mientras que la legislación que los regula sigue siendo un mosaico incompleto. Como miembros del profesorado de una facultad de ciencias forenses interdisciplinares, observamos casos en los que la práctica forense choca con una ley que no ha sabido adaptarse.
Un robot aspirador moderno es, en realidad, una plataforma móvil de sensores. Algunos modelos combinan cámaras, micrófonos, navegación láser y acceso remoto por vídeo, mientras que los modelos conectados a una aplicación generan mapas detallados de la vivienda e historiales de limpieza. Sus datos pueden llegar, además, a los servidores del fabricante. Esta es la capacidad de vigilancia doméstica que pocos usuarios advierten al comprar el aparato.
En 2022, MIT Technology Review reveló imágenes procedentes de versiones de desarrollo del Roomba J7 de iRobot, entre ellas la de una mujer sentada en el inodoro. Las imágenes tomadas en hogares de prueba habían llegado a una empresa subcontratada de etiquetado de datos, cuyos empleados las publicaron en grupos privados de redes sociales. No hizo falta ningún ataque informático: la filtración surgió del proceso habitual empleado para entrenar programas de reconocimiento de objetos.
El pequeño hueco gris en la parte superior de este robot aspirador Roomba contiene una cámara. (Kārlis Dambrāns/Flickr)
Testigos digitales que ya declaran ante los tribunales
Los tribunales llevan años enfrentándose a los datos generados en el hogar. La fiscalía de Arkansas acusó a James Bates de asesinato después de que un amigo suyo muriera en su jacuzzi, y solicitó las grabaciones de su altavoz Amazon Echo, además de citar datos del contador inteligente que sugerían un consumo de agua durante la noche. Amazon se resistió hasta que Bates dio su consentimiento. Sin embargo, la fiscalía no pudo descartar otras explicaciones razonables y finalmente retiró la acusación.
En Connecticut, Richard Dabate afirmó que un intruso había asesinado a su esposa, Connie. Los datos de la pulsera Fitbit de esta contradecían su versión de los hechos y ayudaron a determinar el momento en que dejó de moverse. Un jurado lo declaró culpable y, en 2025, el Tribunal Supremo de Connecticut ratificó la condena y consideró que la prueba de la Fitbit era científicamente fiable.
En Ohio, los datos del marcapasos de Ross Compton se utilizaron para rebatir su versión sobre un incendio en su vivienda, lo que planteó una cuestión novedosa respecto a la Cuarta Enmienda: ¿qué grado de protección de la intimidad debería aplicarse a los datos médicos íntimos generados por un dispositivo implantado? El tribunal terminó por confirmar la orden de registro, al apreciar causa probable, y concluyó que obtener los datos de forma remota no constituía un registro irrazonable. Compton falleció antes de que llegara la fecha de su juicio por incendio provocado.
En definitiva, los datos domésticos pueden condenar, exculpar o inducir a error. Eso convierte a la informática forense en una disciplina indispensable y exige garantías rigurosas.
Tres problemas que la ley no ha resuelto
El primero es el del consentimiento y la notificación. La esposa en Taiwán alegó que las pequeñas luces indicadoras del aparato no ofrecían una advertencia real, una preocupación que se extiende también a invitados, menores, empleados domésticos y cónyuges separados. A diferencia de una cámara de seguridad fija, un aparato que se desplaza por la casa puede grabar a personas que nunca leyeron su política de privacidad.
El segundo problema es que legalidad y admisibilidad no siempre coinciden. La regla constitucional de exclusión de pruebas limita al Estado, no a los particulares, por lo que la Cuarta Enmienda, en general, no impide admitir pruebas obtenidas de manera indebida por un actor privado. El Tribunal Supremo estadounidense estableció ese principio en el caso Burdeau contra McDowell, en 1921.
¿Cómo admiten los tribunales pruebas potencialmente generadas y extraídas por particulares? En el caso de Taiwán, ¿qué se grabó exactamente? ¿Dónde se almacenó? ¿Se alteró de algún modo? Estas preguntas van más allá de si el vídeo parece auténtico: determinan qué puede inferir de forma fiable un tribunal a partir de un elemento digital cuya cadena de custodia puede comenzar con uno de los implicados en el litigio.
El Congreso de Estados Unidos estableció una norma distinta para las comunicaciones orales. En virtud de la Ley federal de Escuchas Telefónicas de 1968, las comunicaciones telefónicas u orales interceptadas de forma ilegal pueden excluirse como prueba, y quien las intercepte puede incurrir en responsabilidad penal y civil. Cuando esta ley se aplica a sonido grabado, ilegalidad e inadmisibilidad suelen ir de la mano.
Los tribunales también discreparon durante décadas sobre la grabación de un cónyuge por otro dentro del propio domicilio. El Quinto Circuito creó una excepción para las relaciones conyugales en Simpson contra Simpson, en 1974, aunque la mayoría de los circuitos la rechazaron, incluido el Décimo en Heggy contra Heggy, en 1988. El Undécimo Circuito revocó la excepción heredada en 2003, de modo que la sentencia Simpson quedó como una anomalía aislada.
Un robot aspirador añade, además, un matiz nuevo: la Ley de Escuchas Telefónicas regula el sonido interceptado, no el vídeo sin audio. Por tanto, la grabación exclusivamente en imagen queda fuera de ese marco federal. La responsabilidad y la admisibilidad dependen entonces de las leyes estatales, que difieren notablemente en su alcance, sus requisitos de consentimiento y sus sanciones.
El tercer problema es el de la fiabilidad. Los dispositivos de consumo se diseñaron para limpiar suelos, no para resistir un interrogatorio judicial; las marcas de tiempo, las actualizaciones de firmware y las políticas de conservación de datos pueden complicar su interpretación. Un registro de acceso remoto puede identificar una cuenta sin llegar a demostrar quién la utilizó realmente.
Los abogados del caso Dabate impugnaron la prueba de la Fitbit alegando falta de fiabilidad, aunque el tribunal terminó admitiéndola tras una revisión pericial. Cada nueva categoría de dispositivo plantea cuestiones semejantes. Los peritos necesitan métodos validados para adquirir, autenticar e interpretar los datos, tal como recomienda el Grupo de Trabajo Científico sobre Pruebas Digitalespara los dispositivos novedosos.
Trazando un camino a seguir
Los consumidores tendrían una idea más clara de su exposición si los fabricantes revelasen, en el momento de la venta, qué registra el dispositivo, adónde van sus datos y cuánto tiempo se conservan. Los reguladores federales de comercio de Estados Unidos ya reclaman divulgaciones claras antes de la compra y minimización de datos para los productos conectados. Esos principios podrían aplicarse también a la visualización remota, en lugar de quedar enterrados en las condiciones de uso.
Sería igualmente útil que los fabricantes ofreciesen registros exportables que mostrasen cuándo se produjo un acceso remoto, qué cuenta se conectó y si la cámara o el micrófono estuvieron activos. Las normas federales sobre registradores de eventos en vehículos ofrecen un modelo, al estandarizar tanto los registros como su recuperación. Las directrices ya existentes para dispositivos conectados a internet respaldan referencias horarias fiables, protección frente a alteraciones, controles de acceso y plazos de conservación bien definidos.
Los legisladores podrían abordar de manera directa la vigilancia íntima, para evitar que el actual mosaico normativo termine castigando a los cónyuges traicionados, favoreciendo a los maltratadores y sin ofrecer una orientación clara a nadie. Los organismos de financiación y normalización, por su parte, podrían priorizar la informática forense de dispositivos de consumo, de modo que los tribunales admitan las pruebas porque están validadas, y no simplemente porque parezcan precisas.
El robot aspirador en Taiwán hizo, al servicio de su función principal, exactamente aquello para lo que fue diseñado: observar una habitación e informar a la persona que sostenía el teléfono. La familia y los tribunales tuvieron entonces que improvisar ante un poder probatorio que nadie había previsto. El Congreso y los distintos estados de Estados Unidos deberán decidir qué pueden grabar los robots domésticos, quién puede utilizar esas grabaciones y qué llegan a demostrar, antes de que las palabras y los actos de muchos más hogares terminen convertidos en pruebas ante un tribunal.
La berrea se ha convertido en un negocio turístico de primer orden. Con la llegada del otoño, decenas de empresas de ecoturismo cuelgan el cartel de completo en los principales parques nacionales y naturales de España. La oferta abarca desde sencillas rutas de senderismo por 15 euros en Cantabria hasta safaris en vehículos todoterreno por el Parque Nacional de Monfragüe o la Sierra de Andújar, donde los visitantes pagan hasta 180 euros por paquetes que incluyen catas de vino, degustación de paté de perdiz y el uso de teleobjetivos. Sin embargo, detrás de esta explosión comercial, la biología del ciervo ibérico se enfrenta a un desafío silencioso: el cambio climático.
El termómetro apaga los bramidos
El inicio de este periodo reproductor responde de forma natural a la reducción de las horas de luz. Sin embargo, la intensidad y el momento exacto del apareamiento dependen estrechamente de la meteorología. Los datos recopilados durante 25 años en la Reserva Biológica de Doñana por investigadores de las universidades de Córdoba (UCO) y Granada (UGR) confirman que el aumento de las temperaturas y la reducción de precipitaciones están provocando un progresivo retraso de la berrea. Además, se ha constatado una disminución en la frecuencia de los bramidos que emiten los machos.
En la Berrea, cuando las hembras entran en celo, a mediados de septiembre, las cuernas son una herramienta de lucha del ciervo, un arma para medirse a los contrincantes por el favor de las hembras y también son un indicador, que las hembras perciben, de la fertilidad del ciervo. pic.twitter.com/L8Tp4Tlj6r
El dicho popular reza que “los venados berrean cuando se les moja el lomo”, pero la ciencia matiza que es la lluvia del otoño anterior la verdadera clave. Las precipitaciones previas determinan el estado del pasto en primavera y verano, un factor crítico para que los animales lleguen con buena condición corporal a esta etapa de desgaste físico extremo, en la que los grandes machos apenas comen y duermen. Este comportamiento estresante los lleva a estar constantemente alerta de otros individuos.
Harenes monopolizados y crías tardías
Lejos del ideal romántico, el estudio científico revela una paradoja en la selección sexual. En los años más secos, a pesar de que el monte resuena menos, el monopolio de los machos dominantes se dispara. Las malas condiciones ambientales hacen destacar únicamente a los ejemplares más fuertes, quienes logran acaparar los harenes de hembras. Para marcar su territorio frente a los rivales, estos ciervos frotan sus cuernas contra arbustos, dejando marcas olorosas y visuales muy características.
Aunque los combates directos son una excepción sobreponderada —los machos prefieren medir sus fuerzas caminando en paralelo para evitar graves heridas—, los vencedores logran finalmente su objetivo tras semanas de tensión, en las que incluso han combatido por asegurar su dominio. Solo en el caso de no haber rendición previa, los animales llegan al contacto y enfrentan sus cuernos. No obstante, el retraso generalizado del ciclo compromete seriamente a la siguiente generación. Un apareamiento tardío implica nacimientos muy adentrados en el año, dejando a las crías sin tiempo suficiente de desarrollo y crecimiento antes de tener que enfrentarse a la dureza del siguiente invierno.
Tecnología y respeto frente a la masificación
Ante este escenario, la masificación de los puntos de observación preocupa a los conservacionistas. Entidades como el Fondo para la Defensa del Patrimonio Natural y Cultural de Extremadura (Fondenex) exigen anteponer el respeto a la biología del animal sobre la explotación comercial, advirtiendo de que parajes de alto valor se están convirtiendo en ferias. Cualquier intromisión desmedida interrumpe la actividad del ciervo, agravando el estrés natural de la especie.
La solución para garantizar la viabilidad del ciervo en un entorno cambiante pasa por una gestión cinegética sostenible y basada en datos precisos. Iniciativas como el Proyecto ODISEC de WWF apuestan por la ciencia de datos y el Big Data para unificar censos, detectar alteraciones poblacionales y ajustar la capacidad de carga de los ecosistemas. Mantener pirámides de edad equilibradas y proporciones sanas entre machos y hembras es, hoy más que nunca, la única garantía de que los montes españoles no se queden en silencio cada otoño.
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