Qué explica el fracaso de Morena en Coahuila

Desde su fundación, Morena ha crecido con la rapidez de una hiedra. En cuatro años, conquistó la presidencia. En cuatro más, tuvo la mayoría de los gobernadores. En dos más, la mayoría calificada en ambas cámaras. Hoy su expectativa de voto es de cuatro a uno.

En todo el país, Morena ha destrozado a su oposición. Excepto en Coahuila.

Coahuila es el único Estado que ha sido gobernado 97 años consecutivos por el PRI y el único que, al día de hoy, pone de rodillas a Morena.

Y es que vale la pena ser claro. Lo que sucedió este domingo no fue solo una elección local, fue la consolidación de un régimen político al mando de Manolo Jiménez, gobernador de Coahuila y uno de los políticos más astutos con que cuenta este país.

Jiménez es un gobernador legítimamente querido. El segundo que genera más confianza del país. El quinto con mejor evaluación de desempeño. Pero también es un hombre del poder que controla su Congreso local y que ha logrado hacerse de una prensa local mansa y un poder judicial a modo.

El gobernador de Coahuila tiene de su lado una serie de programas sociales que le aseguran una base de apoyo y que derrotan a los de Morena. El secreto es la constancia. El PRI-Gobierno de Coahuila toca y habla con la gente todos los días. Lo hace mediante la afiliación a La Mera Mera, una tarjeta de descuentos, pero sobre todo a través de su programa estrella Mejora Coahuila, una organización territorial finamente tejida que realiza innumerables asambleas de barrio para regalar impermeabilizantes, lentes, enseres domésticos y alimentos a bajo costo.

A esto hay que agregar un sistema electoral pensado para el éxito del PRI. Elecciones casi cada año —para nunca enfriar el territorio—, procesos no concurrentes con la federación —para movilizar sin competencia— y, he aquí la mayor genialidad, una marca independiente del PRI. El PRI que no es PRI.

El PRI de Coahuila ha logrado hacerse de una marca independiente del PRI nacional. El coahuilense no asocia al PRI local con Alito Moreno o la corrupción del Grupo Atlacomulco. En Coahuila, el PRI es un Gobierno que da resultados y, sobre todo —aquí está la clave—, uno que le asegura no convertirse en uno de esos Estados gobernados por Morena.

Mucho del imaginario político coahuilense se gesta en observar el maravilloso experimento natural que es La Laguna, una ciudad comprendida por Torreón, un municipio gobernado por el PRI de Coahuila, y Gómez Palacio, que es liderado por Morena de Durango. Los votantes suelen percibir al primero como más seguro, ordenado y mejor gobernado que al segundo.

Muchos coahuilenses votan de forma esencialmente comparativa. Los votantes se sienten satisfechos porque su economía va mejor que la de muchos Estados y su incidencia delictiva es menor que la de todos sus vecinos.

Las diferencias son abismales. Mientras que en Saltillo solo 17% de la población se siente insegura, en Durango el dato sube a 45%. En Coahuila no manda el crimen. Las mesas de seguridad funcionan, las fiscalías son relativamente eficientes e incluso, a nivel federal, se tiene una interlocución de confianza entre la federación y el Estado, algo que solo sucede en un puñado de casos.

Sería un error, sin embargo, asumir que la dramática derrota de Morena en Coahuila se debe solo al fino actuar de la maquinaria priísta. También se debe y sobre todo a la torpeza de su dirigencia.

Los errores cometidos el año pasado en Durango se repitieron aquí cual calca. La dirigencia llegó a organizar las elecciones con una metodología preconcebida y firme, sin conocer al Estado y desconfiando de los cuadros locales. El resultado fue la creación de comités burocráticos, que no tienen capacidad real de movilización territorial, y enorme fricción. Hubo incapacidad para disponer de recursos, información y división entre huestes federales y locales.

La selección de candidatos fue un desastre. Morena se armó mayormente con cuadros de expriístas, gente de confianza de Andrés Manuel López Beltrán y perfiles de poca monta. El resultado fue derrotas que, en algunos distritos, llegaron a ser de tres a uno en favor del PRI.

El discurso de Morena tampoco funcionó. No en el norte. Achacar al PRI y al PAN, dos partidos federales en andrajos, los malos manejos del país ya suena tedioso e irresponsable. Morena es a todas luces el poder. No es una esperanza de cambio, como lo era en 2018, sino un Gobierno que ya debe dar resultados.

Todo lo anterior bosqueja una radiografía de cómo las oposiciones están encontrando maneras de volverse más competitivas. Una mezcla de políticas locales con amplia capacidad de movilización, narrativas comparativas potentes y, sobre todo, buen gobierno.

El PRI de Coahuila se mantiene en el poder porque, debe reconocerse, ha creado un Gobierno que da confianza y resultados. Si Morena no logra hacer lo mismo, y pronto, en años subsecuentes lo veremos decrecer.

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