El orden de los sucesos que componen la historia del juez Sergio Sigales Obrador Garrido es el núcleo para entenderla. Sin embargo, el origen es difuso. ¿Empieza el 19 de octubre de 2025, en la última guardia del juez, cuando decide no imponer prisión preventiva a José Alfredo N por portación de arma de fuego? ¿O el 3 de noviembre, cuando la presidenta Claudia Sheinbaum reconoce en la Mañanera que mandó un escrito al Tribunal de Disciplina para que investigaran a Sigales? Quizás es antes, con las quejas de la Fiscalía de Colima en 2022 porque había disminuido la condena de seis primodelincuentes que habían aceptado un procedimiento abreviado o en los cinco años que inaplicó de forma tozuda la polémica prisión preventiva oficiosa. En medio, aparece la fecha del asesinato de una alcaldesa en Colima, una queja del exsecretario de Marina y, sobre todo, la apresurada construcción del Tribunal de Disciplina, el que iba a ser el órgano estrella de la reforma judicial.
En la fotografía actual, Sergio Sigales es un hombre de 58 años, con una carrera judicial de 25, que fue durante cinco años y un mes juez federal en Colima, y que se convirtió, el 31 de octubre de 2025, en el primer suspendido por el Tribunal de Disciplina. Su caso, en el órgano que justamente debe vigilar los procesos y los plazos, ha estado plagado de tiempos que no se cumplen, de comisiones que ejecutan acciones distintas para las que se crearon, oficios con fechas y firmas que no cuadran, y sobre todo, bajo la sombra de la que fue la principal crítica a la reforma: la sumisión de los órganos judiciales al poder de Palacio Nacional.
Sigales, en una entrevista con EL PAÍS en Ciudad de México, afirma: “Mi caso es político. Es una cuestión que está vinculada con mis criterios judiciales y particularmente con la política de seguridad de Colima”. A las preguntas de este periódico, el Tribunal de Disciplina ha pedido esperar a la sesión de este martes cuando discutirá la Comisión sobre el caso del juez Sigales.

José Alfredo y la prisión preventiva oficiosa
Hace justo un año, la situación dentro del poder judicial federal era caótica. Habían entrado de un plumazo cientos de juzgadores elegidos en las urnas unos meses antes, el antiguo Consejo de la Judicatura Federal se había partido en dos y se había creado un nuevo órgano que prácticamente no tenía personal ni acuerdos de funcionamiento ni medios y que debía vigilar que todo lo que pudiera salir mal de la reforma saliera bien. El Tribunal de Disciplina estuvo inoperante durante semanas.
Lejos de Ciudad de México, en esas fechas, el 14 de octubre de 2025, asesinaron en Colima a la exalcaldesa de Cuauhtémoc, la priista Gabriela Mejía. La gobernadora de Morena en el Estado, Indira Vizcaíno, prometió “una investigación exhaustiva” del homicidio. El 19 de octubre de 2025, el juez de control Sergio Sigales tuvo la que no sabía que sería su última guardia en el Centro de Justicia Penal Federal de Colima. Ahí llegó ese día un imputado por posesión de drogas y de arma de fuego de uso exclusivo del ejército, José Alfredo N.
Sigales llevaba ya entonces cinco años sin imponer prisión preventiva oficiosa, la medida que el Gobierno había definido como troncal para luchar contra la inseguridad y por la que la Corte Interamericana de Derechos Humanos había sancionado a México y le había exigido retirarla. Este tipo de prisión —que implica enviar automáticamente a los acusados de una serie de delitos a prisión sin valorar si existe riesgo de fuga o de daño— está recogida en la Constitución, por lo que el gremio judicial estaba dividido entre la Carta Magna y la instancia internacional vinculante. El juez Sigales era de la segunda corriente.
Así, cuando llegó José Alfredo, Sigales decidió vincularlo a proceso y ponerle como medida cautelar firmar en el juzgado cada 15 días y la prohibición de salir de Colima. “Los hechos estaban muy flojos pero suficientes para vincularlo a proceso y controlarle legal la detención”, relata el juez, que añade que el imputado cumplió con ambos requisitos: “Cuando los acusados no tenían arraigo, yo los dejaba en prisión justificada, pero él es vulcanizador ahí en Cuauhtémoc y sí cumplió”. En el radiopasillo del centro judicial se rumoreó entonces que José Alfredo estaba vinculado con el asesinato de la alcaldesa y que la gobernadora Vizcaíno estaba “furiosa” de que no hubiera ido a prisión. José Alfredo no llegó frente al juez de control por homicidio, que es un delito del fuero común, ni por ninguna causa relacionada con ese crimen.
Una cronología
El 29 de octubre de 2025 se instaló la Comisión de Investigación del Tribunal de Disciplina, presidida por el magistrado Bernardo Bátiz. Un día después convocaron a una sesión extraordinaria en la que se decidió que Sergio Sigales debía ser suspendido de forma inmediata. “No sabemos por qué decidieron que el asunto de Sergio tenía que ser el primero que se discutiera en la historia del Tribunal de Disciplina Judicial. Además para sesionar extraordinariamente, se tienen que dar con 24 horas de anticipación y por escrito por qué ese asunto se tiene que discutir de manera extraordinaria. Eso no existe. No está en el expediente, no obra en ningún lado”, apunta Arturo Guerrero, abogado del juez Sigales.
Además, señala el defensor, la Comisión de Investigación que suspendió a Sigales solo puede investigar y “solicitar la adopción de medidas cautelares” a la Comisión de Disciplina o al pleno, que son los únicos que pueden sancionar, según el Acuerdo General del funcionamiento del Tribunal. En ese momento, la Comisión de Disciplina ni siquiera estaba formalmente constituida.
El 31 de octubre en la mañana, unas horas antes de entrar a su guardia, Sigales recibió una llamada de un integrante del Tribunal. Le estaban esperando en su oficia. “Él ya me dijo: ‘Saca tus cosas, entrega el teléfono, tu oficina, fírmale aquí. También me dijo: ‘Defiéndete”, relata el juzgador: “Yo no la vi venir. Me quebré”. Ahí Sigales se enteró que estaba suspendido por un expediente de quejas de 2022, en el que la Fiscalía de Colima le había reclamado por haber disminuido la condena a seis personas de procedimiento abreviado.
En sus cinco años como juez, Sigales resolvió 240 casos de procedimiento abreviado, esto es cuando los imputados aceptan que son culpables a cambio de una pena menor. Entre 2022 y 2023, el juez disminuyó el tiempo en prisión para algunos acusados de delitos de posesión de drogas. “Lo hice porque estaba en juego su libertad. No tenían antecedentes y eso conforme al acuerdo general de la Fiscalía ameritaba una mayor reducción”, relata.
La diferencia solía ser de un poco más de cuatro años a tres años y cuatro meses, porque en el segundo escenario podían optar a libertad condicional. Esta reducción era, para el juez, conforme a lo que se había resuelto ya antes y también a las recomendaciones de la ONU y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.La Fiscalía de Colima reclamó. En algunos casos los tribunales superiores le dieron la razón al juez Sigales, pero en cuatro de ellos revocaron su decisión. A partir de enero 2023, no volvió a tener ningún caso en el que disminuyera la pena en el procedimiento abreviado.

El 2 de noviembre, el Tribunal de Disciplina sacó un comunicado en el que resaltaba “el primer caso resuelto” de la Comisión de Investigación. Señalaba que el juez de Colima había incurrido en “faltas graves”, con una “conducta reiterada y sistemática” de “reducir las penas acordadas y conceder beneficios de libertad condicional”. La suspensión provisional, decía el comunicado, era para evitar “la destrucción de pruebas”. El expediente de quejas contra Sigales había estado dos años dormido en un cajón.
El 3 de noviembre, Claudia Sheinbaum en una pregunta sobre seguridad habló también del juez Sigales: “En Colima, hace tres días, subieron los homicidios y le preguntamos en el Gabinete, al almirante secretario: ‘Oiga, ¿por qué, si Colima ya había bajado bastante, ahora…?’. ‘No, pues es que dejaron salir a un delincuente, un juez’. Entonces, se le envió una carta al Tribunal de Disciplina Judicial diciendo: ‘Ocurrió esto’. De inmediato hicieron su investigación y están por sancionar al juez, en caso de que haya sido esta la situación”.
Esta declaración de la presidenta es interpretada por la defensa de Sigales como una “injerencia”, un ataque a la independencia judicial y como el ejemplo de los males que los críticos de la reforma judicial auguraban: la sumisión de los elegidos por las urnas al poder presidencial. “Cuando escuché a la presidente me sentí condenado”, apunta el juzgador: “Pensé que mi carrera había acabado”.
Los plazos
Desde que empezó a defenderse, Sigales ha visto cómo el Tribunal de Disciplina incumplía constantemente sus propios plazos. Así, a su escrito del 10 de noviembre donde se inconformó con ser suspendido, el Tribunal tenía que contestar en cinco días, pero tardó más de tres meses. Ni siquiera lo resolvió en la audiencia de su caso el 12 de febrero ante la Comisión de Disciplina.
“El 17 de febrero señalamos las irregularidades, que todo ese tiempo ha estado suspendido por una comisión que ni siquiera tiene facultades y que se excedió por mucho el plazo”, relata Arturo Guerrero. El 2 de marzo el Tribunal contestó que “la manifestaciones formuladas serán tomadas en consideración en el momento procesal oportuno”. Y el 19 de marzo, les notificaron que la suspensión se confirmó con fecha del 10 de febrero, pero con firmas del 13 de marzo.
En este tiempo que Sigales ha estado suspendido (en los que ha vendido hasta estampitas del Mundial) también se ha sobrepasado el plazo máximo de seis meses sin que se hubiera aprobado una prórroga. “Esto lo ha hecho el órgano garante de velar por los plazos y por el cumplimiento a la legalidad”, critica Guerrero. La Comisión de Disciplina sesionó en tres ocasiones en septiembre, pero los magistrados no llegaran a una decisión sobre su caso. Este martes es la próxima fecha.
Antes de que se conozca la resolución, Sigales reconoce: “Yo tenía la esperanza de que con los argumentos y pruebas que teníamos me levantaran la suspensión y regresara yo a mis funciones. Tengo la razón, actué conforme a la legalidad, hay jurisprudencia. Creo que estoy ante una injusticia de las que yo he combatido como juez, a las que yo me he opuesto como juzgador y a las que me opondría nuevamente. Yo no soy sumiso de ningún Gobierno”.

















