El fin de los consensos

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El anuncio del presidente Kast de suscribir el acuerdo sobre el Escudo de las Américas que es promovido por el presidente Trump refrendó lo que necesitaba ser refrendado de una vez por todas: se acabaron los consensos, y no solo en materia de política exterior. Son muchas políticas las que se encuentran involucradas en este momento culminante, y no se comparan con el anuncio grandilocuente de Andrés Allamand, en una recordada columna de opinión en el diario El Mercurio en 1991, en donde le ponía término a la democracia de los acuerdos, permitiendo la irrupción de la “democracia de las alternativas”. Nadie lo recuerda, pero así fue: y la derecha no siguió a Allamand en esta ruta, puesto que los acuerdos continuaron por bastante rato más. Es otro tema debatir si se trataban de acuerdos o de consensos fundados en correlaciones de fuerzas simétricas: no lo fueron, pero esa es una constatación que desdibuja el quiebre de los consensos de ahora.

Hay excelentes razones para explicitar el quiebre del consenso en materia de política exterior. El acuerdo al que concurrió el presidente Kast con el presidente Trump no fue un acuerdo binacional, sino uno que concernía a toda una región sobre diversas materias de común interés, especialmente en seguridad, pero en donde no todas las partes se encuentran en posición de igualdad a la hora de ejercer su soberanía sobre su propio territorio. Concurrir a ese acuerdo es un acto voluntario, que no requiere de aprobaciones congresales: Chile expresó, a través de su presidente, la legítima voluntad en hacerlo. ¿Significa esto que las partes concurrentes con Estados Unidos se encuentran en posición de igualdad para hacer valer sus respectivos intereses? Evidentemente no, y es allí en donde reside el problema. La declaración, presentada como un acuerdo, establece como prioridad los intereses de la soberanía del hemisferio: las derechas chilenas, unas más y otras menos, no se han interrogado sobre la génesis de esos intereses hemisféricos, tampoco sobre su definición. ¿Hay alguna duda que en lo formal esos intereses supra-nacionales son formalmente establecidos entre todas las partes, pero que en la realidad de las cosas hay un actor que predomina, un hegemón, Estados Unidos? Los ex cancilleres de Chile revelaron un asunto importante: el propio canciller Pérez Mackenna, un ministro sumamente débil y novato, habría señalado que la presión de Estados Unidos por llevar a Chile a suscribir este acuerdo ha sido muy fuerte, lo que se ajusta a la conducta del embajador Brandon Judd quien afirma con total soltura que la doctrina Donroe (esa que transforma a América Latina en un patio trasero) es “muy fácil” de llevar a cabo bajo el gobierno de Kast (dando a entender que la afinidad ideológica entre la administración Kast y la administración Trump hace la diferencia, una verdadera humillación desde la perspectiva del agente nacional sometido, en este caso Chile). ¿Es esto normal? ¿No hay en esa presión una búsqueda subordinación de Chile a los intereses de Estados Unidos que, en el marco del acuerdo suscrito, podría torcer el interés nacional en nombre del interés del hemisferio (y por tanto de Estados Unidos, que es el agente dominante)? Es cierto: por primera vez se oficializa el quiebre del consenso de Estado en materia de política exterior; eso es lo que se expresa en la interpelación inédita al canciller Francisco Pérez Mackenna por parte de la Cámara de Diputados. En el origen de esta interpelación se encontraba una razón débil: una controversia inventada por Argentina sobre la soberanía en el estrecho de Magallanes. Esa razón no era suficiente para interpelar al canciller: lo que hizo la diferencia es la posición que adoptó el presidente Kast sobre el Escudo de las Américas, una posición de gobierno (y no de Estado) que aceleró la construcción de una mayoría legislativa para provocar la interpelación (la que aun se encuentra a distancia de una mayoría real a la que concurren en privado varios diputados del oficialismo).

El Gobierno se encuentra en un momento sumamente peligroso.

Lo que este episodio revela es un quiebre entre el oficialismo y la oposición de izquierda. Uso el singular porque la torpeza gubernamental en varias materias ha logrado unificar a la oposición, entregándole en bandeja a la oposición un adversario común que hace esfuerzos para ser visto como tal: ayer fue Pinochet, hoy es Kast, a diferencia del expresidente Piñera quien nunca lo fue realmente (las dos acusaciones constitucionales en su contra no marcaron política, sino un desvarío de izquierdas). La interpelación al canciller Pérez Mackenna es especialmente delicada ya que refleja un quiebre en lo más perpetuo de la política chilena: su política exterior. ¿Cómo explicarlo? Esto no se explica solamente por la postura del gobierno del presidente Kast respecto de este escudo continental. En aras de la honestidad, lo que realmente explica esta polarización en materia de política exterior, y junto a ella en todo tipo de políticas, es la ruptura de los consensos generales sobre la vida buena en todas partes del mundo. Con sus propias particularidades, Chile se inscribe en esta tendencia general, resultándole especialmente difícil moverse entre la potencia política estadounidense y la potencia económica y comercial de China. El multilaterialismo, que muchos consideramos como un bien, varios países lo consideran como un mal, partiendo por el gobierno de Chile: no lo dice explícitamente, pero consagra su carácter nefasto. La existencia de organismos supranacionales con una mediocre capacidad de enforcement en materias esenciales, como por ejemplo la Corte Penal Internacional y todo el entramado de organismos y políticas en materia climática por parte de la ONU, constituyen un excelente ejemplo de deterioro profundo de las instituciones internacionales comunes. ¿Le cabe a alguien alguna duda que detrás de estos disensos en materia internacional no se encuentran desacuerdos fundamentales a nivel local? Pues bien, Chile expresa a escala local lo que se está observando a escala global: un estado del mundo en el que los denominadores comunes pasaron a mejor vida, desde políticas económicas reactivadoras hasta políticas redistributivas, pasando por la política exterior y hasta por la seguridad. Todo se pudrió. En lo esencial, aunque en los márgenes siempre habrán mayorías sustanciales para aprobar cosas que suenan bien, pero que no son esenciales: el gobierno lo negará.

A nadie debiese extrañar que la decisión del presidente Kast de adherir al Escudo de las Américas provocaría una ruda reacción opositora, partiendo por la declaración conjunta de los expresidentes Boric y Bachelet, en donde el expresidente Frei se mantendrá imperturbablemente en un limbo eterno que se arrastra desde que dejó de ser jefe de Estado. La carta pública de los dos expresidentes van más allá de la política exterior: no lo dicen, pero expresan un estado de ánimo y del mundo que es tan fatídico como general.

Solo falta para consagrar este fin de los consensos que el presidente Kast honre su promesa de campaña e indulte a militares que cometieron violaciones a los derechos humanos en dictadura sin jamás haber expresado su arrepentimiento.

Los consensos duran hasta que se rompen, por muy banal que suene. Lo relevante es, entonces, interrogarse acerca de las razones que los rompieron. El origen se encuentra en la política global, la que no determina como si fuese una fatalidad los vaivenes de la política nacional: es allí en donde interviene la agencia de los actores políticos domésticos, quienes pueden estar más o menos embargados por políticas identitarias o por la búsqueda de consensos con el fin de gobernar con legitimidad de largo plazo. Durante el Gobierno del presidente Boric, este mismo dilema estuvo presente, y se impuso la búsqueda de consensos. Todo indica que, dada la potencia política del Partido Republicano y su afinidad natural con el Partido Nacional Libertario, la derecha tradicional será sometida a un identitarismo que achica a la derecha, pero que es el precio a pagar por parecer auténtica.

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