Los Manuscritos del Mar Muerto conservaban desde hace más de 2.000 años una anomalía difícil de explicar: varios textos de Qumrán describen un calendario de exactamente 364 días, pese a que esa duración no coincide con el año solar. Un estudio de Eshbal Ratzon, investigadora de la Universidad de Tel Aviv, publicado en la revista Tarbiz, propone ahora una reconstrucción histórica capaz de explicar por qué aquella comunidad religiosa defendió durante tanto tiempo un sistema que acumulaba un error astronómico cada año.
La clave estaba precisamente en la aparente perfección matemática del calendario. Sus 364 días podían dividirse de forma exacta entre siete, lo que generaba 52 semanas completas y permitía que todas las festividades religiosas cayesen siempre en los mismos días de la semana. Para la comunidad de Qumrán, esta regularidad tenía una dimensión religiosa: sus miembros consideraban que las fechas habían sido establecidas por Dios durante la Creación y rechazaban que las autoridades humanas de Jerusalén pudiesen modificarlas.
El problema aparecía al comparar ese sistema con el movimiento real de la Tierra. Un año de 364 días es aproximadamente un día y cuarto más corto que el año astronómico, por lo que el desfase se acumulaba de manera inevitable. Tras unos 20 años, las celebraciones podían haberse desplazado casi cuatro semanas respecto a las estaciones, una desviación especialmente problemática para festividades vinculadas con las cosechas, los primeros frutos y otros ciclos agrícolas.
Un calendario que pudo utilizarse realmente
Durante décadas, los especialistas han intentado aclarar si este calendario fue una herramienta empleada en la vida cotidiana o un modelo religioso puramente teórico. Algunas hipótesis planteaban que los habitantes de Qumrán introducían días o semanas adicionales para corregir el desfase, mientras otras defendían que el sistema nunca llegó a aplicarse. Ratzon sostiene que los Manuscritos del Mar Muerto no ofrecen pruebas claras de ninguna de esas dos soluciones y propone una tercera posibilidad.
Según su reconstrucción, la comunidad habría utilizado el calendario de 364 días durante su etapa inicial, en el siglo II a. C., cuando la disputa sobre las fechas sagradas pudo contribuir a su ruptura con las autoridades religiosas de Jerusalén. La importancia del asunto queda reflejada en los propios manuscritos: cerca de 20 rollos encontrados en Qumrán tratan cuestiones relacionadas con calendarios y astronomía. El Libro de los Jubileos, conservado entre esos textos, critica además el calendario lunar predominante y presenta el modelo de 364 días como el calendario entregado a Moisés en el monte Sinaí.
La hipótesis plantea que el sistema terminó perdiendo su función práctica cuando el error acumulado respecto a las estaciones se hizo demasiado evidente y cambió también el contexto político. Las relaciones de la comunidad con la dinastía asmonea habrían mejorado durante el reinado de Alejandro Janneo, lo que pudo facilitar el abandono del calendario propio y la adopción del utilizado en el Templo. Ratzon sostiene que aquel modelo no desapareció necesariamente de sus creencias, sino que habría sobrevivido como ideal religioso y símbolo de identidad, una explicación que permitiría comprender por qué ocupa un lugar tan destacado en los Manuscritos del Mar Muerto pese a desaparecer progresivamente de la práctica histórica.
Los Manuscritos del Mar Muerto conservaban desde hace más de 2.000 años una anomalía difícil de explicar: varios textos de Qumrán describen un calendario de exactamente 364 días, pese a que esa duración no coincide con el año solar. Un estudio de Eshbal Ratzon, investigadora de la Universidad de Tel Aviv, publicado en la revista Tarbiz, propone ahora una reconstrucción histórica capaz de explicar por qué aquella comunidad religiosa defendió durante tanto tiempo un sistema que acumulaba un error astronómico cada año.

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