El futuro de Gustavo Petro comienza a despejarse. Lejos de jubilarse, el todavía presidente de Colombia ha aceptado la invitación del senador Iván Cepeda, el candidato que perdió la segunda vuelta, para presidir el Pacto Histórico, el partido unificado de la izquierda colombiana, cuando deje el poder. Petro estrenó ese liderazgo, antes incluso de asumir la tarea, impulsando la primera derrota en el Congreso de su sucesor, el presidente electo Abelardo de la Espriella, que se posesiona el próximo 7 de agosto.
El lunes, cuando se celebraba el Día de la Independencia y se instalaba el nuevo Legislativo, Petro se despidió de la plaza pública con un baño de masas, un despliegue de símbolos y una reivindicación de su Gobierno en el populoso sur de Bogotá. “El pueblo de Colombia eligió como presidente a Iván Cepeda”, insistió en su discurso de más de dos horas, en el que se reafirmó en su teoría de un fraude electoral que ninguna otra autoridad ha acompañado, ni siquiera la inteligencia del Estado. Además de las numerosas críticas a De la Espriella, lanzó una advertencia al confirmar que asumirá la jefatura del Pacto Histórico.
“Ningún aliado o partido político que vote por el fascismo esta tarde contará con ningún apoyo de la fuerza popular para gobernadores y alcaldes de Colombia”, advirtió a pocas horas de la elección de las mesas directivas de la Cámara de Representantes y el Senado de la República, en referencia también a los comicios regionales de octubre de 2027. Esa es la próxima gran cita electoral, en la que el Pacto tiene el reto de disputarle alcaldías y gobernaciones tanto a los clanes regionales como a la nueva derecha que emerge junto a De la Espriella.

La amenaza surtió efecto. Ya en la noche, el Senado escogió como su presidente a Honorio Henríquez, del Centro Democrático, por encima de Alfredo Deluque, el aspirante del Gobierno entrante. Fue una dura derrota para De la Espriella por cuenta de una inesperada alianza entre Petro, con los votos del Pacto, y el expresidente de derecha Álvaro Uribe, fundador del Centro Democrático. Aunque en extremos ideológicos opuestos, son las dos principales bancadas del Legislativo. Hasta el propio Cepeda, que lleva años enfrentado a Uribe ante la justicia, exhibió su voto por Henríquez, que ahora será el encargado de ponerle la banda presidencial al abogado de ultraderecha.
“Petro ya está mandando”, apunta el analista León Valencia. “Fue una cosa coordinada, eso tuvo que ser concertado. Cepeda es un hombre de mucho carácter, ahí va a haber un diálogo”, le dice a este periódico. “Si los dos líderes de la izquierda logran establecer una relación deliberativa y armoniosa, pueden forjar una gran fuerza de oposición, aunque no es nada fácil”, valora el director de la Fundación Pares, autor de una biografía de Cepeda. En su lectura, Colombia se encamina a dos escenarios de oposición: una clásica en el Congreso, que va a dirigir el senador, y otra en las calles, que va a encabezar el expresidente; incluso con huelgas, si el próximo Gobierno intenta echar para atrás las reformas sociales que sacó adelante la Administración de izquierdas. “Vamos a ver cuál de los dos consigue más protagonismo, eso va a depender de las circunstancias políticas”, apuntilla.
Pueden buscar una repartición de los roles, con el presidente saliente dirigiendo el partido y el senador la bancada en el Congreso, coincide el politólogo Yann Basset, profesor de la Universidad del Rosario, en Bogotá. “Petro va a tener que defender su legado, incluso jurídicamente, y eso va a ocupar buena parte de su tiempo. Por eso no es tan seguro que tenga las manos libres para ser el líder del Pacto Histórico”, advierte el experto. “Al mismo tiempo, el partido lo necesita, pues es difícil que la izquierda se mantenga unida sin él. El peligro es que Petro, justamente porque ya no puede ser candidato, no va a mirar el futuro; va a mirar y reivindicar su Gobierno”.

De momento, la izquierda se prepara para pasar a la oposición en torno a dos ideas. Por un lado, Petro insiste en denunciar un supuesto fraude y desconocer tanto el resultado de las elecciones como la legitimidad del presidente electo –aunque siempre ha dicho que se propone dejar el poder–. Y por el otro, Cepeda, aunque concedió su derrota, invoca la desobediencia civil pacífica –a menos que De la Espriella renuncie a su ciudadanía estadounidense y cese la persecución contra Petro y sus opositores–. “Se está configurando un gobierno paramilitar”, ha llegado a denunciar el veterano senador, que ocupará el escaño que el Estatuto de la oposición le garantiza al perdedor de la segunda vuelta presidencial.
Aunque cuenta con 26 senadores, más que ninguna otra bancada, el Pacto Histórico es en muchos sentidos una novedad en la política colombiana. Petro ha sido, en varios momentos de su larga carrera, un político sin partido. Después de militar en la Alianza Democrática M-19, heredera de la guerrilla a la que perteneció en su juventud, trasegó como congresista, alcalde de Bogotá y candidato presidencial por un puñado de partidos y movimientos –Vía Alterna, Polo Democrático Alternativo, Progresistas o Colombia Humana–. A la Casa de Nariño llegó apoyado por el Pacto, para entonces una variopinta coalición de fuerzas progresistas. El largo camino para convertirlo en un partido unificado ha sido accidentado. Ahora debe consolidarse sin un presidente que lo aglutine, y al mismo tiempo, organizar la resistencia a los recortes y contrarreformas que promete De la Espriella.

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