Los cubanos han respondido históricamente a las dificultades con resiliencia e ingenio, “resolviendo”, pero esa adaptación constante está teniendo un alto costo psicológico en medio de la mayor crisis de la isla en décadas.
En plena calle de Centro Habana, Mayumis Núñez despierta sobre una cama improvisada frente al edificio donde vivió durante años.
Hace tres semanas, parte del inmueble centenario se derrumbó y fue declarado inhabitable. Desde entonces no tiene otro lugar donde pasar la noche.
Dormir a la intemperie la deja exhausta, pero lo que más la angustia es no saber cuándo terminará esta situación.
“Imagínate solamente el no tener un descanso. Saber que es un día y otro día y otro día”, dice la mujer de 44 años.
Cada mañana sube hasta lo que queda en pie de su apartamento para bañarse, si es que hay suficiente agua debido a los apagones, cambiarse de ropa y prepararse para trabajar.
Para los cubanos, tener agua, conseguir alimentos, desplazarse e incluso dormir durante toda la noche en medio del calor insoportable del verano se han convertido en desafíos cotidianos. Desde que Washington impuso en enero un bloqueo petrolero a La Habana, las condiciones de vida han empeorado notablemente.
Pero más allá de las dificultades materiales, muchos describen una sensación similar: el agotamiento de intentar resolver el presente una y otra vez. Y el no tener energía para pensar en el futuro.
En el hospital Calixto García de La Habana, donde funciona desde hace años una clínica especializada en manejo del estrés, los médicos observan también cómo la crisis se refleja en las consultas.
– “Estrés sobre el estrés” –
Sentados en círculo, estudiantes, jubilados y profesionales comparten hace meses las mismas preocupaciones: apagones, poco dinero, familiares emigrados y planes en pausa.
Entre los participantes está Claudia Sifredo, una estudiante de pedagogía de 29 años. Como muchos jóvenes, ha dejado en suspenso algunos proyectos personales, como emanciparse de sus padres, una meta que considera fuera de su alcance en las circunstancias actuales.
“Todo es caótico (…) esta situación actual es de tanto estrés y tanta incertidumbre que uno no sabe ni cómo llevar el diario”, explica.
Por ahora, asegura, la terapia la ayudado a concentrarse en aquello que puede controlar. “Tengo que aprender cómo lidiar con ese entorno que no puedo cambiar ahora mismo”.
Para Tania Peón, directora de Salud Mental de La Habana, gran parte de la población vive hoy en un “estado de alerta” permanente.
“Las personas están en función de resolver necesidades básicas durante todo el tiempo”, explica.
Ese esfuerzo continuo termina acumulándose. “Es un estrés sobre el estrés”, enfatiza.
Según la especialista, las familias siguen encontrando maneras de enfrentar las carencias, pero “el nivel de agotamiento es fuerte”.
La preocupación también es visible entre la juventud, una etapa en la que normalmente se construyen proyectos y expectativas de vida.
“En el primer semestre de este año hemos estado observando un incremento de la conducta suicida de nuestros adolescentes”, advierte Peón.
Aclara que esta estadística no responde solo a la crisis actual, pero tampoco puede desligarse por completo el contexto de incertidumbre y presión cotidiana en el que viven muchos jóvenes.
– “Estamos locos”-
En la isla de 9,4 millones de habitantes, las señales de deterioro psicológico ya eran visibles antes del reciente agravamiento de la situación energética.
Una encuesta realizada en 2025 entre adultos cubanos detectó niveles “extremadamente severos” de depresión, ansiedad y estrés, y encontró una relación directa entre apagones prolongados y una peor salud mental.
Leandro Wanton, un guía turístico de 45 años desempleado por la caída del sector, reconoce que muchas veces la frustración resulta difícil de contener.
“Hay días que tú te levantas y quieres explotar”, afirma.
Junto a su pareja, Roberto Ronda, un chef de 49 años, intenta sobrevivir con un pequeño negocio de comida en la Habana Vieja. Los apagones alteran horarios, dañan productos y vuelven impredecible cada jornada de trabajo.
“No hay un sosiego, no hay un descanso”, dice Ronda. “La salud mental se va desgastando”.
La incertidumbre también afecta la manera en que hace planes. “El futuro para mí es incierto” a menos que haya “un cambio radical” en el país, señala.
A unos 150 kilómetros de La Habana, en Consolación del Sur, provincia de Pinar del Río, el campesino Fidel Maqueira pasa las noches vigilando sus bueyes para evitar robos. De día también enfrenta apagones, escasez de agua e insumos para sus cosechas, y precios cada vez más altos.
“Estamos viviendo en una etapa muy mala. Estamos locos (…), no tenemos tranquilidad ninguna”, afirma.
Para seguir adelante intenta “no pensar tanto en los problemas” y resolver “con lo poquito que uno tiene”, comenta.
Cuando cae la noche en La Habana, Mayumis Núñez vuelve a acostarse en la calle frente a su edificio semiderrumbado.
Mañana se levantará, subirá de nuevo a lo que queda de su apartamento, se preparará para ir a trabajar e intentará una vez más resolver los problemas del día.
Al día siguiente hará lo mismo. Y al otro también.
lis/arb/lbc

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