Veintitrés años después, el último capítulo de la presencia militar estadounidense en Irak se cierra en silencio. Sin desfiles ni banderas. Hoy miércoles vence el plazo que Bagdad y Washington han fijado para completar la salida, y las fuentes oficiales de ambos países confirmaron en julio que todas las fuerzas norteamericanas habrían abandonado el país antes del 30 de septiembre.
Quedaban unos 2.500 soldados, reducidos a labores de asesoramiento y apoyo y la mayoría destacados en instalaciones militares del Kurdistán. La víspera se ha notado en los pequeños gestos burocráticos: Irak ha firmado con EE UU la entrega de un centro diplomático y logístico en el aeropuerto de Bagdad.
Es un final discreto para una historia que había comenzado el 19 de marzo de 2003, cuando el entonces inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush, lanzaba la invasión con el argumento de que el régimen de Sadam Hussein poseía armas de destrucción masiva. En tres semanas cayó la estatua del dictador en la plaza Firdos y Washington creyó haber ganado la guerra. Acababa de empezar la ocupación, que resultó mucho más larga y costosa.
La disolución del ejército y la purga del partido Baaz dejaron en la calle a cientos de miles de hombres armados y resentidos. El vacío de poder lo llenaron las milicias, la insurgencia suní y Al Qaeda. Entre 2006 y 2007 el país se deslizó hacia una guerra civil sectaria entre suníes y chiíes. Solo el refuerzo de tropas ordenado por Bush, que llevó la presencia estadounidense a cifras cercanas a los 170.000 soldados, y el pacto con las tribus suníes de Anbar devolvieron cierta calma al país.
El presidente Obama heredó el problema y cumplió su promesa a medias. Las tropas de combate salieron en 2010 y el resto abandonó el país en diciembre de 2011, con Irak proclamado soberano y estable. La estabilidad duró poco. Con el sectarismo del Gobierno de Nuri al Maliki como caldo de cultivo, el Estado Islámico surgió de las cenizas de Al Qaeda y en 2014 tomó Mosul, la segunda ciudad del país, ante un ejército iraquí que se desmoronaba.
Washington regresó, esta vez al frente de una coalición internacional. Tres años después, el califato que un día se extendió no sólo por tierras de Irak y de Siria quedó desmantelado dejando ciudades enteras reducidas a escombros. La mayor parte de la exitosa ofensiva sobre el terreno la protagonizarían las fuerzas iraquíes y kurdas, pero también decenas de milicias chiíes que ahora son uno de los problemas para EE UU y Bagdad.
La otra gran sombra fue la República Islámica de Irán. Si algo ganó con la caída de Sadam Hussein, fue Teherán, que extendió su influencia mediante partidos y milicias chiíes hasta integrarlas de facto en las fuerzas de seguridad. Los ataques de esas fuerzas a las bases estadounidenses tras la guerra de Gaza aceleraron el calendario de salida. Fue un acuerdo alcanzado bajo la Administración Biden, con una primera fase que concluyó en septiembre de 2025 y una segunda, la del Kurdistán, que termina ahora.
Ahora Trump cierra una etapa, y a su forma. En pleno conflicto de Irán y con la posibilidad de una vuelta a las andadas tras su rechazoa la última propuesta del régimen de los ayatolás para la reapertura de Ormuz. Una nueva escalada con epicentro en la República Islámica volverá a tener consecuencias para Irak, donde operan varias milicias leales o al menos coordinadas con Teherán fuera del control de Bagdad. Uno tras otro los gobiernos iraquíes han fracasado en la empresa del desarme.
No en vano, hace poco más de dos semanas el oleoducto saudí Este-Oeste fue atacado desde suelo iraquí, como reconoció su propio gobierno, y la hipótesis más plausible apunta a las milicias proiraníes. Ayer mismo, la milicia proiraní Kataib Hezbolá avisaba ayer de que derribará cualquier avión “hostil” sobre espacio aéreo de Irak a partir de hoy. En un comunicado, la organización aseguraba que “el resistente pueblo iraquí celebrará la expulsión de las tropas de ocupación de EE UU y la OTAN”, antes de agregar que este es el primer paso para lograr una “soberanía total sobre la tierra, las aguas y el aire” del país.
La presencia de Washington en Irak ha dejado también unos 4.500 militares estadounidenses muertos, y las estimaciones de víctimas iraquíes, civiles y combatientes, van de cientos de miles en adelante. Millones de personas se vieron obligadas a desplazarse y el coste para el Tesoro de EEUU se calcula en varios billones de dólares. Con todo, según el primer ministro Ali al Zaidi, las fuerzas estadounidenses estarán fuera, pero las empresas estadounidenses se quedarán.
En el haber estadounidense, la caída de una dictadura brutal, la celebración de elecciones con cierta regularidad y la consolidación de una autonomía kurda. El país exporta petróleo en cantidades récord. Pero se trata de una democracia frágil, atravesada por el clientelismo, la corrupción y el reparto confesional del poder, y con grupos armados fuera del control del Estado.




