Bogotá: una cima del arte, la gastronomía y el (alegre) despiporre urbanístico

Bogotá es un caos. Un caos delicioso y apasionante, pero caos, al fin y al cabo. Para empezar, hablamos de 1.776 kilómetros cuadrados de megalópolis (Madrid tiene 604 y Barcelona, 102), parcelada en 20 localidades (una especie de distritos), que se subdividen en 1.922 barrios. Tantos que ni siquiera los taxistas más avezados han oído hablar de algunos. En cuanto a población, las cifras oficiales suman casi ocho millones de habitantes. Las extraoficiales hablan de más de 12 millones.

Por otro lado, la capital colombiana, situada a 2.600 metros de altura sobre el nivel del mar, tiene un clima, llamémoslo, impredecible. Lo que se traduce en que en algún momento del día va a llover. Esto es así. Y también suele hacer fresco. No en vano, los colombianos del Caribe la denominan “la nevera”.

Para orientarse hay que buscar los Cerros Orientales, una cadena montañosa en paralelo a la ciudad, visibles desde cualquier punto y que sirven de brújula tanto al foráneo como al oriundo. Cuando uno se sitúa frente a ellos, el sur está a la derecha y el norte a la izquierda. Con un trazado urbanístico (más o menos) en cuadrícula, hay que guiarse por las carreras (avenidas denominadas con números ordinales), que se alinean con estas montañas, de sur a norte. Las calles (también numeradas) van de este a oeste cruzando las carreras.

Dicho esto, no se fíe. Si está pensando en alquilar un coche para su visita, abandone ya toda esperanza. Hay laderas con carreteras enrevesadas como culebras; las señalizaciones tienden al minimalismo escandinavo; los atascos son infernales y la ciudad no va a ganar ningún premio al mejor asfaltado. Hay que decantarse por los taxis (mejor solicitados desde el hotel) o las aplicaciones móviles de transporte (la opción más segura).

Por último, está ese despiporre urbanístico tan bogotano que, en cierto modo, funciona de manera maravillosa (la exuberancia vegetal ayuda). Cada edificación es de su padre y de su madre y no suele mantener ninguna conexión estética con la adyacente. Existe la belleza en el caos, sí, pero mejor dejarse guiar por un cicerone local como Jaime Martínez, el director de ArtBo, la feria de arte más importante de Sudamérica, organizada por la Cámara de Comercio de Bogotá. “La ciudad ha cambiado mucho. Ha crecido, está mucho más poblada”, explica. “Y en 2026 se prevé inaugurar el metro, que va a cambiar la manera de conectarse”.

Aunque Martínez nació en Cali, vive en la capital desde 2009. Lo que se dice un rolo (un nativo de esta megaurbe) sobrevenido. “Bogotá ofrece una escena cultural muy rica, pero, a veces, no nos valoramos”, confiesa. Como muestra, las 46 galerías participantes en la pasada edición de ArtBo (buena parte de ellas con sede aquí) y los más de 22.000 asistentes. Para la próxima edición, la número 22, que se celebrará del 24 al 27 de septiembre de 2026, planea una jugada maestra: acceso gratuito para todos. Sería la primera feria del mundo de semejante categoría en adoptar este formato antielitista.

Una visita a Bogotá tiene que empezar en La Candelaria, el centro histórico, con sus calles empedradas y su arquitectura colonial: un no parar de museos, restaurantes y cafés con encanto. El día puede arrancar en la plaza de Mercado La Concordia, con sus mostradores de viandas locales: frutas, jugos y café. Allí cerca, en la plazoleta del Chorro de Quevedo, fue donde Gonzalo Jiménez de Quesada fundó la ciudad en agosto de 1538. Hoy aquí mandan los puestos de artesanía (hippy) y los bares de ambiente bullanguero.

La Manzana Cultural del Banco de la República es el epicentro artístico de La Candelaria. En un complejo de cuidadas villas coloniales se concentran el Museo Casa de Moneda (numismática), el Museo de Arte Miguel Urrutia (arte moderno y contemporáneo), la Biblioteca Luis Ángel Arango y la Casa Republicana (ambas con exposiciones temporales). Aunque la joya de la corona es el Museo Botero. Allí se exhiben un centenar de obras del célebre artista colombiano, además de decenas de piezas de su colección privada (Picasso, Renoir o Monet). Justo enfrente se encuentra el Centro Cultural García Márquez, otro hito cultural bogotano.

Continuamos hasta la plaza de Bolívar, centro neurálgico y político, que está flanqueada por la Catedral Primada, el Palacio Arzobispal, el Capitolio Nacional (sede del Congreso de la República), el Palacio de Justicia y el Palacio Liévano (que alberga la Alcaldía Mayor). A escasos metros se hallan el Pasaje Rivas (ideal para hacerse con artesanía típica) y el Teatro Colón, el lugar que acogió la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y las guerrillas de las FARC en 2016.

Para hacerse una idea de lo que supuso ese acuerdo nos desviamos hasta Fragmentos, Espacio de Arte y Memoria. Un maravilloso emplazamiento, entre lo tropical y lo racionalista, con un cuidado programa de exposiciones. El suelo del edificio, obra de la artista Doris Salcedo, es el núcleo conceptual de este contramonumento. Para su creación se utilizaron 37 toneladas de acero fundido provenientes de las armas que entregaron las FARC tras su disolución. “Es un espacio de calidad internacional”, apunta Jaime Martínez.

Desde La Candelaria se puede subir a la iglesia de Monserrate, levantada en honor a la barcelonesa Virgen de Montserrat. Se puede hacer el trayecto a pie o en funicular o teleférico, si uno no quiere llegar a la cima con la lengua fuera. Rodeada de una impresionante reserva natural, cuenta con unas sobrecogedoras vistas. Desde los 3.152 metros de altura del cerro donde está enclavada (atención con los mareos), uno se hace una idea de las colosales dimensiones de la urbe.

En el descenso se puede visitar la Quinta de Bolívar, antigua residencia de descanso de Simón Bolívar, que funciona como casa-museo. De vuelta al centro, el Museo del Oro es de visita innegociable. Esta colección de orfebrería precolombina, la más grande del mundo, exhibe el legado de las culturas indígenas, con tesoros como la balsa muisca. Como contrapunto, a una cuadra se encuentra el Septimazo, un tramo de la carrera Séptima denominado así coloquialmente, con su ambiente popular y un tanto surrealista, donde se arraciman puestos de baratijas, artistas callejeros y carritos de comida rápida.

No lejos de allí están el Centro Internacional y el barrio de Las Nieves, con dos colosos culturales como MAMBO (Museo de Arte Moderno de Bogotá) y el Museo Nacional de Colombia, con una colección que navega entre el arte, la arqueología, la historia y la etnografía. “Muchas de estas instituciones están financiadas por el Estado. Por eso la mayoría son gratuitas”, expone Martínez.

Otra cita indispensable es La Macarena, un barrio bohemio con librerías, cafés y mucha vida nocturna. Es también donde se asentaron las primeras galerías. Hoy están aquí nombres como Galería [SN], Espacio El Dorado y NC arte. Justo enfrente de esta última se levantan las Torres del Parque, de Rogelio Salmona (también fue el arquitecto de MAMBO), una obra maestra de la arquitectura del ladrillo, parte importante de la identidad visual bogotana. A su espalda asoma la Plaza Cultural La Santamaría, un antiguo coso taurino (las corridas se prohibieron en 2024), que ahora acoge espectáculos escénicos y la Bienal de Arte. Teusaquillo, el barrio adyacente, también cuenta con interesantes galerías como Mor Charpentier (en un entorno neocolonial) y LT Projects (en pleno distrito financiero).

Al norte está la localidad de Chapinero, un distrito que engloba decenas de pequeños barrios que por sí solos merecerían una visita individualizada. En La Cabrera y El Nogal coexisten tiendas de diseño (como en la calle de los Anticuarios), restaurantes de moda, centros comerciales y clubs nocturnos (congregados en la Zona T). En Quinta Camacho dominan las casas de estilo Tudor levantadas en la década de 1930 a imagen y semejanza de la arquitectura británica. Rosales es el hogar de la Zona G, el área que impulsó la gastronomía autóctona hace dos décadas.

Aunque hoy es Chapinero Alto el destino para descubrir la pujante nueva gastronomía, con destinos como Selma (cocina mediterránea, con influencias griegas y libanesas), Salvo Patria (con ingredientes locales y prácticas de sostenibilidad) y El Chato. “Es un bistró de cocina colombiana experimental. Es impresionante y tiene un ambiente de diez”, señala Martínez. El comedor del chef colombiano Álvaro Clavijo ha sido recientemente coronado como el mejor restaurante de Latinoamérica, según la lista de The 50 Best.

En todos estos barrios existe un ecosistema de expositores como Montenegro Art Projects, Casas Riegner o El Museo. Aunque la zona que inició este bum artístico fue San Felipe. “La transformación del barrio comenzó en 2012, cuando un grupo de empresarios compró inmuebles para alquilarlos a galerías”, recuerda Martínez. “Eso hizo que un lugar habitual de talleres de autos empezara a cambiar, atrayendo a bares y restaurantes”. Hoy, espacios como SGR Galería, SKETCH, Juanita Echeverry o Elvira Moreno dominan estas calles, que alcanzan su apogeo durante ArtBo Fin de Semana (del 15 al 19 de abril de 2026), el hermano menor de la feria.

Un momento perfecto para darse a la estimulante vida nocturna chapinera, con barras como Aalto Bar-Bistró (en la azotea del Centro Comercial El Retiro, con un speakeasy camuflado) y ODEM Bar. “Una terraza para tardear, aunque según avanza la noche también se puede bailar. Es muy chévere”, la define Martínez. “Chapinero Bajo siempre fue una zona LGTBI, punketa y hippy. Es el lugar perfecto para descubrir la noche bogotana”. Más al norte aún nos topamos con Chicó (con bistrós de nivel) y Usaquén, donde se ubica el Mercado de las Pulgas, surtido por artesanos locales.

Todas las áreas mencionadas son tan seguras como cualquier capital europea, pero siempre conviene ir con ojo. Por eso no está de más una recomendación final en boca de Jaime Martínez: “Cuando un local le diga ‘no se meta por esa zona’, haga caso. No vaya por ahí, no insista”. Palabra de rolo.

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