Un científico abre un sobre sellado durante 10 años y descubre que la gravedad sigue sin tener sentido: “Debemos seguir adelante”

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Un sobre cerrado durante casi una década guardaba la cifra que podía resolver una de las mayores anomalías de la física moderna. El físico Stephan Schlamminger, del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EEUU (NIST), había dedicado años a medir la constante gravitacional universal G sin conocer el resultado real de su propio experimento. El trabajo, publicado finalmente en la revista científica Metrologia, pretendía aclarar por qué distintas mediciones de la gravedad siguen ofreciendo valores que no terminan de coincidir.

La estrategia tenía una razón concreta. Schlamminger temía que conocer de antemano el valor esperado pudiera influir, aunque fuese de manera inconsciente, en el análisis de los datos. Su compañero Patrick Abbott alteró deliberadamente algunas mediciones mediante una corrección numérica que solo él conocía y guardó la clave dentro de un sobre. Durante años, el equipo trabajó prácticamente a ciegas, mientras intentaba reproducir con la máxima precisión un experimento realizado anteriormente por el Buró Internacional de Pesas y Medidas (BIPM) en Sèvres, Francia.


El momento de abrirlo estuvo a punto de llegar en 2022, pero el investigador detectó un posible efecto relacionado con la presión del aire que todavía podía alterar el resultado. Decidió aplazar la revelación y revisar de nuevo el experimento. Dos años después, el 11 de julio de 2024, durante una conferencia sobre mediciones electromagnéticas de precisión celebrada en Aurora, Colorado, Schlamminger leyó finalmente el número oculto. “Realmente había puesto los puntos sobre las íes y cruzado todas las tes del experimento“, explicó.

La gravedad vuelve a desafiar las mediciones

La primera reacción fue de alivio porque la corrección secreta tenía aproximadamente el signo y la magnitud que esperaba. Eso sí, el optimismo duró poco. Al reconstruir los datos reales, el equipo comprobó que su medición no coincidía con el resultado obtenido en Francia. Tras otros dos años de análisis, los científicos establecieron un valor de 6,67387 × 10-11 m3/kg/s2 para la constante G, un resultado 0,0235% inferior al registrado por el experimento francés.

La diferencia es minúscula para cualquier situación cotidiana, pero resulta incómodamente grande para la física de precisión. La constante G determina la intensidad de la atracción gravitatoria entre dos masas y, pese a que los científicos llevan más de 225 años intentando medirla, continúa siendo una de las constantes fundamentales peor determinadas. Las mediciones modernas difieren aproximadamente en una parte entre 10.000, una dispersión superior a la que deberían producir los errores experimentales habituales.

Una dificultad esencial es la propia debilidad de la gravedad. Un pequeño imán puede levantar un clip y vencer así la atracción gravitatoria ejercida por toda la Tierra. En un laboratorio, el problema se multiplica porque los investigadores deben trabajar con masas manipulables, muchísimo menores que un planeta, y detectar fuerzas extremadamente pequeñas. El equipo del NIST utilizó una balanza de torsión, heredera conceptual del experimento realizado por Henry Cavendish en 1798, capaz de registrar movimientos diminutos provocados por la atracción entre varias masas.

Un misterio que el experimento no consigue cerrar

El dispositivo empleado combinaba ocho masas cilíndricas y una cinta de cobre-berilio con un grosor similar al de un cabello humano. Los investigadores midieron la torsión provocada por la gravedad y utilizaron también fuerzas electrostáticas para compensarla, obteniendo así una segunda forma de calcular G. Incluso repitieron las pruebas con masas de cobre y zafiro para comprobar si la composición del material podía estar alterando los resultados. Ambas configuraciones ofrecieron valores prácticamente idénticos, descartando esa posible explicación.

El experimento del NIST no demuestra que las leyes conocidas de la gravedad sean incorrectas. La explicación considerada más probable sigue siendo la existencia de algún efecto experimental todavía no identificado, pero la discrepancia permanece abierta después de una década de trabajo. “Cada medición es importante, porque la verdad importa”, afirmó Schlamminger. Tras años persiguiendo una cifra que continúa resistiéndose a los físicos, el investigador ha decidido dejar el desafío a otros: “Lo dejaré para que las generaciones más jóvenes de científicos trabajen en el problema“. Y añadió: “Debemos seguir adelante”.

Un sobre cerrado durante casi una década guardaba la cifra que podía resolver una de las mayores anomalías de la física moderna. El físico Stephan Schlamminger, del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de EEUU (NIST), había dedicado años a medir la constante gravitacional universal G sin conocer el resultado real de su propio experimento. El trabajo, publicado finalmente en la revista científica Metrologia, pretendía aclarar por qué distintas mediciones de la gravedad siguen ofreciendo valores que no terminan de coincidir.

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