Un chip sabrá que estás enfermo antes que tú: el sueño húmedo de Silicon Valley vale 100.000 millones

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Eso que en la jerga especializada se conoce como wearables lleva casi tanto tiempo entre nosotros como los smartphones. Al principio, Silicon Valley vendía estas pulseras y relojes como una manera de tener notificaciones en la muñeca y contar los pasos que dábamos a lo largo del día. Después descubrieron que la tecnología también podía decirnos cómo de malas habían sido nuestras noches, detectar pulsaciones extrañas y señales de estrés. Y cuando parecía que estos dispositivos empezaban a llegar a su techo, aparece la IA y les da una segunda vida.

En los últimos meses hemos visto cómo se han popularizado entrenadores de muñeca basados en la tecnología de moda. Pero ahora la industria quiere ir un paso más allá. Quiere que estos aparatos sean capaces de detectar, antes de que uno note que algo no va bien, señales de que el cuerpo está empezando a cambiar.

Aseguradoras, hospitales y farmacéuticas hace tiempo que descubrieron que el cuerpo es capaz de producir información mucho más valiosa que calorías, pasos, minutos de esfuerzo físico o gráficos de sueño para presumir en redes sociales. La producción de datos se extiende las 24 horas del día. Y cuando tu negocio depende de lo costosos que sean los tratamientos, del número de pacientes que atiendes o de la efectividad de los medicamentos que creas, acceder a ellos puede ser la hormona del crecimiento para tus márgenes de beneficio. Por eso, tanto la industria sanitaria como la tecnológica llevan años buscando la forma de acceder a esos datos.

Qualcomm, uno de los mayores vendedores de chips del mundo, ha puesto nombre a esa ambición en su cumbre anual, celebrada esta semana en Hawái. El evento ha servido como pistoletazo de salida a la Personal AI Health Alliance, un nombre llamativo para una agrupación que busca convertir relojes, anillos, pulseras inteligentes e incluso auriculares en la puerta de entrada a una economía sanitaria que, según sus cálculos, podría suponer más de 100.000 millones de dólares en pocos años, según estimaciones de la asociación .

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Para Qualcomm, el beneficio sería multiplicar la venta de sus componentes. Para el usuario, tener indicios de cuándo podría caer enfermo. ¿Y para el resto de implicados? Para una aseguradora o mutua, la lógica es de cajón. Un paciente que empeora sin que nadie lo atienda acaba en urgencias, en el hospital y, a menudo, en una factura mucho más alta. Si un dispositivo wearable es capaz de detectar el deterioro real y permite intervenir a tiempo, podría ayudar a vigilar a más gente con menos visitas presenciales y menos episodios caros. El propio Apple Watch lleva años permitiendo empaquetar tus datos de salud y compartirlos con tu médico. El objetivo es, por tanto, evitar que estalle la enfermedad. Como se dice coloquialmente, pillarla a tiempo.

Para una farmacéutica, como Merck, el premio está en otro sitio. Los ensayos clínicos vuelven a depender en muchos casos de verse cara a cara, cuestionarios o la percepción de los pacientes. A veces, también la memoria, porque deben recordar cómo se sintieron hace dos semanas. Los wearables prometen observar el efecto de un fármaco casi en tiempo real. Cómo camina una persona, si duerme peor, si le sube la temperatura o si le afecta a la respiración. Merck ya lleva años experimentando con esto, pero que Qualcomm y fabricantes de tecnología de consumo se interesen significa llevarlo a una nueva dimensión. No es lo mismo intentar vender un dispositivo médico que un reloj inteligente que te valga para todo.

Una IA a la que no se le pida cosas

La idea de Qualcomm es que una parte relevante del análisis se haga directamente en el reloj, anillo, auricular o teléfono. Que el dato no tenga que viajar a la nube constantemente. La compañía ha insistido en ese concepto algo vaporoso conocido como IA personal. Una IA procesada en sus chips de forma local, menos datos viajando a la nube, menos latencia y más cacharros capaces de interpretar lo que hacemos sin levantar el teléfono para preguntárselo a un servidor. El siguiente paso son los prometidos agentes. En lugar de limitarse a responder cuando les hacemos una pregunta, estos sistemas aspiran a encargarse de tareas, tomar decisiones y utilizar distintas aplicaciones y dispositivos para cumplir con nuestras necesidades, sin que se lo pidamos. La idea es que la IA deje de ser algo a lo que acudimos y empiece a ser algo que trabaja por nosotros.

En el caso de la salud, podría analizar de forma continua las señales del cuerpo, detectar cambios que se nos escapan y avisarnos de que algo quizá no va bien antes incluso de que aparezcan síntomas. “El agente estará en el centro, pero tu teléfono, tu PC, tus gafas, los wearables y el coche serán puntos finales para los agentes inteligentes“, explica Cristiano Amon, CEO de Qualcomm.

“Al final se trata de tu contexto, de una IA que trabaja para ti y que es relevante para ti. Si no es relevante, no vas a utilizarla”, añade el directivo. “Las cargas de trabajo se distribuirán entre los recursos de computación disponibles en la nube y en los dispositivos, dependiendo de cada tarea que necesites realizar”, apuntó. Es decir, habrá modelos pequeños que pueden ejecutarse localmente, pero eso depende tanto del software como del chip.

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Amon, CEO de Qualcomm. Foto: Reuters.

Amon, CEO de Qualcomm. Foto: Reuters.

Pero a la hora de la verdad no se evita la pregunta incómoda. Si el cuerpo se convierte en una fuente permanente de información médica, alguien tendrá que decidir quién puede verla, usarla y sacar beneficio de ella. No hay que olvidar que la información sanitaria es uno de los datos más sensibles y prueba de ello es la protección que se le brinda en textos como el RGPD.

El reloj, el anillo, el parche o los auriculares recogen señales sobre nuestro sueño, actividad, frecuencia cardíaca, respiración, temperatura o recuperación. La inteligencia artificial buscará patrones y anomalías. Y si encuentra algo raro, el dispositivo podrá avisarnos de que quizá deberíamos dormir más, movernos menos, comer distinto o, en el mejor de los casos, pedir cita con un médico antes de que el problema dé la cara.

La industria tecnológica promete ser capaz de saber más del cuerpo que su dueño. No porque una empresa haya descubierto de repente cómo diagnosticar enfermedades desde una muñeca, sino porque cada avance en sensores, chips y modelos de IA permite convertir una parte más de nuestro día a día en un dato vendible.

Vamos, por partes. Qualcomm no busca en el negocio sanitario, en un momento en el que los reguladores están escrutando hasta el milímetro cualquier movimiento horizontal de las grandes tecnológicas. Ellos quieren algo más sencillo y rentable, que es vender las cañerías y la fontanería de esos dispositivos cada vez más presentes en nuestra vida.

Hay una variable que conviene no perder de vista en esta promesa. La palabra potencialmente. Que un dispositivo procese los datos localmente no significa que estos vayan a quedarse allí. Pueden sincronizarse después, pasar por una aplicación, cruzarse con nuestro historial médico o acabar formando parte de estudios, servicios y acuerdos comerciales que aceptamos con la misma atención con la que solemos leer los términos y condiciones. Es decir, ninguna. La industria habla de IA personal como si estuviera construyendo una caja fuerte alrededor de nuestra intimidad. A veces, lo que está construyendo es simplemente una forma para que nos acabemos fiando y entregando nosotros mismos la información.

Una tendencia al alza

Lo de Qualcomm no es un plan nuevo. Whoop lleva años intentando transformar la obsesión deportiva por la recuperación en una plataforma de salud más ambiciosa. Su negocio va más allá simplemente en decirle a un corredor si ha dormido bien o si debería entrenar menos. La empresa quiere que la gente interprete la variabilidad de su frecuencia cardíaca, el descanso, el estrés y la carga física como una especie de cuadro de mandos biológico. Un tablero donde el cuerpo se convierte en una empresa y el usuario en su director financiero, pendiente de que los indicadores trimestrales no salgan rojos.

Con su último reloj, Google intentó entrar en otro campo, el del metabolismo. Su función Health Guardian para Pixel Watch y Fitbit incluye tendencias de resistencia a la insulina, una estimación obtenida a partir de datos fisiológicos acumulados durante semanas y no de un pinchazo de sangre. La función llegará a Pixel Watch 3, 4 y 5 y a Fitbit Air y pretende alertar de cambios sostenidos en la salud metabólica antes de que el usuario reciba una analítica o una conversación incómoda en la consulta. Tanto en este caso como en el de la presión arterial, la IA es la que ha permitido crear estas herramientas.

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Vista de la Fitbit Air de Google. Foto: Efe

Vista de la Fitbit Air de Google. Foto: Efe

Eso no significa que un reloj de la marca mida el azúcar ni que diagnostique diabetes desde la muñeca. Google habla de tendencias de resistencia a la insulina y la distinción importa. Una cosa es detectar que un conjunto de señales se parece a un patrón estadístico asociado con peor salud metabólica. Otra muy distinta es establecer un diagnóstico, decidir un tratamiento o sustituir una prueba de laboratorio. Las compañías tecnológicas han jugado en ese espacio por donde, por una parte, transmiten una imagen de fiabilidad médica al mismo tiempo que recuerdan que sus inventos no son productos clínicos y que no sustituyen al médico ni al especialista de turno.

Oura quizá es el mejor ejemplo de lo lejos que está llegando este asunto. El fabricante del anillo inteligente prepara su salida a bolsa en Estados Unidos, donde aspira a lograr una valoración de hasta 15.620 millones de dólares. Esas son las ambiciones de una empresa de origen finlandés cuyo producto principal invita al usuario a dormir con un sensor en el dedo y pagar una suscripción para que le explique cómo ha dormido. Nuevamente, intenta hacer algo más que solo hardware. Vende una relación continua con el cuerpo y una cuota mensual para interpretarla. Lo hemos visto con el iPhone y con otros tantos dispositivos. El negocio no solo está en venderte un cacharro cada tres o cuatro años. Está en colocarte suscripciones mensuales o anuales durante ese tiempo.

La parte incómoda, como han recordado en la presentación de Qualcomm, es que medir no equivale a curar. La salud está llena de señales ruidosas, cuerpos distintos y personas que duermen mal porque tienen un bebé, trabajan de noche, atraviesan una depresión, van en un avión o simplemente viven. Un algoritmo puede detectar que algo cambia, pero necesita demostrar que ese cambio importa, que funciona igual en poblaciones diferentes y que el aviso mejora algo más que la ansiedad del usuario y el número de consultas en una aplicación.

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Ahí está la prueba de fuego. Se habla de medicina más personalizada, reducción de costes y validación de fármacos, pero hasta que no haya un estudio o una muestra importante, sonará a brindis al sol.

El riesgo es que la medicina termine abrazando las peores costumbres de la economía de las aplicaciones. Más notificaciones, más suscripciones, más pantallas y más responsabilidad desplazada al paciente, que tendrá que vigilar su pulso, su sueño, su respiración y ahora también sus supuestas tendencias metabólicas. La promesa es detectar la enfermedad antes de que llegue. La pregunta es si estos dispositivos nos harán estar más sanos o simplemente más pendientes de que algo pueda ir mal.

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