Selma Dealdina, activista quilombola: “Para el agronegocio, la tierra es mercancía, algo que se explota y se saquea sin devolver nada”

Selma dos Santos Dealdina Mbaye (Sapê do Norte, Brasil, 43 años) es una reconocida activista brasileña y lideresa en la lucha por los derechos del pueblo quilombola, comunidad descendiente de esclavos africanos que escaparon y formaron asentamientos libres llamados quilombos. “Ser quilombola es pertenecer a un pueblo que lucha por sus territorios, por la defensa de la naturaleza y por la valorización de la juventud”, explica en una entrevista con EL PAÍS en Brasilia, la capital. “Somos la continuidad de una historia que empezó con la esclavización de nuestros antepasados, cuando nuestro pueblo buscó espacios para reorganizarse y construir nuevas formas de vida colectiva en libertad. De ahí nacieron los quilombos”, añade.

El Quilombo dos Palmares es el más conocido, pero Dealdina insiste en desmontar una idea muy extendida en Brasil: “Se piensa que los quilombos se acabaron cuando Palmares fue destruido. No es así. Los quilombolas seguimos aquí, y los quilombos atraviesan mi cuerpo, mi vida y mi identidad”. Hoy existen más de 9.000 comunidades quilombolas en Brasil, que suman más de un millón y medio de personas en 24 Estados del país.

Desde hace años, la activista es uno de los referentes políticos de la Coordinación Nacional de Articulación de las Comunidades Quilombolas (CONAQ, por sus siglas en portugués), la principal organización dedicada a defender los derechos de este pueblo, que acaba de cumplir 30 años de activismo ininterrumpido.

“Es un movimiento gigante que lucha por la titulación de los territorios y enfrenta el racismo estructural, energético y ambiental, y todas las formas de violencia contra nuestros cuerpos y nuestras tierras”, resume en la conversación con este diario, que tuvo lugar durante la segunda Marcha Nacional de las Mujeres Negras, que aglutinó a finales de noviembre a miles de mujeres llegadas desde quilombos, riberas, campos, periferias urbanas, universidades y desde los territorios más invisibilizados de toda la región latinoamericana.

Cuando se le pregunta por las prioridades actuales para las comunidades quilombolas, la activista responde con una tríada que repite casi como un mantra: “Si pudiera pedir tres deseos, serían titulación, seguridad y continuidad”. La titulación, explica, es el núcleo de todo. De los miles de quilombos existentes, solo una parte mínima ha logrado el título legal de propiedad colectiva; incluso las comunidades ya certificadas (el paso previo a la titulación) pueden esperar décadas hasta que concluya el proceso.

“La lentitud del Estado brasileño nos ha costado vidas. Permite que sigan las amenazas, los atentados, los asesinatos de nuestras lideresas y nuestros líderes”, afirma. Cita el informe Vidas interrompidas, publicado en 2025 en el marco del proyecto Resistência Quilombola financiado por la Unión Europea, que documenta homicidios, tentativas de asesinato y agresiones contra defensores. En el periodo que va de 2019 a 2024, el estudio documenta 46 asesinatos registrados contra líderes en la defensa de los derechos humanos de las comunidades quilombolas. “No titular hoy es no reconocer y no reparar. Nosotras ayudamos a construir este país ayer y hoy, pero seguimos siendo una parte excluida de la sociedad por efecto del racismo”, reivindica.

La lentitud del Estado brasileño nos ha costado vidas. Permite que sigan las amenazas, los atentados, los asesinatos de nuestras lideresas y nuestros líderes

Para Dealdina, la titulación es también una condición indispensable para que las políticas públicas no sean meros parches: “Algunas políticas llegan, pero sin titulación no hay garantías plenas. Queremos que la titulación llegue mientras todavía estemos vivas”.

En este punto introduce una distinción que considera esencial: “Para el agronegocio, la tierra es mercancía, algo que se explota y se saquea sin devolver nada. Nosotras y nosotros hablamos de territorio. Cuando morimos, es a ese territorio al que volvemos”. Para la lideresa quilombola, el territorio no es un activo negociable, sino un bien común y colectivo, el lugar donde se tejen la vida, la memoria y el futuro. “Es donde cuidamos de la naturaleza, donde pisan nuestros pies, donde construimos la casa, la familia, nuestro modo de vivir”, añade.

Por eso le resulta especialmente grave que esa conexión se pague con amenazas y muerte. Entre 2019 a 2024, el informe Vidas interrompidas documenta 46 asesinatos registrados contra defensores de los derechos humanos de las comunidades quilombolas. “Tenemos que preguntarnos por qué necesitamos morir para defender lo que es nuestro. Las personas son asesinadas como si fueran desechables, como si sus vidas no importaran. Y las vidas quilombolas importan”, reclama.

Algún día, dice, Brasil tendrá que dejar de tratarlas solo como índices y estadísticas y empezar a mirarlas como seres humanos “que tienen hijas, hijos, nietas, nietos, que dejan una comunidad entera huérfana”.

Hay mujeres actuando en todos los Estados y en espacios internacionales en América Latina y el Caribe donde se encuentran las luchas negras

Como referente del Colectivo de Mujeres de la CONAQ, Dealdina defiende que no es posible contar la historia de los quilombos ni discutir la titulación sin colocar a las mujeres en el centro. “Nuestro cuerpo es un cuerpo político, habla de nosotras y para nosotras. Hay mujeres actuando en todos los Estados y en espacios internacionales en América Latina y el Caribe donde se encuentran las luchas negras”, explica.

Por último, la activista subraya la paradoja de Brasil, un país donde la población negra es mayoría y casi no se ve representada en el Senado o en la Cámara. “La lucha de las mujeres quilombolas no es solo una lucha de mujeres. Es una lucha de toda la sociedad que entiende que el patriarcado y el machismo tienen que ser cuestionados para que otros paradigmas y valores puedan surgir”, añade.

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