Rusia tiene un problema real que empeora por momentos. Como había prometido hace unos meses, Ucrania no deja de golpear su flota de bombarderos nucleares estratégicos por mucho que intenten defenderla después de la operación Spiderweb de junio de 2025. La situación se está volviendo tan crítica que las fuerzas de Vladímir Putin se enfrentan ahora al dilema de seguir utilizando los bombarderos en su guerra injustificada contra Kiev o mantenerlos a buen recaudo para preservar la letalidad de su tríada atómica frente a la OTAN.
El viejo Tu-95 constituye un componente aéreo esencial de la tríada nuclear de Moscú. Sólo el Tu-95 y el más moderno Tu-160— capaces de lanzar misiles de crucero de largo alcance Kh-101. Moscú envía con frecuencia los Tu-95 a realizar incursiones de provocación bordeando el espacio aéreo de la OTAN sobre el Báltico y Escandinavia para exhibir su capacidad de lanzamiento nuclear inmediato. Cualquier enfrentamiento con la alianza exigiría andanadas masivas y simultáneas disparadas a distancia de seguridad antes de que los propios bombarderos pudieran ser destruidos. Esa flota lleva cuatro años y medio disparando misiles contra ciudades ucranianas.
Según The Telegraph, Kiev continúa atacando los bombarderos rusos con éxito. Los drones ucranianos han alcanzado repetidamente, incluida una incursión en junio de 2025 que dejó fuera de combate a 14 bombarderos en una sola jornada.
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La vulnerabilidad de las bases estratégicas
En uno de los nuevos ataques este verano, un dron recorrió cerca de 800 kilómetros sorteando las defensas antiaéreas rusas e impactó contra un Tu-95 que se encontraba estacionado al descubierto en Engels-2, una instalación situada en Sarátov que los mandos de Moscú consideraban desde hacía tiempo inalcanzable por encontrarse en un punto tan profundo del territorio nacional. Engels-2 ostenta una condición exclusiva. Como apunta The Telegraph, sólo un puñado de bases en toda Rusia dispone de los medios precisos para armar, mantener y preservar en alerta nuclear a los veteranos bombarderos de la flota. El ingenio que logró sortear el cerco fue el MICH-2000, dotado de un alcance aproximado de 2.000 kilómetros que no necesitó exprimir al máximo. En lugar de seguir la línea recta de 800 kilómetros, esquivó las concentraciones conocidas de artillería antiaérea y aprovechó los accidentes geográficos como pantalla contra los radares.
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En un ataque a finales de agosto, la carga detonó tras el segundo motor del Tu-95 y arrancó parte del plano derecho, y la fotografía por satélite confirmó al poco tiempo la destrucción permanente del aparato. Transcurrieron apenas seis semanas entre esa incursión y un ataque perpetrado en julio que cercenó por completo el empenaje de otro Tu-95 en esa misma base. Los analistas consideran que ninguno de los dos aviones volverá a volar. “Son parte de la tríada nuclear rusa. Se han empleado para perpetrar incursiones intensivas de misiles contra Ucrania durante cuatro años y medio. Destruir uno de ellos, máxime en su propia base, resulta un hecho de enorme calado político”, afirma Justin Bronk, investigador principal de Potencia Aérea y Tecnología en el Royal United Services Institute (RUSI). Las dos misiones estivales correspondieron a una unidad de ataque de largo alcance del SBU ucraniano, cuyos agentes de inteligencia dedicaron prolongadas jornadas a cartografiar los pasillos donde la cobertura de interceptación rusa flaqueaba.
La campaña de drones de Kiev contra refinerías, depósitos de combustible y otros objetivos industriales dispersos ha desbordado la capacidad de despliegue conjunto de la red antiaérea rusa, lo que ha debilitado la protección incluso sobre sus bases más determinantes. “La cobertura antiaérea que los rusos pueden destinar hoy a un emplazamiento concreto es sensiblemente menor que antes. Incluso en puntos tan capitales como Engels”, subraya Bronk. Según Robert Tollast, analista de Combate Terrestre en RUSI, calcula que la flota operativa de Tu-95 en condiciones de vuelo ronda los 20 o 30 aparatos, o incluso menos, lastrada por las servidumbres de mantenimiento de una aeronave cuyo vuelo inaugural se remonta a la década de 1950. El observatorio de fuentes abiertas Oryx ya había acreditado un mínimo de 10 Tu-95 destruidos con anterioridad a los dos ataques de este verano. Cada superviviente presta servicio para disparar el Kh-101, un proyectil con un alcance superior a los 3.000 kilómetros y una cabeza de combate de 400 kilos concebida para perforar puestos de mando subterráneos y centrales termoeléctricas: el objetivo predilecto de Moscú en su campaña previa al invierno contra el suministro eléctrico y la calefacción de Ucrania. “Cuantos menos Tu-95 conserve Rusia, menor será el volumen de estos misiles con cabezas devastadoras y gran alcance que podrá lanzar. A las puertas de un nuevo invierno, este factor resulta determinante, dado que durante el invierno pasado Ucrania arrastró un déficit energético cercano a los seis gigavatios”, explica Tollast.
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El desgaste de una flota sin reemplazo
Durante la operación Spiderweb, el Consejo de Seguridad Nacional y Defensa de Ucrania confirmó la destrucción de al menos trece bombarderos con capacidad nuclear repartidos en cuatro bases: Olenya en Múrmansk, Belaya en Irkutsk —a cerca de 4.000 kilómetros del suelo ucraniano—, Diáguilevo en Riazán e Ivánovo. Las tomas satelitales exhibieron dos bombarderos Tu-95MS ‘Bear-H’ en Olenya reducidos a su mera estructura metálica calcinada. Las baterías Pantsir-S1 desplegadas a lo largo del perímetro jamás detectaron a los agresores que volaban a ras de suelo. Las estimaciones extraoficiales iniciales apuntaban a un número de hasta 41 aeronaves dañadas.
Cada baja merma un inventario que la industria rusa es incapaz de reponer. Un solo Tu-95MS transporta ocho misiles de crucero por salida de combate, por lo que cada avión dado de baja suprime la posibilidad de efectuar 64 lanzamientos de misiles mensuales; además, la cadena de montaje echó el cierre en 1992. Reabrirla exigiría rescatar documentación técnica soviética extraviada, reconstruir las cadenas de suministro para repuestos descatalogados como los motores Kuznetsov NK-12 y desembolsar más de 20.000 millones de dólares únicamente para poner de nuevo en pie la factoría principal. El recuento en Belaya abarcó asimismo cuatro bombarderos supersónicos Tu-22M3 ‘Backfire-C’, sin producción fabril desde 1993 y con solo tres unidades modernizadas entregadas desde 2018, amén de dos bombarderos supersónicos Tu-160 ‘Blackjack’ dañados —valorados en unos 750 millones de dólares por unidad—, pertenecientes a una flota de tan solo dieciséis ejemplares. “¿Cómo estimar el precio del Tu-95MS, que no se ha producido durante más de 30 años y no tiene reemplazo? Su valor para la fuerza aérea rusa es mayor que el dinero”, señala el experto en aviación rusa Piotr Butowski. Los aparatos dados de baja y estacionados a la intemperie durante decenios no brindan auxilio alguno tras años de exposición ambiental y canibalización: “Un Tu-95 oxidado en un hangar de Kazajistán no vale dinero: es chatarra radiactiva“.
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Las contramedidas adoptadas por Moscú reflejan la magnitud del daño mejor que cualquier declaración oficial. Los altos mandos trasladaron los Tu-160 supervivientes a pistas sin protección alguna en Vorkutá, más allá del círculo polar ártico; los equipos de tierra amontonaron neumáticos de automóvil sobre los fuselajes para burlar el software de guiado óptico; y el personal de mantenimiento pintó siluetas falsas de Tu-95 sobre el asfalto para engañar a los sistemas de reconocimiento de imágenes. El Estado Mayor de Kiev estima que la dispersión de los bombarderos supervivientes hacia aeródromos secundarios dilata los tiempos de respuesta y reduce el ritmo de operaciones en un 30%. “Resulta probablemente aún más determinante para el equilibrio de capacidades de Rusia frente a la OTAN en los próximos años que para su facultad de sostener la campaña de bombardeos de largo alcance contra Ucrania”, añade Bronk. El Tu-95 y el Tu-160 componen la pata más flexible de la tríada: la única susceptible de despegar, ser replegada y permitir una escalada gradual. “Rusia podría lanzar bombas nucleares desde tierra o mar, pero sin aviones pierde opciones de escalada controlada”, apunta un analista de RUSI.
Los hechos demuestran que, aunque el emperador no está totalmente desnudo, ahora mismo está en calzoncillos y calcetines. Hoy, dos partes de su triada nuclear —bombarderos nucleares y submarinos— arden a la vista de cualquiera en fotografías por satélite, en bases catalogadas como inexpugnables. La premisa angular de la tríada radicaba en que nadie podría arrebatar a Rusia su capacidad de amenazar a Occidente desde el aire. Ucrania la está desmantelando, bombardero a bombardero, día a día, usando armas con un coste de fabricación inferior al de la carga explosiva alojada en el morro de un único misil Kh-101.
Rusia tiene un problema real que empeora por momentos. Como había prometido hace unos meses, Ucrania no deja de golpear su flota de bombarderos nucleares estratégicos por mucho que intenten defenderla después de la operación Spiderweb de junio de 2025. La situación se está volviendo tan crítica que las fuerzas de Vladímir Putin se enfrentan ahora al dilema de seguir utilizando los bombarderos en su guerra injustificada contra Kiev o mantenerlos a buen recaudo para preservar la letalidad de su tríada atómica frente a la OTAN.

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