Rusia ha comenzado hoy a votar en sus primeras elecciones legislativas desde que empezara la invasión de Ucrania. Lo hace en un ambiente que poco tiene que ver con el de hace cuatro años: gasolineras sin combustible, cortes de internet móvil y decenas de drones ucranianos sobrevolando ciudades que antes solo veían la guerra por televisión. Los rusos podrán ejercer su derecho al voto hasta este próximo domingo, aunque nadie duda de que el partido de Putin, Rusia Unida, continuará controlando la Duma.
El partido oficialista del presidente llega con una estimación de voto que le otorgaría 315 diputados, escaños suficientes para modificar la Constitución sin necesitar alianzas, aunque los sondeos oficiales no se ponen de acuerdo: mientras el FOM habla de un 47-49% de los votos, el VTsIOM lo sube al 51-53%. Una diferencia en las encuestas de la que dependería que el partido conserve su mayoría constitucional con holgura o la alcance por los pelos.
Las cinco formaciones con representación actual en el parlamento ruso respaldan la guerra sin discusión, y el único partido que defiende un claro mensaje antibélico, Yábloko, ha visto anulada su candidatura. Después empezaron a caer, uno a uno, sus candidatos, dieciséis de 135 a solo diez días de las elecciones. Sin ese debate de fondo, la campaña ha quedado reducida a baches, subsidios y problemas menores a resolver. En algunos debates regionales, como lel de Riazán, no se ha presentado nadie, y la cobertura electoral en la televisión estatal ha caído muy por debajo de la de 2021.
Boris Nadezhdin, el opositor al que impidieron competir tanto por la presidencia como por un escaño, lo resume afirmando que para Putin el resultado formal importa mucho, aunque todos sepan que el proceso esté amañado, porque en Rusia las elecciones funcionan, en el fondo, como un plebiscito sobre la confianza en él. Y es ahí donde aparecen las grietas. La aprobación personal de Putin sigue siendo alta, un 67% según VTsIOM, pero el apoyo declarado a Rusia Unida ronda apenas el 37%, muy por debajo de lo que el propio instituto proyectaba.
La maquinaria del putinismo tiene que movilizar a los convencidos y, al mismo tiempo, dejar sin ninguna opción política a los descontentos. Porque el descontento existe, y ya no hace falta buscar información prohibida para notarlo: está en el surtidor cerrado, en el mapa que no carga, en el pago con tarjeta que falla. Los ataques ucranianos contra refinerías han provocado una escasez real de combustible. Una encuesta llevada a cabo por el centro Levada el mes pasado revela que el 68% de los rusos ha sufrido problemas de internet móvil, el 65% la falta de gasolina y el 63% fallos en las aplicaciones de mensajería. Entre los menores de 25 años, el 85% notó cortes de conexión. Según Nadezhdin, sin embargo, lo que más pesa entre la gente no es la guerra en sí, sino la subida de precios, que golpea especialmente a los pensionistas y a la clase media. El Banco Central ruso mantiene los tipos de interés en el 14% y reconoce una inflación anual del 6,3%, muy por encima del objetivo marcad inicialmente del 4%.
Sin movimiento en el frente
A ese malestar económico se suma un problema militar que el Kremlin no puede ocultar del todo: el frente apenas se mueve. Según el Institute for the Study of War, Rusia ha avanzado unos 90 km² en agosto, frente a más de 500 en el mismo mes de 2025, mientras Ucrania recuperaba 129. Al ritmo actual, ocupar el territorio que falta obligaría al Kremlin a luchar hasta el año 2032. Aun así, el estancamiento ruso no significa que Ucrania esté ganando: sus ciudades siguen bajo bombardeos y su infraestructura energética se prepara para afrontar otro duro invierno.
Muchos rusos todavía no conectan sus problemas cotidianos con las decisiones del Kremlin, aunque esa desconexión podría romperse si la situación empeora. Y en la mente de los rusos sigue la amenaza de una posible movilización que el mismo Putin ha tenido que negar. Pero nada asegura que se repita el impopular reclutamiento de 300.000 reservistas en 2022. La propaganda sigue sosteniendo la idea de una grandeza imperial que podría resquebrajarse por el agotamiento de recursos, aunque no de forma inmediata. Y es que, a diferencia de la URSS, que prometía un futuro utópico, el putinismo actual no ofrece ninguna visión de lo que vendrá después de la guerra, solo promete conservar lo ya construido.
Por eso estas elecciones, pese a tener un resultado cantado, no son sencillas para el Kremlin. Aunque no pondrán en riesgo el poder de Putin, sí van a servir de termómetro. Se podrá saber cuánto aparato, censura y exclusión de candidatos hace falta para seguir vistiendo de unanimidad a una sociedad que empieza a mostrar signos de cansancio.
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