Hay algo que nos acompaña durante nuestros primeros pasos en el mundo y, en muchos casos, también en los últimos. No, no es Dios. Son los pañales. Esa prenda absorbente que asociamos intuitivamente a los bebés es imprescindible para personas de edad avanzada que sufren incontinencia, tienen problemas de movilidad o padecen enfermedades neurológicas, como alzhéimer o demencia. Por eso, la dependencia a este producto aumenta con la edad.
En España es una realidad que tenemos en la puerta. El índice de envejecimiento no deja de crecer y 2025 marcó un nuevo récord, alcanzando el mayor nivel de nuestra historia. Se contabilizaron 148 personas mayores de 64 años por cada 100 menores de 16. Un desafío para el sistema de pensiones, y también para el de gestión de residuos. Porque deshacerse de una montaña de pañales no es tan fácil.
Tras décadas lavando pañales de tela a mano, la invención del modelo impermeable por Marion Donovan en 1946, sumada al descubrimiento de la celulosa y el avance del plástico, dio paso a los desechables modernos, que se popularizaron en España en los ochenta. Una liberación para las mujeres y, a la larga, una condena para el medioambiente. Cada minuto, en todo el mundo, más de 300.000 pañales desechables acaban en vertederos, incineradoras o tirados en cualquier lugar.
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Y es que son muy difíciles de reciclar. De entrada, ni siquiera se intenta. “No pueden tirarse a la basura orgánica, van a los residuos generales. En España, el 99,9% acaba en un vertedero o incinerados, donde en el mejor de los casos se aprovecha el calor generado”, explica Antoni Sánchez, catedrático del Departamento de Ingeniería Química, Biológica y Ambiental de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) e investigador del Grupo de Investigación sobre Compostaje (GICOM). El experto, que ha participado en proyectos de compostaje de pañales a escala real, cuenta a ElConfidencial que cuando empezaron a estudiarlo vieron que una proporción enorme de pañales venía de residencias geriátricas.
Entre el 30 y el 50 % de adultos mayores de 80 años o personas que viven en residencias recurren a ellos. De media, pueden necesitar entre 3 y 5 al día. Eso son muchos pañales, y de una talla mucho mayor a la que usa un bebé. De hecho, el tamaño del mercado mundial de estas prendas sigue una tendencia ascendente, de la mano de una población mundial que envejece y aumenta su esperanza de vida cada año.
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Cuando se trata de medir los efectos del envejecimiento y cómo paliarlos, la respuesta siempre es Japón, el país más longevo del mundo. Allí, un 30 % de la población tiene más de 65 años.
Las ventas de pañales para adultos ya superaron a las de bebés en 2011. Fue entonces cuando un empleado de la multinacional Unicharm, el señor Kameda, se dio cuenta de que había que hacer algo. “Nuestra tecnología se desarrolló originalmente como respuesta a las limitaciones de capacidad de los vertederos. Además, en Japón los ayuntamientos y los centros asistenciales han manifestado una fuerte demanda de soluciones sostenibles para mitigar el aumento de los pañales usados y los residuos destinados a la incineración”, explican desde la compañía a este periódico. La empresa ha conseguido desarrollar un sistema pionero de reciclaje, un hito que parecía imposible porque consigue lo más complicado: separar los componentes y reutilizarlos.
La química de un pañal y el milagro del ozono japonés
Reciclar esta prenda tiene un doble reto. El evidente es la presencia de desechos humanos, que hay que desinfectar. El otro es su composición, 50 % plástico. “Se trata de un producto compuesto de capas de varios materiales firmemente entrelazadas para absorber y aislar. Principalmente polipropileno, polietileno, celulosa y polímero superabsorbente (SAP, en inglés). Esto último es una capa gelatinosa que se expande con la humedad y que está mezclada con la celulosa”, describe Gema Amaya, ingeniera química que trabaja en The Comfort Loop, proyecto en Reino Unido que busca rediseñar el sistema de gestión de residuos de pañales, en el Plastic Waste Innovation Hub del University College London (UCL).
Cuando la prenda está usada, esa amalgama es muy compleja de separar y aprovechar. De hecho, ni siquiera es posible librarse de ellos al 100 % cuando se opta por el compostaje. “Incluso tras la incineración quedan partes sin descomponer, como los plásticos y el supergel absorbente”, especifica Sánchez. Estas partes se fragmentan y contaminan el compost con microplásticos. “El polietileno y el polipropileno suelen ser más fáciles de separar y reciclar, pero la calidad de los mismos no es comparable a la de los polímeros vírgenes y su salida al mercado también es limitada”, detalla Amaya. En 2021, la ONU aseguró que los pañales desechables son uno de los principales responsables de los residuos plásticos a nivel mundial.
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Lo que han hecho en Japón es someterlos a un tratamiento con ozono, un oxidante muy potente, en tres fases: esterilización, desodorización y blanqueo. “Nuestro tratamiento con ozono inactiva las bacterias, como la E. coli, y los virus, y elimina por completo los olores y la decoloración”, explican desde Unicharm. Así obtienen una pasta similar a la celulosa virgen. Con esa pulpa se pueden volver a fabricar pañales tanto para adultos como para bebés. Los restos de SAP se están aprovechando para algo que no tiene nada que ver. Su capacidad absorbente sirve para fabricar arenas para gatos.
El proyecto RefF (Recycle for the Future) de Kameda nació tanto para transformar estos residuos en recursos como para reducir las emisiones de su incineración, que representaban el 3,5 % del total de la basura quemada en Japón, con vistas a duplicarse para 2030. Además de reducir esa cifra, explican que ahora han desarrollado un sistema de lavado en seco que “consume 50 veces menos de agua que los métodos convencionales”.
¿Quién querría usar un pañal hecho de pañales de otros?
Desde la compañía asiática creen que su enfoque sería muy eficaz para España y los países europeos que se enfrentan a cambios demográficos similares a los suyos. En Japón, la esperanza de vida es de 84,04 años; la de España, 83,89. “Si han conseguido desinfectar el material y volverlo a introducir en el proceso es el clásico ejemplo de economía circular. A mí me parece muy adecuado”, cree Sánchez. El investigador coincide en que es una iniciativa muy extrapolable a otros países, y que concretamente Europa sería un buen marco para probar este tipo de soluciones.
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Superado el reto técnico, lo siguiente es convencer a los que tienen que usarlos. Desde Unicharm reconocen que cuando lanzaron al mercado los pañales para adultos en 2022 hubo cierta resistencia psicológica, que acabaron superando. Tal fue la acogida que años después decidieron lanzar el mismo producto destinado para bebés. “Para lograr una adopción más amplia, es necesario superar la mentalidad de ‘usar y tirar’, y establecer normas de seguridad para todo el sector”, subrayan. Sus productos se venden una vez superan evaluaciones de organismos independientes para garantizar que el pañal reciclado es tan seguro como uno nuevo. Gracias a sentar unas directrices de seguridad comunes, otras empresas del sector se han puesto manos a la obra.
La delicada balanza entre comodidad y sostenibilidad
Los pañales para adultos son relativamente fáciles de recoger a granel en hospitales y residencias de ancianos. Los de bebés se generan principalmente en hogares particulares, lo que complica recuperarlos. Para solucionarlo, crearon una infraestructura de recogida en colaboración con los ayuntamientos. El sistema consiste en introducir los pañales en una bolsa especial y depositarla en un contenedor específico. Los japoneses son gente extremadamente limpia, no verás ni un envoltorio tirado en sus calles, así que es de esperar que estas iniciativas prosperen.
Ya hay casos que avalan la estrategia, como los de la ciudad de Shibushi y la localidad de Osaki. A 31 de agosto de 2026, afirman que en total han conseguido reciclar 7,92 millones de pañales usados, en lugar de desecharlos. Para hacernos una idea de la proporción, solo en la Unión Europea se consumen cada año unos 33.000 millones de pañales de un solo uso. La empresa asegura que el volumen de reciclaje “aumenta año tras año” según se van sumando más municipios, pero reconocen que los costes asociados de la recogida selectiva y el proceso siguen siendo mayores que la incineración tradicional.
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Hay otras plantas en otras partes del mundo que están tratando de reducir estas montañas de celulosa, plástico y desechos. “Hasta donde sabemos, no existe un método que recicle el producto entero de manera segura y efectiva”, evalúa Amaya, que ha visitado instalaciones en Países Bajos que persiguen esta misma meta. Como parte de su iniciativa The Big Toilet Project, la investigadora recoge encuestas sobre el uso para bebés para asesorar sobre cómo reducir la contaminación plástica.
Otras alternativas al ‘usar y tirar’ tampoco están exentas de problemas. Los pañales biodegradables se probaron en España hace 15 años sin éxito ni continuidad. Aunque su compostaje elimina patógenos y casi no deja restos, el problema de la huella ecológica persiste. “La celulosa no deja de ser un recurso biológico que estás contaminando y tirando. Tampoco parece la opción más sostenible. A nivel medioambiental, seguramente es mejor la recuperación y reutilización”, sopesa Sánchez.
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Por su parte, los pañales reutilizables, que ahora implican menor sacrificio porque, aleluya, existen las lavadoras, requieren muchísima agua y su huella no se minimiza tanto. Aunque suponen un ahorro familiar, usarlos resulta más incómodo y añade un esfuerzo extra al usuario. Al final, la responsabilidad no solo está en nuestras decisiones como consumidores, sino en el origen del producto. Por eso los expertos llaman a replantearlos desde su concepción.
Al diseñar, “el objetivo normalmente es preservar la dignidad del consumidor, que el producto sea efectivo y cómodo. Una opción sería tener en cuenta también el final de su vida útil, considerando la posibilidad de reciclarse”, señala Amaya. Pero ese ecodiseño choca directamente con los intereses de la industria. “Hay un lobby muy potente porque para las empresas productoras es mejor usar y tirar, así estás todo el día comprando. Además, si intentas innovar, pero hacer pañales y reciclarlos te cuesta 100 veces más que fabricar uno de Dodot, no vas a poder salir al mercado”, analiza Sánchez. Todavía no hay una respuesta perfecta, pero la filosofía tiene que cambiar. Los recursos, la energía y el agua son limitados; y nuestros vertederos también.

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