Cuando se habla de las dificultades para acceder a la energía eléctrica, los habitantes de las grandes ciudades suelen pensar en poblaciones muy apartadas. Sin embargo, cerca de la capital todavía hay veredas donde el servicio funciona pocas horas al día. Isabel Pulido (Bogotá, 32 años), estudiante de Diseño de la Universidad de Los Andes, se encontró con esa realidad mientras realizaba su tesis, enfocada en biodiseño. Visitó Bateas, una vereda cercana a Fusagasugá, donde las familias le contaron que solo tenían luz a raticos. “Ellas decían que para ir al mercado debían viajar cuatro horas en bus y en otros medios de transporte hasta las ciudades cercanas. Cuando regresaban con carne, se les dañaba al día siguiente”, cuenta Pulido.
Al principio, creyó que el biodiseño no ofrecía una solución para ese problema, pero las familias de Bateas siguieron rondándole la cabeza. Por esos días, ella y Diana Camacho (Bogotá, 32 años), entonces compañera de estudios y más tarde su socia, participaban en una iniciativa de la universidad en la que estudiantes de diseño, arquitectura, ingeniería y ciencias combinaban la biología y la biotecnología para resolver problemas ambientales. La mayoría de las propuestas se concentraba en campos conocidos como los residuos plásticos, las emisiones de dióxido de carbono y las energías renovables. “Queríamos trabajar en un problema que afecta a muchas personas, pero que no estuviera tan explorado”, explica Pulido.
Recordó lo que había visto en Bateas y llevó el problema al grupo. Junto con Camacho, empezaron a buscar cómo conservar medicamentos biológicos y alimentos durante las horas sin electricidad y, al mismo tiempo, reducir el consumo de energía y el costo de operación de los refrigeradores. Investigando alternativas, supieron de la existencia de la bacteria Pseudomonas syringae, que tiene unas proteínas que intervienen en la formación de nieve y granizo y permiten congelar el agua a temperaturas por encima de cero grados. Como existían pocos antecedentes sobre su uso industrial, aislaron esas proteínas y comenzaron a probarlas en un gel refrigerante, sin utilizar la bacteria viva. Y pronto comenzaron a concretar sus ideas.

Primero desarrollaron PseudoFreeze, un contenedor modular portátil fabricado con material reciclable, que tiene mayor capacidad y pesa menos que los modelos convencionales. Sus paquetes de gel conservan la temperatura durante 48 horas, el doble que una caja de poliestireno, conocido como icopor. Con este invento, Pulido y Camacho se convirtieron en las primeras latinoamericanas en recibir, en 2019, el reconocimiento Biodesign Challenge, que reunió en Nueva York 36 propuestas de nueve países, incluidas las de Harvard y MIT. Pulido aún no se había graduado de la universidad.
Para ellas, la pandemia se convirtió en una oportunidad. Con el apoyo de profesoras de Los Andes, fundaron NanoFreeze en 2020 para entrar en el mercado del transporte refrigerado de vacunas. La versión comercial de la nevera les permitió sumar clientes como Compensar y Synlab. La misma biotecnología llegó después al sector agrícola, donde mejorar la refrigeración puede evitar que los pequeños agricultores pierdan entre el 30 y el 50 por ciento de sus productos. NanoFreeze trabaja en esto con empresas como AgroFresh, Setas Doradas y Gourmet Greens.
Pero era apenas el comienzo. Con el apoyo del grupo cervecero internacional AB InBev, la empresa lanzó Natural Freezer, un sistema de paneles que se instala en refrigeradores comerciales para reducir el consumo eléctrico. Cada instalación incluye el DataTool, un dispositivo que mide en tiempo real los kilovatios consumidos y las emisiones de CO2 asociadas. La comparación de los registros permite al cliente comprobar cuánto ahorra. Natural Freezer registró mejoras de hasta un 44% en eficiencia térmica durante las pruebas con AB InBev.
Natural Freezer representa hoy el 80% de las ventas. Postobón, Central Cervecera, Rappi Turbo y varios restaurantes están entre sus clientes. Sus paneles ya funcionan en 260 refrigeradores comerciales de Colombia y, según la empresa, han permitido ahorrar 150 millones de pesos mensuales en facturas de energía eléctrica.
A lo largo de 2026, NanoFreeze ha registrado ventas por 235.000 dólares y está a punto de instalar 400 refrigeradores en México, con los que esperan evitar la emisión de cerca de 120 toneladas de dióxido de carbono. En sus pocos años de existencia, la empresa también ha ganado convocatorias que le han significado recursos, como 100+ Accelerator, P4G, el QuickFire Challenge de Johnson & Johnson y Catalyst del Tecnológico de Monterrey. Pulido obtuvo este año el primer lugar del Science & Technology Pioneer Award de Cartier Women’s Initiative por la tecnología de NanoFreeze para reducir el consumo energético y las emisiones.
La tecnología desarrollada por Pulido y Camacho también puede generar un efecto social al reducir uno de los gastos que más afectan a las tiendas de barrio. “En Colombia, 75.000 tiendas cierran cada año porque no consiguen cubrir sus costos, sobre todo en la costa”, explica. Según sus cálculos, la reducción de la factura permite recuperar en nueve a catorce meses el dinero invertido. Por ello, la empresa busca alianzas con fintechs que ofrezcan créditos a los tenderos y les faciliten adquirir esta tecnología. Para que algún día dejen de sufrir cada vez que les llega la cuenta de la luz.

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