Que nadie entre en pánico, el plan sigue adelante. Las palabras del presidente Miguel Díaz-Canel están llenas de verdad y de optimismo, transmiten una profunda convicción y el férreo compromiso de no dar nunca un paso atrás: “Hemos llegado a un momento de madurez, de reflexión, propio del debate que en todos estos años se ha desarrollado, que nos está diciendo que teníamos que seguir defendiendo el socialismo, pero construyéndolo con algunas transformaciones”. El mandatario cubano habló así poco después de que el primer ministro Manuel Marrero Cruz desgranara en La Habana hace una semana un proyecto condensado en 176 medidas —el periodista que trató para este medio la noticia, Carlos S. Maldonado, las calificó de “drásticas”— que van a cambiar el rostro de la isla. Extensión del mercado, apertura a la creación de bancos privados, se permitirán accionistas particulares en las empresas estatales, habrá devaluaciones de la moneda y se acabará con el igualitarismo tras cargarse los subsidios universales. No hay duda: el Gobierno cubano seguirá defendiendo el socialismo.
Desde hace ya mucho, nadie sabe muy bien a qué socialismo se refieren las autoridades herederas de la Revolución, pero sea el que sea es siempre auténtico, solidario, cargado de futuro, y sobre todo generoso. Lo fue Fidel Castro ya en el principio, cuando puso el ojo en Guillermo Cabrera Infante hasta quebrarlo, por ejemplo, y así protegió al pueblo de cualquier desviación liberándolo de las inclinaciones demasiado pronunciadas, en el caso de ese escritor, por la fiesta, la alegría, la ironía e, incluso, los juegos de palabras. ¿Dónde va un revolucionario haciendo juegos de palabras? A ninguna parte.
En 1971, la Seguridad del Estado volvió a hacer una impresionante exhibición de su compromiso con los grandes cambios y con la construcción del hombre nuevo, y permitió a Heberto Padilla que se autoinculpara de las mayores perversiones en las que había caído —sentirse fuera de juego de la Revolución, expresar cierto pesimismo y desencanto, ser crítico con algunas iniciativas del Gobierno— en el salón de actos de la Unión de Escritores. De todo hace ya más que 50 años. El poeta toma la palabra y enseguida manifiesta su más sincero agradecimiento por la generosidad de la Revolución. Y es que los funcionarios de la Seguridad del Estado —de una inteligencia que al propio Padilla asombra, y así lo proclama en su larga confesión— tuvieron que hacer un trabajo excelente. Unos versos de Padilla de aquel momento lo delatan; del poeta dice que “No entra en el juego / No se entusiasma / No pone en claro su mensaje / No repara siquiera en los milagros”. Los funcionarios revolucionarios procedieron de inmediato. ¿Pero dónde vas, criatura, con tanta falta de entusiasmo? Pide perdón, carajo. Y Heberto Padilla pidió perdón.
Díaz-Canel es muy claro y dice que ninguno de los cambios anunciados significa “una renuncia a la revolución”. Es posible que exista algún despistado que entienda el anuncio de esas medidas como un gesto de rendición, de plegarse a las bravuconadas de Trump, como una capitulación ante la feroz ofensiva del magnate inmobiliario contra la isla. No es así, que nadie entre en pánico. El paquete de 176 medidas es solo un paso más, dice el Gobierno cubano, destinado a “hacer lo necesario para conservar lo esencial”. Habrá que ver ahora qué es lo que Donald Trump considera “necesario” hacer en la isla para “conservar” lo que el presidente de EE UU entiende como “esencial”. Pronto lo sabremos.

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