Los efectos de un nuevo fenómeno ‘El Niño’ se acercan a México y también la desinformación alarmista

El Niño, un patrón natural que provoca anomalías en la temperatura de las aguas superficiales del Pacífico, podría volver con fuerza en el verano boreal de 2026 y permanecer por el resto del año, según los reportes más recientes de la Organización Meteorológica Mundial (OMM). El aviso, secundado por otras organizaciones científicas que estudian el clima global, ha impulsado una espiral desinformativa, impulsada por encabezados alarmistas que advierten de la llegada de un “superniño”, “el peor en siglos”, o “el niño Godzilla”.

“Cuando vemos que hay temperaturas muy calientes o muy frías que van más allá del promedio histórico, es cuando decimos que se va a definir un Niño o una Niña. Estamos hablando realmente del mismo fenómeno: temperaturas frías o temperaturas calientes en las aguas del Océano Pacífico ecuatorial más allá del promedio histórico”, explica a este diario Christian Domínguez, meteoróloga e investigadora del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM.

El Niño comprende tres fases de un mismo fenómeno: la fase neutra, un momento de transición donde las condiciones en el Pacífico condiciones promedio; y La Niña, cuando las aguas del Pacífico se enfrían por debajo de la temperatura media histórica durante tres meses. La actividad de esta oscilación influye directamente en los patrones de viento, lluvia y el clima a nivel global. También en las olas de calor, sequías y la formación de huracanes en el Pacífico y el Atlántico. De ahí que su predicción obligue a tomar medidas y “o poner un ojo y reforzar el monitoreo en la costa del Pacífico mexicano, porque tenemos señales de que podrían producirse huracanes más intensos”, explica Domínguez.

“Aunque estamos en condiciones neutrales, nos estamos dirigiendo hacia un Niño de acuerdo con los pronósticos que se tienen y se prevé que se empiece a formar en abril, mayo y junio y que continúe así hasta final de año”, asegura en consonancia con el pronóstico de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) estadounidense, que calcula en 61% de probabilidad la formación de El Niño entre mayo y julio, una predicción que aumenta hasta el 90% si el pronóstico se extiende hasta finales de año.

Domínguez desestima los superlativos que ha recibido la muy probable formación de El Niño en el verano de este año —“en 2015 también le pusieron El Niño Godzilla”, afirma— mientras asegura que su intensidad es aún una incógnita. “La mayoría de los modelos apuntan que tendremos una fase cálida de El Niño; sin embargo, qué tan intenso será es la parte en la que se podrían equivocar los modelos, justo por los meses en los que se está haciendo el pronóstico, pues los fenómenos no están bien formados y hacer una proyección a lo que va a pasar en el verano o diciembre es difícil”, comparte.

Huracanes intensos en el Pacífico

La evidencia científica disponible hasta el momento revela que uno de los efectos más evidentes de El Niño en México es su incidencia en la temporada de huracanes, el periodo que se extiende de mayo a noviembre de cada año y pone en alerta a las costas del país: mientras en el Atlántico —explica Domínguez— la señal de El Niño suele provocar una disminución respecto a la media del número de ciclones tropicales, el aumento de la temperatura en las aguas del Pacífico favorece la formación de huracanes más intensos durante la temporada.

Domínguez pone de ejemplo a Patricia (2015) y Otis (2023), los únicos dos huracanes de categoría 5 que han impactado la costa del Pacífico, ambos formados durante años con presencia de ‘El Niño’. “Está Patricia del 2015, que alcanzó 330 kilómetros por hora; y Otis del 2023, que alcanzó 270 kilómetros por hora antes de tocar tierra en Acapulco.

Al margen del potencial catastrófico de los huracanes, las anomalías de El Niño en el Pacífico también influyen en la cantidad de lluvia que cae en el centro y sur del país. “Una vez formado, ya en el verano y mientras transicionamos al otoño, la señal es que el centro-sur del país va a recibir menos lluvia de la que recibe en promedio. No será una temporada tan lluviosa”, explica. Domínguez considera que la formación oficial de El Niño podría ocurrir en el verano, justo al inicio de la transición climática hacia el otoño en el hemisferio norte. “No podemos estar seguros que va a durar hasta octubre, noviembre o diciembre. Eso es parte de la incertidumbre, pero sabemos que se va a formar y que tiene probabilidad de ser intenso”.

‘El Niño’ y la crisis climática

La experta es enfática en que este fenómeno y sus distintas fases existen desde mucho antes del estudio de la crisis climática provocada por la actividad humana: “[El Niño] se descubrió en 1890 y se tienen registros desde antes de que habláramos del cambio climático. Sin embargo, lo que sí se ha visto como consecuencia en la última década es que usualmente El Niño dejaba espacio de unos cinco o seis años entre cada fase y ahora nos ha tenido en un sube y baja”, describe a propósito de las alteraciones que se registran desde 2020 y rompen con la clasificación típica de NOAA y otros organismos, que consideraban a las fluctuaciones dentro de un periodo de entre dos y siete años.

La evidencia científica creciente también sugiere que la crisis climática juega un papel clave en la rápida intensificación de los huracanes, tal y como sucedió con Otis en 2023, que pasó de tormenta tropical a un poderoso huracán categoría 5 en apenas 12 horas. “Estamos viviendo en un mundo más caliente y uno de los efectos que tiene la crisis climática es hacer cada vez más extremo lo extremo. Si con El Niño se sabe que se forman huracanes más intensos, pues entonces estos van a ser todavía más intensos de lo que hubo en otras décadas, lo mismo con la ausencia de precipitación. Todos son fenómenos que ya existían antes, pero ahora con la crisis climática se están volviendo cada vez más extremos y hay que estar preparados”, finaliza.

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