Las balas volaban desde lo alto de la pirámide contra los turistas, en Teotihuacán: “Nos espantamos y dije ‘a ver dónde nos vamos”

Edgar Pérez, de 34 años, arregla las jardineras de las entradas de las turísticas pirámides de Teotihuacán, en Estado de México, cuando escucha los dos primeros disparos. Pum, pum. “Nos espantamos. Le digo a los compañeros, ‘¡a ver para dónde nos vamos!’. Nos fuimos para allá abajo”, cuenta. En el interior de la zona arqueológica, un hombre armado camina sobre la Pirámide de la Luna con la inquietante parsimonia de quien acaba de desatar el terror y todavía no evalúa lo ocurrido. Minutos después, se quita la vida, según la versión de las autoridades. Es la macabra escena que este lunes ha dejado dos muertos —el atacante y una turista canadiense— y cuatro heridos de bala, dos colombianos, otra canadiense y un ruso.

Los disparos despiertan el terror entre los turistas que pasean por el lugar, y pronto desemboca en el caos. “Empezaron a llegar las patrullas y empezaron a desalojar a la gente”, narra Pérez, que unas horas después de lo ocurrido continúa arreglando las jardineras. Dice que es la primera vez que eso ocurre en el lugar y siente que es uno de esos eventos que despiertan el temor en los turistas. “Yo digo que tanto sí van a dejar de venir, porque es la primera vez que pasa. El turismo sí va se va a espantar un poco”, prevé.

Un par de horas después del tiroteo, en las puertas del recinto se respira un aire de extraña calma. No hay turistas, y los contados visitantes confundidos que llegan, suben de nuevo a sus vehículos con el rostro desencajado por encontrar la icónica atracción cerrada. Los guías turísticos y los empleados de los restaurantes de los alrededores se mantienen sobre la calle tratando de llamar la atención de alguno de los pocos turistas que quedan, pero que ya preparan su regreso a la capital.

En la calle empedrada que rodea las pirámides, algunos carros de operadores turísticos transitan esperando encontrar a algún turista despistado para ofrecerle algún recorrido alternativo. Mientras, los locales se mueven en motos, ajenos a la extraña movilización de elementos de la policía, el Ejército mexicano y la Guardia Nacional que se ve en la zona.

Las pirámides, ubicadas en el corazón del país, son una de sus grandes atracciones turísticas. El año pasado, recibieron a cerca de 1,8 millones de turistas, una cifra solo superada por Chichén Itzá, en Yucatán, que recibió alrededor de 2,2 millones. El renombre del lugar llevó a que James Cheng, de 36 años, y Christina Ching, de 33, buscaran visitarlo. Llegaron hace unos días de Los Ángeles para turistear por el país, y este lunes querían pasar por las pirámides temprano (“íbamos a llegar sobre las diez y media”, afirma), pero el tiempo se les echó encima. A su llegada han visto un lugar con las puertas cerradas. “Menos mal que no estábamos aquí. [Si hubiéramos salido temprano], quizás habríamos llegado”, reflexiona ahora.

Esos comercios, normalmente estarían repletos de gente un lunes por la tarde, lucen abandonados. La postal deja decenas de sillas y mesas listas para recibir turistas que no llegan ni llegarán con una de las mayores atracciones del país cerrada.

En uno de los restaurantes aledaños, José Manuel Ramírez, 56 años, trata de atraer unos clientes para que entren a su local. No escuchó nada, ni se enteró de lo que había ocurrido hasta que una de sus clientas le dijo que la gente estaba corriendo. “Luego corren porque se les va el bus nada más. Pero aquí también estaban corriendo, o sea, hasta acá fuera. La gente salió de la zona rápido”, afirma. Se topó con la noticia a través de las publicaciones que pronto se difundieron en redes. “Ahorita, con todo esto, pues la verdad ya toda la gente se fue y nos dejó. Sí nos afecta como restauranteros”, considera.

Junto a la entrada a las pirámides, Pérez se toma un breve descanso. Ha pasado el tobogán de emociones de un momento crítico. Ve con incertidumbre el futuro en un lugar que, hasta ahora, veía como un lugar seguro para su sustento. “Muchos vendedores ambulantes, trabajadores, dependemos aquí del turismo. Lo que realmente no queremos es que un patrimonio cultural de la humanidad se eche a perder por culpa de la delincuencia”, dice con la voz entrecortada. Y concluye: “¿Qué ejemplo le va a dar a los más jóvenes, a los niños? Me refiero al legado que le dejo a mi hija. Con lo que se está viendo ahora, es preocupante”.

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