Álvaro Uribe ha sido por décadas el líder de la derecha y la ultraderecha en Colombia. Llegó incluso a ser visto como el faro de las derechas en la región. Su gobierno directo como jefe de Estado cubrió prácticamente la primera década del siglo: 2002 – 2010.
Lejos de asumir un papel secundario después de terminar sus dos periodos de gobierno, Uribe siguió siendo protagonista y desplegó un liderazgo mesiánico, esta vez encabezando su propio partido: el Centro Democrático. Desde esa plataforma le hablaba al país y escogía liderazgos a su antojo. La robustez de su figura pública le permitió capear la tormenta desatada por un fallo condenatorio pronunciado por las autoridades judiciales, pues Uribe, su partido y seguidores alegaron que la acusación y proceso tenían motivaciones políticas y cuestionaron la independencia judicial.
Así entonces, el Tribunal Superior de Bogotá lo absolvió en segunda instancia de los delitos de soborno a testigos en actuación penal y fraude procesal. Después de haber sido sentenciado a 12 años de prisión domiciliaria a inicios de agosto 2025, siendo el primer jefe de Estado colombiano en ser condenado penalmente, el tribunal que lo absolvió lo puso en libertad, pues resolvió “amparar el derecho fundamental a la libertad individual”. En libertad e iniciándose la precampaña electoral, Uribe volvió a la arena pública mientras sus seguidores lo aclamaban cual si aún fuera presidente. Debe recordarse que Uribe modificó la Constitución para ser reelegido y luego intentó llegar a un tercer periodo presidencial. Posteriormente, él mismo llamó a construir una gran coalición, supuestamente para “recuperar al país de las garras del neocomunismo apoyado por el narcoterrorismo”.
Como expresidente, Uribe se ha dedicado a descalificar el gobierno del presidente Gustavo Petro, acusándolo de mentiroso, comunista y expropiador de tierras, entre otros señalamientos. Se dio a la tarea de desencadenar un proceso de búsqueda de lo que denominó “un candidato competitivo” que le permitiera al país la recuperación del camino de la democracia. En las más recientes elecciones presidenciales se empleó a fondo por su candidata Paloma Valencia, que solo alcanzó 1.638.338 votos, a pesar de que el expresidente se puso al frente de la campaña.
Ese resultado marcó el rechazo a su liderazgo. La presencia de Uribe terminó por espantar al electorado de la candidata del Centro Democrático que, inclusive, había anunciado que lo quería como ministro de Defensa. Con todo, una gran mayoría del electorado consideró que, para la democracia en Colombia, el liderazgo de Uribe es dañino.
El electorado se cansó de las banderas de la seguridad con autoritarismo, las alianzas con sectores paramilitares y economías ilegales y la mezcla de apoyos que creyeron en la promesa de un Estado más eficiente, pero que sus políticas de empleo y desarrollo solo condujeron a que se beneficiara un grupo de empresarios e inversionistas, pero no a las mayorías ciudadanas empobrecidas. Estas amplias masas se cansaron de su discurso de orden y lucha contra el terrorismo, ya que su legado descansa en un relato fuerte que enfatiza el miedo en una sociedad profundamente marcada por años de violencia y conflicto armado. Después del Acuerdo de Paz con las FARC en 2016, la retórica uribista perdió fuerza y las denuncias de violaciones a los Derechos Humanos crecieron durante el gobierno de Iván Duque a la par de los escándalos de corrupción. El partido Centro Democrático evidenció una marcada carencia de liderazgo político en medio de demandas sociales que no fueron atendidas.
Se levanta ahora la afirmación de que la era uribista llegó a su final, lo que se confirma en esta elección. Las actuales jornadas electorales a la presidencia de Colombia se caracterizan por la fragmentación de las derechas, que destaca el avance de la ultraderecha, con lo que Colombia se pone a tono con lo que ocurre en otros países de América Latina. El uribismo enfrenta una crisis estructural que muestra el final de esta fuerza política por falta de pertinencia. Su propuesta se había estructurado alrededor de la guerra contra el terrorismo. Durante años esa consigna le permitió capturar las aspiraciones del electorado, pero en el actual escenario político se aspira a un liderazgo que responda con una agenda de derechos sociales y economía para la vida sin la repetición de las amenazas de siempre. Esto es, las dinámicas actuales se distancian de los derroteros que le permitieron a la imagen fuerte de Uribe dominar durante tantos años. Llegamos, en síntesis, a su declive electoral.
Sin embargo, y lo que pareciera ser contradictorio, en el contexto de su fragmentación, las derechas abrazan con fervor al ultraderechista Abelardo de la Espriella. Su candidatura le abre paso a una nueva era política que en la primera vuelta presidencial dejó en vilo a medio país. De la Espriella alcanzó la más alta votación y literalmente aplastó la candidata de Uribe, que quedó con tan solo el 6% de los votos.
Este resultado tiene antecedentes en otros países de América Latina desde hace alrededor de una década, pero hunde sus raíces en Estados Unidos, que impulsa, o al menos lo favorece. Bástenos con citar el ejemplo emblemático de Javier Milei, en Argentina. Milei, así como Trump, pronuncia un discurso que apela a las emociones políticas más primitivas, se presenta como una suerte de mesías que lo hace diferente a los otros candidatos de la derecha tradicional. En esa misma tónica se mueve Nayib Bukele, el salvadoreño que ha construido megacárceles para contener las bandas, como si esta fuera una receta mágica para agotar el tema de seguridad. Cada uno tiene su marca, pero confluyen en que hacen del debate público un show tremendista de audacia y frases comunes en las que es recurrente el martilleo de lemas como el de la seguridad, la violencia, la criminalidad. El espectáculo subraya la promesa de que todo será mejor con ellos porque son los ultra, con lo que todo queda bajo su dominio.
Abelardo de la Espriella, por su parte, adelanta una campaña agresiva, machista, sin ningún criterio ético, que apela a mensajes emotivos y patrióticos carentes de contenido programático para gobernar. Al conocer los resultados, Paloma Valencia, que lo había criticado duramente, pidió el voto para De la Espriella en la segunda vuelta y lo hizo con los mismos argumentos de siempre: “no caigamos en las manos del neocomunismo”. La receta se asegura de no contener ningún elemento que pueda hacerle eco al progresismo, ni al centro, ni a la derecha moderada, ni a los sectores que se presentan como políticamente correctos. Se trata de impulsar todo lo contrario, esto es, la diatriba agresiva, el ataque frontal a temas delicados como la paz, el orden multilateral, los diálogos, los derechos fundamentales y las apuestas democráticas.
El centro y la derecha moderada han quedado fuera de combate, en Colombia y vemos ahora que se busca abrazar igualmente el modelo de la ultraderecha con su venta de ilusiones que en este momento ofrece Abelardo de la Espriella. La suya es una adaptación, que seguirá adaptando a medida que las circunstancias lo exijan, pues no tiene una opinión clara en casi ningún tema y busca en forma ferviente el apoyo de Trump y su molde guerrerista. La ultraderecha despide a Uribe y, a pesar de las demandas ciudadanas por un Estado que garantice seguridad con la garantía de derechos ciudadanos, se orienta a reforzar su estridencia de agresión con un candidato como Abelardo de la Espriella.

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