No cabe duda de que el Gobierno de Claudia Sheinbaum caminó por el filo y, al final, le salió bien. El encuentro con el sindicalismo magisterial lo ganó el Gobierno cuando todo indicaba que perdería por goliza. Sin embargo, esa victoria dejó ver una debilidad que no se le había visto: la de llevar una crisis hasta el último día y dejar la solución en suspenso.
Aun así, no hay que escatimar el resultado favorable a la presidenta. Como pocas veces en estos casi dos años de claudismo, quedó claro de qué lado estaban “los malos” y quiénes eran. La CNTE hizo todo lo que estuvo a su alcance para ganarse el repudio colectivo. Incluso grupos con causas legítimas, como las madres buscadoras o los pensionados, se bajaron de la marcha general: asociar su causa a una tan desprestigiada ante los ojos ciudadanos como la de los maestros violentos no era una buena idea.
Los días pasados, la Ciudad de México, sede de la inauguración del Mundial 2026, vivió prisionera de unos maestros que decidieron enfrentar a la presidenta sin respeto alguno, ni a ella ni a los secretarios que puso a dialogar con ellos, ciertamente con una capacidad muy cuestionable. Los maestros estiraron la liga, llamaron a los ultraviolentos de Ayotzinapa para que los apoyaran y creyeron que sería fácil tomar de rehén no solamente a la CDMX, sino también al Mundial. Lo primero lo lograron durante unos días; lo segundo los hundió.
Al final, se quedaron solos, rodeados por la policía, y la presidenta decidió bajarse de la mesa y negarles la oportunidad de volver a negociar. Bien hecho. No supieron entender los gestos de buena voluntad de la mandataria y ahora pagan el costo.
Ese desenlace también dejó algo claro: el pilar que sustenta al Gobierno federal es la policía. Fueron los operativos policíacos los que encerraron a los rijosos, los que permitieron que los mexicanos gozaran y apoyaran a su selección, y los que hicieron posible dar al mundo la imagen de un México alegre y futbolero. Y qué bueno, para eso es la policía: para usarse.
Pero estos días también dejaron en evidencia que hay una situación de riesgo permanente: el Gobierno de la CDMX. Clara Brugada ha dado muestras de una mezcla de ineptitud y entusiasmo francamente peligrosas. En estos días todos entendimos cabalmente por qué Sheinbaum no la quería de candidata.
Por supuesto que el Gobierno tiene mucho que aprender: que sus aliados no lo son tanto, que los ultras son ultras todo el tiempo y no tienen convicciones democráticas, y que las palabras de campaña son eso, palabras que, si pueden, se cumplen, pero nadie está obligado a lo imposible. En su conocido libro Elogio de la traición (Gedisa), Jeambar Denis y Roucaute Yves señalan que “en un universo de complejidad creciente, la rigidez provoca grietas, mientras que el pragmatismo permite enfrentar los obstáculos, sortear las dificultades, superar los bloqueos”. En la medida en que Sheinbaum opere con la realidad y no con sus prédicas ideológicas, encontrará su fortaleza.
Como corolario, puede decirse que la presidenta ganó, pero que en esa victoria mostró una debilidad que no se le había visto: la indecisión. Tendrá que operar con más rapidez, porque los problemas crecen más rápido de lo que ella quisiera. Ojalá aprovechen la pausa mundialista para replantear cómo han funcionado. No parece buena idea vivir todo el tiempo con el agua hasta el cuello.
@juanizavala

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