La dificultad de contar Centroamérica desde el exilio: “Hay que romper la censura”

En un contexto regional cada vez más hostil para el libre ejercicio de la palabra, ¿cómo se narra un territorio al que se le ha prohibido contarse a sí mismo? Alrededor de esta pregunta se congregaron cuatro voces del periodismo en Ciudad de Panamá, convocadas por el festival Centroamérica Cuenta para analizar los desafíos de un oficio que se ha visto obligado a mudar sus redacciones enteras al destierro. La respuesta ha sido unánime: “Hay que romper la censura”. El nicaragüense Carlos Fernando Chamorro, director de Confidencial; Óscar Martínez, jefe de redacción del periódico digital salvadoreño El Faro; Leire Ventas, corresponsal de BBC Mundo; y el veterano reportero estadounidense Stephen Kinzer han desmenuzado la titánica tarea de sortear el silencio impuesto en una Centroamérica otra vez asfixiada por derivas autoritarias y autocracias que reviven rancias arbitrariedades que la historia ya creía superadas.

Stephen Kinzer, quien Centroamérica para The New York Times durante los años más sangrientos de la década de los ochenta —cuando estaba desangrada por guerras civiles y la insidiosa intervención estadounidense—, observa el presente con el asombro de quien ve mutar los rostros y las siglas del poder, pero no las estructuras profundas de la opresión en unas poblaciones que han aprendido a resistir. “Han pasado cosas que nunca imaginé, pero lo que queda para mí es el espíritu de esos pueblos. Pensando en lo que han sufrido esos países y esas poblaciones, uno diría que deben estar en un estado permanente de angustia y luto, pero no no es así. Muestran un coraje y un espíritu que no se ve mucho en los países más desarrollados, a pesar de que a largo de siglos han sido víctimas de sistemas políticos represivos”, analizó.

Kinzer, cuya pluma registró la intervención de Washington en el conflicto de los Contras y el sandinismo en Nicaragua, lanza una dura autocrítica hacia la memoria histórica de su propio país, lamentando que la opinión pública norteamericana solo repare en el istmo cuando la sangre llega al río. “Para Estados Unidos, Centroamérica casi existe solamente cuando hay conflictos, y tratar de comunicar la realidad más amplia, más profunda de Centroamérica, siempre ha sido muy difícil”, confiesa.

El corresponsal advierte que los fantasmas del pasado siguen dictando las pautas del presente: “Yo creo que lo que debemos reportar sobre Centroamérica son los efectos de la política estadounidense. Que los Estados Unidos no intervienen y desaparecen; no, siempre están ahí. Consideren a Guatemala, un país totalmente diferente debido a lo que nosotros hemos hecho en 1954 contra Jacobo Árbenz. También las guerras en El Salvador y en Nicaragua promovidas por Washington. Esos países a lo mejor hubieran podido desarrollar una forma normal. Entonces, ignorar la presencia permanente de la influencia norteamericana implica ignorar algo muy importante y central en la historia y en la actualidad de esos países”.

Esa herencia de violencia estructural mutó drásticamente tras la firma de los Acuerdos de Paz en los noventa. Óscar Martínez evoca la lucidez de una mujer salvadoreña que retrató con crudeza el abandono de la prensa internacional una vez que se apagaron los fusiles del ejército y la guerrilla. “Yo recuerdo haber estado hablando con una señora, la niña Tránsito. Era empleada doméstica y me dijo con una simpleza campesina: ‘Se fueron [los periodistas] cuando firmamos la paz y deberían quedarse si querían ver la violencia, porque vieran qué violenta es la paz que tenemos’. Y así es. El decreto [de paz] se firmó, pero el país siguió siendo violento”.

Periodismo en el exilio

Es con ese pasado de dolor e indignación a cuestas que los periodistas nicaragüenses y salvadoreños se enfrentan a un nuevo reto: el exilio obligado por las nuevos regímenes que gobiernan sus países. La redacción de Confidencial cumple ya más de un lustro produciendo desde el exterior tras sucesivos asaltos a sus oficinas en Managua por la dictadura de Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo. Por su parte, El Faro mudó su estructura legal y administrativa a Costa Rica ante el acoso fiscal y judicial del aparato estatal del Gobierno autoritario de Nayib Bukele.

“No hay una fórmula” para contar la región, admite con franqueza Óscar Martínez, quien actualmente reside en México. “La única manera es tener presente que en el momento en que dejás de publicar, dejás de tener fuentes. En el momento en que dejás de revelar, te convertís en un sujeto del pasado. Alguien que supo y ya no sabe. El verbo revelar es parte de los verbos presenciales del juicio”, afirma.

Martínez no oculta el inmenso peso mental que acarrea el desarraigo: “El exilio es el año más cansado que yo he tenido. Porque yo creo que una de las cosas a las que te obliga es a la creatividad. ¿Cómo le extraes información a esa cosa? Antes salías a la calle, caminabas y hablabas con la gente… Pero ahora la creatividad es de todos los días y es un proceso en el que estás muy cansado por la parte administrativa de la vida que implica el exilio, donde tenés que estarte reinventando cada día”.

Pese a las dificultades, el periodista salvadoreño rechaza tajantemente la autocompasión o la conversión del oficio en un mero lamento. “Yo no me vendo de ninguna forma como una víctima del exilio salvadoreño, yo he tenido privilegios, yo he tenido una carrera hecha cuando el exilio llegó. Tenía opciones abiertas. Cada vez que me invitan a un panel, no sé si me invitan como exiliado o como periodista. Creo que llega un momento en que me invitan más como exiliado, porque al final el exilio termina convirtiéndose en un tópico del que vamos a hablar varias veces”.

Carlos Fernando Chamorro advierte de los peligros de aislamiento que genera la distancia física y señala la necesidad imperiosa de mantener los pies sobre la tierra. “Sin lugar a dudas, hay una pérdida, porque no tenemos reporteros en el terreno. Tenemos algunas fuentes y preservarlas es una labor titánica para mantener la confianza, de proveer canales seguros, que la gente tenga la seguridad de que no está siendo espiada”, detalla.

“Al mismo tiempo”, añade Chamorro, “un periodista tiene que tener una mirada amplia para tratar de hacer un periodismo que tenga utilidad para los ciudadanos. Yo les digo a mis reporteros todos los días: ‘Nosotros tenemos que evitar sumergirnos en la burbuja del exilio’. El exilio produce la burbuja de los que estamos afuera, que estamos libres, que hablamos lo mismo, y mucha gente exagera y dice cosas y vive en otra burbuja que es la del WhatsApp. Todos los días en WhatsApp dicen un montón de cosas, una gran cantidad de desinformación y medias verdades contra las que tenemos que lidiar para tratar de preservar un mínimo de confianza de la gente en lo que publicamos”.

El veterano periodista afirma que un reto importante para los periodistas en el exilio es desmontar las narrativas de normalidad que los regímenes autoritarios logran proyectar con éxito hacia el exterior. Chamorro expone con crudeza el caso de Nicaragua, bajo el control absoluto de los ‘copresidentes’ Ortega y Murillo. “En Nicaragua no hay una guerra, pero hay una violencia institucional silenciosa”, analiza el director de Confidencial. “No hay petróleo como en Venezuela, ni hay apagones ni colapso económico como en Cuba. Cualquiera acá puede ir a Nicaragua mañana y ve un país que funciona: funciona el comercio, funcionan los bares, funcionan los estadios, los conciertos y la dinámica del país. Pero debajo de eso que aparentemente funciona, ahí está la peor dictadura, la más cruel y más totalitaria de América Latina”, afirma.

La paradoja es diferente en El Salvador debido al arrollador respaldo popular del que goza el proyecto oficialista de Bukele, lo que obliga a los reporteros a apoyarse en el periodismo más riguroso y dejar de lado los propios sesgos. “Los periodistas tenemos que contar las realidades, no las que nos gustan, las que hay”, sentencia Óscar Martínez. “Y en El Salvador hay una realidad: la gente ama a ese hombre, Bukele. Y eso no lo hemos acabado de contar. Todavía no termino de explicarlo. En el extranjero lo entiendo más, la gente lo entiende por lo que ve en un reel de dieciséis segundos… Pero si vos sos salvadoreño y has vivido ahí, ves que a tu vecino, que no era pandillero, se lo llevaron. Y ya no tenés pandillas, pero sabés que se llevaron injustamente a Pedro, el que te vendía en la tienda. Y no hemos hecho un artículo sobre ese amor, porque la posición del odio no es un método periodístico. Eso no te lleva a ser un buen redactor. Yo no estoy en el país por ese señor, pero no tiene sentido cubrir desde el odio; el problema es un esfuerzo constante por tratar de seguir aplicando el método, no perderlo” recomienda.

El altavoz internacional

Leire Ventas, de BBC Mundo, aporta la importancia que tiene la prensa internacional y los medios públicos en particular, para servir como cajas de resonancias de historias olvidadas por el enorme flujo de información en un mundo sumido en diferentes crisis. “Hay temas fundamentales que siguen siendo importantes. El autoritarismo, la pobreza”. Tras su paso por la prensa local salvadoreña en El Diario de Hoy, la periodista española asume el privilegio que tiene al trabajar para una cadena tan importante: “Somos conscientes, primero y antes que nada, de que contar Centroamérica desde la línea de BBC Mundo no nos cuesta, como a los compañeros, el exilio, el hostigamiento o la cárcel. No somos nada tampoco sin los colaboradores que sí se arriesgan a eso y sin las fuentes con las que trabajamos durante años”.

Para Ventas, el reto fundamental de la prensa extranjera es evitar la caricaturización de la región como un páramo invivible. “Tratamos de contarlo desde una temática variada. Tenemos una agenda amplia. Buscamos contar más allá de la violencia, más allá del crimen, que es lo que lleva también a estigmatizar a la región. Lo cubrimos desde la economía, desde la ciencia, desde el medioambiente, y se cubre con responsabilidad, tratando de buscar cómo las historias concretas de un país en pueden apelar a una audiencia internacional. Hay que ser creativo para poder contar Centroamérica en su totalidad: hablar de medioambiente, de cómo afecta el cambio climático en Panamá a los indígenas kunas, que están perdiendo su isla y tienen que ser reubicados; o ir más allá en El Salvador y contar qué efecto económico real han tenido las políticas de seguridad de Bukele, si han traído inversión extranjera o no, a quién beneficia el turismo”, explica.

Romper la censura

Carlos Fernando Chamorro tiene claro la responsabilidad del periodismo en el exilio para poder informar a una población sometida a las arbitrariedades de un régimen opresivo. “Para mí, mi meta todos los días es romper el silencio, romper la censura”, afirma. “Es decir, darle a los nicaragüenses acceso a noticias e informaciones que son fundamentales, porque no tienen otra manera de conocerlas. Para mí todos los días es fundamental la gota de agua de noticias que rompe la censura”, advierte.

El resultado final de todo ese trabajo desde el exilio es el de “brindar información que sea útil”, dice, pero sobre todo el hacer un trabajo de memoria: “Documentar hoy la historia de las violaciones a los derechos humanos tal vez no van a producir absolutamente ningún cambio inmediato en ninguna política pública de Nicaragua, pero creemos que estamos sembrando memoria. Memoria que será útil el día de mañana para la justicia internacional y, eventualmente, cuando se restablezcan en Nicaragua instituciones que puedan hacer justicia. Nosotros somos sobrevivientes; hemos escapado de la cárcel, hemos escapado de atentados y otro tipo de situaciones, y lo menos que podemos hacer es seguir informando”.

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