“Poguear y cascarse” en un concierto de death metal. Ese es el paraíso para el guardián Lelio Camacho, miembro del equipo de atención psicosocial de la cárcel de mediana seguridad La Modelo, en Bogotá. Metalero hasta los huesos, dice ser único entre los 17.000 funcionarios del Instituto Nacional Penitenciario y Carcelario de Colombia (Inpec). “Con mucha humildad, me considero una persona única por hacer lo que amo en mi trabajo”, afirma sentado en el patio número uno del penal. En 2022 cumplió su sueño de formar una banda en la cárcel. Pero no cualquiera: la mitad de los miembros de Simbiontes, como llamaron a la agrupación, es personal del Inpec; la otra mitad, personas privadas de la libertad. “Es una simbiosis, una fusión”, dice apretando los dientes y agarrándose las manos, emocionado, antes de subirse al escenario del auditorio de la cárcel para tocar ante los visitantes. El público los celebra.
Simbiontes se declara la primera banda en Colombia, y quizás del mundo, en hacer lo que bautizaron como “rock carcelario”. Se trata de un proyecto de resocialización a través de la música. “Queremos mostrar que en la cárcel también hay vida, que guardias e internos podemos trabajar juntos, ayudarles a transformar su vida y enseñarle a las personas afuera a que no caigan acá”, dice Camacho, guitarrista y líder de la banda, conocido muros adentro como Mi Soo. “Acá el mote es lo más importante”, asegura.

La banda era un proyecto frustrado hasta que el dragoneante Óscar Betancourt, conocido como Lobito, músico aficionado y actual bajista de Simbiontes, asumió la dirección del área de Creación Artística del penal, encargada de la resocialización a través del arte y la cultura. “Tenemos un lema muy claro: la música libera”, asegura. “La idea es promover la unión, la reducción de la hostilidad, porque el ambiente en la cárcel es pesado entre internos y funcionarios. Nosotros no somos enemigos; estamos juntos porque así nos tocó, nosotros trabajando y ellos pagando su pena. La idea es poder llevarlo de la mejor manera, y la música es de gran ayuda”.
Ubicada en el centro-occidente de Bogotá, La Modelo ejemplifica la crisis estructural del sistema penitenciario colombiano. Construida entre 1957 y 1960, en las afueras de una ciudad que rondaba el millón de habitantes, hoy queda en medio de la amplia mancha urbana que suma unas 10 millones de personas. El crecimiento demográfico y los cambios sociales la han superado hace ya décadas. Es una realidad cruel, dolorosa, sobre la que canta Simbiontes.
Tan cruel es que la Corte Constitucional declaró en 1998 un estado de cosas inconstitucional en las cárceles del país, y lo reiteró en 2013, 2015 y 2022, al constatar una vulneración masiva de derechos de las personas privadas de la libertad: hacinamiento extremo, insalubridad, violencia, corrupción y ausencia de políticas eficaces. Diseñada para 2.662 internos, La Modelo alberga a 4.496, según cifras oficiales del Inpec, aunque Camacho eleva el dato a 5.000. El penal se divide en 15 patios, distribuidos en dos alas, la norte y la sur. Hay un patio específico para personas con trastornos psiquiátricos y otro para los encarcelados por delitos sexuales, una conducta extremadamente perseguida por el resto de los internos.

Cada patio tiene su “pluma” o “cacique”, quien ostenta el poder de facto. “De rejas para allá, mandan ellos”, dicen varios funcionarios. Pese a ser una cárcel de mediana seguridad en la graduación de penales de Colombia, desde allí se articulan redes urbanas de crimen organizado, particularmente de extorsión y sicariato. Para los recién llegados, la violencia es inmediata: “¿Lava o pelea?”, suelen preguntarle los antiguos a los nuevos nada más ingresan, mientras sostienen un cuchillo en una mano y un jabón en la otra. Algunos optan por lavar, y se convierten en sirvientes de los más poderosos; otros eligen pelear y con frecuencia la guardia debe sacarlos heridos. En otros casos, ellos mismos se suturan las heridas.
Eso es poco, cuentan los guardianes, comparado con lo que pasaba a finales de la década de 1990 y durante los primeros años de los 2000, cuando el conflicto armado en Colombia atravesaba sus años más violentos. Los guerrilleros tomaron el control interno del ala norte y los paramilitares de la sur, y continuaron la guerra que asolaba al país. Cometieron asesinatos sistemáticos, masacres, descuartizamientos; incluso arrojaron cuerpos en las cañerías o hicieron fosas comunes. Entre 1999 y 2001, según la Fiscalía, al menos 100 personas fueron descuartizadas en la cárcel y sus restos arrojados por alcantarillas. Uno de los episodios más brutales fue una masacre cometida por paramilitares entre el 27 y el 29 de abril de 2000, cuando asesinaron a 32 personas. Un mes después, la periodista Jineth Bedoya, la única que ingresó al penal para investigar lo ocurrido, fue secuestrada, torturada y violada masivamente durante 16 horas por paramilitares.

El penal también quedó marcado por el violento motín del 21 y 22 de marzo de 2020, cuando los reclusos se levantaron por el avance del covid y las precarias condiciones sanitarias que, sentían, los condenaban a la muerte. El enfrentamiento dejó 23 presos muertos y 83 heridos. En octubre de 2025, frente a la cárcel, un sicario mató a un funcionario del Inpec e hirió a otros tres en el marco del llamado “plan pistola” que activó Andrés Felipe Marín, alias Pipe Tuluá, líder de la banda criminal La Inmaculada y quien estaba recluido en otra cárcel.
“La cárcel es dura, eso es una realidad. La gente tiene que cuidarse de no parar acá”, dice Jonathan Pedraza, conocido como Cabito, guitarrista, vocalista y principal compositor de Simbiontes. Cruzado de brazos y rodeado de ventanas con rejas de metal de las que cuelgan cobijas, ropa, tenis, peluches, zapatos y varias imágenes de la Virgen de Las Mercedes, patrona de los reclusos, agrega: “Pero la banda es vida, es como un volver a nacer, un refugio en medio de la tormenta”. Hace cinco años y medio llegó a La Modelo y le faltan cinco más. Lo más difícil, dice, es no ver a sus hijos, estar alejado de la familia y de la sociedad “por hacerle daño”. De joven era músico en una iglesia cristiana y desde entonces toca la guitarra. “Para un músico, primero está la música y después la vida: intentemos llevarla a nuestro diario vivir”, dice, y eso es lo que ha hecho en la cárcel.

Miguel Ángel Barrero, El Profe, es saxofonista de Simbiontes y describe la experiencia en la banda como un “bálsamo total”. Lleva 12 años en prisión, de una condena de 16 que ha logrado reducir gracias al sistema de redención, en el que por cada dos días de trabajo en actividades de resocialización como estudio, trabajo o enseñanza, se reduce la pena un día. “La banda me ayudó a decir, ‘estoy en la cárcel pero no me siento privado de la libertad”, asegura, saxofón en mano. Músico profesional, espera la autorización de un juez para salir. Dice que retomará su carrera como músico y describe a Simbiontes como “una escuela maravillosa para proyectarme a una vida futura”.
Con el sol en la cara y de espaldas a La Jaula, como bautizaron al antiguo pabellón de máxima seguridad, el dragoneante y baterista Jeffrey Otavo, Otto, sonríe después del concierto a las familias. “Siempre ha habido un estigma de que la guardia y el interno no tienen nada que ver”. Dice que es algo que la banda desmiente: “Somos una unión para generar música, en el escenario somos una familia. Rompemos ese muro”. Y Barrero agrega: “Antes de guardianes e internos, somos seres humanos con un gusto por la música”.
La banda cuenta con un amplio repertorio de covers en español y en inglés, así como siete temas propios que hablan de su experiencia en la cárcel. Le cantan a la ansiedad, la superación, incluso al amor. “Cantarle desde la cárcel es muy simbólico”, dice Camacho, agregando que el amor propio y el amor hacia la familia son temas recurrentes para ellos. Pedraza, quien ha compuesto cinco de las siete canciones, dice que encontrar creatividad en la cárcel no es complicado, pero que los temas, inevitablemente, suelen repetirse. “La soledad, la fortaleza, la superación…“Lo más difícil es proyectar la felicidad, que no se manifiesta como tal, sino a través de cosas como la resiliencia”, expresa.

En el penal son auténticos rockstars, en particular Camacho. Con sus 190 centímetros de altura, no pasa desapercibido. Son pocos los que no se detienen a saludar cuando camina por los oscuros y húmedos pasillos de la prisión; unos le chocan el puño, otros le dan un abrazo. Él, a diferencia de otras estrellas, corresponde cada gesto con otro igual de sincero. “¡Qué pasa Mi Soo!”, se escucha constantemente, evidenciando cómo la banda ha logrado romper la barrera entre los dos mundos.
Simbiontes ha tocado en varios escenarios fuera de los muros, incluyendo la Casa de Nariño (la residencia presidencial en Colombia), y les gustaría hacer un “tour carcelario” por todos los penales del país. Su sueño más grande, sin embargo, es presentarse en el festival Rock al Parque, que se realiza anualmente en Bogotá y es uno de los festivales gratuitos más grandes de América Latina. Han pasado bandas icónicas como Sepultura, Anthrax o Testament, y Fabulosos Cadillacs, Auténticos Decadentes y Aterciopelados. “Yo he ido todos los años a Rock al Parque a poguear, me encanta”, dice Camacho, emocionado. “Sería un orgullo para mí y para toda la banda pisar la tarima y que la gente se sorprenda y diga, ‘¿cómo así que una banda de internos y de funcionarios?”. Quiere pasar del público a la tarima y ser él quien provoque los pogos, lejos de los muros entre los que trabaja.
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