“Es el último viaje. Te pido perdón, pero llevame rápido”, le susurró Elizabet Bueckert a su caballo alazán en el atardecer del 17 de enero pasado, mientras su carro avanzaba a toda velocidad por las calles de tierra de la colonia de menonitas ortodoxos La Nueva Esperanza, en la provincia de La Pampa, el corazón yermo de Argentina. Ese día, después de haber pasado horas refugiada con sus dos pequeñas hijas en un galpón para evitar la casa y los insultos de su marido, la mujer de 33 años decidió que había llegado el momento con el que había fantaseado tantas veces.
Sentó a las niñas María y Anna en el buggy, subió un bolso con ropa, un poco de dinero que había ahorrado discretamente y, con el celular que usaba a escondidas, le escribió a su amiga Katherina Neufeld para avisarle que se iba. Su marido la interceptó a la salida e intentó detenerla sosteniendo las riendas del caballo, pero el animal —ligero, un poco bravo como ella— respondió a su orden y se liberó con un movimiento brusco.
Elizabet y sus dos hijas hicieron una parada veloz en la parcela del taller en que trabajaba Pedro —el hombre que le había pedido que esperara a que cumpliera 18 años para irse con ella—, que no dudó y se subió al carro con lo puesto. Avanzaron hasta lo de Katherina, que ya había llamado a un coche y estaba lista para partir junto a sus cuatro hijos, de entre nueve y cinco años: Pedro, María, Isaac y Agnetha. Los tres adultos y los seis niños se apretaron dentro del vehículo y el chofer lo hizo desaparecer de a poco en el horizonte anaranjado de la llanura. Las cabecitas rubias en la luneta trasera, las ventanas abiertas, la tela oscura de los vestidos flameando con el aire de verano.



La colonia menonita La Nueva Esperanza, donde actualmente viven 1948 personas, comenzó a construirse en 1985, cuando un grupo de cuatro ortodoxos bajaron desde México hasta una de las zonas más despobladas del continente para inspeccionar la zona. Debían evaluar si ese lugar era apto para vivir de acuerdo a sus preceptos religiosos; para llevar allí la vida sacrificial que les permita ser salvados cuando llegue el fin del mundo y deban rendir cuentas ante el tribunal divino, algo que en la colonia está siempre a punto de ocurrir. Las condiciones que le exigían al Estado argentino eran pocas, pero innegociables: debía aceptar que hablaran su propio idioma —un dialecto del alemán tan arcaico que en Europa ya no se encuentra ni entre los campesinos—, eximirlos del servicio militar y consentir que sus niños no fueran a la escuela.
Si los permisos fueron concedidos a cambio de la promesa de dinamizar la actividad económica de esa tierra olvidada, los menonitas cumplieron. Compraron las 10.000 hectáreas de una vieja estancia, desmontaron el bosque de caldenes que la cubría y comenzaron a poblar sus parcelas con 120 familias emigradas de otras colonias de Mexico y Bolivia. Cultivaron la tierra y, tras una sequía de varios años, forzaron su propia revolución industrial: hoy hay 140 metalúrgicas que producen silos para todo el país y emplean gente de la zona. Los camiones entran y salen, como entran y salen algunos menonitas que van a los pueblos vecinos en coches con chofer, dado que ellos no pueden conducir ni poseer vehículos. La colonia no está cerrada por ningún muro, ni siquiera una tranquera, pero está muy claro qué es adentro y qué es afuera. Cómo y por qué está permitido salir y cómo y por qué no.
Cuarenta años después de ese primer acuerdo informal con el Estado argentino la colonia mantiene su excepcionalidad: beneficios impositivos, niños educados por ellos mismos en las pocas materias que les interesan —matemática, alemán alto, lectura de gótico, himnos religiosos— y una postura elusiva de parte de la Justicia, que hasta ahora no los había mirado nunca de cerca. Se sabe: cuando los menonitas se sienten amenazados abandonan hasta a sus muertos y se van, así es como han recorrido el mapa desde Países Bajos a la Patagonia y logrado conservar el núcleo de su cultura desde el siglo XVI. Y nadie quiere que se vayan.
Hasta ese 17 de enero en el que Elizabet y Katherina subieron al coche, solo una mujer había escapado de la colonia. María Unger Reimer, hoy de 34 años, tenía 16 años la primera vez que lo intentó. Le pidió a la mujer que la empleaba en un tambo vecino que le adelantara su pago y con esa poca plata pagó un taxi que hizo los 35 kilómetros hasta el pueblo más cercano, Guatraché. El mismo conductor la ubicó en la casa de un matrimonio mayor, que le alquiló una habitación. No había pasado una hora cuando escuchó los golpes en la puerta: era la policía, junto con sus hermanos, que se la llevaron de vuelta. En la colonia recibió un castigo ejemplar. Sus padres la ataron a un banco y la golpearon con una cuchara en los huesos de los pies. María se prometió adaptarse. Fue bautizada de acuerdo a los preceptos de esa religión anabaptista, se casó con otro joven de la comunidad y tuvo dos hijas: Agnetha y Elizabet. Luego de otro intento frustrado en 2017, en 2019 logró irse de manera definitiva: partió junto a un hombre menonita a la provincia de Tucumán, más de 1.300 kilómetros al norte, donde se instalaron en el campo en que todavía viven y tuvieron una hija juntos, María Fernanda.

En las historias de Elizabet, Katherina y María hay elementos que, como sus nombres, se repiten: infancias violentas y de trabajo físico duro, hombres que toman mucho alcohol, maridos maltratadores y la hostilidad de una comunidad que se abroquela para castigar a quien da muestras de incomodidad. Todas ellas se han sometido más de una vez a la humillación de pararse en la iglesia frente a los varones de la colonia, una vez terminada la misa, para pedirles perdón por sus pecados: no colocarse el pañuelo que les cubre la cabeza, usar un vestido de un tono inadecuado, haber escuchado música o poseer un celular. Algunas veces ese perdón no fue considerado suficiente y los hombres —todos ellos mucho más pecadores que ellas, aseguran— las obligaron a permanecer una semana calladas, sin intercambiar una palabra con nadie.
La primera noche fuera de la colonia Katherina y Elizabet durmieron en un hotel frente a la plaza central de Macachín. Decidieron ir hasta ese pueblo, a 70 kilómetros de la colonia, porque ahí tenían “un contacto”: una mujer que Pedro había conocido trabajando pero de la que no tenían ninguna dirección ni número telefónico. No pasaron muchas horas hasta que un grupo de alrededor de 20 menonitas los encontró y se llevó a la fuerza a los dos hijos varones de Katherina, que la Justicia le restituyó hace algunas semanas, más de dos meses después.
—Mi marido siempre me trata mal, siempre enojado conmigo y con los chicos. Me pegaba, pegaba a los chicos. Y no me gusta cuando pegaba a los chicos, ellos sufren mucho.
Katherina, de 30 años, habla en un español muy rústico, mientras sus hijos suben y bajan de los juegos en un parque de Santa Rosa, se revuelcan en la arena. Todos ellos vivien ahora en una habitación de hotel de esta ciudad, capital de La Pampa, a 180 kilómetros de la colonia, con algo de ayuda económica del Estado municipal y provincial. Esta semana los niños comenzaron el proceso de integrarse a la escuela, una institución llena de pautas y palabras que desconocen. Pedro, el mayor, debería ir ya a cuarto grado.




Si bien los hombres hablan español por sus interacciones con el “exterior” vinculadas al trabajo, está mal visto que las mujeres de la colonia se interesen por el idioma o se relacionen con gente de afuera. “Cuando alguien se abre un poco más ya es mala persona para ellos. Una cualquiera, una puta”, resume María, que también está en el parque con su hija María Fernanda. Llegó hasta esta ciudad desde Tucumán por unos pocos días para declarar en la causa que inició en febrero pasado, cuando entró a la colonia para retirar a sus hijas, que estaban allí de visita, y recibió una golpiza de su exmarido. “Te voy a prender fuego a vos y a las nenas”, fue una de las tantas amenazas que, borracho e iracundo, le gritó frente a ellas.
Si bien María ha conseguido su custodia legal y las tuvo durante un tiempo en Tucumán, sus hijas de 15 y 12 años están actualmente en la colonia. “La más grande tiene novio y quiere quedarse. A la chiquita le han lavado el cerebro”, explica.
De María, en la colonia, se dicen muchas cosas: que es una mala mujer, que es problemática, que no ha cuidado a sus hijas. “Ellos mienten para tapar todo lo que hacen —asegura—. Cuando uno dice algo toda la comunidad lo cree y ataca a esa persona. Mienten tanto que hasta vos misma dudás de cosas que sabés que no son verdad”.
Desde que se fueron de la colonia, las tres viven un asedio permanente. Mediante mensajes de celular y redes sociales —que los miembros de la colonia usan aunque tienen prohibido hacerlo—, pero también en persona. El martes pasado un grupo de menonitas llegó hasta el hotel donde se aloja Katherina e intentó ingresar a la fuerza su habitación, ubicado en la planta baja, a pocos metros de la entrada. Ella cerró con llave y les gritó que se fueran, mientras sus hijos se escondían debajo de las camas. Sin red, sola en una ciudad que desconoce, a la única persona a la que pudo acudir en ese momento fue a su abogada, Karina Alvarez Mendiara, que en las últimas semanas se ha ocupado no solo de monitorear su caso sino de ayudarla a conseguir un trabajo de limpieza o comprarle frutas y remedios a los niños.
A Elizabet también le quitaron a sus hijas, de diez y seis años. Poco después de escaparse aceptó la propuesta de sus padres de llevarse a las niñas a la colonia por un par de semanas, pero solo porque todavía no tenía trabajo y le daba miedo no poder darles de comer. Pasado ese tiempo, debían regresárselas, pero no cumplieron y en cambio se las entregaron a su padre. “Las nenas están sufriendo mucho allá, lo extrañan mucho a mi. Están bajo, con los nervios, todo”, intenta hacerse entender.
“Este no es un caso más de restitución de niños. La diferencia está dada por el choque cultural”, dice Martín Saravia, defensor general de La Pampa, que está a cargo del caso de Elizabet. “Acá hay alguien, una mujer, que no presta más su consentimiento para seguir las reglas de juego que le impone cierta cultura. Y la identidad cultural no puede invocarse para justificar prácticas que vulneran derechos”.

Saravia se refiere a la falta de estudios y de habilidades sociales de las mujeres de la colonia, que limitan las posibilidades de insertarse exitosamente en el mundo exterior. “Hay mujeres que no saben el lugar del mundo que habitan”, resume y lo suyo no es una métafora. Una conversación simple con una mujer menonita puede evidenciar, por ejemplo, que no saben que los ríos desembocan en el mar o que la tierra es redonda y tiene en sus polos dos masas de hielo.
El riesgo es que su vulnerabilidad retroalimente su situación. Que el Estado eventualmente les quite a sus hijos y los devuelva a la colonia si ellas no son capaces de garantizarles lo que se supone que allí adentro tendrían: una casa confortable en la que vivir, comida. Otro gran desafío para los abogados es cómo exigir una cuota alimentaria o dividir los bienes ante un eventual divorcio. Frente al Estado la colonia es un todo indefinido, una sola asociación civil que engloba todo y a todos. Solo los registros internos de la comunidad —donde funciona un sistema tan capitalista y desigual como el de afuera— identifican qué propiedad tiene cada miembro, de qué trabaja o cuánto dinero genera. Este diario se contactó con el representante legal de la asociación civil La Nueva Esperanza, que no quiso hacer comentarios.
Para Saravia, en esta comunidad “la identidad es una carga que se les impone a las mujeres”, porque para los varones las pautas son más flexibles y tienen acceso a mayores recursos. “Por eso tanta desesperación de su parte con estas acciones de abordarlas constantemente, de hostigarlas para que vuelvan. Hay una cuestión de dueñidad —dice, apelando a un concepto de la antropóloga feminista Rita Segato— de marcar la propiedad e intentar llevarse lo que consideran suyo”. Los abandonos de la colonia por parte de varones, que los hubo, no han desatado la misma reacción.

Katherina está en Santa Rosa, María vive en Tucumán y Elizabet decidió quedarse, por ahora, en Macachín. A la espera de encontrar algo mejor, paga muy caro por un departamento pequeño sin muebles ni luz natural y hace una suplencia de limpieza en una carnicería. Los pocos días que estuvo con Pedro y sus hijas fuera de la colonia, antes de que se las llevaran, los cuatro dormían juntos sobre un colchón en el piso. “Felices”, recuerda ella, que en la colonia tenía un buen pasar económico y una casa con los estándares menonitas de lo envidiable: interiores revestidos en cerámicos del piso al techo. “Pero si el amor no está, ¿qué sirve? Las cosas no sirven para nada”, balbucea mientras revuelve una bolsa para encontrar el vestido que usó por última vez hace tres meses, ese atardecer en que salió de la colonia en un coche atiborrado. Está cosido por ella, es negro con flores oscuras, de mangas largas y falda hasta los tobillos. Vestida de jeans, remera de algodón rosa y zapatillas, lo sostiene en alto con el brazo y el reencuentro con esa tela que la cubrió durante tanto tiempo —de día y de noche, en invierno y en verano— le hace sacudir la cabeza con un pequeño escalofrío. Lo mira fijo como si tuviera enfrente una persona o un animal extraño, como si escuchara algo que le dice o le gritara recuerdos amargos.
Créditos:
Fotografía: Anita Pouchard Serra
Diseño y maquetación Mónica Juárez Martín y Ángel Hernández
Edición visual: Gladys Serrano y Mónica González

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