Hace casi un siglo José Ortega y Gasset pronunció su célebre discurso “Argentinos, a las cosas”, dónde interpelaba a las élites políticas de la entonces pujante nación trasandina. La frase apuntaba a algo bastante simple: dejar de lado el narcisismo faccioso, el postureo y la pelea pequeña, para volver a concentrarse en lo importante: resolver los problemas públicos. Obviamente, le hicieron poco caso.
Recordaba esta frase el miércoles pasado cuando José Antonio Kast materializaba su primer cambio de gabinete, apenas diez semanas después de haber asumido. Es el cambio más rápido que se recuerde, y con distancia. Bachelet II realizó el primer cambio de gabinete luego de casi 61 semanas, mientras que el de Piñera II llegó en la semana 22, y el de Boric en la semana 24. Ello ocurre en un contexto de fragilidad en la percepción del Gobierno frente a la opinión pública. Dependiendo de la encuesta, la aprobación neta del Presidente Kast es negativa por entre 15 y 25 puntos porcentuales.
El deterioro, además, ha sido muy rápido. Si entendemos la luna de miel presidencial como el tiempo que tarda un Gobierno en perder diez puntos porcentuales desde su primera medición de aprobación ciudadana, y usamos la encuesta Cadem como referencia, la tendencia es clara: Bachelet II duró 26 semanas, Piñera II 37, Boric 10, y la de José Antonio Kast terminó después de apenas un par de semanas.
¿Pero qué rol cumplen los cambios de gabinete en el manejo de la relación con la opinión pública?
Los dos gobiernos inmediatamente anteriores hicieron sus primeros cambios de elenco desde una posición de minoría en el Congreso Nacional, y como una forma de apuntalar su estrategia legislativa. La salida de Gerardo Varela en el Gobierno de Sebastián Piñera ocurre a comienzos de agosto de 2018, en un contexto donde las movilizaciones estudiantiles venían creciendo y como una manera de preparar la presentación del proyecto de ley Aula Segura. Marcela Cubillos, a quien se incorporaba como ministra en la cartera de Educación, había sido diputada durante casi una década y tenía redes políticas significativas.
Tratándose de la salida de Jeanette Vega del Gabinete de Gabriel Boric, ello ocurre a finales de agosto de 2022 luego de una polémica llamada telefónica con el comunero mapuche Héctor Llaitul. La discusión sobre la renovación del Estado de Excepción en la región de la Araucanía comenzaba a mostrar los primeros desmarques de diputados, tanto del propio sector como de la entonces oposición. La siguiente renovación fue revisada por el Congreso apenas seis días después de la salida de Vega.
En el caso de la presidenta Michelle Bachelet, su primer cambio de gabinete fue mucho después, recién durante mayo de su segundo año de Gobierno. Además, no se trató de carteras sectoriales como Educación o Salud, sino que supuso cambios en el corazón del comité político: Interior y Hacienda. Aunque nominalmente ese era un Gobierno que contaba con una mayoría legislativa, las incorporaciones de Jorge Burgos y Rodrigo Valdés fueron leídas en su momento como una manera de contener la creciente disidencia de los sectores más centristas de la coalición. Nuevamente, el cambio de gabinete aparece como una forma de apuntalar la estrategia legislativa.
Ninguna de estas consideraciones parece explicar lo ocurrido hace unos días. La salida incluyó a una integrante del comité político, pero se hace sin que existan señales visibles de debilidad en el Congreso Nacional. Al contrario, la principal reforma del Gobierno ha sorteado su primer trámite constitucional en tiempo récord y prácticamente sin discusión.
Durante años parecía que el país estaba cambiando, poco a poco, su sistema político. Desde el presidencialismo fuerte que formalmente establecía la Constitución, Chile caminaba hacia un parlamentarismo que se imponía por la fuerza de los hechos. Era ahí dónde estaba el origen de los problemas de nuestra democracia. Hoy la perspectiva es distinta. El Gobierno muestra una enorme capacidad de conducción legislativa. Sin embargo, sigue sin convencer a la opinión pública.
Muchas veces olvidamos que la política es un arte instrumental. Busca organizar las decisiones colectivas para mejorar la vida de las personas. Hacer planes, controlar el Congreso o aprobar leyes, son todas actividades instrumentales. Como hemos visto antes en este espacio, las mismas encuestas que desaprueban al Gobierno muestran que la percepción de inseguridad no mejora, mientras que la percepción del rumbo económico ha empeorado significativamente. Lo que importa, como diría Ortega, son las cosas. Y es en la seguridad del entorno cotidiano, en cómo aprieta la economía del bolsillo, donde un Gobierno termina siendo evaluado.

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