El difunto cardenal Pedro Rubiano, acusado por abusos sexuales en Colombia

Un hombre que se identifica como Andrés denunció en la mañana de este lunes en Caracol Radio que el cardenal Pedro Rubiano Sáenz, fallecido en abril de 2024 y quien fue durante décadas la máxima autoridad de la Iglesia católica en Colombia, abusó sexualmente de él en reiteradas ocasiones a partir de 1983, cuando Andrés tenía 15 años. El testimonio fue dado a conocer pocas horas después de que EL PAÍS publicara un informe con ocho casos de presuntos abusos cometidos por 13 sacerdotes y religiosos colombianos, que este diario entregó al Vaticano para que los investigue. El caso de esta víctima forma parte de ese dosier, frente al cual este medio ha consultado a la Arquidiócesis desde la semana pasada. No ha respondido hasta el momento de publicar esta nota.

Según el relato de Andrés a Julio Sánchez Cristo, director del programa 6AM W, todo comenzó en 1983, cuando tenía 14 años y su madre lo echó de la casa en Bogotá, ciudad a la que la familia había llegado hacía menos de un año desde Bucaramanga. Sin conocer la ciudad y sin recursos, buscó refugio en la Catedral Primada. Allí lo atendió un clérigo identificado en el dosier de EL PAÍS con las iniciales J.A.B.N., quien lo alojó en la casa cural de la localidad de Fontibón. Esa misma noche comenzaron los abusos. “A cambio de comida, protección y dormida, empezó con los abusos”, relató Andrés en los micrófonos. “Primero me ofreció cerveza, me masturbaba. Con el hambre que yo sentía, con cualquier licor me embriagaba muy fácil”.

Fue ese mismo clérigo quien, según la víctima, lo presentó al cardenal Rubiano Sáenz a la llegada al parqueadero del Seminario Mayor de Bogotá, en la carrera 7 con calle 93, al norte de la ciudad. “Se sentó conmigo en las sillas de atrás, quería besarme los pies, me besó las manos, me masturbó y me practicó sexo oral”, narró. Andrés dice que intentó resistirse a una penetración y que reaccionó con violencia cuando llegó el otro clérigo. Tenía 15 años. “No pude escaparme porque irme era volver a vivir en las calles de una ciudad que no conocía”, dice, señalando que lo amenazaron con ello. Los encuentros con Rubiano, afirma, se repitieron al menos dos veces al mes entre mayo y diciembre de 1983, en la casa cural de la catedral de Fontibón, al occidente de la capital colombiana.

La situación se prolongó, según su testimonio, hasta 1989 o 1990. Durante ese tiempo, dice, fue utilizado también para gestionar los llamados “controles médicos” a otros jóvenes que los clérigos captaban en colegios parroquiales. “Nos exhibían como carne porque éramos como sus trofeos”, afirmó. Cuando dejó de ser, según sus palabras, “el niño bonito”, pasó a cumplir esa función administrativa. Las consecuencias sobre su vida fueron devastadoras: afirma que cayó en el consumo de alcohol y cocaína, y no se retiró de ese entorno hasta 1999.

Andrés explica que, en el año 2000 y aprovechando la apertura de la Puerta Santa del Jubileo, viajó al Vaticano con un pasaje pagado por uno de sus victimarios, a quien, a cambio del billete de avión, le entregó a una caja con las fotos, videos y documentos que había acumulado y que servían como pruebas en su contra. Sin embargo, dejó una denuncia escrita en la Poste Vaticane, dirigida a Joaquín Navarro-Valls, uno de los colaboradores cercanos de Juan Pablo II y quien hablaba español. Dejó como dirección de contacto la de su tía en Bogotá. Nunca recibió respuesta, narra.

Veinte años después, en 2021, retomó las denuncias de manera formal, pues la arquidiócesis había abierto un despacho para enfrentar estos casos: la Oficina de Buen Trato. La víctima cuenta que se reunió con el cardenal Luis José Rueda Aparicio, actual arzobispo de Bogotá. Andrés detalla que el prelado le tomó la mano, le pidió que escribiera todo de su puño y letra, y le prometió ayuda jurídica, psicológica y económica. “Me vio muy mal, porque yo no hablaba de esto hacía mucho tiempo y casi me desmayo contándole estas cosas”, relató. Aparte de algunas terapias psicológicas, cuenta, la promesa quedó en nada. “Absolutamente nada, nada, nada. El silencio total”.

Andrés también contactó a la Nunciatura Apostólica, a varios periodistas y a otros denunciantes. Entre los sacerdotes a los que señala de no haber dado trámite a sus denuncias está el italiano Paolo Rudelli, nuncio en Colombia entre 2023 y el pasado 30 de marzo, cuando el papa León XIV lo designó en el tercer cargo de más importancia en el Vaticano, el de sustituto para los Asuntos Generales de la Secretaría de Estado. Andrés también cuenta haber hablado con el colombiano Luis Manuel Alí Herrera, desde 2024 secretario de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores.

Ante la Fiscalía colombiana interpuso una tutela para obtener respuesta y descubrió que ninguna de las instituciones eclesiásticas que prometieron trasladar su denuncia lo había hecho. “Perdí tres, cuatro años esperando y nunca hicieron nada”, dijo en la entrevista radial. En sus declaraciones más recientes señaló, además, que el primer clérigo que lo captó fue asesinado en 2001, lo que complica aún más cualquier proceso judicial.

“Eso sucedió y no fue solamente una vez. Y tengo entendido que tiene muchísimas denuncias que han sido tapadas porque nunca, nunca prosperaron”, dijo Andrés sobre Rubiano. Y añadió con amargura: “Cuando yo hice la denuncia en 2021, él estaba vivo. En cambio, en España denuncian a un sacerdote de 90 años y a ese sí lo llaman y a ese sí le piden explicaciones. Aquí el señor pasó de agache y se murió.”

El arzobispado de Bogotá no respondió a las preguntas de EL PAÍS sobre el caso de Andrés, que aparece en el informe entregado al Vaticano junto a otros siete testimonios contra clérigos colombianos y 16 más contra sacerdotes de otros países de América. Rubiano, quien fue arzobispo de Bogotá entre 1994 y 2010, cardenal desde 2001 y uno de los rostros más reconocibles del catolicismo colombiano durante tres décadas, murió sin haber sido confrontado públicamente por ninguna acusación de esta naturaleza.

Andrés tiene 57 años, lleva décadas sin trabajo estable a causa de secuelas que describe como “catastróficas” y hasta ahora no ha podido contarle nada a su familia. “Tengo la rabia, la vergüenza, la impotencia, la ira, el dolor, las pesadillas”, resumió. “Y las ganas de quitarse la vida”.

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