Cuzco, el ombligo del mundo, se prepara para su gran día: el Inti Raymi

Vista desde el mirador de San Cristóbal, Cuzco es como un mar de tejas de adobe que tapiza por completo un valle cercado por montañas desnudas y casi del mismo color que la teja. Las viviendas escalan los cerros hasta colonizar las laderas más empinadas. A la derecha del mirador se levanta la iglesia homónima, una de las más antiguas de la ciudad, dicen que mandada construir por el hermano del último inca. Tras ella, se alzan las piedras solemnes de lo que un día fue el palacio de Manco Cápac, el fundador de la dinastía. De abajo, de la ciudad, llegan los sonidos amortiguados de bandas de música y comparsas que desfilan por la plaza de Armas, el gran espacio abierto que esponja el denso entramado de la capital andina. Es junio, el mes más gozoso de Cuzco porque entre las festividades del Corpus y los preparativos para el Inti Raymi, las calles son puro color y fiesta, con pasacalles a diario.

“Imagine la sorpresa de Pizarro y sus hombres aquel lejano 15 de noviembre de 1533 cuando llegaron aquí y se encontraron con una ciudad fastuosa, muy bien planificada, con palacios, templos, sistemas de canalización de agua y habitada por más de 200.000 almas”, me cuenta la guía que me acompaña. Y es cierto: no hace falta mucho esfuerzo para imaginar la estupefacción de aquellos barbudos a caballo, pues incluso hoy esta ciudad peruana impresiona.

Cuzco es la ciudad mestiza por excelencia de Perú y una de las urbes más sorprendentes de toda América. Seis siglos de historia escritos en piedras ciclópeas en lo alto de los Andes. Primero, como capital del imperio de los incas, que le dieron su nombre en quechua: Qosqo, el ombligo del mundo. Después, como asentamiento de gran importancia para los conquistadores españoles. Y ahora, como emblema de la cultura y la historia peruanas. Sobre los cimientos pétreos de las construcciones incas se elevan templos y palacios virreinales españoles y edificios civiles de la República. Una yuxtaposición de estilos que se palpa también en el paisaje humano, en las fiestas y en las manifestaciones religiosas de la ciudad.

La más importante del calendario anual se celebra el 24 de junio. Es el Inti Raymi, la fiesta del Sol, que rememora de manera teatralizada —con cánticos en quechua, danzas típicas y coloridos trajes de la época inca— la ceremonia sagrada con la que los incas rendían culto al dios Inti (el Sol) y a la Pachamama (la Madre Tierra) cada solsticio de invierno. Lo hacían en esta fecha concreta, cuando el Sol está más lejos de la Tierra y los días son más cortos, para agradecerle al astro por las cosechas del año anterior y pedirle que no se alejara más, asegurando así la vida y la agricultura para el nuevo ciclo que comenzaba. Es el gran día de Cuzco, el que reúne a miles y miles de visitantes en tres escenarios: el Qorikancha (templo del Sol), la plaza de Armas y la fortaleza de Saqsaywaman, el escenario principal.

La plaza de Armas es el centro obligado de toda ruta urbana por Cuzco. Una ingente rehabilitación convirtió un espacio antes anárquico de tenderetes, viviendas en mal estado y mercadillos que olían a anticucho y chicha en un espacio soberbio, una de las plazas más bonitas de América, con la catedral a un lado, la iglesia de la Compañía de Jesús a otro y sus cuatro costados orlados por casas porticadas con balconadas de madera. Todo muy pulcro y ordenado, pero completamente gentrificado porque ya nadie vive en esta plaza y sus aledaños; todas las viviendas son restaurantes, hoteles o servicios para el turista. Es el precio a pagar por ser uno de los destinos predilectos en el continente americano.

Mi consejo: aunque sea una turistada, siéntate a cualquier hora del día —pero muy especialmente al atardecer— en alguna de las terrazas de esos restaurantes que miran a la plaza, pídete una cerveza Cusqueña —a ser posible, servida en vaso en forma de kero, que imita el vaso ceremonial inca— y deja pasar el tiempo en ese decorado perfecto, mientras el teatrillo mundano del Cuzco más cholo desfila ante ti.

Esa amalgama mestiza asalta al visitante en cada esquina, en cada piedra, en cada edificio cusqueño, pero muy en especial en el Qorikancha, otra de las visitas imprescindibles. Era el templo más sagrado e importante de todo el imperio; el eje político, astronómico y geográfico del mundo incaico. Parece ser que sus paredes estaban recubiertas de oro puro. Tras la conquista de los españoles, le fue entregado a los dominicos, que usaron los tremendos sillares de caliza de los incas para levantar sobre ellos un convento renacentista y barroco. El terremoto de 1950 derribó buena parte del recinto católico, pero a cambio dejó al descubierto estructuras incaicas ocultas de las que nada se sabía y que, gracias a su ingenioso sistema constructivo, no sufrieron ni un ápice por el movimiento sísmico. La posterior restauración del complejo aprovechó para dejar a la vista tanto la obra virreinal como los basamentos precolombinos, dando lugar así a uno de los museos más asombrosos de Perú, posiblemente el lugar donde mejor se aprecia el conflicto y la yuxtaposición de aquellos dos imperios.

Cuzco se ubica a una altitud media de 3.400 metros, lo que le confiere una luz especial. Una vez habituado a la altura y superado cualquier conato de soroche, merece la pena caminar y caminar por la ciudad, perderse por sus calles empinadas bajo esa luz diáfana y cegadora del altiplano andino para descubrir una planimetría urbana única. A la derecha de la fachada principal de la catedral sale la calle del Triunfo. Por ella se llega a la famosa piedra de los 12 ángulos y la cuesta de San Blas, que desemboca en este barrio bohemio y lleno de artesanos, aunque la plaza principal está ahora en obras y no luce como debiera.

Si desde la plaza de Armas se toma la dirección opuesta, por la calle Mantas, desembocas en la plazoleta Espinar y la iglesia de la Merced. Allí empieza otro eje siempre con ambiente y vida: la calle Marqués, que es peatonal, y la plaza del Regocijo, donde están el Ayuntamiento, Chicha por Gastón Acurio —el restaurante del famoso chef peruano— y la mole blanca y azul del viejo hotel de turistas, el primer alojamiento que se abrió aquí y que lleva años abandonado. Luego viene la plaza de San Francisco, con el arco de Santa Clara —conmemorativo de la creación de la Confederación Perú-Boliviana (1836)— y, más allá, el monasterio de Santa Clara y el mercado de abastos de San Pedro, uno de los principales y más bullangueros.

Cuzco es una ciudad para caminar, para subir y bajar, para recrearse en los detalles y para sentarse en alguno de sus muchos miradores. Si quieres huir de la masa de turistas que llena siempre la plaza de Armas, busca los restaurantes y cafeterías del barrio alto de San Cristóbal, desde cuyas terrazas y miradores hay vistas excelentes de la ciudad y el valle, y en los que la clientela es mayoritariamente local.

Hay que destinar también una jornada completa (como poco) a las ruinas incas que rodean la ciudad, que son legión. La más importante es, sin duda, Saqsaywaman, el conjunto religioso, astronómico y ceremonial que dominaba el valle desde lo alto de un cerro y en cuya explanada se celebran el día 24 de junio los actos principales del Inti Raymi. Si ya en la ciudad y en lugares como Qorikancha el viajero se ha sentido abrumado por la calidad del trabajo en piedra que eran capaces de hacer los incas, en Saqsaywaman la conmoción llega a límites inimaginables. Los enormes bloques de piedra caliza, muchos de ellos de varias toneladas de peso, traídos desde canteras que están a 15 kilómetros, tallados y encajados con precisión de relojero, son el mayor exponente de la ingeniería y la arquitectura inca y del grado de excelencia que llegaron a conseguir. Un trabajo tan alucinante que, por mucho que la guía te explique que los bloques eran arrastrados sobre troncos por miles de trabajadores, que se cortaban y tallaban con herramientas hechas con piedras más duras (como la hematita o el basalto) y por muy racional y empírico que seas, llegas a plantearte que a lo mejor lo de la intervención de extraterrestres tampoco es tan descabellado.

Otros yacimientos famosos y cercanos a la ciudad son Q’enqo, Puka Pukara y Tambomachay. Y si quieres algo más especial y nada masificado, anota Tipón, un centro arqueológico dedicado al culto del agua y la ingeniería hidráulica. Y, sobre todo, Pikillaqta, un poblado wari (años 500-900 de nuestra era) que fue utilizado tras ser conquistado por los incas como modelo de urbanismo para sus nuevas ciudades y aldeas. Está en dirección sudeste, a la salida hacia Puno.

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