¿Somos los venezolanos racistas o no somos racistas? That’s the question. Es una pregunta difícil de responder porque Venezuela ha vivido en las últimas décadas aferrada al mito de ser una sociedad mestiza y policlasista. Mi generación creció con ese mito, alimentado en buena medida por corrientes históricas que vienen desde la Independencia y por la fantasía de una movilidad social infinita impulsada por el petróleo. Como todo mito, no es del todo falso ni del todo cierto.
El incidente del sábado pasado en Puerta del Sol, cuando, en un mitin de María Corina Machado, el cantante Carlos Baute se hizo eco de una multitud que coreaba “¡Fuera la mona!”, en alusión a la presidenta encargada Delcy Rodríguez, lo vuelve a poner sobre la mesa.
Un liderazgo juicioso podría atajar el tema y abrir un debate nacional. Así, quizás, esta controversia podría convertirse en una oportunidad para abordar complejos históricos en Venezuela. Una oportunidad que no debería ser desperdiciada.
De manera consciente o involuntaria, Baute expresó un sentimiento –o, más bien, un resentimiento– arraigado en el imaginario racial y étnico venezolano: la piel oscura como marcador de inferioridad social, educativa y económica.
Venezuela es un país profundamente mezclado. La sangre europea se cruzó con la indígena originaria y la negra de esclavos africanos –demasiadas veces por la fuerza– y produjo la sociedad mestiza y parda que es el país. Hasta donde sé, no hay compartimientos estancos en el espectro étnico-racial venezolano, salvo en enclaves afrodescendientes y grupos indígenas minoritarios y relativamente aislados. De hecho, los afrodescendientes o amerindios representan el 8% y el 4% de la sociedad, respectivamente.
Sin embargo, la mezcla no acabó con la jerarquía. Los blancos criollos siguen siendo vistos como la punta de la pirámide social, dominan las élites económicas y están sobrerrepresentados en los estándares de belleza y éxito. Mientras los mestizos, morenos, zambos y mulatos, que componen el pardaje popular y son la base social del llamado pueblo, cargan, en mayor o menor medida, el estigma del color de la piel. El resto es visto como folclor o exotismo, y es despreciado o sometido al espolio, como ocurre con las comunidades indígenas en las zonas mineras del sur.
En Venezuela la ley establece la igualdad racial y no hay discriminación abierta ni los grandes conflictos raciales de otros países latinoamericanos. Sin embargo, el racismo estructural emerge sin filtros en actuaciones como la de Baute. No solo allí, sino en una miríada de lugares comunes que expresan una enorme carga de prejuicios. De un modo jocoso, celebramos que hay que “mejorar la raza” mezclando negros con blancos, pero también repetimos la infamia del “negro es negro y su apellido es mierda”.
A la mayoría de los venezolanos nos cuesta ver este racismo velado y latente. No nos consideramos racistas porque, en términos comparativos, quizás no lo somos tanto como algunos países vecinos, donde raza equivale a destino. Pero ese racismo está ahí. Vivimos con él con relativa indolencia, sin complicarnos demasiado la existencia. Pero cuando brota, lo hace con furia.
Ese sustrato se vuelve más peligroso en medio de una guerra política. La confrontación actual por el poder entre la oposición liderada por María Corina Machado y la cúpula chavista no comenzó en Madrid. Hugo Chávez leyó muy bien el resentimiento larvado en la sociedad venezolana, a la que dividió hasta el día de su muerte. Fue un odiador de oficio. Explotó sin piedad una retórica antirracista para pintar a la élite blanca como el enemigo y la etiquetó como “los escuálidos” para subrayar su falta de fuerza.
Pese al discurso campeador del caudillo, la situación no mejoró para los morenos. En realidad, empeoró: la violencia del Estado, mediante razias de exterminio en los llamados Operativos de Liberación del Pueblo durante el mandato de Maduro, atacó principalmente a los jóvenes mestizos de los barrios caraqueños.
Pero el punto es que esa élite tampoco se ha hecho ningún favor repitiendo durante años insultos racistas y despreciando a los “otros”, por pobres, ignorantes, malandros y oscuros. Por monos.
Ese terreno no es neutro. Episodios como el de Puerta del Sol tienen un costo político inmediato: erosionan el liderazgo opositor en los sectores populares y, al mismo tiempo, alimentan con munición simbólica la narrativa chavista que ha hecho de ese antagonismo una de sus principales fuentes de legitimidad.
María Corina intervino demasiado tarde para corregir el entuerto de Baute y lo hizo de manera incompleta, sin reprobar la actuación del cantante. Aunque ella no tenga nada que ver con esa visión, queda salpicada por asociación. La disculpa a medias de Baute, como diciendo “fue sin querer queriendo”, tampoco es suficiente.
En Caracas, los voceros de Delcy Rodríguez tomaron nota de una oportunidad servida en bandeja para lanzar una campaña de repudio que presenta a la presidenta como víctima del resentimiento racial y el clasismo de la élite blanca de toda la vida. Por supuesto, la aderezaron con una carta de disculpa de la embajada de Venezuela en Madrid por el discurso de odio en Puerta del Sol.
Puede que el incidente muera sin mayores consecuencias. Pero el tema no se irá. Al contrario, se volverá cada vez más crítico si Machado regresa al país y mucho más si llega al poder. Darle ahora solo un giro político oportunista o limitarse a controlar los daños es una pérdida de tiempo. Abordar de manera responsable y sin demagogia los prejuicios que anidan en la sociedad venezolana puede ayudar en el arduo trabajo de reconciliar al país.
María Corina Machado, quien también ha sufrido resentimiento al ser etiquetada como “mantuana” para descalificarla ante las mayorías, no debería esconder el tema debajo de la alfombra, sino elevar la controversia para ayudar a superar esos estigmas.
De Chile a Estados Unidos, miles de venezolanos han vivido el racismo fuera de su país, como si fuera una experiencia ajena e importada. Tal vez por eso cuesta tanto reconocerlo puertas adentro. El desliz de Carlos Baute no es una anomalía. Es un espejo incómodo. Mirarse en él, sin coartadas ni mitos tranquilizadores, es necesario para incluir e integrar más sectores sociales y raciales marginados o despreciados. Esa es una condición indispensable para impulsar una nueva democracia en Venezuela y una verdadera reconciliación entre los venezolanos.

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