Las muestras de que Brasil es un país brutalmente desigual son cotidianas. Esta misma semana quedó cruelmente expuesto. Mientras el porcentaje de familias brasileñas endeudadas bate un nuevo récord (el 80%) y entra con fuerza en el debate electoral, la reacción de una juez ante el temor de perder los extravagantes privilegios de la elite funcionarial ha causado estupefacción. Y escándalo. “Pronto no vamos a poder ni pagar las facturas”, se desahogó la magistrada durante una vista. Eva do Amaral Coelho, que es blanca, fue incluso más allá: “En breve, los jueces estaremos como esos funcionarios que trabajan en régimen de esclavitud”. La señora Coelho cobró en el mes pasado 91.211 reales entre salario y pluses (unos 18.000 dólares). Sus compatriotas lo saben gracias a las leyes de transparencia brasileñas.
Ocho de cada diez hogares deben dinero, según datos oficiales, sea al banco o a algún otro tipo de entidad financiera, a una empresa de telefonía o electricidad. Quizá a un pariente, o a un amigo.
Como tantos, Deborah Desa, de 21 años, hace malabarismos para pagarse la carrera de derecho y llegar a fin de mes. Trabaja de becaria en un bufete además de asesorar, por su cuenta, sobre derecho laboral. Y ya sabe lo que son los números rojos en la tarjeta de crédito, explicaba este viernes durante un descanso laboral en el centro de São Paulo. “Tuve que negociar un acuerdo con el banco”, dice. Lo habitual es, nuevos plazos, nuevos intereses a cambio de un perdón parcial.
Las deudas de las familias se han disparado en los últimos años y suman un volumen inédito. Un tercio de lo que ingresan va a pagar deudas. La causa es una tormenta perfecta con varios componentes. Y el resultado se traduce en situaciones dramáticas y nada excepcionales, como tener que pedir un crédito para pagar deudas pendientes.
También se puede resumir en un puñado de fríos datos: 81 millones de brasileños están en la lista oficial de morosos. La deuda personal acumulada supera los 900 billones de dólares (equivale al 35% del PIB de Brasil, según datos del Banco Central, frente a un 29% en Colombia o un 17% en México).
Ese endeudamiento masivo es uno de los motivos por los que los buenos números macroeconómicos no se notan en el bolsillo de buena parte de los brasileños de a pie. Y eso tiene de los nervios al Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva a menos de seis meses de las elecciones presidenciales y parlamentarias. Cierto es que el desempleo está en mínimos históricos (5,8%), la renta media ha subido y la inflación estuvo bajo control hasta que Donald Trump y Benjamín Netanyahu decidieron enzarzarse en otra guerra con Irán. Pero los créditos siguen por las nubes, con el tipo de interés oficial al 15% para mantener la inflación domesticada.

Cualquier emergencia amenaza muchos presupuestos
Cualquier emergencia entraña el riesgo de que el presupuesto familiar salte por los aires, incluso entre quienes tienen empleo estable, como bien saben Carlos Rocha, de 38 años. Este empleado público explica que tuvo que pedir lo que aquí llaman un crédito consignado (que la entidad descuenta directamente del salario) para pagar una cirugía de emergencia para su esposa, la periodista freelance Paola Carvalho, de 36 años. “Fue muy rápido, hechas las comprobaciones, tenía el dinero en la misma semana”, explica Rocha. Juntos han venido desde Boa Vista, casi en la frontera con Venezuela, a São Paulo de turismo. De todos modos, apunta, es un recurso para casos excepcionales “porque llegas a pagar hasta el doble de la cantidad que pediste”.
Muchos en Brasil recurren a la tarjeta de crédito para pagar alimentos o las cuentas básicas. Es habitual pagar a plazos la entrada a un concierto o unas zapatillas. Una tienda ofrece unas Nike Air de 360 dólares en diez plazos sin intereses. Un caramelo para clientes impulsivos. Todo el sistema incentiva el pago a plazos con sistemas de acumulación de puntos a cambio de ventajas de todo tipo.
Para el presidente Lula y su equipo, la culpa de la monstruosa deuda que han acumulado las familias es de lo caro que está el dinero y… las apuestas por Internet. Brasil es un país donde durante décadas los juegos de azar estuvieron prohibidos, pero ahora “ha entrado un casino en cada casa por el móvil”, proclamó un exasperado Lula en su reciente visita a Barcelona.
Con su inofensiva apariencia, el atractivo inicial de las apuestas se convierte para muchos en adicción o en una ruleta rusa para conseguir con urgencia el dinero necesario para pagar una cuenta o devolver un préstamo. En nada, uno se puede encontrar hundido en un círculo vicioso que causa colosales destrozos en las precarias cuentas de millones de familias.
El Ministerio de Hacienda está al habla con los bancos y entidades financieras para lanzar un programa amplio de renegociación de impagos. Lula ya lanzó uno en 2023, nada más volver al poder y con la vista puesta en los más damnificados por la pandemia. El Gobierno confía en que los descuentos puedan alcanzar el 90% de la deuda.
Dinero inmediato, de la necesidad al impulso
El actual nivel de endeudamiento es el resultado de una nefasta tormenta perfecta. Un cóctel que incluye, los altos tipos de interés y las apuestas digitales, pero también la precariedad del empleo, la digitalización de las finanzas, las facilidades para acceder al crédito y el aumento del coste de la vida.
Unos 60 millones de brasileños se han bancarizado en la última década gracias a la expansión de Internet, a los teléfonos móviles y al pix, el popular método de pago instantáneo creado por el Banco Central de Brasil. Aquellos autobuses que eran sucursales bancarias itinerantes que circulaban entre ciudades del interior de este país continental compiten ahora con el celular. Para muchos, la vía más cómoda y barata de pagar, cobrar y también de pedir un crédito a golpe de click.

Si entender la letra pequeña de muchos productos financieros es a menudo un desafío hasta para los clientes mejor formados en casi todos los países, en uno con amplias capas de la población poco familiarizadas con los conceptos más básicos de las finanzas personales, es un reto descomunal.
Sistemas de puntos con ventajas
Fernando, de 23 años, atiende un puesto dentro de una tienda de electrodomésticos que promete “dinero al instante”. Trabaja para Ágil, una entidad financiera que vende préstamos personales. “Van de 200 a 13.000 reales [de 40 a 2.600 dólares] y solo empiezas a pagar dentro de con un interés de entre el 15% y el 18%”, explica. Poco sabe de quienes incumplen lo pactado, “de eso se encarga el departamento de recuperación financiera”.
En la caja de la tienda, un cartel con las normas para sacarse la tarjeta de fidelidad. Promete descuentos, pago a 12 plazos sin intereses y…. El gran gancho “aumento automático del límite [de crédito] con el pago de las facturas”.
Fernando, el vendedor de préstamos inmediatos, confiesa que entre la clientela a la que atiende desde que trabaja en el mundo de las finanzas calcula que como un tercio tiene educación financiera. “Muchos lo contratan por necesidad o por impulso, sin ser demasiado conscientes del riesgo”. Una de sus funciones, añade, es estar atento para evitar perjuicios a la empresa ante potenciales candidatos al impago.

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