Delivery

Al canciller alemán Otto von Bismarck (1815-1898) se le atribuye la célebre sentencia “la política es el arte de lo posible” y, pese a que durante años se ha debatido sobre la base aristotélica de la frase o su cercanía a ciertas conclusiones de Maquiavelo, lo cierto es que ha marcado -o debiese al menos- el accionar de cualquier gobernante.

Que entre Aristóteles en este debate no es casualidad. En comunicación efectiva se explica que para que un mensaje, una idea, logre permear no sólo en la mente sino también los sesgos de quien la recibe, la audiencia debe reconocer en el emisor a lo menos tres características: autoridad, empatía y contenido; lo que hace casi 2.500 años Aristóteles denominó en su libro La retórica, Ethos (credibilidad en la autoridad); Pathos (la emoción) y Logos (la razón) y la necesaria conjugación de los tres.

El Ethos no es un título ni un cargo. No se construye con el nombramiento en el Diario Oficial ni con una biografía impecable en el sitio web del ministerio. Se construye con coherencia sostenida en el tiempo: entre lo que se dice y lo que se hace, entre la promesa de campaña y la decisión de Gobierno, entre la figura pública y la gestión cotidiana.

El Pathos, por su parte, es quizás el más incomprendido de los tres pilares, especialmente en culturas políticas donde la emotividad se asocia a debilidad o demagogia. Pero la emoción en comunicación no es manipulación: es conexión. Es la capacidad de hablar desde un lugar que el receptor reconozca como propio. Chile, con su larga tradición de tecnocracia bien intencionada, ha pagado caro el precio de mensajes perfectamente racionales que nadie sintió como suyos.

Y el Logos, la razón, el contenido. El programa, la propuesta, el dato, el diagnóstico. Es el pilar que más se cuida en la política moderna —con equipos programáticos, think tanks, asesores sectoriales— y, paradójicamente, el que menos importa si los otros dos fallan. Un plan brillante comunicado por alguien sin credibilidad ni empatía es papel mojado. La ciudadanía no lee los informes técnicos, de ahí la lucha constante por explicar la “estrechez fiscal”.

El problema central es que los tres pilares deben actuar en simultáneo y en equilibrio. No son etapas ni opciones: son condiciones. Aristóteles no los presentó como un menú a la carta sino como una arquitectura. Y como toda arquitectura, si falla una columna, la estructura colapsa no importa cuán sólidas estén las otras dos.

Así, para que cualquier mensaje cumpla con mínimos articuladores, los tres pilares de la retórica deben estar presentes.

Volvamos a nuestra lejana y emocionante república. “Yo no me esperaba de la exigencia de un plan de seguridad estructurado, concreto y en definitiva cuando se nos solicitó en un principio por una comisión del Senado lo dimos, pero aparentemente no quedaron conformes” o “Nos dejaron sin plata. Un Estado en quiebra. Endeudado en US$49 mil millones. Y la caja del Estado completamente vacía”.

Quienes emitieron esas frases fueron las hoy exministras (y sus carteras) Trinidad Steiner y Mara Sedini que, errores comunicacionales y performáticos mediante, forzaron un acelerado cambio de Gobierno en la Administración del Presidente Kast a sólo 69 días de asumir.

¿Por qué forzaron? Porque mientras el Gobierno anota importantes avances en su megarreforma en el Congreso, la autoridad debió salir al paso de críticas que no venían por su plan de instalación o programa, sino por el permanente dolor de cabeza que ha sufrido por desaciertos propios de gobernar, de lograr transmitir sus ideas y convencer no sólo a parlamentarios sino también a la gente que su actuar, que su agenda es la correcta.

¿Y las metáforas e hipérboles? Sin desconocer ni un segundo lo desafortunada de la estructura para justificar la expulsión de migrantes, sí hay una distinción importante entre los desaciertos: la autoridad, el Ethos del emisor.

Así como se espera que el ministro de Hacienda ejecute su plan económico, la ministra de Salud sortee la constante crisis en su cartera y que el controvertido ministro de Vivienda, Iván Poduje, reconstruya casas, a la ministra de Seguridad sí se le exige un plan antidelincuencia y a la vocera de Gobierno que no cometa gafes en su discurso.

La virtud del delivery político. De entregar no sólo lo que se quiere, sino lo que los votantes validan y requieren.

Es la ciudadanía, quienes reciben el mensaje, que dan cuenta de eso en sus evaluaciones y percepciones de autoridad y no hay peor compañero en el arte de gobernar que una crisis constante al actuar diario y el desempeño de autoridades.

El fenómeno, claro está, no es exclusivo de esta Administración ni de esta orilla política. El segundo Gobierno de Michelle Bachelet fue, en muchos sentidos, un manual de lo que ocurre cuando el Logos —el programa, las reformas— no logra acompañarse de un Pathos creíble. La reforma educacional, la tributaria, la constitucional: agenda ambiciosa, comunicación fragmentada, y una ciudadanía que terminó más confundida que convencida.

El propio Gabriel Boric, con una aprobación que tocó mínimos históricos en su primer año, aprendió a golpes que gobernar en redes sociales y gobernar el país son ejercicios que exigen lenguajes distintos, aunque simultáneos.

La política como arte de comunicar.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *