Ariadna y Citlalli: dúo electoral

Que la llegada de Citlalli Hernández —que es, en rigor, regreso— y el ascenso de Ariadna Montiel a la cúspide del partido sean reacción, castigo o ruptura, no termina de convencerme. La lógica de intrigas a menudo ensombrece lo que pretende explicar.

Sostengo, más bien, que el movimiento es la confirmación de que hemos entrado en un tiempo distinto: la elección de 2027 acaba de comenzar.

Si bien el proceso ya había escuchado el disparo de salida desde que el Consejo Nacional de Morena acordó el calendario y las reglas para sus aspirantes, los movimientos verdaderos comienzan ahora, cuando los caballos arrancan el trote.

Luisa María Alcalde saldrá de la dirigencia del partido. Y quienes intenten leerlo como retaliación por una mala relación con los aliados, o como consecuencia de las fricciones en la aprobación de las reformas electorales de la presidenta, se encontrarán con la dificultad de negar a los millones de personas que Alcalde afilió. A eso iba.

Cuando Morena habla de encargos y no de cargos, enmarca la forma en que percibe el ejercicio del poder. Para el partido guinda, los encargos son responsabilidades temporales con misiones precisas y no sillas de garantizada permanencia. En la agrupación, el encargo de Alcalde había terminado. Función mata designación.

Esa ya no era su misión. Su perfil —más administrativo, de coordinación y gestión— es contrario a lo que el partido exige en tiempos electorales: estrategia, negociación, movilización.

Esas virtudes recaen en las mujeres que marcharán al frente del partido. El dúo electoral: Ariadna Montiel y Citlalli Hernández. Perfiles diversos de idoneidad compartida.

¿A quién más podría confiarse el control interno de una elección en que la coalición se juega 17 gubernaturas, el control en San Lázaro, la composición de congresos locales y su presencia municipal, si no a ellas? La pregunta resulta retórica ante una respuesta que titila por su obviedad.

La llegada de Montiel y Hernández a encargarse de las elecciones de Morena es de una obviedad empalagosa.

Por un lado, el previsible cambio de banda de Ariadna Montiel de Morena —Gobierno— a Morena —partido— responde a la urgencia de control territorial y disciplinar de una estructura que daba señales de desbordarse. Quien ha administrado decenas de millones de beneficiarios de programas sociales acaso pueda lidiar con 11 millones de militantes. El paso de Montiel por la Secretaría del Bienestar la convierte, para efectos de organización y movilización, en pieza perfecta.

La maniobra, además, encierra un movimiento político importante: las riendas del partido son compensación justa para un perfil leal a la presidenta que aspiraba a gobernar el Estado de Chihuahua.

Citlalli Hernández, por su lado, asume la Comisión Nacional de Elecciones y Alianzas con dos misiones. En primer lugar, la exsecretaria de las Mujeres —quien afirma que la política es diálogo— estará a cargo de la alianza con el Verde y el PT, a quienes no reconoce como afines a Morena en el orden de las ideas, sino como aliados parlamentarios y electorales. Una alianza práctica, no cabal.

En segundo sitio, además de la relación con los socios, deberá hacerse cargo de la insaculación para los plurinominales y de las encuestas para los cargos uninominales del partido del que es fundadora. Negociar con los distintos grupos al interior de Morena, entregar la candidatura a los mejor posicionados, administrar rencores y dolores.

¿Quién más podría encargarse de ello? En el proceso electoral anterior—el simplificado bajo la expresión “tsunami guinda”—, Citlalli Hernández fue la coordinadora de alianzas para coaliciones y candidaturas en Morena. Desde ahí condujo con precisión cuántica la arquitectura electoral que permitió a la coalición alcanzar la mayoría calificada. Buena parte del Plan C lleva su nombre y apellido. Las alianzas son lo suyo.

Citlalli Hernández en el partido es Citlalli Hernández en su encargo natural.

La llegada de ambas es un movimiento táctico bien cuidado. No permite hablar de una toma del partido desde la presidencia por encima del jubilado de Tabasco: ambos cuadros pertenecen, sin atisbo de duda, a los dos primeros niveles de la Cuarta Transformación.

Que en el movimiento salga sobrando el hijo de Andrés Manuel López Obrador no habrá de imputarse a la presidenta, sino a los errores de aquel.

Cierro reiterando que la llegada de Hernández y Montiel a la cúpula del partido no me interpela como castigo, ruptura ni reacción. Lo concibo, más bien, como la confirmación de una historia que siempre apuntó hacia este sitio.

Que el 27 no rime con el 21 —año maldito categorizado como irrepetible— correrá por cuenta de ambas.

Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *