Adriana Pérez Cañedo: “Molesta mucho que una mujer dé su opinión”

Adriana Pérez Cañedo (Guadalajara, 70 años) sabe cómo gobernar una habitación. “¿Quieren una galleta? Son de pistache”, ofrece nada más abrir la puerta de su departamento en Ciudad de México. La periodista encadena recuerdos mientras su perro Simón revolotea por una sala dominada por libreros que crujen de historia y paredes con fotos que funcionan como el registro notarial de su carrera. Pertenece a esa estirpe de mujeres que se abrió paso en un mundo de hombres hasta convertirse, ya en democracia, en el rostro del principal noticiero de la televisión pública durante casi dos décadas.

Pero el plan original era otro. Pérez Cañedo estudió Teatro en Jalisco. Se inició en la radio a los 22 años para financiar su carrera como actriz. El amor por el micrófono, en realidad, venía de casa: “Mi mamá fue locutora y operadora de cabina; yo la acompañaba desde chiquita”, rememora desde el sillón. El dilema se resolvió a finales de los setenta, en pleno apogeo del PRI como partido de Estado, cuando dio el salto a la televisión. En sus manos había llegado el libreto de una adaptación de La peste, de Albert Camus. Se quedó esperando en el cajón. Eligió las noticias. Primero en Imevisión —el canal público que antecedió a TV Azteca— y luego en Canal Once. La comunicadora selló una era de 40 años como presentadora. Aunque su verdadero idilio siempre fue la radio.

Por eso el silencio actual resulta tan extraño. Por primera vez en cinco décadas, ha parado en seco. Lleva casi un año fuera del aire, ensayando la vida sin la adrenalina —la adrianalina, bromea— del directo. Su salida abrupta en 2025 del noticiero Enfoque, tras “25 años, tres meses y seis días” tuvo el peso de un luto. Pese al golpe, asegura estar “tranquila, feliz”, pero la tregua parece temporal. Quiere volver. Aún le queda mucho por decir.

Pregunta. ¿Qué implicaba hacer televisión pública en los años del PRI?

Respuesta. Eran otros tiempos. Solo imagina cómo era en los setenta. No se le podía decir que no a la señora Margarita López Portillo [la hermana del presidente era la encargada de supervisar el contenido de los medios públicos]. Pero también fueron buenas experiencias. Hacíamos el periodismo que podíamos y queríamos hacer. Claro, con inteligencia. En los ochenta tuve mi primera etapa en el Once.

Cuando iniciaba el sexenio de Ernesto Zedillo (1994-2000), me pidieron que volviera. Las circunstancias ya eran diferentes. Estaba una extraordinaria mujer como directora, Alejandra Lajous, que fue quien dignificó la imagen de la televisión pública. Con ella se crearon programas que ganaron premios internacionales. En esa segunda etapa me dieron un noticiero matutino y, ya en el sexenio de Vicente Fox (2000-2006), pasé al nocturno. Estuve ahí 17 años, hasta 2018.

P. Hubo mucha especulación sobre su salida del noticiero nocturno del Once después de tantos años. Además, coincidió con el inicio del Gobierno de López Obrador

R. Déjame ir más atrás. Yo no soy panista, ni priista, ni perredista. Pero tengo que decirlo: lo más difícil fue cuando volvió el PRI con Enrique Peña Nieto (2012-2018). Eran pleitos todos los días. Querían que abriera el noticiero con él y yo me negaba. Me cambiaban las cosas cuando en la junta habíamos acordado otra cosa. Salía al aire a decir “buenas noches” y lo primero que veía en el monitor era Peña Nieto. Me enojaba mucho. Era una imposición, como en los setenta. A mí sí me tocó vivir el periodismo televisivo del sexenio de López Portillo, donde medio noticiero estaba dedicado al presidente. Cuando vi que ganó Andrés Manuel López Obrador decidí que ya no más.

P. ¿Es decir que se fue porque pensó que el canal perdería independencia editorial? ¿Cree que fue así?

R. Lamentablemente, sí. Me hubiera gustado equivocarme. Es más, el primer director de Canal Once me pidió que volviera. Yo le dije: “Mira, por lo pronto, me hace falta un aumento de sueldo. Pero, sobre todo, lo que más quiero para volver es libertad de expresión. Si no hay eso, mejor ni me vuelvas a buscar”. Y no me volvió a buscar.

P. ¿Cómo define su relación con el Gobierno y con la izquierda?

R. Les está embriagando el poder. O, más bien, se les está pasando la embriaguez. Pero siempre ha sido así. Lo he sentido incluso con gente que conocí y traté, pero que ahora tiene un cargo importante en el Gobierno y se ha vuelto ilocalizable. Eso pasa con todos los partidos, aunque matizo: no con todas las personas. La situación es lamentable y, a diferencia de lo que había visto en años recientes, es que ellos tienen “la sartén por el mango”, como dice Joan Manuel Serrat.

P. Entonces salió de la televisión porque usted lo decidió. ¿También salió de su noticiero de radio Enfoque en esas mismas circunstancias?

R. Mi salida de la radio fue brusca, sorpresiva, desconcertante y agresiva. Me sentí noqueada. No es bonito que te despidan diciéndote: “Hace falta un refresh”.

P. ¿Así se lo plantearon?

R. Eso fue lo que me dijeron. Lo sentí discriminatorio. La frase me parece una rudeza innecesaria después de estar 25 años en una empresa en la que mantuve el programa en los primeros lugares de rating. Que el argumento sea ese, sin considerar lo que había hecho ni lo que seguía haciendo… El año anterior moderé un debate presidencial. El segundo en mi carrera. Desocupar la oficina tras tantos años ha sido un duelo pesado.

P. ¿Por qué lo siente como un duelo?

R. La pérdida de un empleo que amas es como si te avisaran de la muerte repentina de alguien querido. Cuando la ves venir, como cuando planeé salir de Canal Once, es distinto; lo tienes asimilado. Pero cuando no lo esperas, te quedas helada. Fue un golpe bajo, considerando lo que vino después en ese espacio informativo.

P. Imagino que se refiere a su reemplazo [el influencer Poncho Gutiérrez, cercano al Gobierno].

R. Por eso digo que fue un golpe bajo. En ese momento entendí de qué se trataba en realidad. Mira, nunca ha habido una total libertad de expresión, mucho menos en los sesenta y setenta, pero ahora vamos de mal en peor. Y eso que estamos en la Ciudad de México; en los Estados la situación es terrible, ahí puedes morir literalmente. Aunque ya vimos lo que casi le pasa a Ciro Gómez Leyva en plena capital. Hay una caricatura de Mafalda en la que Susanita le pregunta: “¿Y tú practicas algún deporte de riesgo?”, y Mafalda responde: “Sí, a veces doy mi opinión”. Haciendo un recuento… tal vez estiré demasiado la liga, pero no creo que sea justo decirlo así porque no es culpa mía. Además, conozco a compañeros que estiran más la liga que yo.

P. Pero son hombres. ¿Influye el hecho de ser mujer para que resulte más incómodo?

R. Por el hecho de ser mujer, se perdona menos. Te cuento una anécdota: cuando estaba con mi querido Joaquín López-Dóriga en Imevisión, a principios de los ochenta, me ofrecieron un noticiero matutino. El encargado de la entrevista me preguntó si una mujer podía tener la misma credibilidad que un hombre. Tuve que respirar profundo. Creo que, lamentablemente, eso sigue pasando en México. Molesta que una mujer dé su opinión o diga lo que piensa. Incomodé, y eso refuerza el verdadero motivo de mi salida.

P. Si su despido tuvo un trasfondo político, como usted dice, ¿le alivia en algo?

R. No, no es un alivio. Me da más pena. Pero no por mí, sino por el espacio, por el periodismo en México y por la libertad de expresión.

P. ¿Por qué decidió romper el silencio hasta ahora?

R. Si me hubieras pedido esta entrevista entre octubre y enero, te habría dicho que no. De repente recordé que mi cumpleaños era en marzo y ya estábamos a finales de febrero. Me había perdido en el tiempo y en el espacio. Pero afortunadamente ya me reencontré. El yoga y la meditación son fantásticos.

P. ¿Echa de menos la adrenalina del día a día?

R. Siempre me he sentido una privilegiada porque me dedico a lo que me gusta. Y además me pagan. Pero también he retomado otro camino en esta etapa. Estoy disfrutando de una vida que había soñado y deseado, aunque haya llegado forzada por las circunstancias. Estoy feliz y más metida en lo que tanto amo: el arte.

P. ¿Volvería a la radio?

R. Me encantaría volver a trabajar, sobre todo hacer radio y noticias. No deja de ser un reto porque los jóvenes ya no consumen este medio e incluso ha bajado la audiencia entre la gente mayor.

P. ¿Cómo ve a las siguientes generaciones de periodistas?

R. La tienen muy difícil. Veo un declive: hemos visto cómo desaparecen organismos independientes. Luego está la polarización. Yo he recibido muchísimos ataques de bots, amenazas e insultos muy feos. Algunas veces caí en la provocación porque soy humana y estaba en vivo, pero llegó un momento en que decidí ignorarlos. De eso tiene una gran responsabilidad López Obrador. El “divide y vencerás” fue a lo que se dedicó seis años: a atacar desde su tribuna mañanera a los periodistas que le resultaban incómodos.

P. No faltará quien cuestione que hable de censura cuando en esta misma entrevista se ha expresado con total libertad.

R. Si a quien esté leyendo esto le molesta lo que pienso, solo puedo decir que únicamente estoy compartiendo mis experiencias. Lo que opinen los lectores, si no les gusta, es su problema, no el mío.

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