Y, al final, Inglaterra silenció la fiesta mexicana

El locutor anunció los 11 minutos de tiempo extra en el partido de México e Inglaterra y la gente se abrazó como cuando las segundas oportunidades son concedidas. Todavía quedaban 11 para remontar ese atragantado 2 a 3. El balón corría, México presionaba y presionaba, pateaba Jiménez, un remate y ahora de cabeza, sin parar, y las mesas con las manos en la cabeza, comiéndose las uñas, los ojos sin parpadeos, y en las televisiones por todas partes, los comentaristas iniciaban la inevitable cuenta atrás: son siete los minutos, quedan cinco, 120 segundos para México, la última posesión. No se pudo. La cantina repleta desde seis horas antes no dudó: se lanzó a aplaudir por esa selección que les hizo soñar de verdad, aunque al final no se pudiera. Pero, rápido, la algarabía acostumbrada —que llevó incluso a 1,4 millones de personas a festejar al paseo de Reforma, la principal arteria de Ciudad de México, la victoria ante Ecuador— dejó pasó a las cuentas, al tintineo de los vasos cuando ya se recogen, a los coches que todavía llevan la bandera mexicana pero ya no pitan en cada esquina para celebrar la que ha sido, durante casi un mes, una ilusión colectiva. Inglaterra logró silenciar la fiesta mexicana.

Estaba todo preparado para caer, de vuelta, en algo tan intrínseco como el desmadre nacional y también para tratar, por fin, de contenerlo. Nadie pensaba en cómo gestionar la frustración de quedarse otra vez —otra vez— a un solo pasito de los cuartos de final sino en cómo evitar que otras cuatro personas fallecieran festejando que el Tri había pasado de ronda. México llegaba a octavos con su portería a cero, después de 40 años sin haber pasado de una ronda eliminatoria, y lo hacía en su casa, el Azteca. La selección no pierde ahí, mucho menos ahora, con un país efervescente, con Quiñones acertando, con la magia de Morita, con la defensa de Vásquez.

En los últimos días la selección había hecho cantar a coro la letra de Caifanes, ahora hacia los ingleses: “Y vienes desde allá, donde no sale el sol, donde no hay calor…”. Había hecho creer que Jude Bellingham y Harry Kane no iban a poder con los 11 de verde porque estaba un estadio, un país, custodiándolos. Lo creyeron, por fin, después de tantos años. La ruta parecía única: ¿y si sí?

El Gobierno había tomado nota a fuerza de tragedia y el único día que se decidió a desplegar miles de efectivos policiales para custodiar el Ángel de la Independencia —para restringir el aforo y quitar ahora sí que sí las cervezas que seguían entrando al corazón capitalino—, ha sido, por desgracia, el único que no ha hecho falta. Después de las 10 de la noche, la Secretaría de Seguridad Ciudadana ya solo anunciaba como vigilaba el retiro de los aficionados a sus casas.

Nunca va a ser alegre el sabor de la derrota, pero se siente menos triste entre mexicanos. “Es una selección que ha sido muy buena, eh, hoy jugaron muy bien”, dice ya tras el pitido final Edgar Ramos, de 49 años: “Un marcador como el que hubo hoy no hubiera sido posible si no hubiera sido la selección que hoy impera, me quedo con eso y está bien: jugaron excelente”. No hay críticas tampoco para Jonathan Barron, de 41 años: “México venía con mucha ilusión, garra y peleó hasta el último minuto”. Inglaterra era —es— un equipo difícil, coinciden, el del país que creó el fútbol.

Así queda lejos la desconfianza hacia una selección que lleva cuatro décadas sin llegar a cuartos, para dar paso a esa fe nacional recogida en el esfuerzo, en la constancia, en el lema común que recorre arriba y abajo un territorio inmenso e intrincado: hay que echarle ganas. Con eso —casi— sirve. “Tuvimos mucha ventaja, pero bueno, Inglaterra fue mejor”, dice Ramos, que matiza: “A lo mejor Inglaterra fue mejor equipo que nosotros, pero le costó trabajo”.

Ahí reside un espíritu nacional, el mismo que llevó a 125.000 personas a salir a festejar la primera victoria ante Sudáfrica como si pudiera ser la última, a la que no paró una ley seca ni el granizo con tormenta, que ante las inundaciones eligió zambullirse. No se pudo. Pero todavía no hay tanta tristeza, porque ¿y si a la próxima sí?

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