Durante 67 años se ha sedimentado en Estados Unidos, y específicamente al sur de Florida, una comunidad de cubanos marcada por el signo político del exilio. Como todo pueblo encerrado en sí mismo y obligado a sobrevivir en otro país, los “cubanoamericanos” tienen en su imaginario su propio mito fundacional, que no es más que el sueño americano aderezado con cierta camaradería de gueto. Y tienen, por supuesto, una promesa postergada, también fundacional: la del regreso a la tierra prometida, es decir, la tierra libre.
Las expresiones de esa promesa acercan su cumplimiento en el tiempo y hablan de una restauración rápida de Cuba. Así sucedió a inicios de la década de 1990 con “Nuestro día (Ya viene llegando)”, la canción de Willy Chirino que vaticinaba el fin del castrismo tras la caída del muro de Berlín y que se convirtió en un himno del exilio cubanoamericano. O con los videos hechos con IA que muchos cubanos comparten ahora en redes sociales, donde el desvencijado Malecón de La Habana se convierte en una copia caribeña del paseo marítimo de Miami Beach y el Teatro Karl Marx es rebautizado como Teatro Celia Cruz. O con las gorras de Make Cuba Great Again que muchos anticastristas usan, en un claro juego con el lema del MAGA.
Pero ahora que las viejas crisis que Cuba arrastraba han implosionado, el fin del castrismo parece más cercano que nunca. El tutelaje estadounidense sobre el gobierno y el petróleo venezolanos y el bloqueo energético impuesto por Washington a la isla desde enero de 2026 plantean un contexto desfavorable que sirve de catalizador del colapso.
Donald Trump, quien se ha propuesto “tomar” Cuba (lo que sea que eso signifique), no parece saber mucho del nuevo país que busca someter. Ha dicho, por ejemplo, que no está en zona de huracanes, cuando es precisamente lo contrario, y que los cubanos necesitan calefacción para vivir, cuando se trata de una isla caribeña donde el calor húmedo alcanza niveles infernales. No obstante, sí tiene algo muy claro: que en Estados Unidos existe una amplia y antigua comunidad de cubanos que comparten un mito fundacional y una promesa.
“Conozco a mucha gente de Cuba que fue tratada muy mal y que vino aquí [a Estados Unidos] y se hizo rica. Son personas muy emprendedoras y muy inteligentes”, dijo el presidente estadounidense durante una conferencia de prensa a inicios de marzo de 2026. A lo largo de ese mismo mes, mencionó en sus declaraciones a algunos cubanoamericanos que cumplían con estos criterios: la familia Fanjul, dueña de uno de los emporios azucareros más grandes del mundo; Jorge Mas Santos, hijo del fallecido líder histórico del exilio cubano (Jorge Mas Canosa), empresario próspero y dueño de la franquicia del Inter de Miami; y un cubano que llegó a Estados Unidos “con nada” y ahora es “el mayor propietario de estaciones de gas en el país”, quien seguramente es Máximo Álvarez, presidente de la Sunchine Gasoline Distributor y trumpista devoto. “Ustedes van a regresar. Será un gran día”, remató Trump.
Cabe preguntarse si, en el hipotético caso de que el castrismo cayera, estos millonarios serían la avanzadilla de una comunidad ávida de invertir en la isla y desarrollarla, cumpliendo así la vieja promesa del exilio cubanoamericano. “Tenemos decenas de miles de personas que fueron expulsadas de allí. Quizás quieran regresar”, dijo Trump en febrero de este año. Por su parte, desde La Habana, el régimen parece apostar por lo mismo sin que ello no solo no comprometa su supervivencia, sino que la garantice. A mediados de marzo, tras reconocer que sostenía un diálogo con la Casa Blanca, el Gobierno cubano anunció que estaba abierto a “mantener una relación comercial fluida con las empresas estadounidenses” y “con los cubanos residentes en Estados Unidos y sus descendientes”.
Según Jorge Duany, exdirector del Instituto de Investigaciones Cubanas y catedrático emérito de Antropología en la Universidad Internacional de Florida (FIU), aunque los cubanoamericanos mantienen un interés sustancial en relacionarse con Cuba, este tiende a disminuir entre los miembros de segunda generación nacidos en Estados Unidos y los que llevan más tiempo residiendo fuera de la isla. Para entender este fenómeno, escribe mediante correo electrónico desde Florida, es necesario remitirse a una encuesta de la FIU realizada desde 1991 a cubanoamericanos de Miami, ciudad que durante más de sesenta años ha concentrado buena parte de esta comunidad.
“Entre 1991 y 2007, entre el 27% y el 38% de los encuestados manifestó interés en regresar a vivir a Cuba si se restableciera un gobierno democrático. Lamentablemente, no se han reportado resultados para los años subsiguientes”, dice Duany. Sin embargo, atendiendo a la fórmula que plantea un mayor interés en quienes llevan menos tiempo como migrantes, estima que hoy deben ser más los que volverían a la isla. Solo entre 2022 y 2023 la población cubana cayó en un 18%, en gran medida por el éxodo masivo hacia Estados Unidos.
Aunque a ambos lados del estrecho de Florida los relatos defiendan una separación infranqueable entre el exilio y la isla, la realidad es muy distinta. “La encuesta de 2024 reveló que el 42% de los cubanoamericanos en el sur de Florida enviaban remesas a familiares en Cuba, y que el 52% había visitado la isla, sobre todo quienes emigraron más recientemente”, explica Duany. Seis años antes, durante el segundo mandato de Obama, cuando las relaciones entre Cuba y Estados Unidos mejoraron, y se abrió cierta esperanza de un cambio económico y político, la mitad de los cubanoamericanos apoyaba la inversión de residentes estadounidenses en la isla (no se les preguntó si ellos mismos lo harían). Pero en 2024, tras el congelamiento de las relaciones y el freno impuesto por el régimen a sus propias reformas, solo lo hacía el 34%.
“No obstante, muchos cubanoamericanos ya invierten de manera informal en pequeños negocios independientes en Cuba para apoyar a sus familiares. En estos momentos, es difícil medir el deseo y la disponibilidad de los grandes empresarios cubanoamericanos para invertir en Cuba. Este asunto probablemente dependerá del levantamiento del embargo comercial de Estados Unidos y de la apertura al capital extranjero en condiciones favorables. En todo caso, la mayoría de los cubanos residentes en Estados Unidos visitaría la isla, pero no se mudaría allí de manera definitiva”, afirma Duany.
Respecto a Cuba hay dos asuntos tan poco probables a corto y mediano plazo que resultan difíciles de imaginar objetivamente: un relevo democrático para el castrismo y un país próspero económicamente. Frente a la ausencia de una oposición organizada y de estructuras estatales y de la sociedad civil funcionales, el primero parece imposible. El segundo, para muchos, descansa en la posibilidad de que las grandes y pequeñas fortunas cubanoamericanas decidan invertir su capital en la isla. Sin embargo, para Elías Amor, economista cubano y profesor universitario radicado en España, no tiene sentido pensar en estos “salvadores”.
“Lo que hace falta es que en la isla se produzca realmente un cambio de modelo económico y del sistema de economía de mercado y derechos de propiedad en línea con lo que existe en el mundo”, explica a través de un mensaje telefónico desde Valencia.
Sin embargo, aclara Amor, este cambio dista mucho de la apertura a la inversión extranjera recientemente anunciada por el régimen cubano. Para ser realmente efectiva, la transformación económica debería ir acompañada de un cambio político que lleve al establecimiento de una democracia:
“Transición económica y política deben ir cogidas de la mano en Cuba. Una vez logrados estos objetivos, la economía cubana se abrirá naturalmente al capital extranjero. Estados Unidos puede ser un participante destacado, pero igual otros muchos países interesados en apostar por una economía que podrá funcionar sin ataduras. Para el gobierno democrático cubano dará igual que inviertan los magnates cubanos del exilio o los de Brasil, Argentina, México, España, Italia o de donde sea. La salvación de Cuba dependerá de que en esta etapa democrática se acierte con el diseño de las instituciones, la estabilidad social y el modelo económico y político. Con ello, la aportación de capital extranjero o de cubanos exiliados puede estar garantizada, como ha ocurrido en otros procesos de transición”.
De momento, el castrismo apunta hacia otra dirección: transformar la economía sin afectar el sistema político, una apuesta que en cierto modo fracasó durante el llamado “deshielo” de las relaciones con Estados Unidos entre 2015 y 2017. En aquel entonces, las reformas no solo se estancaron, sino que muchas de ellas retrocedieron.
Ahora, ante el asedio de Trump, el régimen cubano ha vuelto a poner sobre la mesa la carta de una apertura económica. A finales del pasado mes de marzo, en una entrevista ofrecida al diario mexicano La Jornada, el presidente Miguel Díaz-Canel insinuó que la isla avanzaba hacia un modelo económico con “elementos de los modelos chino y vietnamita”. Es decir, capitalismo sin democracia. El anuncio ha incomodado a parte de la oposición cubana, que teme la posibilidad de que, en las negociaciones en curso Estados Unidos, Washington termine aceptando una variante del tutelaje aplicado en Venezuela, en el que la élite castrista se mantenga en el poder.
El economista Elías Amor, sin embargo, opina que un cambio así estaría condenado al fracaso de antemano. “El modelo vietnamita (Doi Moi), por ejemplo, no se puede aplicar en Cuba porque el régimen político ha fracasado y no tiene continuidad ni solvencia. Aunque el castrismo busca una transformación económica sin cambios políticos, que deje inalterado el sistema, eso en la isla es imposible porque la democracia y la libertad son innegociables y forman parte de las demandas sociales. Además, Estados Unidos no puede aceptar este tipo de contexto dictatorial desde que se firmó la Ley Helms Burton, a mediados de los años noventa del siglo pasado. En la ‘época Obama’, el castrismo jugó muy bien sus cartas con la complacencia del entonces presidente de Estados Unidos, pero todo salió mal. Democracia y libertad política en Cuba no se puede separar de economía de mercado y derechos de propiedad. Los maquillajes estéticos no sirven”.

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