Las críticas a Claudia Sheinbaum han arreciado en las últimas semanas. Por las marchas de la CNTE y de las madres buscadoras, porque no estuvo en la inauguración del Mundial, por la manera en que afronta o deja de afrontar las presiones de Estados Unidos, porque la economía no crece. Los comentaristas más críticos han comenzado a decretar el fracaso del liderazgo de Claudia Sheinbaum; aseguran que está rebasada, y que la multiplicidad de frentes abiertos la ha colocado contra la pared, reducida a parar el golpe del día. Mención aparte merecería la última declaración de Trump, que asegura que los cárteles dominan a México y que Claudia es una gran mujer pero está débil y tiene miedo. Una afirmación zafia de cara a los intereses electorales, por no hablar de su evidente naturaleza misógina. Los cárteles son una enfermedad, pero no dominan a México y de Sheinbaum se podrá decir muchas cosas menos que tenga miedo, considerando que su Gobierno ha aprendido y extraditado capos a diestra y siniestra, como no lo había hecho ningún gobernante.
Regresando a la debilidad que le atribuyen sus críticos, tendríamos que mirar más de cerca para notar que eso no es del todo exacto. En lo que verdaderamente importa, Sheinbaum ha seguido un mapa de ruta implacable. Sin violentar a las cúpulas del movimiento ni generar divisiones, ha conseguido hacerse del control de los funcionarios clave en el Congreso, en el partido, en los órganos paralelos, en el aparato judicial; ha disciplinado a gobernadores y generales. Mes a mes ha conquistado posiciones, hasta hacerse de un amplio tablero de mando para ejercer el poder. Sea porque ha removido piezas y colocado las suyas, sea porque allá donde se conservaron las anteriores lo hicieron tras garantizarle su subordinación. Los coordinadores de las mayorías en el Congreso se permitían desafiar a la presidenta todavía hace unos meses; ahora compiten entre sí para mostrar su lealtad.
La decisión tomada respecto a la CNTE no es la de un líder político disminuido. Todo lo contrario; constituye una salida hacia adelante, agresiva y algo temeraria que resume la confianza adquirida. Ni cede a las pretensiones de los líderes ni los reprime. En su lugar, decidió desafiarlos llevando la tensión a la base de todo el magisterio en abierto reto a los líderes.
El escaso eco que provocó la carta de Andrés Manuel López Obrador respecto a Trump o el retiro de su hijo Andrés a una trinchera regional es un punto de inflexión crucial, porque despeja dudas sobre quién ejerce el bastón de mando en este momento. La verdadera prueba de fuego sobrevendrá con la definición de los candidatos de Morena a las principales posiciones en la campaña electoral que está por arrancar. Ningún presidente está en condiciones de definir personalmente a los candidatos a cada gubernatura o en todas las alcaldías importantes. En la mayoría de los casos, la disputa obedece a dinámicas locales que tienen vida propia. Pero el elector número uno, el jefe de la fuerza política dominante, posee un derecho de veto que no es menor y juega el papel de árbitro de última instancia en las disputas más feroces. Allí veremos la verdadera naturaleza del liderazgo de Sheinbaum. Mi impresión es que la presidenta tiene mayor fuerza de lo que se le atribuye, aun cuando su estilo sea aparentemente más suave. No tengo la menor duda de que vetará a candidatos inconvenientes aun a costa de perder votos y reforzará candidaturas que le parezcan imprescindibles.
Dicho lo anterior, la estrategia de comunicación de la presidenta la hace parecer más vulnerable de lo que en realidad es. Su inclinación a responder a ataques, a engancharse en polémicas, a polarizar o a culpar a enemigos, aunada a la altísima exposición que generan dos horas diarias de mañanera, distrae la atención de la opinión pública en “infiernillos”. Puedo entender que ella se sienta en la necesidad de no dejar pasar una acusación falsa, distorsionada o exagerada, pero eso la lleva a proyectar una figura en permanente defensa, que muchos toman como una muestra de que está rebasada o acorralada, cuando no es así. Peor aún, en la medida en que se sube a todo ring en que la invocan, hace crecer a sus contendientes al ofrecerles reflectores, cuando en realidad el jefe de Estado tendría que estar por encima de los protagonistas políticos.
Y digo que la debilidad que le atribuyen es engañosa, porque Sheinbaum transcurre el resto del día en una febril actividad como jefa de Estado, multiplicándose en las tareas que importan. Formando equipos, exigiendo soluciones, presionando para conseguir una modernización radical de la burocracia y sus quehaceres; pensando iniciativas para resolver problemas de agua, producción o contaminación; redoblando esfuerzos para activar el Plan México y la inversión, disminuyendo la inseguridad pública, saneando las finanzas, y un largo etcétera. Sigo convencido de que Claudia Sheinbaum es el CEO más profesional con el que cuenta la administración pública mexicana y lo demuestra siete días a la semana, aunque no sea eso con lo que se quedan muchos mexicanos.
En suma, me parece que hay un divorcio entre el profesionalismo, la alta exigencia a la que se somete y la envergadura de lo que está haciendo en materia de seguridad pública, modernización del Gobierno y solución de problemas estructurales de fondo, y la imagen que proyecta enzarzándose en las escaramuzas de cada día.
Sería el momento para una reflexión de fondo sobre su estrategia de comunicación. No se trata de algo sencillo, porque hay una función de la mañanera que sigue siendo importante para explicar y mostrar qué pretende y cómo se desarrolla el segundo piso de la 4T. Pero los dimes y diretes contra muchos mexicanos que no piensan como ella tendría que dejarlos a otros. Después de todo, es presidenta de todos los mexicanos y la posibilidad de ejercer como tal pasa por la capacidad de estar por encima de las muchas diferencias que nos dividen.
@jorgezepedap

Leave a Reply