Para el embajador Janis Zlamets, el vaso de la defensa europea está medio lleno. La prueba es Letonia, una pequeña república báltica de 1,9 millones de habitantes que junto a Lituania y Estonia se encuentra en la primera línea de contención frente a Rusia. Sin embargo, su dilatada experiencia con el agresivo vecino del este, sostiene el diplomático, la sitúa un paso por delante del resto del continente. Desde la anexión ilegal rusa de Crimea en 2014, los bálticos han ido tomando nota de las amenazas híbridas de Moscú. Ahora aplican lo aprendido ante una escalada -frecuentes incursiones de drones y cazas, sabotajes en almacenes y amenazas cada vez más explícitas- que Europa apenas empieza a ver con claridad. «No hay pánico. Sabemos lo que tenemos que hacer. Y mientras estemos unidos, conseguiremos nuestro objetivo, que no es librar una guerra, sino disuadirla», explica el representante letón en España a LA RAZÓN.
Rusia parece haber aumentado la presión en los últimos meses. ¿Qué cree que ha cambiado?
Para los letones, pero también para el resto bálticos, los nórdicos y Polonia, todo empezó cuando Rusia se anexionó ilegalmente Crimea en 2014. Ahí entendimos que Rusia es peligrosa y peligrosamente aventurera, y comenzamos a responder. Han pasado ya más de diez años y sabemos que lo primero para hacer frente a una amenaza híbrida es reconocerla como tal y no como un acontecimiento aislado o un accidente. Lo segundo, atribuir el ataque y dejar claro quién está detrás, y lo tercero, aprender las lecciones y aplicarlas. Eso te hace más resiliente frente a futuros ataques. Y eso es lo que estamos haciendo. Así que para nosotros, los últimos dos o tres meses no han sido algo especial.
¿Cómo definiría entonces las nuevas provocaciones rusas?
Como un cambio de patrón. Las provocaciones han evolucionado porque, al construir resiliencia, el adversario ha acabado tirando la toalla. Un buen ejemplo fue el sabotaje de cables submarinos en el Báltico hace dos años: los países de la región nos unimos, reconocimos el problema y reforzamos nuestra resiliencia. Desde entonces, apenas se habla de nuevas interrupciones. Lo mismo ocurre con el espacio aéreo. Esas amenazas están ahí a diario y nosotros aprendemos rápidamente. No hay pánico. Lo que hay es una idea clara de qué hacer.
¿Está el resto de Europa en ese mismo punto?
Lo que nosotros vivimos en 2014 gran parte de Europa no lo vivió hasta 2022, así que estamos en momentos diferentes. Además, desde el punto de vista ruso, Letonia, Estonia o Finlandia no son el objetivo último. El objetivo es Europa. Como los bálticos y nórdicos tenemos mayor conciencia y resiliencia, hemos dejado de ser puntos débiles. Por eso hay que mirar más lejos y reforzar la cooperación y el intercambio de información. Los intentos seguirán, pero la tasa de éxito será mucho menor.
Usted rechaza que sean el punto débil, pero muchos análisis sitúan a los bálticos como los más vulnerables ante una agresión.
Los países bálticos suelen considerarse vulnerables por su cercanía a Rusia y su tamaño, por pura inercia, pero esa visión olvida que no estamos solos. Los tres trabajamos estrechamente y, en términos de defensa y movimiento de fuerzas, no tenemos fronteras. En Europa se habla mucho del llamado Schengen militar. En los países bálticos eso ya existe. A eso se suman la cooperación con Ucrania, la integración con los nórdicos y la OTAN, y el apoyo de la UE. Mientras estemos unidos, ese riesgo será mucho menor. Es imporante la cooperación, porque como dijo Mark Rutte, para un misil moderno, la diferencia entre Tallin y Madrid es de 27 minutos.
¿Hasta qué punto ve Letonia probable una agresión directa rusa a corto plazo?
Nuestro análisis sigue siendo que no existe una amenaza inminente de un ataque directo de Rusia, demasiado involucrada en su agresión contra Ucrania. No tiene capacidad disponible y tampoco existe la posibilidad de una sorpresa estratégica: vigilamos constantemente lo que ocurre al otro lado de la frontera y detectaríamos cualquier preparación con suficiente antelación. Además, hemos cambiado mucho. En 2013, nuestro presupuesto de defensa rondaba el 1% del PIB y ahora está en el 5%. Desde 2022, estos procesos se han acelerado, todos sabemos qué hacer y existe confianza mutua entre aliados. Sabemos que la esperanza no es una estrategia y tenemos claro el objetivo, que no es librar una guerra, sino disuadirla.
¿Confía en que EE UU y la OTAN responderían ante una agresión a territorio letón?
Sí. Totalmente. Los planes existen, son completos y se ensayan de forma constante. Entiendo que exista cierta inquietud, pero responde a algo muy sencillo: no todo se puede hacer público. Es humano asumir que lo que no se ve no existe, pero hay que tener la certeza de que la defensa está coordinada y lista, aunque por motivos evidentes de seguridad no se revelen los detalles.
Si Rusia está librando una guerra híbrida contra Europa, ¿la estamos ganando?
La guerra híbrida se gana negando el éxito al adversario, y eso significa construir resiliencia. Europa ahora entiende mejor la amenaza y comparte información y experiencia. La seguridad al 100% no existe, pero la preparación y la cooperación hacen que los ataques estén siendo cada vez más difíciles de llevar a cabo.
Hay quien considera que respuestas como la de Alemania al hallazgo de los drones con explosivos en Leipzig son insuficientes o no proporcionales. ¿Qué opina?
Que es vital no malgastar energía ni tiempo en sobrerreaccionar o en un juego de culpas y venganzas. El reconocimiento es el principal umbral que hay que superar, pero no es fácil. Cuando reconoces abiertamente que existe un problema y lo atribuyes, surge automáticamente la pregunta: «¿Y ahora qué hago?». Gestionar la escalada es un arte en sí mismo, no hay una recerta que funcione en todas partes, pero sí exige equilibrio y no perder de vista los objetivos, que son construir resiliencia y alcanzar el máximo nivel de seguridad, proteger a los ciudadanos y las infraestructuras.
¿Dónde establece la línea roja a partir de la cual una operación híbrida se convierte en un acto de guerra?
Ningún país te dará una respuesta clara, porque si defines públicamente esa línea, el adversario sabrá hasta dónde puede llegar.
Ha señalado que admitir que estamos ante un ataque híbrido es el primer paso. En España hemos vivido episodios de llegada masiva de migrantes en Ceuta interpretados como presión híbrida, aunque el Gobierno no lo haya calificado así. ¿Qué falta para abordar este fenómeno como tal?
Tras el reconocimiento y la atribución, lo fundamental es analizar lo ocurrido con serenidad y sin sesgos políticos. Solo así se extraen lecciones útiles para ganar resiliencia y preparación. Cuando ocurre un evento de gran impacto mediático, se desencadena mucha hiperactividad, y ese revuelo produce polvo que impide ver con claridad lo que hay detrás. La prioridad institucional debe ser primero el control de daños. Después, cuando el ambiente se calme y el polvo se asiente, toca investigar con honestidad. Las conclusiones pueden ser incómodas, pero el objetivo no es señalar culpables, sino aplicar cambios reales. Si perdemos el tiempo en juegos políticos, la siguiente crisis nos volverá a pillar desprevenidos, y el adversario lo sabe. La prioridad absoluta es la seguridad de la población y de las infraestructuras; no hay que despistarse con falsos debates. Esa es nuestra lección. ¿Se puede hacer un copy and paste en España? No lo sé, pero al menos sirve como ejemplo.
En Letonia, que mantiene tropas y medios militares integrados en la misión de la OTAN, ¿cómo perciben la sociedad y el Gobierno letón el compromiso militar español con la seguridad de su país?
Los españoles están ahí porque quieren que su Gobierno proteja la seguridad de España, su forma de vida y su futuro. Y todo eso solo es posible dentro del marco europeo. En las actuales circunstancias geopolíticas, el lugar donde sitúas tu disuasión es el flanco oriental. Eso explica por qué España está en Letonia, Eslovaquia y Rumanía. Los españoles no están allí para proteger Letonia, sino para proteger España a través de Europa. Estamos todos en el mismo barco.