De niña dibujaba descalza los ríos de África en la arena de nuestra casa en Malabo. Mi padre me miraba y me decía: «Mekuy Mbá, estos ríos son tus venas y arterias, llevan la memoria de nuestros antepasados». Yo seguía dibujando. No entendía qué quería decirme. ¿Cómo iba a entenderlo? Era una niña.
Esta semana volví a aquella arena. Por un mapa. Era el que todos conocíamos. Estaba en la escuela, en los libros. Nunca pensé que pudiera contarme mal el mundo. Groenlandia parecía casi del tamaño de África. Y no lo era. Este continente es unas 14 veces mayor.
El 4 de septiembre Naciones Unidas aprobó una resolución para promover mapas que respeten el tamaño relativo de los continentes. Esa imagen estuvo delante de generaciones enteras. La vimos los africanos y la vio el mundo entero. Terminó siendo normal. Cuando una representación se repite durante años, dejamos de preguntarnos si refleja la realidad. El mundo nos educa por repetición.
No me interesa buscar culpables. Me interesa lo que ocurre después: qué hacemos cuando descubrimos que algo que nunca cuestionamos no era exactamente como creíamos. Corregir el mapa importa. Pero ninguna resolución puede hacer por nosotros lo que viene después. Mientras no sabemos, aceptamos. Cuando sabemos, ya elegimos.
Podemos seguir igual o volver sobre aquello que habíamos dado, por cierto. Porque no solo heredamos mapas. Recibimos ideas sobre quiénes somos, sobre los demás, sobre el lugar que ocupamos. Algunas serán ciertas. Otras no. Haberlas recibido no significa que tengan que decidir por nosotros. Vuelvo a aquella niña, dibujando ríos en la arena. No sabía de escalas ni de proyecciones. Tampoco necesitaba saberlo. África ya tenía y tiene su tamaño. Era el mapa el que no lo mostraba.