Mira Milosevich: «A Putin, como a Stalin, le encantan los procesos formales vacíos de contenido democrático»

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En Rusia, las urnas rara vez deparan sorpresas. El desenlace de las elecciones legislativas, que comenzaron este viernes y concluyen el domingo, está escrito desde hace meses: Rusia Unida, el partido de Vladímir Putin, conservará su amplia mayoría en la Duma Estatal. Pero, en política, el ritual también cuenta. «Conocer el resultado de antemano no resta interés al proceso», sostiene Mira Milosevich-Juaristi (Belgrado, 1966), investigadora principal del Real Instituto Elcano y autora de Breve historia de la Revolución rusa y Rusia, el imperio zombi (Galaxia Gutenberg). En conversación con LA RAZÓN, la analista desgrana las claves de unos comicios que define como un «teatro» del Kremlin, pero en cuyo guion incorpora elementos nuevos.

Rusia celebra esta semana unas elecciones legislativas cuyo resultado es previsible. ¿Por qué deberíamos prestarles atención?

Sabemos que ganará Rusia Unida, pero estas elecciones traen novedades interesantes. Son las primeras desde la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 y se van a usar para justificar la guerra. Además, al incluir los territorios ocupados, buscarán proyectar la legitimidad de la conquista y enviar el mensaje a esos ciudadanos de que Rusia está ahí para protegerlos. Por otro lado, las listas cambian de forma sustancial: están trufadas de perfiles que el Kremlin considera que han contribuido positivamente a la guerra, desde veteranos a los que se ha integrado en la vida política hasta personas cercanas al poder. Así, las elecciones funcionan también como un canal de agradecimiento del régimen.

En un régimen donde el resultado está atado y bien atado, ¿para qué necesita Vladímir Putin estas elecciones?

Sobre todo para aparentar normalidad ante su población, demostrar respaldo social y justificar su política en Ucrania. Desgraciadamente, aunque no fuera con porcentajes tan abultados, sospecho que Rusia Unida ganaría incluso sin pucherazos. La competitividad política se redujo al mínimo a partir de 2011, cuando acusaron a Hillary Clinton de organizar las manifestaciones contra el fraude electoral. Desde entonces, el Kremlin ha perfeccionado el control político y creado partidos satélite para simular un multipartidismo que no existe. ¿Por qué celebrar estas elecciones, entonces? Por la misma razón que Stalin creó la Constitución soviética mientras aterrorizaba al país: a los regímenes totalitarios les encantan los procedimientos formales vacíos de contenido democrático. En Rusia hay una democracia formal, pero no sustancial. Y hay otro factor clave: Putin sostiene que Zelenski es ilegítimo. Al votar en plena guerra, busca proyectarse como el verdadero demócrata ante su sociedad, desacreditar a Kiev y controlar el relato para pedir un sacrificio cada vez mayor a los rusos.

Habla usted de normalidad, pero esta vez hemos visto a Vladímir Putin implicarse activamente en la campaña de Rusia Unida para la Duma Estatal. Ha recorrido varias regiones, por ejemplo, algo a lo que no nos tiene muy acostumbrados.

Putin siempre ha evitado identificarse al 100% con Rusia Unida porque prefiere el rol de salvador, de héroe nacional o de figura paternal para todos los rusos. Él es el zar. ¿Por qué les ayuda ahora? Porque el partido está desgastado y él, en cambio, sigue siendo muy popular. Los datos más fiables, los del Levada Center, le otorgan en torno a un 80% de popularidad constante. De hecho, su mayor caída no fue en 2014 ni en 2022, sino con la reforma de las pensiones en 2018. Putin tiene claro que su estabilidad depende del control de Rusia Unida: si no son mayoría en el Parlamento, ¿quién le va a votar sus leyes o a sostener esa apariencia de funcionamiento normal del Estado? Además, él es la figura que une. Ante cualquier posible fisura en el partido por la guerra o por la situación económica, Putin es el garante de la cohesión. Y hay también un factor de imagen personal. Muchos periodistas occidentales han escrito que tiene miedo de viajar, que no se moja ni en la ducha. Esta es también su forma de demostrar que no tiene miedo y hacerse visible ante su gente.

La candidatura de Rusia Unida la encabezan figuras clave del régimen como Dmitry Medvédev y Serguéi Lavrov. ¿Qué mensaje quiere transmitir?

Hasta ahora, Putin ha demostrado ser implacable con los traidores, pero también un hombre que siempre premia la lealtad. Incluir en las listas a Medvédev y Lavrov es, en lo personal, un agradecimiento por su servicio. A nivel político, supone ensalzar a dos figuras muy involucradas en la guerra de Ucrania que representan los dos polos del Kremlin actual. Por un lado, está el perfil agresivo de Medvédev, que es el que tuitea, el belicista, quien siempre amenaza con un ataque nuclear. Lavrov, en cambio, intenta, en lo que puede, conservar un cierto lenguaje diplomático. Representan los dos polos del Kremlin actual: uno que está supuestamente abierto a las negociaciones —eso sí, bajo las condiciones de Rusia— y otro que es abiertamente belicista. También encabezan la lista porque son dos personas muy vinculadas a Vladímir Putin. Como Putin es el candidato presidencial, no se va a poner en la lista de Rusia Unida, pero ellos son ahora mismo los más leales y cercanos a él en el plano político y social. De cara a la opinión pública ellos son el reflejo de Putin.

¿Por qué incluye a los veteranos de una guerra?

Creo que hay tres razones y que todas tienen que ver con la historia de Rusia. Desde Pedro el Grande existe un cierto sistema estatal que a los rusos les gusta definir como meritocracia, porque en aquella época, con una sociedad donde más del 90 % de la población eran campesinos, para escalar tenía que ser por méritos. Antes se ganaba un título nobiliario y eso, en un imperio como el ruso, se conseguía a través de las armas. La segunda razón es que un soldado ocioso es un peligro público. Esto lo sabemos desde la Revolución rusa, que ocurrió durante la Primera Guerra Mundial. La revolución surge por la alta inflación y la movilización general, que dejó un enorme número de soldados y esta gente, sin armas, sin comida, sin nada, empieza a vagabundear por las calles de San Petersburgo y se une a la revolución. Por lo tanto, es mucho más inteligente incorporar a los soldados, que probablemente tendrán traumas, que no tendrán otro trabajo (aunque han sido bien pagados para las condiciones rusas) y que estarán heridos: ya no serán los de antes. Es mucho mejor incorporarles en la sociedad de alguna manera para controlarles.

«Putin sabe que un soldado ocioso es un peligro público, por eso incluye a veteranos a sus listas»

Imagino que también sirve para alentar a futuros soldados…

Sí, esa es la tercera razón: dar ejemplo para conseguir más inscripciones, más voluntarios para ir a la guerra en Ucrania, diciendo: «Bueno, la patria no se olvida de ustedes. Les pagamos bien, nos ocupamos de sus viudas, sus huérfanos y, si ustedes salen y están heridos o lo que sea, nosotros, el Estado, agradecemos muchísimo vuestro sacrificio». Y hay otro factor y es que creo que es un elemento de la creación de una nueva identidad nacional rusa. Hasta ahora, ésta se ha basado en el mito de la Gran Guerra Patriótica, que es el mito fundacional de la Unión Soviética y luego de Rusia. Yo creo que la guerra en Ucrania es un nuevo mito fundacional de la identidad nacional rusa que, con el tiempo, probablemente sustituirá al actual. Porque, a diferencia del mito de la Segunda Guerra Mundial, este nuevo relato se construye en oposición a Occidente. Entonces, la Unión Soviética y Occidente eran aliados contra la Alemania nazi; ahora, Rusia se presenta enfrentada a Occidente, y la guerra en Ucrania encarna precisamente esa confrontación.

Con una inflación disparada, problemas de abastecimiento, el fantasma de una nueva movilización y una cantidad de veteranos que superan a los de Afganistán, ¿estamos ante el caldo de cultivo para un estallido social o un golpe interno contra Putin?

Creo que ese es el sueño húmedo de Occidente, pero el problema es que Rusia es un país enorme, y eso complica una revolución. Además, ningún gobernante desde Iván Grozny, Iván el Terrible, sea zar, secretario general del partido o ahora Putin, se ha fiado al 100% del ejército ruso. El gobernante siempre ha apostado por una fragmentación de las Fuerzas Armadas, de los siloviki, de las fuerzas que usan la fuerza, para poder controlarles. A un autócrata, un tipo como Vladímir Putin o como lo fue Stalin, un hombre que tiene un régimen muy controlado, cada vez más se vuelve paranoico y probablemente por eso aumenta su control. No descarto que dentro del ejército haya descontento con la guerra, pero ya lo vimos con Prigozhin: si él no pudo llegar, difícilmente alguien va a intentarlo de nuevo.Ahora bien, yo creo que Putin está cuidándose mucho de no combinar movilización general con la inflación, porque esta sí que es la receta de la Revolución rusa, francesa o cualquiera.

El Kremlin autorizó inicialmente el registro de Yábloko, uno de los pocos partidos que se oponen a la invasión, pero después dio marcha atrás y anuló su registro. ¿Por qué este cambio?

Yábloko ha sobrevivido desde la desintegración de la URSS y solía alcanzar el 5% para entrar en el parlamento. Pero seamos claros: tras el fracaso de Yeltsin y la llegada de Putin, solo entre un 10% y un 15% de los rusos se define como liberal. Yábloko representa ese espacio —económico, proeuropeo y opuesto a la guerra— que choca con la «democracia soberana» que acuñó Vladislav Surkov, esa tesis de que la democracia no es un valor universal y cada país la moldea a su antojo. No creo que los hayan apartado por temor a un gran resultado, porque la sociedad está apática y Yábloko apenas obtendría apoyos. Lo hacen por feroz control político y por pura inercia. En Rusia no hay nada sagrado; la vida humana nunca lo ha sido. Ahí están los asesinatos de Boris Nemtsov o de Anna Politkóvskaya. Si no respetaron eso, Yábloko no iba a ser la excepción. Es un partido que se opone al régimen y punto. El único partido no inventado por el Kremlin que se tolera es el Comunista porque apela a la nostalgia de la URSS, esa época en que eran una gran hiperpotencia nuclear de la que muchos aún se sienten orgullosos.

«El Kremlin no apartó a Yábloko por miedo a las urnas, sino por inercia y control obsesivo»

En los últimos meses hemos visto un aumento de las operaciones de sabotaje y acciones híbridas en Europa. ¿Existe relación con el calendario electoral?

En parte responde a las elecciones, porque el Kremlin necesita alimentar el sentimiento antioccidental para que la gente piense: «Si Occidente nos odia, ¿quién me va a proteger si no es Putin?». Pero también se debe a que Rusia está cumpliendo lo que anunció desde el inicio de la guerra: que los países que ayudaran a Ucrania serían objetivos legítimos. Y hay un tercer elemento, claramente, que es la guerra psicológica dirigida a la ciudadanía europea. En un contexto de inflación, encarecimiento de la energía y el invierno a la vista, el mensaje es: «Os podemos amargar la vida de muchas maneras». No estamos mentalizados para proteger continuamente nuestras infraestructuras. Como decía Stanislav Levchenko, exoficial del KGB en Asia: «Busca tus vulnerabilidades y encontrarás al KGB». Hoy es igual: busca tus vulnerabilidades y encontrarás a Rusia. Rusia no siempre crea el problema, pero se aprovecha de él.

¿A qué se debe esta escalada? ¿Cabe esperar un ataque directo contra un país aliado?

Yo pensaría que estos ataques son como un mensaje de la mafia. Como la cabeza de caballo sobre la cama. Dicen, por ejemplo, que el dron con explosivos falló, yo no tengo pruebas, pero me arriesgaría a pensar que era un mensaje. Te está diciendo: no te ha pasado nada porque soy benévolo, pero te puede pasar. También esto forma parte de esta manía de desacreditar a los rusos. Se habla de que en Rusia va a colapsar la economía, que el ejército es malísimo, que nada funciona. Pero Rusia está en su quinto año de guerra. No digo que les vaya de maravilla, pero aguanta. Creo que también deberíamos ser más objetivos cuando hablamos del enemigo.

Si Rusia está en esta guerra híbrida contra Europa, ¿estamos ganando?

La percepción de la amenaza cambia según el país. En los Bálticos, Polonia, Finlandia o Suecia es muy distinta por razones geográficas: comparten frontera con Rusia. En Finlandia, por ejemplo, pueden movilizar a un millón de soldados en una semana. Es un ejemplo de preparación y conciencia social: saben que puede pasar y lo gestionan sin histeria ni pánico. Simplemente están preparados, y eso ya es ganar. En la guerra híbrida, la mayor disuasión civil es la capacidad social de resistir. Rusia sabe que Finlandia está preparadísima; su disuasión es esa resiliencia. ¿Podemos decir lo mismo de España? La percepción de la amenaza es distinta y es lógico que no tengamos esa capacidad, pero cumplimos y somos un socio fiable de la OTAN: hay tropas en los Bálticos, la batería Patriot en Turquía y ayuda a Ucrania. Ahora bien, si no nos ocupamos de nuestra amenaza particular en el Sahel y el norte de África, no podemos esperar que otros sean solidarios. Por eso no creo que Rusia esté ganando la guerra híbrida. Esto es como la revolución permanente de Trotsky: una guerra continua que no se gana ni se pierde a la vieja usanza.

¿Hay alguna posibilidad de democracia real en Rusia?

Los rusos siempre han mirado a Europa como un espejo para su identidad nacional, y algo se les ha pegado. Ahora bien, imponer un sistema democrático desde fuera no es la solución. Son los propios rusos quienes deben recorrer ese camino. Tienen una tradición riquísima de pensadores y disidentes surgidos en circunstancias terroríficas, como el zarismo o la Rusia estalinista: Herzen, Berdiáyev, Isaiah Berlin, Ajmátova, Pasternak o Sájarov. El instinto de libertad es profundamente humano y los rusos no son una excepción. Surgirá, pero hay que dejarles espacio para su propio proceso. Lo que vemos hoy en Rusia es el proceso clásico de desintegración de cualquier imperio: la metrópolis intenta retener el control y la periferia busca liberarse aprovechando la debilidad. Ocurrió en el Imperio Romano y ocurrió a menor escala en Yugoslavia.

Hay quien piensa que el problema es Putin y que cuando no esté, la democracia volverá.

No creo que sea así. El problema de fondo es que muchos rusos temen, de manera errónea en mi opinión, que, si el Estado se democratiza, el país se desintegrará porque varias regiones querrán irse. El dilema que tienen es cómo hacer una transición democrática sin romper el Estado. En Yugoslavia eso fracasó porque los pueblos priorizaron resolver su cuestión nacional e independizarse antes de abordar la democracia. En la Unión Soviética pasó algo similar, y no todos los países resultantes se han democratizado.

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