Cuando Glenda Álvarez entra en una tienda en España, no sabe hacia dónde mirar. No es exactamente un mareo lo que siente, aclara, sino una sensación de desconcierto difícil de explicar. “No haber tenido nada y de repente tener cosas es un choque”, confiesa esta diseñadora cubana de 31 años, con la mirada encendida. La abundancia de las estanterías, que para muchos es rutina, sigue siendo una experiencia nueva para ella. Álvarez llegó apenas hace una semana a Bilbao después de pasar toda su vida en La Habana. “Cuba está en un punto crítico de no retorno”, afirma.
“En mi país no había salidas”, explica por videollamada Álvarez, una de decenas de miles de cubanos que han emigrado a España en los últimos meses ante la crisis que asola a la isla bajo la presión de Estados Unidos. Después de graduarse, intentó ganarse la vida vendiendo artesanías. Funcionó por un tiempo, pero la gente dejó de comprar sus productos y pasó a gastar apenas en lo imprescindible. La decisión de marcharse no fue solo económica, sino también emocional. En los últimos años, cuenta, la vida cotidiana se había vuelto cada vez más asfixiante, sobre todo por los apagones. En su casa intentaban improvisar soluciones, como congelar la comida para retrasar que todo se echara a perder. Aquella rutina terminó por desgastarla. “Si yo no me voy, me vuelvo loca, mamá”, llegó a decir.

“La vida en Cuba es una vida en pausa”, afirma, al intentar explicar cómo se vive hoy en la isla. “Estás haciendo tus cosas, te quitan la electricidad y toda la vida se detiene. Te entra una angustia al pensar en la comida que puedes perder, en lo que te falta hacer. Y entonces, después de la angustia, viene la rabia”, detalla. Álvarez cuenta que nunca había visto una situación tan grave en la isla. Creció escuchando hablar de apagones, pero nunca había visto tanta escasez como ahora. “Se ha vuelto invivible. Es como estar en un camping, pero sin la opción de volver a la civilización”. Aun así, cree que tarde o temprano algo tendrá que cambiar; en algún momento la presión acumulada terminará por estallar.
Álvarez, sin embargo, no tiene muchas esperanzas en los planes que Donald Trump tiene para la isla. Tampoco cree que una intervención militar como la de Venezuela, que dejó a la clase dirigente en el poder, sea positiva. “Me parece que lo único que realmente podría levantar a Cuba es que sea el pueblo el que tome las riendas de la situación”.
“Cuba será la próxima”, reiteró Trump el pasado lunes, una amenaza que se ha vuelto recurrente desde la operación de captura de Nicolás Maduro en Venezuela, el pasado 3 de enero. La semana pasada, casi cuando se cumplen tres meses de la asfixia energética decretada desde Washington, que se suma al bloqueo económico impuesto a la isla desde hace seis décadas, la Casa Blanca permitió la llegada de un buque de petróleo ruso para, según dijo, “satisfacer las necesidades humanitarias del pueblo cubano”, aunque advirtió de que no ha habido “un cambio formal en la política de sanciones”.
“Con todos estos apagones, con toda esta escasez de alimentos, es una crisis muy dura. Yo te lo puedo decir, pero no es lo mismo sentirlo”, comenta Luis Manuel Hernández, un exmilitar y administrador de empresas de 55 años que aterrizó en Madrid en junio pasado. Hernández reconoce que la Revolución, al principio, dio igualdad de oportunidades a la gente, especialmente en cuanto a la educación y el acceso a la salud. Pero con el tiempo, ha ido surgiendo otro tipo de desigualdad, especialmente entre la clase dirigente y el resto de la población. Lo llama el “embargo interno”. “Nos dijeron que éramos iguales, pero eso nunca se cumplió”. Aunque el deterioro viene desde hace tiempo, Hernández coincide en que la situación se ha vuelto insostenible. “Este ha sido el peor momento de Cuba en todas las esferas: la educación, la economía, la política y lo social”, afirma.
Su primer recuerdo en España también está ligado a una sensación física. El día después de llegar desde Cuba tomó un vaso de leche con chocolate y desayunó una rebanada de pan con queso crema y jamón. Hacía tiempo, quizás años, que no sentía aquel sabor. “Me eché a llorar como un niño, no me da pena decirlo”, admite. Mientras comía, pensaba en sus dos hijos, uno de ellos menor de edad, que cuentan hoy con la ayuda que envía desde España. Hoy, se siente “muy agradecido” de trabajar como ayudante de cocina en el Restaurante Zara, uno de los sitios más emblemáticos de la diáspora cubana en Madrid.

Sentada a su lado en una de las mesas del restaurante, Inés Martínez Llanos, la dueña del lugar, se dice convencida de que Cuba necesita un cambio, aunque muestra sus dudas sobre cómo se producirá. “No siento ninguna simpatía por Trump, pero a nivel práctico, Estados Unidos es el que más cerca está y los cubanos, amigos y familiares, lo que me dicen es que, si entra EE UU, al menos cambiarán cosas”, cuenta la mujer de 66 años, nacida en La Habana apenas tres meses después del triunfo de la Revolución en 1959, y afincada en España desde principios de los sesenta. Hernández es aún más enfático: “Con la ayuda del que sea. No buscamos un líder, buscamos a cualquiera. Si Trump está disponible, bienvenido sea. Que sea la UE, la ONU… quien sea”.
Para la periodista Luz Escobar, la intervención en Venezuela y las declaraciones de Trump y de su secretario de Estado, el cubanoestadounidense Marco Rubio, han devuelto la esperanza a la gente. “Tienen a la gente desatada; no importa cómo, la gente quiere salir de eso”, señala Escobar, exiliada en España desde hace cuatro años después de sufrir una persecución política que también afectó a sus hijas .
Escobar asegura que en Cuba se respira una mezcla contradictoria de angustia y esperanza. En las protestas de julio de 2021, miles de personas salieron a las calles en toda la isla. Creían en una idea repetida durante años de que cuando el pueblo saliera a la calle, el sistema caería. Pero no ocurrió así. Tras las manifestaciones, centenares de personas fueron detenidas, según Amnistía Internacional, y el régimen siguió en pie. “La gente está desesperada y ansiosa por un cambio”, dice Escobar, bajando la voz mientras cuenta de la vida política y económica de la isla. Cuanto más revela, más bajito habla.
“Si tú le preguntas a un cubano de a pie sobre Trump, te va a decir ‘sí, que venga y los saque”, comenta el boxeador hispanocubano Emmanuel Reyes Pla, sentado a la orilla del ring al concluir un entrenamiento. “Que va a ser duro, sí, que el pueblo es el que sufre, sí, pero es la única manera de tumbar al régimen”, opina el medallista olímpico de 33 años, cuyos comentarios en las últimas semanas han causado revuelo en España por sus críticas a la flotilla de ayuda humanitaria Nuestra América y la participación de políticos como Pablo Iglesias. “No me gusta meterme en política, pero me da roña que este tipo venga de un país capitalista, llegue a Cuba a un hotel de cinco estrellas, donde no se va la luz, y te diga desde su teléfono que todo está bien”, reclama.

Washington adelantó que, después de las operaciones militares en Venezuela y Oriente Próximo, habrá novedades sobre la isla “bastante pronto”, sin dar detalles. Tampoco está claro el curso de las negociaciones bilaterales. “No va a ser como Irán”, vaticina Reyes Pla. “Va a ser algo parecido a lo que hizo en Venezuela: entrar, agarrar a los dictadores y llevarlos a juicio”. Aunque matiza: “Trump se mueve por sus intereses, no es ningún santo, es un negociante y mira las cosas desde ese punto de vista, si puede hacer dinero o no”.
Escobar asegura que la sociedad civil está articulada, pero “lleva años con las manos amarradas” y por eso espera un movimiento en el tablero que les permita volver a tomar las riendas de su destino. A la espera de que eso pase, Escobar no deja de emocionarse al pensar en La Habana. Desde España, sigue conectada permanentemente con la isla. Su trabajo le obliga a mantener, como dice, “una ventana abierta a Cuba las 24 horas del día”. No sabe si algún día volverá, lo que sí tiene claro es que seguirá impulsando que el país cambie. “Mi energía y mis fuerzas no van a dejar de empujar para que en Cuba haya democracia y libertad”.
Hernández también comparte un sentimiento de nostalgia cuando piensa en su país. “Para mí sería una gran alegría, una gran emoción que todos los cubanos pudiésemos retornar a nuestro país. Ver ese cambio que tanto anhelamos. Ver, como yo vi de pequeño en ese proceso revolucionario, a los niños jugando en las calles”, dice con los ojos vidriosos. Hasta que el horizonte se aclare, la prioridad es buscar una nueva oportunidad de vida para sus hijos de este lado del Atlántico. Y en un futuro, tal vez no tan distante, regresar e invertir en su país.
Son los mismos deseos y preocupaciones de Álvarez: trabajar para poder ayudar a su familia y, si las cosas salen bien, traerlos algún día a España. Cuando se le pregunta qué espera para Cuba, se le va la voz por algunos segundos. Controlada la emoción, contesta: “Que ojalá ahí se liberen pronto”.

Leave a Reply