Groenlandia, la fortaleza ártica que Estados Unidos nunca dejó de mirar

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Desde la Segunda Guerra Mundial, Washington considera Groenlandia una pieza estratégica para vigilar el acceso al Ártico y proteger Norteamérica. El acuerdo de 1951 permitió levantar una extensa red de instalaciones militares durante la Guerra Fría. Ahora, Trump quiere recuperar parte de aquella presencia en un Ártico disputado de nuevo por las grandes potencias

En Groenlandia, algunas de las pistas de aterrizaje más largas del planeta fueron construidas cuando el mundo todavía vivía con el miedo a una guerra nuclear. Los radares apuntaban hacia el norte, los bombarderos podían despegar rumbo al Ártico y miles de militares estadounidenses vivían en instalaciones levantadas sobre el hielo. Era la Guerra Fría y la Unión Soviética quedaba al otro lado del océano.

Décadas después, aquellas instalaciones son en buena parte ruinas, aeropuertos civiles o infraestructuras abandonadas. Pero el mapa que las explica vuelve a cobrar sentido.

Trump anunció el viernes un acuerdo con Dinamarca y Groenlandia para reforzar la presencia militar estadounidense en la isla. El presidente estadounidense aseguró que el pacto proporciona a Washington un control permanente sobre la seguridad de Groenlandia y permitirá comenzar el proceso para establecer una “gran presencia militar”. El acuerdo, según las informaciones conocidas hasta ahora, también impediría a adversarios de Estados Unidos establecer bases militares o realizar determinadas inversiones estratégicas en la isla.

Copenhague y Nuuk han puesto el énfasis en otra parte: el acuerdo mantiene la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación de los groenlandeses. El texto todavía debe formalizarse y pasar por los procedimientos de aprobación correspondientes.

La novedad, por tanto, no está en que Estados Unidos haya descubierto ahora Groenlandia. Washington lleva más de ochenta años mirando hacia esta isla de hielo con ojos militares.

Una frontera entre dos mundos

La Segunda Guerra Mundial convirtió Groenlandia en una pieza estratégica. Su posición, entre Norteamérica y Europa, permitía utilizarla como escala para la aviación estadounidense y como puesto avanzado para controlar las rutas del Atlántico Norte. Pero fue en 1951 cuando aquella presencia adquirió una dimensión permanente.

El 27 de abril de aquel año, Estados Unidos y Dinamarca firmaron un acuerdo de defensa sobre Groenlandia, en plena escalada de la Guerra Fría. El tratado reconocía la soberanía danesa sobre la isla, pero concedía a Washington amplias posibilidades para construir y operar instalaciones militares. El objetivo era claro: convertir Groenlandia en una primera línea de defensa frente a la Unión Soviética.

El acuerdo contemplaba inicialmente tres grandes áreas: Narsarsuaq, Sondrestrom y Thule. Eran nombres que durante décadas aparecerían en los mapas militares estadounidenses del Ártico.

Thule, en el extremo noroeste, acabaría convirtiéndose en la más importante. La construcción de la base comenzó en 1951, en una de las operaciones logísticas más extraordinarias de la historia militar estadounidense. A más de mil kilómetros al norte del círculo polar ártico, Estados Unidos levantó una enorme instalación destinada primero a apoyar sus bombarderos estratégicos y posteriormente a vigilar el cielo y el espacio.

La posición era excepcional. Desde Groenlandia, Estados Unidos podía vigilar la ruta más corta entre la Unión Soviética y Norteamérica. Y esa ruta tenía un nombre que adquirió una importancia creciente con la carrera nuclear: el Polo Norte.

Durante el apogeo de la Guerra Fría, la presencia estadounidense llegó a alcanzar más de una decena de instalaciones y miles de militares distribuidos por la isla. Había radares, estaciones meteorológicas, depósitos, aeródromos, instalaciones de comunicaciones y puestos logísticos. Groenlandia se había convertido en una gigantesca plataforma militar.

La dimensión de aquella estrategia llegó incluso a proyectarse bajo el hielo. En 1959, el Ejército estadounidense inició Camp Century, una instalación experimental construida bajo la capa de hielo, a unos 200 kilómetros de la costa. Oficialmente estaba vinculada a investigaciones científicas y a la logística ártica. Pero formaba parte también de un proyecto militar secreto conocido como Iceworm, que estudiaba la posibilidad de desplegar misiles nucleares bajo el hielo.

El proyecto fue abandonado y Camp Century cerró en 1967. Pero la instalación dejó una imagen difícil de olvidar: Estados Unidos había llegado a construir una pequeña ciudad bajo el hielo de Groenlandia porque consideraba que aquel territorio podía convertirse en una pieza decisiva de una futura guerra nuclear.

Con la desaparición de la Unión Soviética, buena parte de aquella gigantesca infraestructura dejó de tener sentido. Estados Unidos redujo su presencia. Cerró instalaciones y concentró sus recursos en unas pocas posiciones estratégicas.

La principal superviviente fue Thule, rebautizada en 2023 como Pituffik Space Base. Hoy es la instalación militar estadounidense permanente en Groenlandia y está bajo responsabilidad de la Fuerza Espacial. Su misión explica por qué Washington nunca ha dejado de considerar la isla importante: alerta de misiles, vigilancia espacial y seguimiento de objetos en el espacio. El radar instalado allí forma parte de la arquitectura estadounidense de alerta temprana frente a misiles balísticos.

El escenario estratégico, sin embargo, ha cambiado. La Unión Soviética ya no existe. Pero Rusia ha recuperado capacidades militares en el Ártico y China ha incrementado su presencia económica y científica en la región. Al mismo tiempo, el retroceso del hielo está haciendo más accesibles determinadas rutas marítimas y recursos. El Ártico ha dejado de parecer un espacio periférico. Y Groenlandia vuelve a estar en el centro del mapa.

Volver a las viejas bases

Por eso resulta significativo que los planes estadounidenses no consistan únicamente en ampliar Pituffik. Washington ha estudiado recuperar antiguos emplazamientos utilizados durante la Guerra Fría, entre ellos Narsarsuaq y Kangerlussuaq, dos lugares que conocen bien la presencia militar estadounidense. Las informaciones publicadas en los últimos meses apuntan a la posibilidad de rehabilitar antiguas infraestructuras y desarrollar nuevas capacidades militares y logísticas.

Narsarsuaq fue una pieza importante de la presencia estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial. Kangerlussuaq —antiguo Sondrestrom— también desempeñó durante décadas funciones militares y logísticas. Ambos cuentan además con pistas de aterrizaje que pueden resultar valiosas en un territorio donde las infraestructuras son escasas y las distancias enormes.

Estados Unidos no estaría empezando de cero. Estaría volviendo a lugares que ya utilizó cuando Groenlandia era una de las principales fronteras militares de la Guerra Fría.

La diferencia es que ahora el adversario potencial no está definido por una sola potencia. Rusia y China aparecen en la planificación estratégica estadounidense, mientras que el Ártico se convierte progresivamente en una zona de competencia militar, económica y tecnológica.

El nuevo acuerdo anunciado por Trump pretende precisamente consolidar esa nueva realidad. Según las informaciones disponibles, Washington busca garantizar una presencia militar considerable y cerrar la puerta a una presencia militar de sus adversarios.

Trump lo presenta como un triunfo y como una garantía permanente para la seguridad estadounidense. Dinamarca y Groenlandia, en cambio, insisten en que el acuerdo se enmarca en la defensa común y no altera su soberanía. Entre ambas interpretaciones queda una realidad mucho más antigua.

Desde 1951, Estados Unidos dispone de un marco jurídico que le ha permitido mantener instalaciones militares en Groenlandia. Durante la Guerra Fría construyó allí una red que llegó a extenderse por buena parte de la isla. Después la redujo hasta conservar fundamentalmente Pituffik.

Y quizá esa sea la mejor manera de entender el renovado interés de Trump por Groenlandia. No se trata solamente de una obsesión territorial ni de una nueva disputa por una isla remota. Es el regreso de una lógica estratégica que Estados Unidos nunca abandonó completamente. El hielo se derrite. Las rutas cambian. Rusia vuelve a mirar al norte y China intenta ganar presencia en el Ártico.

Pero en Groenlandia, bajo las pistas de los antiguos aeródromos y junto a los radares que todavía vigilan el espacio, permanece la huella de una historia que comenzó mucho antes de Trump. La fortaleza ártica vuelve a despertar.

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