Elogio del frijol

“A mucha honra somos frijoleros”, exclamó la presidenta Claudia Sheinbaum hace unos días. La mandataria se quejó porque se está consumiendo menos frijol en el país y llamó a los mexicanos a lanzarse sobre la olla de frijoles sin rubor alguno ni falsedades dietéticas. Es un “alimento bendito”, enfatizó la presidenta y no dudó en recetar ingerir los frijoles con arroz porque es como comer carne. Esta receta presidencial resulta de gran ayuda para quienes dudan en algún restaurante si pedir un filete o un bife de lomo, siempre será mejor inclinarse por un plato de frijoles charros llenos de proteína vegetal y un toque de soberanía nacional inigualable.

Profesional del agravio, la presidenta piensa equivocadamente que sus gobernados nos sentimos mal por ser frijoleros. De ninguna manera. De hecho, su expresión de orgullo frijolero es quizá la que mayor consenso haya despertado durante el tiempo que lleva en la presidencia. Los frijoles son parte de la esencia del mexicano. Cualquiera que haya viajado al extranjero ha pensado de manera inevitable ante un platillo local que quedaría muy bien “con unos frijolitos”. Recordemos que el uso del diminutivo es indispensable para reforzar la sabrosura del manjar y adicionarle otras delicias. Estando lejos de la patria uno forzosamente reflexiona: “a esto le hace falta su tortillita, su salsita y sus frijolitos”, este tipo de invocaciones puede hacer llorar a un mexicano que se encuentre en Noruega.

Parte fundamental de la mexicanidad son los frijoles. No he conocido algún mexicano que se queje de ser “frijolero”. Todo lo contrario. Esa plaga que infesta el mundo que son los dietistas te prohíben los frijoles sin miramiento alguno. Hay que hacer caso omiso de sus consejos. ¿Qué daño pueden hacer los refritos, los maneados, los de la olla, el famoso plato de arroz con frijoles y unos totopos para empujar? Ninguno, pero esa limitación impuesta por gordófobos está menoscabando el sentimiento nacional. La presidenta en su arenga frijolera anunció que habrá una campaña nacional para difundir “las bondades de comer frijol”. Y claro, nunca falta la mención a los malditos españoles, pues el frijol está en estas tierras desde siempre por eso Sheinbaum señaló sin titubear que “antes de que llegaran los españoles a llevarse todo el oro y la plata, el frijol ya se cultivaba en estas tierras”. Esto implica un agradecimiento a los hispanos, pues, se llevaron el oro, pero nos dejaron los frijoles. Qué buena suerte tenemos.

Los frijoles, también conocidos en otros lares como “caviar azteca”, conforman al mexicano no solamente en su alimentación, sino que son uno de sus elementos centrales y aparecen en momentos cruciales de los habitantes de este país. El frijol atraviesa todas las clases sociales y condiciones ideológicas. Uno de nuestros mayores escritores, Jorge Ibargüengoitia, hace uso de ellos en ciertos pasajes clave de sus obras. En Estas Ruinas que ves, el personaje central dilucida sobre sus pasiones carnales con un plato de frijoles refritos que le dan cierta lucidez y refuerzan las apuestas por su virilidad. En El Atentado, obra que recrea el asesinato de Álvaro Obregón en un restaurante, pone en boca del general estas últimas palabras: “No me den más cabrito, denme unos frijoles”, para inmediatamente recibir seis balazos en la cara. Una muerte trágica y violenta, pero no exenta de antojos y satisfacción en el último momento.

Para regodeo nacional la presidenta anunció ese mismo día que el país había alcanzado la autosuficiencia alimentaria en frijol. Ojalá el consenso frijolero se traslade a otros de la vida nacional tan necesitada de acuerdos y puesta en común. Por el bien de todos, primero frijoles.

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