El partido de Evo Morales resiste en su último bastión como la mayor fuerza de izquierda en Bolivia 

Algunas ciudades bolivianas tienen esparcidas en sus calles la pintada “Evo pedófilo”. Aparecieron cuando estalló en 2024 la imputación por trata de personas que pesa sobre el expresidente Evo Morales (2006-2019), con una orden de aprehensión por no presentarse a declarar, al asegurar “falsa de garantías”. No es la última, pero sí tal vez la estocada más dura que ha sufrido su imagen, en caída después de alcanzar cuotas históricas de aprobación. Desde su derrocamiento en 2019, justo después de triunfar en unas elecciones denunciadas como fraudulentas y con una repostulación señalada como inconstitucional, el líder indígena no ha logrado su ansiado regreso al escenario público. El expresidente se refugia ahora en su último bastión, el departamento de Cochabamba, donde en las últimas elecciones regionales se impuso su candidato, Leonardo Loza, quien dijo querer a Morales como a un padre.

El evismo –autodeclarado como un “movimiento popular indígena anticolonial, antiimperialista y anticapitalista”– se mostró vigente ya en las elecciones presidenciales del año pasado, cuando logró un 19% en el voto nulo que promovió en su campaña, tras no lograr inscribir su partido Evo Pueblo. Aún lejos, no obstante, del hasta 61% logrado en su mandato. En esos comicios era infaltable en los discursos de los aspirantes la promesa de hacer cumplir la orden de detención contra Morales. El dirigente cocalero se ha mantenido refugiado en el Trópico de Cochabamba, en la región productora de coca del Chapare, donde construyó su proyecto político como sindicalista de los cosechadores.

Desde ahí, Morales tampoco superó la barrera burocrática para competir con su partido en las elecciones regionales del pasado 22 de marzo, pero promovió a sus seguidores inscritos hasta en 80 partidos, uno de ellos Loza, exsenador, dirigente cocalero y su mano derecha. Este político de 42 años es considerado su verdadero sucesor, después de las peleas fratricidas que llevó a cabo, primero con su exministro —al que luego llamó traidor—, Luis Arce; y después con quien era considerado su delfín político y expresidente del Senado, Andrónico Rodríguez. Loza consiguió el 40% de los votos en la gobernación de Cochabamba, contundente si se toma en cuenta que es uno de los tres departamentos que no irá a segunda vuelta el 19 de abril de los nueve que conforman el país.

Loza no logró la ciudad capital —en consonancia con el desprecio al movimiento en las zonas urbanas—, pero dominó el área rural. El evismo dice que triunfó en 20 de los 47 municipios que hacen Cochabamba y a nivel nacional alcanzó 200 postulaciones, principalmente en las regiones andinas y mineras de Potosí y Oruro. Sobre la influencia que tendrá Morales en su gestión, Loza dijo que podría “orientar o guiar” en algunos temas, pero no se involucrará en los asuntos administrativos. “Evo es Evo. El que lo niega y lo traiciona se entierra políticamente. Jamás me alejaría ideológicamente (…) pero seremos nosotros los que dirigiremos el horizonte de Cochabamba. Yo he ganado”, aseguró quien fue vicepresidente de la Coordinadora de las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba.

Dentro del evismo no se perfila una proyección a escala nacional para Loza, pero sí sienten que han recibido un impulso con la victoria para volver a aspirar a la presidencia, como sugiere el vocero de campaña y exasambleísta departamental por Cochabamba, Sergio De la Zerda. “Somos la única y más efectiva oposición al actual gobierno neoliberal que busca retroceder en las conquistas sociales que se avanzaron de 2006 a 2019. Estamos seguros de que, si no se repite la proscripción, seremos nuevamente favorecidos con el apoyo de las grandes mayorías del país en venideras elecciones”.

Sin embargo, para el investigador del Instituto de Estudios Sociales y Económicos de la Universidad Mayor de San Simón (UMSS), Lorgio Orellana, el poder de Morales se concentra sobre todo en Cochabamba, justamente por la alta organización y disciplina de los agricultores en la región del Trópico, donde nació el último proyecto político indigenista. Para las aspiraciones a escala nacional hay por delante un camino difícil y escabroso. “Más aún ahora, donde existe un escenario altamente fragmentado, de innumerables tiendas políticas y un gran rechazo de las clases medias urbanas”.

A este panorama, añade Orellana, se suma la desacreditación que ha sufrido la izquierda después de la debacle del Movimiento al Socialismo (MAS), tras 20 años de permanencia en el poder; primero con Morales y después con Arce. “Exmilitantes del MAS han aparecido en las elecciones regionales con otras tiendas políticas y se han diferenciado explícitamente de su pasado masista. La narrativa de izquierda reformista del MAS ha desaparecido del escenario político nacional”.

Para el académico, la principal oposición para el gobierno de centroderecha asumido en noviembre y liderado por el presidente Rodrigo Paz está representada por la Central Obrera Boliviana (COB), los sindicatos de transporte público y los trabajadores campesinos. Las mismas que muestran resistencia en las calles con marchas y bloqueosy con las que hicieron retroceder un cuestionado decreto que incentivaba la inversión extranjera en recursos estratégicos.

Mientras se cosecha un nuevo liderazgo en las manifestaciones, la cara más visible de la izquierda en el escenario de representación política es Loza. “Un líder joven, consecuente, disciplinado y de una amplia formación y trayectoria política”, lo describe De la Zerda. El flamante gobernador migró con nueve años, sin sus padres, de la parte montañosa de Cochabamba a la región del trópico. Desde niño cultivó los campos de coca con su abuelo y a los 17 empezó su carrera como dirigente cocalero.

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