De las aguas de Ormuz a los cielos de Irán. El asedio aéreo estadounidense contra la República Islámica empezó el 24 de agosto de 2026, cuando el secretario del Tesoro Scott Bessent anunció el lanzamiento de la campaña de presión económica contra Irán, dirigida a estrangular las conexiones financieras de Teherán en todo el planeta. La bautizó Operation Economic Outcast: el objetivo era cortar todo vínculo económico que sostiene al régimen hasta que Teherán quede completamente solo. El Tesoro apuntó entonces a cinco sectores considerados vitales para la supervivencia financiera iraní: activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo. La ofensiva llegaba después de seis meses de guerra y con el frente militar estancado.
El primer gran hito relativo al ámbito aéreo llegó a comienzos de septiembre: el día 8, el Tesoro amplió su lista negra con 27 aerolíneas iraníes que hasta entonces habían escapado a las sanciones, cerrando así casi por completo el cerco sobre la flota comercial del país. Pero la fase decisiva se desató a partir del 23 de septiembre, cuando el bloqueo dejó de ser solo financiero para convertirse en un veto físico a sobrevolar o aterrizar. EE UU dictaminó que todas las aerolíneas pertenecientes o ligadas a Irán debían cesar de operar a nivel internacional. La medida prohíbe a terceros países y a aeropuertos internacionales prestar servicios a aeronaves iraníes, tales como: suministro de combustible, servicios de aterrizaje o asistencia en tierra y venta de billetes.
El golpe más contundente
Ese día, Turquía y Omán sellaron el fin de las operaciones de Mahan Air -la aerolínea iraní más señalada por sus vínculos con la Guardia Revolucionaria- en sus territorios. Turkmenistán fue más lejos: cerró directamente su espacio aéreo a las aeronaves iraníes, un veto tan estricto que un vuelo Teherán-Dusambé, con destino a Tayikistán, tuvo que dar media vuelta y regresar al aeropuerto Imán Jomeini de Teherán. Georgia y Azerbaiyán se sumaron a la suspensión de vuelos de compañías iraníes, mientras que Bagdad y Mascate dejaron de aceptar la llegada de aeronaves de la República Islámica.
El 24 de septiembre, el golpe más contundente llegó desde el golfo Pérsico: Emiratos Árabes Unidos, el mayor centro de tránsito aéreo de Oriente Medio, suspendía “hasta nuevo aviso” todos los vuelos de aerolíneas iraníes con origen o destino en su territorio. Bagdad, por su parte, atribuyó su cierre no a una decisión política directa, sino al miedo de las empresas privadas de asistencia en tierra a exponerse a sanciones. Y las grandes aerolíneas internacionales ya habían tomado la delantera: Turkish Airlines mantiene suspendidos sus vuelos al menos hasta marzo de 2027, y Qatar Airways, Emirates y Lufthansa habían interrumpido antes sus conexiones con Teherán.
El aislamiento aún no es total
Desde el régimen, el jefe del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Mohsen Rezaei, advirtió a los países vecinos que si un país coopera con EE UU, sus aeropuertos ya no podrán operar vuelos con destino a Irán, en una velada amenaza de represalia. Sin embargo, el fin de semana pasado Teherán negó que vaya a responder militarmente a la ola de suspensiones, en un gesto que sugiere que el régimen, por ahora, opta por resistir económicamente antes que escalar el conflicto.
El aislamiento no es aún total. El aeropuerto Imán Jomeini de Teherán sigue operando rutas hacia China, Rusia, Afganistán, Pakistán, Armenia, Bielorrusia, Vietnam y Malasia, aunque más países pueden caerse del elenco en los próximos días.
Este sábado, el propio Tesoro estadounidense celebraba en un comunicado los resultados: el rial iraní se desplomó a mínimos históricos y, tras recibir este sábado el no de Trump a la propuesta del régimen para desbloquear Ormuz, la Guardia Revolucionaria anunciaba ayer la captura de un segundo submarino no tripulado del Ejército de EE UU -un Remus 600, según el cuerpo de élite e ideológico de las fuerzas iraníes- en aguas del estrecho de Ormuz, sin que las fuerzas estadounidenses se hayan pronunciado al respecto.
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