David Pastor Vico, filósofo: “La alternativa a la política real nunca es la paz del hogar; sino la intemperie de las bestias”

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A finales del año 2025 una serie de medios de comunicación españoles se hicieron eco de un estudio demoscópico, con muy mala baba, que afirmaba que cinco millones de españoles habían roto relaciones con familiares y amigos por discrepancias políticas. Y que seis de cada diez personas evitan a toda costa hablar de política para no liarla parda… y ahora que ya lo sabes, y que ya barruntas en qué jardín más chungo nos vamos a meter: hablemos de política.

Si Aristóteles tenía razón al afirmar que los humanos somos animales políticos -que la tiene- significa que ser ciudadanos es una responsabilidad ética. Pues, como te imaginarás, en este contexto concreto, “ser políticos” es pertenecer a la polis, la ciudad. Por tanto, ser ciudadano es una de las patas fundamentales de nuestra constitución como humanos: somos unos animales que, para ser humanos, debemos convivir los unos con los otros en un espacio determinado, por nosotros mismos, al que llamamos ciudad, o pueblo, o tribu, o como mejor convenga. Pero si esto no se da, no te lleves a engaños, jamás podremos actualizarnos como seres humanos completos; seguiremos viviendo más cerca de la bestia que del ciudadano.

Así que, ha llegado el momento de dar el salto del “yo” -responsable de administrar la confianza de los demás y de uno mismo hacia estos desde sus acciones personales-, a un plano mayor, plural y necesario, como es el ámbito de la acción común por el bien de todos. Esto, y no el fango de los telediarios y las mesas de debate televisivas, es lo que es “la política” vista desde los ojos de alguien como Aristóteles o de un servidor que aquí escribe.

Sé que la realidad se impone, y por muy bien que suenen los dos párrafos anteriores, no deja de resonar en tu cabeza la corrupción, la suciedad de modos y formas, la mentira, los pactos y las traiciones, la radicalización y la polarización de las siglas partidistas y todo lo que compone la realidad del momento en el que vivimos. Lo sé, pero intenta dejar todo esto en suspenso, entre paréntesis, haz epojé de tus emociones, de tu asco y visceralidad, e intentemos hacer un poco de filosofía. 

Confundir “la política” con “los partidos políticos” es tan común como usar “ética” y “moral” como sinónimos y, aunque el uso haga la norma, flaco favor hacemos al pensamiento al mezclar churras con merinas. Verás. Si la ética es el modo de relación de los animales humanos orientado a un fin concreto y las morales son el conjunto de reglas que ordenan esa relación para hacer posible la promesa de la “vida buena”, la política será la forma en que una comunidad se organiza para alcanzar ese mismo fin. Y los partidos serán una de las muchas formas de organización de esa política, pero no la única.

Es más, y para remachar aún más estos conceptos; es importante que sepas que no por casualidad Aristóteles consideraba la política como la architektoniké, la “ciencia suprema” o “ciencia arquitectónica”. No porque estuviera por encima de la ética para corregirla o sustituirla, sino porque la integraba. Si la ética y la moral nos enseñan y ayudan a gobernarnos a nosotros mismos, la política se ocupa de cómo una comunidad entera puede gobernarse para alcanzar el bien común. Al fin y al cabo, para él, el bien de toda una ciudad siempre será más perfecto que el bien de un solo individuo, porque lo contiene y lo hace posible.

Fíjate en esto último que es importante. Solo es posible que el individuo llegue a actualizar plenamente su humanidad gracias a la sociedad que lo contiene y, reconociéndolo, le da carta de existencia; no al revés. 

Por eso Tácito tiene razón cuando afirma en sus “Anales” que cuanto más corrupta sea una nación, mayor el número de leyes. No dice cuanto más corrupto sea el político, el individuo, sino la república, el conjunto de todos los ciudadanos que componen una sociedad concreta. El corrupto, por tanto, no es un individuo aislado, nunca aparece en el vacío. Suele ser el producto de una realidad de ese pueblo en concreto que, intentando regularse, se dedica a legislar hasta el último movimiento posible de cada uno de sus miembros y estratos. Eso no enajena a ninguno de la responsabilidad final de nuestras acciones. Pero, juntos, somos más listos que los cuatro listos que legislan y hecha la ley… Ya sabes cómo acaba.

Aristóteles, consciente de la vulnerabilidad que aquejaba a su época y a todas según su criterio, advertía que cualquier forma de gobierno, cualquier organización política, tenderá siempre a la corrupción por varios motivos. La lucha por la igualdad o una desigualdad desproporcionada, la codicia y la ambición de gobernantes y gobernados, el deseo de reconocimiento, el miedo al desconocido y el desprecio gregario al diferente, junto a otros factores como las intrigas y la omnipresente negligencia, serán el patrón común para que toda monarquía (como gobierno del mejor) se convierta en tiranía; para que la aristocracia, que es el gobierno de los más aptos, devenga en oligarquía, y para que la democracia se pudra en oclocracia. Esto es: el gobierno de la muchedumbre, domeñada esta por la demagogia de quien quiere ser nombrado líder a costa de lisonjear y violentar a partes iguales. Sí, sé que suena muy moderno a pesar de estar escrito hace más de dos mil años.

Y es ahí, en mitad de esa muchedumbre encendida por la demagogia, por el asqueroso “y tú más” y los humores viscerales que desprende esta ciénaga infecta, donde se nos hace imposible ver y pensar con claridad. Y ahí es donde aquellos cinco millones de españoles decidieron romper el vínculo con sus seres queridos. Pero al exiliar afectivamente a tu amigo, a tu hermano o a tu vecino por el fango de las siglas, no estás protegiendo ningún tipo de pureza moral, eso no existe. Lo que haces es entregar las llaves de la polis a aquellos ciudadanos que solo miran por su interés, aunque para ello tengan que destruir a la sociedad que les ha dado carta de identidad. Estos son los auténticos idiotas, en el más puro estilo clásico del término que ya debes conocer, aquellos que a sabiendas de lo que hacen, están convirtiendo la democracia en oclocracia. Y recuerda que la oclocracia siempre está al servicio del tirano y de sus secuaces. La alternativa, por tanto, a la política real nunca es la paz del hogar; sino es, aunque te resulte paradójico, la intemperie de las bestias. 

Pero claro, para comprender cómo levantamos esta inmensa arquitectura y por qué aceptamos someternos a un orden común para no devorarnos los unos a los otros, primero tenemos que entender qué es ese pacto primigenio e ideal sobre el que se fundaron todas las comunidades. Pero de ese “Contrato Social” ya hablaremos otro día. Con más tiempo, ahora respira.

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