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  • David Pastor Vico, filósofo: “La alternativa a la política real nunca es la paz del hogar; sino la intemperie de las bestias”

    David Pastor Vico, filósofo: “La alternativa a la política real nunca es la paz del hogar; sino la intemperie de las bestias”

    A finales del año 2025 una serie de medios de comunicación españoles se hicieron eco de un estudio demoscópico, con muy mala baba, que afirmaba que cinco millones de españoles habían roto relaciones con familiares y amigos por discrepancias políticas. Y que seis de cada diez personas evitan a toda costa hablar de política para no liarla parda… y ahora que ya lo sabes, y que ya barruntas en qué jardín más chungo nos vamos a meter: hablemos de política.

    Si Aristóteles tenía razón al afirmar que los humanos somos animales políticos -que la tiene- significa que ser ciudadanos es una responsabilidad ética. Pues, como te imaginarás, en este contexto concreto, “ser políticos” es pertenecer a la polis, la ciudad. Por tanto, ser ciudadano es una de las patas fundamentales de nuestra constitución como humanos: somos unos animales que, para ser humanos, debemos convivir los unos con los otros en un espacio determinado, por nosotros mismos, al que llamamos ciudad, o pueblo, o tribu, o como mejor convenga. Pero si esto no se da, no te lleves a engaños, jamás podremos actualizarnos como seres humanos completos; seguiremos viviendo más cerca de la bestia que del ciudadano.

    Así que, ha llegado el momento de dar el salto del “yo” -responsable de administrar la confianza de los demás y de uno mismo hacia estos desde sus acciones personales-, a un plano mayor, plural y necesario, como es el ámbito de la acción común por el bien de todos. Esto, y no el fango de los telediarios y las mesas de debate televisivas, es lo que es “la política” vista desde los ojos de alguien como Aristóteles o de un servidor que aquí escribe.

    Sé que la realidad se impone, y por muy bien que suenen los dos párrafos anteriores, no deja de resonar en tu cabeza la corrupción, la suciedad de modos y formas, la mentira, los pactos y las traiciones, la radicalización y la polarización de las siglas partidistas y todo lo que compone la realidad del momento en el que vivimos. Lo sé, pero intenta dejar todo esto en suspenso, entre paréntesis, haz epojé de tus emociones, de tu asco y visceralidad, e intentemos hacer un poco de filosofía. 

    Confundir “la política” con “los partidos políticos” es tan común como usar “ética” y “moral” como sinónimos y, aunque el uso haga la norma, flaco favor hacemos al pensamiento al mezclar churras con merinas. Verás. Si la ética es el modo de relación de los animales humanos orientado a un fin concreto y las morales son el conjunto de reglas que ordenan esa relación para hacer posible la promesa de la “vida buena”, la política será la forma en que una comunidad se organiza para alcanzar ese mismo fin. Y los partidos serán una de las muchas formas de organización de esa política, pero no la única.

    Es más, y para remachar aún más estos conceptos; es importante que sepas que no por casualidad Aristóteles consideraba la política como la architektoniké, la “ciencia suprema” o “ciencia arquitectónica”. No porque estuviera por encima de la ética para corregirla o sustituirla, sino porque la integraba. Si la ética y la moral nos enseñan y ayudan a gobernarnos a nosotros mismos, la política se ocupa de cómo una comunidad entera puede gobernarse para alcanzar el bien común. Al fin y al cabo, para él, el bien de toda una ciudad siempre será más perfecto que el bien de un solo individuo, porque lo contiene y lo hace posible.

    Fíjate en esto último que es importante. Solo es posible que el individuo llegue a actualizar plenamente su humanidad gracias a la sociedad que lo contiene y, reconociéndolo, le da carta de existencia; no al revés. 

    Por eso Tácito tiene razón cuando afirma en sus “Anales” que cuanto más corrupta sea una nación, mayor el número de leyes. No dice cuanto más corrupto sea el político, el individuo, sino la república, el conjunto de todos los ciudadanos que componen una sociedad concreta. El corrupto, por tanto, no es un individuo aislado, nunca aparece en el vacío. Suele ser el producto de una realidad de ese pueblo en concreto que, intentando regularse, se dedica a legislar hasta el último movimiento posible de cada uno de sus miembros y estratos. Eso no enajena a ninguno de la responsabilidad final de nuestras acciones. Pero, juntos, somos más listos que los cuatro listos que legislan y hecha la ley… Ya sabes cómo acaba.

    Aristóteles, consciente de la vulnerabilidad que aquejaba a su época y a todas según su criterio, advertía que cualquier forma de gobierno, cualquier organización política, tenderá siempre a la corrupción por varios motivos. La lucha por la igualdad o una desigualdad desproporcionada, la codicia y la ambición de gobernantes y gobernados, el deseo de reconocimiento, el miedo al desconocido y el desprecio gregario al diferente, junto a otros factores como las intrigas y la omnipresente negligencia, serán el patrón común para que toda monarquía (como gobierno del mejor) se convierta en tiranía; para que la aristocracia, que es el gobierno de los más aptos, devenga en oligarquía, y para que la democracia se pudra en oclocracia. Esto es: el gobierno de la muchedumbre, domeñada esta por la demagogia de quien quiere ser nombrado líder a costa de lisonjear y violentar a partes iguales. Sí, sé que suena muy moderno a pesar de estar escrito hace más de dos mil años.

    Y es ahí, en mitad de esa muchedumbre encendida por la demagogia, por el asqueroso “y tú más” y los humores viscerales que desprende esta ciénaga infecta, donde se nos hace imposible ver y pensar con claridad. Y ahí es donde aquellos cinco millones de españoles decidieron romper el vínculo con sus seres queridos. Pero al exiliar afectivamente a tu amigo, a tu hermano o a tu vecino por el fango de las siglas, no estás protegiendo ningún tipo de pureza moral, eso no existe. Lo que haces es entregar las llaves de la polis a aquellos ciudadanos que solo miran por su interés, aunque para ello tengan que destruir a la sociedad que les ha dado carta de identidad. Estos son los auténticos idiotas, en el más puro estilo clásico del término que ya debes conocer, aquellos que a sabiendas de lo que hacen, están convirtiendo la democracia en oclocracia. Y recuerda que la oclocracia siempre está al servicio del tirano y de sus secuaces. La alternativa, por tanto, a la política real nunca es la paz del hogar; sino es, aunque te resulte paradójico, la intemperie de las bestias. 

    Pero claro, para comprender cómo levantamos esta inmensa arquitectura y por qué aceptamos someternos a un orden común para no devorarnos los unos a los otros, primero tenemos que entender qué es ese pacto primigenio e ideal sobre el que se fundaron todas las comunidades. Pero de ese “Contrato Social” ya hablaremos otro día. Con más tiempo, ahora respira.

  • Una IA logra grabar por primera vez un copo de nieve derritiéndose en 3D con un detalle nunca visto

    Una IA logra grabar por primera vez un copo de nieve derritiéndose en 3D con un detalle nunca visto

    Durante unos segundos, un copo de nieve conserva una geometría irrepetible antes de volverse agua sobre una superficie templada. La escena parece tan corriente que apenas invita a detenerse. Bajo esa desaparición fugaz, no obstante, se produce una remodelación física compleja: las ramas pierden simetría, los bordes retroceden y el hielo cambia de espesor hasta que la figura se deshace.

    La microscopía tradicional obliga a escoger qué parte de esa metamorfosis merece preservarse. Puede magnificar una región diminuta con enorme definición, abarcar una zona mayor renunciando a finura o captar numerosos instantes a costa de la calidad de imagen. Reunir esas tres virtudes —detalle, amplitud y velocidad— figura entre los grandes retos de la visualización científica.

    Un equipo encabezado por especialistas de la Universidad de Connecticut ha encontrado otra salida: en vez de perfeccionar una cámara convencional, creó un dispositivo sin lentes que recoge patrones luminosos y emplea inteligencia artificial para recomponer lo sucedido. El caso del copo de nieve nos brinda la demostración más vistosa, pero el avance decisivo, como expone Nature Communications, radica en filmar fenómenos microscópicos extensos mientras evolucionan.

    El viejo dilema de mirar mucho o mirar bien

    Las leyes de la óptica imponen un intercambio complicado entre resolución y campo de visión. Cuanto menor es la estructura que distingue un aparato, más reducida suele ser el área cubierta en cada toma. Si el objeto se transforma deprisa, surge una tercera exigencia: obtener suficientes fotogramas para no saltarse los momentos intermedios. La dificultad no reside, por tanto, en agrandar algo minúsculo, sino en mantener simultáneamente contexto, precisión y continuidad.

    Ese límite condiciona interrogantes decisivos: ¿cómo se cierra una herida celular?, ¿cuándo empieza una bacteria a resistir un antibiótico?, ¿de qué manera se disuelve una microaguja dentro de un tejido? Una fotografía aislada muestra el antes o el después, pero no revela la cronología completa que enlaza ambos estados. Y en esa transición suelen esconderse las respuestas.

    Un mural, una linterna y miles de piezas dispersas

    Una pared cubierta de miniaturas ayuda a entender el conflicto sin fórmulas. Imaginemos un mural gigantesco en una sala oscura. Una linterna estrecha descubre cada pincelada, aunque ilumina apenas un fragmento. Un foco holgado enseña la composición entera, pero borra los trazos delicados. La microscopía convencional se asemeja a esa elección: aproximarse en exceso y perder el conjunto, o retroceder y difuminar la textura.

    La nueva metodología sustituye esa renuncia por una reconstrucción computacional. Delante del sensor incorpora una máscara codificada que modifica la luz procedente del material analizado. Cada exposición parece un mosaico confuso, no una estampa reconocible. Aun así, esos dibujos contienen indicios sobre la amplitud y la fase de las ondas, dos propiedades con las que cabe deducir tanto la apariencia como el relieve óptico del cuerpo.

    Busca el estado físico compatible con miles de mediciones sucesivas, reduce la información necesaria y hace posible recuperar una serie tridimensional íntegra.

    El algoritmo ensambla tales pistas como quien recompone un rompecabezas cambiante. No rellena huecos ni inventa una versión plausible del copo de nieve, sino que busca el estado físico compatible con miles de mediciones sucesivas y aprovecha que los instantes cercanos comparten buena parte de su armazón. Esa continuidad temporal reduce la información necesaria y hace posible recuperar una serie tridimensional íntegra.

    La inteligencia artificial que convierte señales en vídeo

    Los autores denominan a su método “representación neuronal espacio-temporal”. El nombre suena abstruso, aunque la idea central es sencilla: una función matemática aprende cómo varía la muestra a través del espacio y del tiempo. En lugar de reconstruir cada fotograma desde cero, relaciona unos momentos con otros, retiene lo que permanece y calcula únicamente las modificaciones emergentes.

    Con ese diseño, el prototipo alcanzó un rendimiento de 20,8 gigapíxeles por segundo. También generó imágenes tridimensionales a 30 cuadros por segundo, cubrió campos de escala centimétrica y resolvió líneas de 308 nanómetros, unas trescientas veces más finas que un cabello humano. La combinación importa más que cualquiera de esas cifras por separado: gran extensión, elevada definición y cadencia audiovisual dentro del montaje.

    La filmación no exhibe solo una silueta que mengua, sino que plasma variaciones de grosor, redistribuciones internas y pérdidas de equilibrio geométrico durante toda la desaparición del copo de nieve.

    El deshielo del copo de nieve reveló cómo retrocedían las ramificaciones y avanzaban los frentes de fusión. La filmación no exhibe solo una silueta que mengua, sino que plasma variaciones de grosor, redistribuciones internas y pérdidas de equilibrio geométrico durante toda la desaparición. Así, un fenómeno familiar se convierte en un mapa dinámico de alteraciones que antes quedaban mezcladas, desenfocadas o fuera de cuadro.

    El copo de nieve era la puerta, no la habitación

    La nieve funciona como una prueba intuitiva de una capacidad considerablemente más grande. Su silueta es reconocible, el desenlace ocurre con rapidez y cualquier lector entiende qué está viendo.

    Pero el estudio no fue concebido para desentrañar un misterio invernal. Los responsables querían comprobar que podían seguir transformaciones complejas sin perder ni el panorama general ni los matices diminutos.

    Su plataforma con inteligencia artificial examinó células madre durante la cicatrización de una lesión experimental. Asimismo, registró división celular, necrosis, crecimiento cristalino, proliferación bacteriana bajo antibióticos y disolución de microagujas destinadas a liberar fármacos.

    Cada circunstancia exige controlar numerosos elementos a la vez; centrarse en uno aislado puede ocultar comportamientos colectivos esenciales.

    El trabajo llegó incluso a la radiación ultravioleta extrema empleada en fabricación avanzada. Esa aplicación sirve para caracterizar haces vinculados con la litografía de semiconductores, donde desviaciones ínfimas comprometen componentes microscópicos.

    La plataforma examinó células madre durante la cicatrización, división celular, necrosis, crecimiento cristalino, proliferación bacteriana, disolución de microagujas para liberar fármacos y la radiación ultravioleta extrema en fabricación avanzada.

    El salto desde un cristal de hielo hasta la industria electrónica no es una extravagancia: demuestra que ese planteamiento funciona cuando la lente clásica estorba, restringe o simplemente no existe.

    Lo que la máquina hace y lo que no hace

    Sin sustituir la realidad experimental, la red neuronal potencia el dispositivo. Su cometido es relacionar señales registradas por el sensor y abordar un problema matemático inverso: partir de los efectos luminosos para inferir qué espécimen pudo originarlos. La fiabilidad depende de la calibración, de la limpieza de los datos y de que el esquema físico describa correctamente el montaje.

    Esa cautela separa el hallazgo del entusiasmo publicitario que rodea a muchas aplicaciones de inteligencia artificial. Aquí no hay una máquina “imaginando” cómo debería derretirse un copo de nieve; hay un procedimiento sometido a comprobaciones con referencias conocidas, comparaciones de resolución y ensayos en escenarios distintos.

    Aun así, convertir un prototipo de laboratorio en un recurso de uso común requerirá simplificar cálculos, acelerar análisis y validar resultados bajo más condiciones.

    Una nueva frontera para las preguntas científicas

    A lo largo de la historia, cada gran instrumento altera lo que la humanidad considera accesible. El telescopio abrió el cielo, el microscopio desveló comunidades enteras en una gota y los rayos X atravesaron la opacidad del cuerpo. Esta propuesta añade otra posibilidad, la de contemplar superficies extensas del mundo diminuto con suficiente rapidez para que la acción no se escape entre dos capturas.

    Al final, el lector se queda con una idea más valiosa que la belleza del material obtenido: el progreso científico no depende solo de dar con fenómenos desconocidos; también avanza cuando surge una vía mejor para seguir los ya familiares. Un copo de nieve que se derrite parecía una historia agotada y, al documentarlo con otra profundidad, se transforma en la prueba de que incluso lo cotidiano conserva capas invisibles.

    Un copo de nieve que se derrite parecía una historia agotada y, al documentarlo con otra profundidad, se transforma en la prueba de que incluso lo cotidiano conserva capas invisibles.

    El verdadero descubrimiento consiste en ensanchar nuestra atención. Hoy, la protagonista es una trama de hielo que se desmorona. Mañana podrían ser bacterias que ensayan resistencia, tejidos que reparan una lesión o materiales que cambian mientras trabajan. Cuando una tecnología permite presenciar aquello que antes solo intuíamos, no se limita a ofrecer observaciones mejores: modifica las preguntas con las que intentamos comprender el mundo.

  • El canibalismo entre humanos no funciona, y no es por cultura, sino por matemáticas

    El canibalismo entre humanos no funciona, y no es por cultura, sino por matemáticas

    La percepción más común sobre el canibalismo lo sitúa como un límite casi metafísico, una práctica tan repugnante que la cultura la prohíbe sin más explicaciones. Sin embargo, un estudio publicado en 2026 en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) presenta una perspectiva diferente y más incómoda: el rechazo al canibalismo (o antropofagia) no se basa únicamente en la ética o el asco, sino en el resultado de una ecuación biológica que, en la mayoría de los escenarios, resulta desfavorable.

    El trabajo, elaborado por Michal Misiak (Universidad de Wrocław) y Petr Tureček (Universidad Carolina de Praga), se presentó primero como preprint en bioRxiv antes de su publicación definitiva en PNAS. Los autores modelan el canibalismo como cualquier otra decisión de forrajeo: calorías obtenidas frente a costes acumulados. Lo sorprendente no es que esta práctica surja en momentos de colapso extremo, algo ya conocido en la historia, sino que la matemática explica por qué, tras la emergencia, la práctica desaparece casi siempre y deja un tabú extraordinariamente resistente.

    Es importante aclarar un malentendido: el modelo no propone que el canibalismo sea una estrategia recomendable, ni siquiera racional en un sentido amplio. Con el tiempo, tiende a perjudicar la viabilidad de una población debido a la acumulación de costes que no se perciben en el momento del acto, sino mucho después. En otras palabras, se trata de un modelo matemático que explica el fracaso del canibalismo como práctica social duradera, no de un episodio aislado.

    Este modelo es teórico y se apoya en patrones históricos y antropológicos, no pretende ser una prueba definitiva de una única causa del tabú: los propios autores advierten que la antropofagia sostenida se convierte en una estrategia perdedora solo en la mayoría de las condiciones ecológicas, no en todas.

    “Nuestro modelo no pretende agotar la explicación de un tabú tan universal, sino ofrecer un marco cuantitativo que permita entender por qué, en la mayoría de las condiciones ecológicas, la antropofagia sostenida resulta una estrategia perdedora.”
    (Michal Misiak y Petr Tureček, autores del estudio)

    El coste que no se ve al comer

    La lógica inicial es intuitiva: consumir carne humana aporta energía. En situaciones de escasez extrema (como un asedio prolongado, un naufragio sin víveres o una hambruna de Leningrado generalizada), ese aporte calórico puede parecer, por un instante, la diferencia entre sobrevivir o no. El modelo reconoce que hay condiciones ecológicas muy específicas en las que el balance inmediato resulta favorable. Esto explica por qué la práctica se repite episódicamente a lo largo de la historia, desde el asedio de Numancia en el año 133 a. C., donde diversas fuentes clásicas documentan episodios de antropofagia extrema entre los sitiados, hasta el cerco de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, registrado en informes soviéticos de la época.

    El cambio de enfoque se produce al ampliar el marco temporal. Según el modelo, el proceso de digerir tejido humano conlleva un coste metabólico estimado de alrededor de 11 kcal por cada 500 kcal consumidas. No es una cifra alarmante por sí sola, pero subraya que incluso el beneficio energético más directo tiene sus condiciones.

    El coste de consumir carne humana no se manifiesta en el momento del acto, sino mucho después.

    Esta letra pequeña se vuelve crucial al considerar otros costes: el riesgo de enfermedad, el desgaste de la cooperación grupal y la violencia asociada a la obtención del recurso. En un rango más amplio de condiciones (no en la excepción extrema, sino en la cotidianidad de una comunidad que intenta sobrevivir a largo plazo) la práctica resulta claramente desventajosa. Lo que puede parecer racional en el primer minuto de una crisis deja de serlo en el milésimo, cuando la enfermedad y la desconfianza comienzan a hacer efecto.

    Kuru: el precio que tardó generaciones en llegar

    El caso que mejor ilustra el componente epidemiológico del modelo es el del kuru, una enfermedad neurodegenerativa documentada entre el pueblo fore de Papúa Nueva Guinea y asociada al consumo ritual de tejido cerebral humano en ceremonias funerarias. El kuru es causado por priones, proteínas mal plegadas que no son virus ni bacterias, pero que inducen a otras proteínas sanas a adoptar su forma anómala.

    Lo que hace del kuru un ejemplo revelador es su periodo de incubación. Según series de casos citadas por Nature News en 2006 a partir de un estudio publicado en The Lancet, la enfermedad podía tardar entre 34 y 41 años en manifestarse, con casos documentados de hasta 56, aunque el promedio observado en las series históricas rondaba los 12 años. En un experimento clásico de Nature en los años setenta, la inoculación del agente causante en un mono rhesus produjo la enfermedad tras 8 años y 5 meses de incubación, una de las primeras pruebas experimentales de su naturaleza transmisible.

    Costa rocosa desolada con restos de un naufragio antiguo entre bruma, luz fría, tonos grises y azules apagados, fotografía do

    Una persona podía participar en el ritual funerario, aparentemente sana, durante décadas antes de que el daño se manifestara. Este desfase temporal explica por qué el coste sanitario permaneció oculto durante generaciones: nadie podía establecer una relación causal directa entre el consumo y la enfermedad si entre uno y otro mediaban treinta o cuarenta años. El tabú, en este caso, se aceleró cuando la investigación médica externa (impulsada por patrullas coloniales y estudios científicos en los años cincuenta y sesenta) hizo visible el vínculo.

    Naufragios, asedios y aviones: episodios, no costumbres

    El modelo se pone a prueba con casos de supervivencia extrema que la cultura popular conoce bien: el naufragio del ballenero Essex en 1820, la tragedia del grupo pionero conocido como Donner Party en 1846-1847, o el accidente aéreo de los Andes en 1972. A estos se suma el caso de la expedición Franklin en el Ártico canadiense, cuyos restos óseos muestran marcas de corte compatibles con el consumo de tejido humano como último recurso ante la inanición.

    En ninguno de estos episodios hay evidencia de brotes epidémicos por priones ni de un colapso sanitario recurrente, y esto no contradice el modelo: lo confirma. Se trata de episodios puntuales, no ritualizados ni repetidos dentro de una comunidad estable, sino respuestas aisladas a una coacción extrema y transitoria. El riesgo sanitario grave aumenta principalmente cuando la práctica se vuelve recurrente y se integra en la vida de un grupo, no cuando surge una única vez bajo una emergencia sin alternativa.

    Además, hay una lección social en el desenlace de estos casos: los supervivientes del Essex o del accidente de los Andes no fueron tratados, al regresar, como transgresores morales permanentes, sino como víctimas de una circunstancia límite, reintegrándose socialmente sin que sobre ellos cayera un tabú perpetuo. Lo que la cultura sanciona con más fuerza no es el acto aislado cometido bajo coacción extrema, sino la práctica sostenida, normalizada o convertida en costumbre dentro de un grupo humano.

    El tabú como fusible cultural

    Quizá lo más llamativo de este enfoque sea la inversión que propone respecto a la narrativa habitual. Solemos pensar que primero existe una norma moral y que, como consecuencia, se evita una práctica peligrosa. El modelo de Misiak y Tureček sugiere una secuencia diferente: primero hay un umbral de daño acumulado (brotes de enfermedad, violencia interna, pérdida de confianza comunitaria) y ese umbral, una vez cruzado, favorece la consolidación de una norma que actúa como mecanismo de contención. Es una idea que se alinea con investigaciones recientes sobre evolución cultural: la prohibición sería una especie de fusible cultural que se activó mucho antes de que existiera ninguna comprensión biomédica de priones o zoonosis.

    La prohibición actuó como un fusible cultural activado mucho antes de que existiera ninguna comprensión biomédica de priones.

    Un matiz adicional se relaciona con las redes de intercambio. Cuando el consumo de tejido humano deja de ser un acto individual y se integra en circuitos de reparto, como ocurría en algunos rituales funerarios colectivos, el número de personas expuestas al mismo patógeno crece de manera exponencial: cada nuevo participante se convierte en un nodo capaz de propagar el problema a otros. Al no existir barrera de especie (el patógeno ya está adaptado al organismo humano), cualquier agente infeccioso presente en un cuerpo puede transmitirse con facilidad al siguiente consumidor, algo que no ocurre con la misma intensidad cuando la fuente de proteína es otra especie animal.

    fracaso del canibalismo — imagen 2

    Esto no implica que el canibalismo desaparezca por completo ni que sea simplemente irracional en cualquier circunstancia: en un colapso absoluto puede reaparecer, como demuestran los casos de supervivencia extrema. Lo que no vuelve a surgir, según la evidencia histórica y antropológica disponible, es la práctica sostenida como sistema estable. Lo notable, en este contexto, no es que el canibalismo resurja en los márgenes del desastre humano, sino que la cultura haya encontrado, generación tras generación, la misma respuesta matemática a su fracaso: cerrar la puerta antes de que el coste oculto termine de manifestarse.

    Referencias

    • Misiak, M., & Tureček, P. (2026). The cannibalistic trade-off: Why human cannibalism emerges and why taboos suppress it. Proceedings of the National Academy of Sciences, 123(27), e2605120123. DOI: 10.1073/pnas.2605120123.

    • Preprint: bioRxiv (2026). DOI: 10.64898/2026.02.10.705014v1.

    • Nature News. “Kuru incubation periods”. 19 de junio de 2006. Disponible en nature.com.

    • Nature. Estudio experimental sobre inoculación del agente del kuru en primates (1972). DOI: 10.1038/240351a0.

  • Puedes confiar en la ciencia y creer en conspiranoias a la vez: la psicología explica el porqué de esta contradicción

    Puedes confiar en la ciencia y creer en conspiranoias a la vez: la psicología explica el porqué de esta contradicción

    Durante décadas, dimos por hecho que esa confianza actuaba como una vacuna frente a la desinformación. Con un razonamiento intuitivo, nos figuramos que quienes aceptan las evidencias acumuladas, comprenden el valor de la investigación y respetan el criterio de los especialistas deberían mostrarse menos receptivos ante afirmaciones insólitas y carentes de un respaldo firme.

    La realidad humana, sin embargo, rara vez encaja en esquemas simples. Los hay que celebran numerosos logros científicos, reconocen el peso de la actividad académica y, aun así, otorgan credibilidad a narraciones irracionales sobre verdades ocultas, avances silenciados o expertos perseguidos por revelar aquello que nadie desea admitir.

    ¿Cómo surge una combinación tan desconcertante? Un artículo publicado en Current Psychology propone una respuesta psicológica cuyo eje no es tanto la desconfianza hacia la ciencia como la percepción que mucha gente alberga acerca de cómo progresa el saber científico.

    ¿Qué significa realmente confiar en la ciencia?

    Antes de entrar en materia, es preciso aclarar una cuestión esencial. Confiar en la ciencia no equivale a admitir cualquier declaración pronunciada por alguien con bata blanca, ni implica considerar infalibles a quienes ejercen esa labor. Tampoco supone creer que las conclusiones de la comunidad científica, fruto de aquella, permanecerán inmutables.

    Confiar en la ciencia no implica considerar infalibles a quienes ejercen esa labor ni creer que las conclusiones de la comunidad científica, fruto de aquella, permanecerán inmutables.

    En realidad, ese respaldo recae en un procedimiento. La actividad científica avanza mediante observaciones, experimentos, revisión por pares, reproducción independiente de resultados y rectificación constante de errores. Ningún descubrimiento adquiere solidez porque lo anuncie una voz concreta, sino porque muchas otras procuran comprobarlo, debatirlo o rebatirlo.

    Ahí reside una gran fortaleza. Las equivocaciones afloran, las hipótesis fracasan y las interpretaciones varían cuando las pruebas obligan a corregir el rumbo. Paradójicamente, la ciencia merece fiabilidad porque incorpora mecanismos destinados a localizar sus propios fallos.

    Asimilar este principio se vuelve imprescindible para entender la aparente paradoja examinada por los autores.

    El relato que hemos aprendido sobre los grandes descubrimientos

    Veamos ahora cómo solemos acercarnos a la historia científica. De la escuela al cine, pasando por documentales, novelas o series, abundan crónicas protagonizadas por individuos excepcionales capaces de alterar nuestra forma de entender el universo.

    Galileo cuestiona las ideas aceptadas, Newton formula las leyes del movimiento, Marie Curie abre caminos desconocidos y Einstein revoluciona la física. Suele aparecer una mente brillante enfrentada a la incomprensión de su época hasta que, al final, demuestra que estaba en lo cierto.

    Estas semblanzas poseen gran valor divulgativo: despiertan curiosidad y facilitan el recuerdo de episodios históricos. A la vez, simplifican un proceso bastante más complejo.

    La mayoría de los logros actuales no nace del esfuerzo aislado de un talento privilegiado contra el resto del mundo. Surge gracias a equipos internacionales, controles sucesivos, acumulación de datos y colaboración entre múltiples laboratorios. Ese progreso se asemeja mucho menos a la epopeya de un héroe solitario que a una obra colectiva donde miles de profesionales aportan pequeñas piezas. Y tal oposición, aparentemente sutil, ocupa el centro de la cuestión.

    El progreso científico se asemeja mucho menos a la epopeya de un héroe solitario que a una obra colectiva donde miles de profesionales aportan pequeñas piezas.

    Cuando los conspiranoicos adoptan el papel del “genio incomprendido”

    El equipo examinó las respuestas de 843 participantes estadounidenses para explorar el vínculo entre distintas concepciones de la ciencia y la susceptibilidad hacia teorías conspirativas. Al tratarse de un estudio correlacional basado en una encuesta transversal, no puede establecer relaciones de causa y efecto, una limitación que los propios autores reconocen expresamente.

    Uno de los conceptos centrales es la denominada mentalidad del genio. Plantea una interpretación de la trayectoria investigadora según la cual las aportaciones decisivas dependen principalmente de sujetos excepcionales capaces de enfrentarse al consenso dominante.

    Porque, a través de ese prisma, cuesta menos dar crédito al discurso de quien asegura poseer una verdad revolucionaria perseguida por instituciones académicas, gobiernos o empresas.

    Muchos conspiranoicos no rechazan necesariamente la ciencia; al contrario, procuran apropiarse de su prestigio retratándose como auténticos continuadores de Galileo o Einstein.

    Muchos promotores de conspiraciones adoptan precisamente esa identidad. Se presentan como voces valientes silenciadas por un supuesto sistema empeñado en ocultar información decisiva. No rechazan necesariamente la ciencia; al contrario, procuran apropiarse de su prestigioretratándose como auténticos continuadores de Galileo o Einstein.

    El análisis encontró asociaciones entre esa mirada sobre el avance del saber, la preferencia por fuentes informales de divulgación y una mayor aceptación de determinadas creencias conspirativas. Los firmantes subrayan, pese a ello, que tales datos reflejan vínculos estadísticos y no prueban que un factor produzca directamente el otro.

    ¿Por qué ese esquema puede ser tan convincente?

    Imaginemos dos mensajes distintos.

    El primero afirma que cientos de especialistas procedentes de numerosos países han alcanzado conclusiones semejantes tras años de labor autónoma. No existe un héroe principal, sino una extensa cadena de revisiones sucesivas.

    Recreación artística del contraste entre el método científico y el pensamiento conspirativo. ChatGPT, César Noragueda.

    El segundo asegura que un investigador brillante ha realizado un hallazgo rompedor, pero las autoridades pretenden impedir que la población conozca la verdad porque pondría en peligro intereses económicos o políticos.

    Objetivamente, el primer escenario reproduce con mucha mayor fidelidad cómo suele generarse el conocimiento científico. El otro, en cambio, conecta con una trama profundamente arraigada en nuestra cultura.

    Durante años, consumimos ficciones donde una figura singular vence la incomprensión general gracias a su talento. Cuando alguien repite ese molde, reconocemos enseguida el patrón. No porque existan pruebas suficientes, sino porque encaja con una expectativa aprendida de antemano.

    Consumimos ficciones donde una figura singular vence la incomprensión general gracias a su talento. Cuando alguien repite ese molde, nos encaja con una expectativa aprendida de antemano.

    Según los autores, esa familiaridad podría aclarar por qué ciertas personas juzgan plausibles algunos discursos conspirativos sin sentir que abandonan su aprecio por la ciencia. Dentro de ese marco mental, continúan defendiendo aquello que creen que ha impulsado los grandes hitos: el genio perseguido que se enfrenta a una mayoría equivocada.

    Lo que este estudio muestra… y lo que no demuestra

    Como sucede con muchos trabajos psicológicos, conviene leer los resultados con cautela.

    La encuesta no sostiene que ver documentales, escuchar pódcast o consumir divulgación informal convierta a nadie en creyente de conspiraciones. Tampoco afirma que cualquiera fascinado por personajes históricos termine aceptando pseudociencias.

    Lo observado son relaciones entre determinadas variables medidas en un momento concreto. La distinción es decisiva porque correlación y causalidad no significan lo mismo.

    Otro matiz llamativo es que la confianza en los científicos apareció como un predictor más sólido que la adhesión abstracta a “la ciencia”. Ese dato apunta a que la percepción de quienes investigan puede desempeñar un papel relevante.

    Los autores reconocen limitaciones relacionadas con el diseño empleado, el tipo de muestra utilizada y la necesidad de nuevos trabajos encaminados a confirmar o ampliar estos indicios mediante metodologías diferentes.

    Quizá el verdadero desafío sea contar mejor cómo opera la ciencia

    La aportación más sugerente del artículo no consiste en afirmar que confiar en la ciencia favorezca las conspiraciones, faltaría más. Semejante lectura sería incorrecta, por decirlo con suavidad. Su propuesta invita a mirar hacia otro lugar: el legado cultural acerca del desarrollo de la investigación.

    Recreación artística de la coexistencia de confianza en la evidencia científica y atracción por las conspiranoias. ChatGPT, César Noragueda.

    Si imaginamos que los adelantos dependen de personajes heroicos enfrentados al resto del mundo, será más fácil que alguien adopte ese mismo papel para reclamar credibilidad. Por el contrario, al advertir que lo que sabemos suele surgir del examen continuo, la cooperación internacional y la verificación independiente, cambia nuestra vara de medir ante afirmaciones sorprendentes.

    Tal vez, esa sea la lección más valiosa. No basta con fomentar el interés por la ciencia; conviene mostrar además cómo funciona realmente. La solidez del conocimiento científico no reside en la genialidad aislada de unas pocas personas, sino en la capacidad colectiva para poner a prueba las ideas, subsanar errores y elaborar modelos más fiables sobre la realidad.

    Captar esa diferencia no solo ayuda a interpretar mejor estas evidencias, sino que también modifica nuestra manera de distinguir entre un descubrimiento auténtico y una historia cuidadosamente diseñada para parecerlo.

  • Vuelve el mito de la extinción de los pelirrojos

    Vuelve el mito de la extinción de los pelirrojos

    En agosto de 2007, decenas de medios de todo el mundo publicaron la misma sentencia: los pelirrojos estaban condenados a desaparecer y no quedaría ninguno hacia 2060. La fuente que se citaba una y otra vez era la Oxford Hair Foundation, presentada como un instituto de investigación. La letra pequeña contaba otra historia: esta supuesta extinción para 2060 partió de una fundación financiada por un fabricante de tintes, uno de los mayores del mundo en productos capilares. No era un laboratorio de genética publicando en una revista científica, sino comunicación con un interés comercial detrás.

    El titular corrió más rápido que su verificación. Se atribuyó incluso a publicaciones de divulgación que, leídas con atención, no defendían nada parecido a una extinción. El bulo, en el fondo, se sostenía sobre una advertencia alarmista impulsada por un conflicto de interés y varias citas mal atribuidas que nadie se paró a comprobar.

    La trampa lógica que engañó a medio mundo

    El razonamiento que hizo creíble la profecía parece de sentido común: el pelo rojo es un rasgo recesivo y cada vez hay más mezcla entre poblaciones, así que el rojo acabará diluido hasta desaparecer. Suena razonable y es falso, porque confunde que un rasgo se vea menos con que el gen que lo produce se extinga. En realidad, los rasgos recesivos se heredan de forma oculta a través de portadores sanos, de modo que el ADN que no se expresa no se borra, se guarda y se transmite.

    Por qué un gen recesivo no se extingue

    La genética de poblaciones lo formalizó hace un siglo con el principio de Hardy-Weinberg: en ausencia de selección, migración o azar extremos, la frecuencia de una variante genética se mantiene estable generación tras generación. No hay ninguna fuerza que empuje a un alelo recesivo hacia su desaparición solo por ser recesivo.

    Imagina el alelo pelirrojo como una carta guardada en una baraja enorme. Cuando dos personas tienen hijos, esa carta puede no salir a la mesa, pero sigue en la baraja y reaparecerá cuando dos portadores vuelvan a coincidir. Es la misma lógica de dominantes y recesivos que describió Mendel, y por eso los genes recesivos pueden saltar generaciones sin llegar a desaparecer jamás.

    La mezcla de poblaciones sí puede cambiar algo: la proporción de pelirrojos que vemos en un país concreto. Si mucha gente sin la variante se suma a la población, el porcentaje visible de pelo rojo baja. Pero eso implica una simple dilución estadística que no afecta a la supervivencia del gen. El alelo sigue circulando en los portadores, listo para volver a expresarse.

    Qué significa, molecularmente, ser pelirrojo

    Detrás del color está un gen llamado MC1R, situado en el cromosoma 16. Su versión funcional pone en marcha una señal que ordena a los melanocitos fabricar eumelanina, el pigmento pardo oscuro que oscurece el pelo y la piel y protege frente al sol. Sin embargo, las personas con el gen MC1R mutado producen feomelanina en lugar del protector habitual, un pigmento de tono rojizo.

    En 1995, el equipo de Valverde publicó en Nature Genetics la primera prueba sólida: encontró variantes de MC1R en más del 80 % de las personas con pelo rojo y piel clara. Como hacen falta dos copias variantes para el efecto pleno, el fenotipo es recesivo. Este bloqueo de la ruta original explica por qué el pelo cobrizo y la piel pálida siempre aparecen de forma conjunta en quienes portan la mutación completa.

    Esquema del receptor MC1R
    Esquema de la ruta de pigmentación donde actúa el gen MC1R.

    Por qué existe y por qué se concentra en el norte

    El pelo rojo es raro a nivel global, pero se agolpa en la Europa atlántica. En Irlanda ronda el 10 % y en Escocia llega al 13 %, la mayor concentración del planeta, donde buena parte de la población lleva al menos una copia variante. Según los expertos, las latitudes altas relajaron la necesidad evolutiva de tener la piel oscura para protegerse del daño solar.

    Esta es una hipótesis plausible y debatida, no un hecho cerrado: en zonas con poca radiación ultravioleta, perder la protección de la eumelanina no penaliza la supervivencia. Es más, se ha propuesto que la piel extremadamente clara facilita sintetizar vitamina D con muy poca luz solar, lo que habría permitido que estas mutaciones se acumularan en el norte de Europa.

    El pelirrojo por dentro: más allá del color

    Las mismas variantes que dan el color tienen efectos invisibles para el ojo humano. El más estudiado es el riesgo cutáneo: los portadores de estas variantes presentan un riesgo muy superior de sufrir cáncer de piel, incluso ajustando por lo clara que sea su tez.

    Parte del motivo es que la feomelanina puede dañar el ADN por estrés oxidativo aunque no haya sol, y que MC1R influye en cómo la célula repara ese daño. Además, distintos estudios demuestran que las alteraciones en este gen modifican drásticamente la sensibilidad al dolor, obligando a usar dosis diferentes de anestésicos y analgésicos en procedimientos quirúrgicos u odontológicos.

    El rojo no se va

    La conclusión es tan sencilla como lo era engañoso el titular original. Un gen recesivo no desaparece por serlo, se refugia en los portadores y vuelve. Lo único que puede cambiar es cuánto se ve el pelo rojo en un lugar y un momento concretos. La ciencia confirma que el gen de los pelirrojos seguirá viajando de forma invisible en millones de personas, esperando el momento de volver a expresarse.

    Referencias

    • Valverde, P. et al. (1995). Variants of the melanocyte-stimulating hormone receptor gene are associated with red hair and fair skin in humans. Nature Genetics, 11, 328-330.
    • Harding, R. M. et al. (2000). Evidence for Variable Selective Pressures at MC1R. American Journal of Human Genetics.
    • AIM at Melanoma Foundation: Red Hair Genetics: 5 Things You May Not Know.
    • Medicover Genetics: Health risks for people with red hair.
  • La idea equivocada que muchos tienen al cerrar persianas y cortinas para combatir el calor en verano

    La idea equivocada que muchos tienen al cerrar persianas y cortinas para combatir el calor en verano

    A primera hora de la tarde, cuando el Sol golpea la fachada, bajar la persiana y extender la cortina constituye un gesto tan cotidiano que rara vez despierta curiosidad. Sin embargo, esa costumbre doméstica encierra una cuestión física en la que no solemos pensar: si ambas capas interceptan una fracción de la temperatura que procede de fuera, ¿su acción combinada coincide de verdad con lo que suponemos?

    El periodista Alex Bellos ha llevado esa pregunta a su sección de acertijos de The Guardian a partir de una propuesta del físico teórico Alan Williams-Key.

    Los elementos de este pasatiempo estival para los lectores incluían materiales homogéneos, una habitación idealizada, un sistema previamente estabilizado y la omisión deliberada del vidrio para reducir el problema al intercambio de radiación entre la persiana y la cortina. De ese modo, una escena corriente del verano quedaba convertida en un desafío intelectual sin necesidad de ecuaciones complejas ni instrumental de laboratorio.

    Su interés no reside en calcular los grados centígrados exactos en un salón verdadero, sino en derribar una concepción muy extendida del calor. Es habitual imaginarlo como una sustancia que supera obstáculos mientras pierde intensidad, pero la física de las edificaciones amplía ese esquema al considerar acristalamientos, circulación del aire, superficies reflectantes, orientación de la fachada y otros factores que no se encuentran en el experimento mental del periódico británico.

    Una cuenta demasiado fácil

    A primera vista, el razonamiento parece impecable. Una cortina absorbe la radiación solar que cruza la ventana, se calienta y, una vez logrado el equilibrio, emite exactamente la misma cantidad que recibe: más o menos, una mitad, hacia el vidrio, y la otra, hacia el recinto. Bajo esas condiciones idealizadas, una sola tela deja pasar el 50 por ciento del flujo de calor incidente, y nada invita todavía a sospechar siquiera que esa deducción contiene un fallo.

    El panorama cambia al interponer una persiana entre el acristalamiento y la cortina. Si la barrera inicial transmite la mitad de lo recibido y la segunda redistribuye esa fracción, el cálculo inmediato conduce a multiplicar 0,5 por 0,5. La cifra obtenida parece ser un 25 por ciento. Nuestra mente la acepta porque imagina un recorrido lineal, como si cada capa actuara sin alterar a la contigua.

    Ahí nace la equivocación. La cortina no queda inerte después de absorber radiación: al calentarse, emite de nuevo en ambas direcciones. Una mitad avanza hacia la estancia; la restante retorna a la persiana y contribuye a intensificar su calentamiento. Las dos superficies continúan irradiándose mutuamente hasta recuperar la estabilidad térmica.

    La cortina, al calentarse, emite de nuevo en ambas direcciones; una mitad avanza hacia la estancia y la restante, hacia la persiana, e intensifica su calentamiento; y las dos superficies continúan irradiándose mutuamente hasta recuperar la estabilidad térmica.

    La respuesta correcta al acertijo

    El fenómeno puede describirse como un diálogo, un intercambio entre dos planos, entre la persiana y la cortina.

    La una envía primero radiación a la otra; esta responde, la persiana recibe esa emisión y la libera otra vez. En el supuesto planteado por Alex Bellos, si el tejido desprende una unidad hacia cada lado, necesariamente tuvo que absorber dos. La persiana entrega dos unidades a la cortina y otras dos hacia el lado exterior del sistema idealizado (en una ventana real, hacia el vidrio y, finalmente, hacia el exterior).

    Ahora bien, no todo lo que expulsa procede directamente del Sol. De las cuatro unidades emitidas por la persiana, una había regresado previamente desde la propia cortina. La contribución solar queda reducida así a tres, mientras únicamente una llega a la habitación. Por eso la proporción final ronda el 33 por ciento: un tercio, no el 25 por ciento sugerido por la errónea operación inicial.

    La proporción final de radiación y temperatura que llega a la habitación ronda el 33 por ciento: un tercio, no el 25 por ciento sugerido por la errónea operación inicial.

    El acertijo admite una ampliación sencilla: con una sola persiana o cortina, pasa la mitad; con dos, un tercio; con tres, un cuarto. Dentro de ese modelo y al incorporar tantas barreras, si quisiésemos expresarlo en términos matemáticos, diríamos que la transmisión hacia el espacio habitable equivale a 1/(n+1): cada obstáculo añadido recorta la ganancia solar, aunque nunca basta con aplicar otra división entre dos al valor precedente.

    Una vivienda real incorpora muchas más variables

    Conviene detenerse antes de trasladar ese 33 por ciento a un edificio verdadero. El planteamiento omite el vidrio, el color, la geometría y cualquier movimiento del aire. Tampoco diferencia la radiación solar de onda corta de la emisión infrarroja de onda larga. Todo el escenario constituye una simplificación deliberada destinada a ilustrar un principio físico, no a reproducir fielmente cuanto ocurre dentro de una construcción.

    En una ventana convencional intervienen tres vías simultáneas: una porción de la radiación atraviesa el acristalamiento o se refleja sobre él; la conducción hace que el calor pase, a través de materiales sólidos como el vidrio, desde las zonas más calientes hacia las más frías; y la convección pone en movimiento el aire calentado junto al mismo vidrio, formando corrientes que también transportan energía. Ninguna actúa de manera aislada cuando la luz solar incide sobre una fachada, de modo que la física de la edificación estudia su combinación como una dinámica inseparable.

    Basta imaginar una cazuela puesta sobre el fuego. El metal conduce el calor desde la base, el líquido genera corrientes internas y la superficie incandescente irradia hacia la cocina. Algo semejante sucede en un acristalamiento. La separación entre los vidrios, las infiltraciones y la inclinación de las lamas de la persiana determinan la respuesta térmica del sistema.

    Parte de la radiación atraviesa el acristalamiento o se refleja sobre él; la conducción hace que el calor pase, a través del vidrio, desde las zonas más calientes hacia las más frías; y la convección pone en movimiento el aire calentado junto al mismo vidrio, formando corrientes que también transportan energía.

    Lo que han revelado décadas de investigación

    Durante años, ensayos experimentales y simulaciones numéricas sobre persianas venecianas han examinado esa interacción. Los trabajos contemplan las diferentes inclinaciones de las lamas, las distancias respecto al vidrio, la cantidad de aire que circula por la cámara situada entre ambos y las propiedades ópticas de los materiales. Las pruebas acumuladas confirman que una persiana altera el balance térmico: cambia tanto la emisión como las corrientes ascendentes formadas junto al acristalamiento.

    También importa la composición. Un acabado claro refleja una proporción mayor de la luz solar incidente y, por lo tanto, absorbe menos, mientras que una superficie de baja emisividad dificulta el intercambio de calor por radiación infrarroja con el entorno.

    Las normas técnicas internacionales, como las publicadas por ASHRAE, definen la ganancia solar como la suma de la radiación transmitida directamente y de la absorbida que acaba incorporándose a la vivienda mediante radiación, conducción o convección. Ese índice expresa cuánta energía térmica cede finalmente un material después de calentarse.

    Recreación artística de una cortina que atenúa la luz, pero el calor ya ha atravesado el acristalamiento, y de una persiana exterior que mantiene el interior mucho más fresco. ChatGPT, César Noragueda.

    Por qué la protección exterior suele ser más importante

    La ubicación del elemento resulta decisiva. Una cortina instalada en la cara interior desempeña su función cuando la luz ya ha cruzado el acristalamiento. Puede reflejar hacia el exterior una parte de la radiación recibida, pero el tejido conserva la energía absorbida en la estancia y, posteriormente, cede una parte del calor almacenado al ambiente. Por tanto, entra en acción cuando una porción importante del aporte energético ya ha rebasado la ventana, con escaso margen para expulsarlo por completo.

    Un toldo, una contraventana o una persiana dispuestos al otro lado frenan la radiación antes de que incida sobre el vidrio. Buena cantidad de lo captado se disipa al aire libre, donde la ventilación acelera su dispersión. Diversas campañas de medición han registrado reducciones superiores con estas soluciones frente a otras equivalentes montadas dentro, aunque la eficacia depende del clima, la orientación y la configuración constructiva del inmueble. Sombrear la ventana desde el exterior evita, en consecuencia, que el acristalamiento acabe comportándose como un acumulador térmico.

    Eso no convierte a las cortinas en un recurso inútil. Los tejidos gruesos, los tonos claros y los recubrimientos reflectantes rebajan la ganancia de calor; cerrar correctamente los laterales dificulta las corrientes responsables de mezclar el aire recalentado con el resto del volumen habitable. Y a ello se suma el efecto aislante de la cámara de aire situada entre la persiana y el vidrio, cuando el aire permanece prácticamente inmóvil. Cuando no existe otra opción, una instalación cuidadosa todavía proporciona una mejora perceptible del confort.

    Un toldo, una contraventana o una persiana dispuestos al otro lado del vidrio frenan la radiación antes de que incida sobre él, y buena cantidad de la misma se disipa al aire libre.

    La lección que permanece cuando vuelve a entrar la luz

    ¿Qué merece la pena conservar después de resolver el acertijo? No el 33 por ciento, sino una manera más fiel de comprender cómo circula la energía. Esta no desaparece al encontrarse con un material: puede reflejarse, franquearlo, elevar la temperatura de su superficie o reaparecer transformada en radiación de otra longitud de onda. El pasatiempo sustituye una visión lineal por una red de influencias recíprocas donde cada componente condiciona a los demás.

    Esa perspectiva permite interpretar numerosas soluciones presentes en la arquitectura contemporánea. Los dobles acristalamientos recurren a cámaras de aire que obstaculizan la conducción y la convección; los recubrimientos de baja emisividad reducen el intercambio infrarrojo; las fachadas ventiladas favorecen la evacuación del aire sobrecalentado; los sistemas automatizados varían la inclinación de las lamas según la posición del Sol.

    Todas esas medidas persiguen un mismo propósito: intervenir sobre distintos procesos para limitar la entrada de energía térmica.

    La próxima vez que alguien baje una persiana y descorra una cortina, el gesto seguirá pareciendo rutinario, aunque su significado habrá cambiado. Entre la luz solar y el corazón de la vivienda se encadenan absorciones, reflexiones, emisiones y desplazamientos del aire. Comprender esa secuencia transforma nuestra percepción del calor: deja de verse como un invasor que supera sucesivas barreras para entenderse como un fenómeno continuo cuya evolución admite cierto control.

    Referencias

  • Escuchar música cuando se estudia o trabaja podría servir para algo más profundo que concentrarse

    Escuchar música cuando se estudia o trabaja podría servir para algo más profundo que concentrarse

    Hay quien es incapaz de abrir un libro sin colocarse los auriculares. Otros precisan una lista de reproducción para contestar correos, elaborar un informe o preparar un examen. Tampoco faltan quienes únicamente rinden en silencio, pues cualquier melodía constituye una distracción. Desde hace décadas, el debate gira alrededor de una incógnita persistente: ¿escuchar música ayuda realmente a concentrarse?

    La contestación dista mucho de ser sencilla. Ciertos estudios han descrito beneficios bajo determinadas condiciones; otras pesquisas detectaron el efecto contrario o apenas apreciaron diferencias. Esa ausencia de consenso mantiene viva una controversia que, contemplada desde fuera, parece difícil de zanjar.

    No obstante, varios trabajos recientes invitan a replantear el enfoque. Acaso el interrogante nunca consistió en averiguar si una canción incrementa el rendimiento mental. Tal vez, la clave radique en descubrir qué persigue el cerebro cuando decide llenar de sonido su entorno ante una ocupación que exige atención sostenida.

    La concentración quizá no sea el primer objetivo

    Al iniciar un viaje, casi nadie pone el coche en marcha de inmediato. Lo habitual es ajustar el asiento, revisar los espejos, abrocharse el cinturón o seleccionar la ruta. Ninguna de esas acciones aumenta la potencia del motor, aunque todas contribuyen a reunir las circunstancias adecuadas para conducir con seguridad.

    Antes de asimilar conceptos, resolver un ejercicio complejo o redactar un documento, el cerebro necesita alcanzar cierto equilibrio entre activación, motivación y bienestar emocional.

    Algo semejante ocurre con el esfuerzo intelectual. Antes de asimilar conceptos, resolver un ejercicio complejo o redactar un documento, el cerebro necesita alcanzar cierto equilibrio entre activación, motivación y bienestar emocional. Un exceso de estrés puede perjudicar el desempeño; el aburrimiento o la apatía dificultan sostener la dedicación por mucho tiempo. Incluso factores cotidianos como el ruido ambiental o la sensación de cansancio influyen sobre la facultad de mantener el foco.

    Desde esa perspectiva, la música deja de concebirse solo como un recurso destinado a reforzar la concentración. También cabe utilizarla para acondicionar el ambiente y la disposición psíquica al emprender una faena o mientras esta transcurre.

    Dicho proceso, conocido en psicología como autorregulación, conecta los análisis de la psicóloga educativa Bridget Daleiden, Psychology of Music y Frontiers in Psychology y aporta un marco mucho más amplio que la clásica disputa acerca de si estudiar o trabajar acompañado por sonidos beneficia o perjudica.

    La música deja de concebirse solo como un recurso que refuerza la concentración; también acondiciona el ambiente y la disposición psíquica al emprender una faena o mientras esta transcurre.

    Cuando las costumbres cuentan una historia diferente

    La primera pista surgió al examinar la conducta de los propios estudiantes, en vez de limitarse a preguntar si ese acompañamiento los favorece o les dificulta avanzar. Un equipo de investigadores australianos comprobó que sus usuarios no actúan por simple inercia ni conservan siempre la misma selección. Por el contrario, amoldan lo que oyen al grado de dificultad del cometido pendiente.

    Al leer o tratar de entender contenidos complejos, predominan las composiciones instrumentales, pausadas y con menor densidad sonora. En las labores mecánicas o reiterativas, por su parte, suelen imponerse piezas rápidas y con letra. Ese patrón posee especial interés porque evidencia que numerosos sujetos modifican deliberadamente el paisaje acústico según las demandas mentales del momento, igual que regularían la iluminación de una estancia o buscarían un rincón apartado donde cumplir su encargo.

    Las respuestas recogidas en el estudio cuestionan asimismo otra idea muy extendida. Reforzar la concentración aparecía entre los motivos más citados, pero no ocupaba todo el panorama. Bastantes participantes afirmaban recurrir a temas musicales para aliviar la tensión, amortiguar conversaciones cercanas, combatir el tedio, conservar el impulso o volver más llevadera una sesión prolongada. Expresado de otra forma, la finalidad parecía residir menos en elevar directamente el potencial cognitivo que en generar un clima psicológico propicio para perseverar.

    La respuesta cambia cuando cambia el planteamiento

    Esa lectura coincide con la reflexión expuesta por Daleiden que resumió estos hallazgos en The Conversation. A lo largo de decenios, buena parte de la literatura científica ha procurado aclarar una cuestión concreta: si el acompañamiento musical elevaba o deterioraba el rendimiento. Sin embargo, tal formulación omitía un componente esencial: quienes eligen una canción no esperan únicamente recordar más información, sino intervenir en cómo se sienten al prepararse y mientras acometen la tarea.

    Bajo ese prisma, se disipa gran parte de la aparente contradicción entre publicaciones. Una melodía con letra puede interferir cuando el cerebro procesa lenguaje, especialmente al leer. Esa misma pieza, en cambio, quizá sea útil para arrancar un encargo tedioso, reducir el aislamiento percibido o preservar energía en una actividad rutinaria. No cabe hablar de una consecuencia universal porque tampoco existe un propósito único.

    Los diversos modelos psicológicos propuestos por los especialistas arrojan luz sobre semejante paradoja. Unos sostienen que ciertos estímulos acústicos compiten por los recursos mentales implicados en descifrar un escrito; otros subrayan su capacidad para modular el grado de activación, el ánimo o la predisposición con que afrontamos un desafío. Ambos planteamientos son compatibles, pues describen mecanismos distintos cuya influencia depende del contexto.

    Recreación artística del cerebro recibiendo estímulos musicales a través de unos auriculares y sus efectos sobre la atención y la autorregulación. ChatGPT, César Noragueda.

    No todos los cerebros recurren a la misma solución

    La tercera investigación incorporó un matiz crucial. Un grupo canadiense advirtió que las preferencias musicales también varían según las características personales. Los participantes con un perfil compatible con el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) empleaban con mayor frecuencia ese fondo sonoro al realizar ejercicios intelectualmente demandantes y mostraban predilección por obras más estimulantes que el resto.

    El hallazgo no implica la presencia de una lista de reproducción ideal para quienes presentan dicho perfil. Más bien, conduce a una conclusión diferente: cada cual parece servirse de la música para atender necesidades concretas.

    Además, tanto ese colectivo como quienes no manifestaban síntomas compatibles con TDAH alteraban las propiedades de lo escuchado conforme al tipo de ocupación, lo que afianza la idea de que el entorno acústico se amolda deliberadamente a los requerimientos cognitivos y emocionales de cada instante.

    El entorno acústico se amolda deliberadamente a los requerimientos cognitivos y emocionales de cada instante.

    Tal variabilidad permite comprender por qué cuesta tanto ofrecer una contestación universal. El mismo tema puede facilitar que alguien encuentre el empuje necesario para empezar una tarea, mientras otra persona precisa silencio a fin de descifrar un texto complejo. El desenlace nace de la interacción entre el quehacer, las circunstancias y las particularidades de quien lo lleva a cabo.

    Lo que realmente cambia esta perspectiva

    Consideradas en conjunto, las tres publicaciones trazan un marco novedoso para dar sentido a un comportamiento cotidiano. Quizá llevamos años intentando saber si la música fortalece la concentración, cuando la pregunta verdaderamente relevante es otra: ¿qué intenta regular el cerebro para alcanzar ese estado de atención?

    Todavía no contamos con una resolución definitiva y los propios autores reconocen que permanecen abiertas numerosas incógnitas. Aun así, la evidencia acumulada indica que escuchar música puede formar parte de una estrategia de autorregulación mediante la cual mucha gente calibra su nivel de activación, amortigua el impacto del ruido, preserva el impulso o hace más llevaderas las sesiones prolongadas. En ciertos escenarios, esa adaptación favorece el desempeño; en otros, se transforma en una fuente de interferencia. De ahí que ninguna fórmula sea válida para todo el mundo.

    Acaso esa sea la enseñanza más valiosa. Así como algunos preparan un café, ordenan el escritorio o cierran la puerta al disponerse a comenzar una tarea exigente, otros se colocan los auriculares. No esperan que una canción haga el trabajo por ellos; buscan crear las condiciones psicológicas que faciliten ejecutarlo con mayor eficacia.

    Ese giro conceptual convierte una vieja discusión sobre la concentración en una cuestión mucho más sugerente: cómo aprendemos a disponer nuestra mente antes de ponerla a trabajar.

  • Qué pasa con los niños superdotados al crecer

    Qué pasa con los niños superdotados al crecer

    David Lubinski lleva registrando a los mismos niños desde los años ochenta, cuando algunos todavía no habían cumplido los trece años y ya resolvían problemas de matemáticas propios de la universidad. La pregunta que se hacía entonces es la misma que persigue hoy a cualquier padre con un hijo precoz: qué es de esos niños cuando crecen. El divulgador David Robson ha repasado en New Scientist las respuestas que ha ido acumulando ese seguimiento, sumadas a un metaanálisis reciente de neuroimagen, y el retrato que sale desmonta buena parte del imaginario del genio infantil atormentado.

    Pensemos en dos pupitres separados por treinta años. En el primero, un niño de nueve años enfrascado en cuadernos de álgebra que le vienen grandes para su edad. En el segundo, el mismo cerebro, ahora frente a un ordenador y una hoja de cálculo, en un puesto de trabajo cualquiera. Ese es exactamente el arco que el Study of Mathematically Precocious Youth lleva cuatro décadas documentando: qué le ocurre a una mente precoz entre un pupitre y otro.

    El Study of Mathematically Precocious Youth (SMPY), dirigido por Lubinski desde la Universidad de Vanderbilt, ha seguido a más de 1.600 personas identificadas como superdotadas en la infancia durante cuatro décadas. A los cincuenta años, el grupo declara un bienestar subjetivo superior a la media de la población, y ningún indicio de que saltarse cursos o acelerar el ritmo escolar les haya pasado factura psicológica. La aceleración académica que tantas veces se señala como fuente de trauma no aparece por ningún lado en los datos.

    El propio Robson recuerda que este tipo de seguimiento no nace con Lubinski. La cohorte californiana reunida por Lewis Terman en los años veinte fue el primer intento serio de rastrear a niños con cocientes intelectuales muy altos a lo largo de toda una vida, y ya entonces desmontó buena parte de los mitos de la época sobre la fragilidad del genio precoz. El SMPY hereda ese diseño y lo actualiza con instrumentos de neuroimagen que Terman ni siquiera podía imaginar.

    El mito del niño quemado

    La wrecked-by-success hypothesis, la idea de que el éxito precoz termina por romper a quien lo protagoniza, ha circulado en la cultura popular durante décadas sin demasiado sustento empírico. El seguimiento de Vanderbilt la contradice de forma sistemática: ni el aislamiento social ni el agotamiento por sobreexigencia aparecen como patrón dominante entre los adultos que de niños fueron identificados como superdotados.

    Cuatro décadas de seguimiento y ninguna señal de niño roto: la precocidad no pasa factura en la vida adulta.

    Eso no significa que la infancia superdotada esté libre de fricción. Significa que el relato del juguete roto no encuentra respaldo cuando se sigue a las mismas personas durante cuarenta años en lugar de fijarse en anécdotas sueltas. Los adultos con altas capacidades descritos por la cohorte de Vanderbilt se parecen más a profesionales con inquietudes propias que al estereotipo del genio solitario, y los cinco rasgos que diferencian su forma de percibir el mundo tienen más que ver con la intensidad emocional que con la infelicidad.

    Lo que muestra el cerebro

    La segunda pata del reportaje de Robson llega de la neuroimagen. Karin Reuwsaat, de la Universidad Federal de Río de Janeiro, ha liderado un metaanálisis que compara la anatomía cerebral de personas con altas capacidades frente a la población general.

    El metaanálisis de Reuwsaat, que compara la anatomía de cientos de cerebros con y sin diagnóstico de altas capacidades, encuentra un mayor volumen de sustancia gris en la corteza prefrontal dorsolateral y una conectividad de sustancia blanca más densa entre regiones. Esas son precisamente las áreas implicadas en la resolución de problemas complejos. Ese cableado más eficiente encaja con lo que ya se sabe sobre la plasticidad del cerebro: una red que recluta menos recursos para llegar al mismo resultado gasta menos energía por el camino.

    Conviene frenar aquí el entusiasmo antes de que el dato se convierta en promesa. Los propios autores del metaanálisis insisten en que estas diferencias son correlaciones de grupo, no un determinante individual de éxito, y que la pregunta de si ese cerebro nace así o se moldea por la estimulación temprana sigue sin resolverse. Casualidad no es causalidad. Vamos a repetirlo por enésima vez: una imagen de resonancia no certifica un destino.

    El 20% que sí depende del talento

    Si la neuroimagen explica el mecanismo, Enrico Toffalini, de la Universidad de Padua, pone el marcador que enfría cualquier entusiasmo: la inteligencia explica alrededor del 20% de la varianza en el éxito vital de una persona. El 80% restante depende de variables que ningún escáner recoge.

    Un cociente intelectual alto predice bien las notas de instituto. Predice mal cómo te irá dentro de treinta años.

    Gilles Gignac ha identificado la escrupulosidad y la estabilidad emocional como los rasgos no cognitivos que mejor explican esa brecha entre potencial y resultado. Dos niños con el mismo cociente intelectual pueden terminar en trayectorias vitales completamente distintas si uno gestiona mejor la frustración o sostiene el esfuerzo con más constancia que el otro. El peso real del coeficiente intelectual en las decisiones futuras ya apuntaba en esa misma dirección antes de este reportaje.

    La grieta socioeconómica

    Queda una limitación que ninguno de los estudios revisados por Robson resuelve del todo: quién llega a ser identificado como superdotado. Expertos de Johns Hopkins advierten de que la detección del talento sigue estando sesgada por el entorno socioeconómico, de forma que niños con el mismo potencial y menos acceso a evaluación psicológica o a centros educativos preparados quedan sistemáticamente fuera de cohortes como el SMPY.

    La identificación del talento deja fuera de cohortes como el SMPY a una parte de los niños con el mismo potencial cerebral, simplemente porque nunca llegan a pasar por una evaluación psicológica formal. No es un matiz menor: condiciona a quién describen después los propios estudios.

    Comparativa visual de un pupitre escolar retro de un niño y una mesa de escritorio de trabajo moderna de un adulto.
    Representación conceptual de la trayectoria entre la infancia precoz y la vida profesional adulta. Fuente: Nano Banana / Scruzcampillo.

    Esa grieta abre una pregunta que el propio Robson señala como el siguiente paso lógico de esta línea de investigación: si el sesgo de partida se corrigiera, ¿el mapa de sustancia blanca de Reuwsaat seguiría mostrando el mismo patrón, o revelaría que esa arquitectura cerebral es bastante más común de lo que las cohortes actuales dejan ver?

    Referencias

    • Robson, D. (2026). We’re finally learning what happens to gifted children in adulthood. New Scientist.
    • Reuwsaat, K. et al. (2026). Meta-analysis of structural and functional brain connectivity in intellectually gifted individuals. Federal University of Rio de Janeiro.
    • Lubinski, D. & Benbow, C. P. (2020/2025). Longitudinal study of mathematically precocious youth (SMPY): 40-year follow-up and midlife questionnaire. Vanderbilt University.
  • Unas láminas transparentes de óxido de zinc podrían miniaturizar las cámaras de los móviles

    Unas láminas transparentes de óxido de zinc podrían miniaturizar las cámaras de los móviles

    Durante años, los productores de teléfonos han conseguido crear dispositivos cada vez más delgados. Sin embargo, hay un componente que continúa resistiéndose a esa tendencia: la cámara. Mientras el resto del móvil reduce su espesor generación tras generación, el módulo fotográfico sigue sobresaliendo en la parte trasera. El origen de ese obstáculo no responde a una decisión estética, sino a una limitación física que la ingeniería lleva décadas intentando franquear.

    Cada nuevo sensor incrementa la resolución y mejora sus prestaciones, aunque exige un sistema óptico capaz de canalizar la luz con enorme precisión. Esa circunstancia obliga a apilar varias lentes, una disposición que consume un volumen muy difícil de reducir sin menoscabar la calidad. De ahí que disminuir las dimensiones de este conjunto resulte bastante más complejo de lo que aparenta.

    Un equipo internacional presenta ahora un enfoque alternativo con capacidad para revolucionar ese escenario. Según cuenta la revista ACS Nano, en vez de recurrir a la habitual pila de cristales curvos, han concebido unas láminas transparentes de óxido de zinc cuyo espesor representa apenas una fracción del de una lente convencional.

    Las verificaciones efectuadas indican que esas nanocapas reúnen las condiciones necesarias para registrar imágenes de alta resolución, acercando la posibilidad de fabricar sistemas fotográficos mucho más compactos. Y, aunque esta innovación permanece restringida al ámbito experimental, inaugura una forma completamente distinta de encaminar la luz.

    Por qué una cámara necesita ocupar tanto espacio

    Cuando hacemos una fotografía con el móvil, solemos pensar que el protagonista es el sensor. En realidad, antes de alcanzarlo, la luz debe completar un recorrido cuidadosamente calculado. Si los rayos luminosos incidieran sobre la zona encargada de registrar la escena, cada punto aparecería desenfocado y la imagen acabaría convertida en una amalgama caótica de colores.

    Para evitarlo, las cámaras incluyen varias lentes cuya misión consiste en desviar esos haces hasta hacerlos converger exactamente en el lugar adecuado. Puede imaginarse como una cadena de embudos que conduce el agua hacia un recipiente colocado al final del trayecto. Cada pieza corrige las pequeñas desviaciones heredadas de la precedente hasta recomponer una representación nítida.

    Este mecanismo ha demostrado su eficacia durante siglos y continúa ofreciendo un rendimiento excepcional. Pese a ello, sufre una desventaja evidente: cada pieza añade espesor al conjunto. Aunque la industria fabrique cristales cada vez más diminutos, llega un punto en el que ya no resulta posible seguir reduciendo dimensiones sin deteriorar el comportamiento óptico. Precisamente en ese límite cobra interés la solución planteada por este grupo científico.

    Aunque la industria fabrique cristales cada vez más diminutos, llega un punto en el que ya no resulta posible seguir reduciendo dimensiones sin deteriorar el comportamiento óptico.

    Cómo una lámina casi plana puede reemplazar varias lentes

    La opción ideada por los investigadores rompe con esa arquitectura tradicional. En lugar de confiar el enfoque a una sucesión de piezas voluminosas, recurre a una película ultrafina formada por nanocapas de óxido de zinc.

    A simple vista parece una lámina transparente; sin embargo, su composición incorpora patrones de escala nanométrica capaces de modificar el recorrido de la luz con una exactitud extraordinaria.

    Las llamadas metalentes pertenecen a una nueva generación de componentes ópticos. A diferencia de las lentes clásicas, no sustentan su funcionamiento en la curvatura del cristal. Su comportamiento depende de diminutas estructuras distribuidas sobre un plano prácticamente liso que remodelan el frente de onda luminoso conforme la radiación las atraviesa.

    Su composición incorpora patrones de escala nanométrica capaces de modificar el recorrido de la luz con una exactitud extraordinaria.

    Gracias a esa organización, una única lámina puede asumir cometidos que hasta ahora exigían varios elementos ópticos superpuestos.

    Qué ha logrado exactamente el nuevo estudio

    Para valorar la magnitud de esta tecnología, los investigadores produjeron metalentes de óxido de zinc y analizaron su desempeño al capturar imágenes de alta resolución. El propósito no consistía únicamente en verificar que podían enfocar con precisión, sino en averiguar si se situaban en un nivel suficiente para rivalizar con configuraciones ópticas mucho más voluminosas.

    Los ensayos ponen de manifiesto que estas nanocapas generan imágenes muy detalladas manteniendo un espesor extremadamente reducido. Al concentrar distintas prestaciones en una única lámina casi plana, atenúan de forma notable la complejidad inherente a los diseños convencionales. Esa cualidad acerca la posibilidad de concebir cámaras mucho más compactas sin renunciar a una resolución elevada.

    Los autores advierten, pese a ello, que todavía no se trata de un componente preparado para usarse en la próxima generación de teléfonos móviles. La investigación avala la viabilidad de esta aproximación y constituye un punto de apoyo para desarrollos futuros, aunque aún será preciso perfeccionar aspectos ligados a la fabricación a gran escala, la conexión con sensores comerciales y el comportamiento en condiciones reales de utilización.

    Recreación artística de una metalente de óxido de zinc comparada con unas lentes convencionales. ChatGPT, César Noragueda.

    Como ocurre con numerosas innovaciones surgidas en el laboratorio, el paso entre un prototipo prometedor y un producto destinado al mercado suele prolongarse durante bastante tiempo.

    Mucho más que unos móviles más delgados

    La trascendencia de este hallazgo rebasa con claridad el diseño de los futuros teléfonos. Su principal aportación es evidenciar que la óptica dispone de un camino diferente del que ha predominado en este ámbito durante siglos. Desde la aparición de las primeras lentes, enfocar la luz ha descansado casi siempre sobre superficies curvas. Este estudio demuestra que esa misma misión también puede realizarse mediante nanoestructuras planas concebidas a detalle.

    Más que una mejora gradual, este planteamiento supone un auténtico cambio de paradigma. El reto ya no consiste solo en restar unos milímetros al grosor de una cámara, sino en redefinir la forma de gobernar el comportamiento de la luz gracias a materiales concebidos a escala nanométrica. Si esta línea de investigación mantiene su progresión, buena parte de las limitaciones asociadas a los sistemas ópticos actuales podría empezar a desaparecer.

    Lo que esta tecnología podría transformar durante la próxima década

    Si las metalentes de óxido de zinc consiguen superar los desafíos pendientes, su impacto se extenderá mucho más allá de la fotografía móvil. Cualquier dispositivo sustentado en sistemas ópticos podría sacar partido de componentes considerablemente más finos, ligeros y sencillos de fabricar. En vez de ensamblar numerosas piezas alineadas con extrema precisión, bastaría servirse de estructuras nanométricas preparadas para desempeñar varias tareas de forma simultánea.

    Ese horizonte adquiere especial interés en instrumentos donde cada milímetro resulta decisivo. Los endoscopios empleados en medicina podrían reducir todavía más su diámetro sin perder capacidad de observación; los microscopios aumentarían su compacidad; las gafas de realidad aumentada integrarían módulos ópticos menos aparatosos. Y a esa lista se sumarían satélites de pequeño tamaño, drones y numerosos sensores destinados a aplicaciones científicas e industriales.

    Por el momento, todo ello sigue perteneciendo al terreno de las expectativas. El estudio refrenda la solidez de este planteamiento, aunque convertirlo en una solución presente en la vida cotidiana requerirá resolver retos relacionados con la producción masiva, la durabilidad y el acoplamiento a los procesos industriales vigentes. La historia de la electrónica ofrece numerosos ejemplos de innovaciones que necesitaron largos periodos de maduración antes de abandonar el laboratorio y lanzarse al mercado.

    Estas metalentes serían de interés para los endoscopios médicos, los microscopios, las gafas de realidad aumentada, los satélites pequeños, los drones y los sensores para aplicaciones científicas e industriales.

    Pese a esas cautelas, este avance deja una enseñanza que va mucho más allá de las futuras cámaras de los móviles. Durante siglos, dimos por hecho que enfocar la luz requería lentes gruesas y curvadas con esmero. Hoy empieza a consolidarse una idea distinta: una lámina casi plana, diseñada átomo a átomo, puede conseguir el mismo resultado aplicando principios completamente diferentes.

    Si esa promesa termina materializándose, la alteración más profunda no será solo la desaparición del abultado módulo fotográfico de nuestros teléfonos, sino demostrar que hasta algunas de las tecnologías más familiares conservan la capacidad de reinventarse desde sus propios fundamentos.

  • Los “me gusta” en redes sociales podrían influir mucho más en las personas con depresión, según un estudio de 17 millones de publicaciones

    Los “me gusta” en redes sociales podrían influir mucho más en las personas con depresión, según un estudio de 17 millones de publicaciones

    Cada vez que alguien pulsa el botón de “me gusta”, deja una huella casi imperceptible. Para la el común de la gente constituye un gesto automático, apenas un instante de atención antes de continuar deslizando la pantalla. Sin embargo, detrás de esa gratificación aparentemente insignificante podría ocultarse un engranaje psicológico bastante más complicado de lo que se suponía.

    Desde hace años, psicólogos y neurocientíficos intentan averiguar hasta qué punto esas pequeñas muestras de aprobación modelan nuestra conducta. La cuestión ha ido cobrando importancia conforme los espacios virtuales se consolidaban como uno de los principales escenarios de interacción cotidiana. Aun así, buena parte del conocimiento disponible procedía de cuestionarios o ensayos controlados, sin indagar qué ocurre cuando tantísimos usuarios actúan con absoluta espontaneidad.

    Ahora, según leemos en JAMA Psychiatry, un equipo de la Universidad de Princeton ha examinado más de 17 millones de publicaciones correspondientes a 7.736 usuarios de X (antes Twitter) y ha identificado un patrón que desafía parcialmente las expectativas derivadas de abundantes trabajos previos: las personas con una sintomatología depresiva parecen reaccionar con suma intensidad al refuerzo colectivo asociado a los “me gusta”.

    Los autores recalcan que se trata de una correlación observacional, no de una prueba de causalidad, aunque consideran que abre una prometedora vía para descifrar con gran detalle el vínculo entre salud mental y redes sociales.

    Qué descubrió exactamente la investigación

    Lejos de limitarse a contabilizar el tiempo que cada participante permanecía conectado, el grupo científico concentró su atención en una cuestión concreta: comprobar si recibir una cantidad sobresaliente de “me gusta” durante una jornada incrementaba la probabilidad de volver a compartir contenido al día siguiente. Ese fenómeno constituye un ejemplo clásico de aprendizaje por refuerzo, mediante el cual una recompensa aumenta la predisposición a reiterar cierto comportamientos.

    Para contestar esa pregunta, recurrieron a tres conjuntos de registros distintos. El primero reunía perfiles cuyos propietarios habían comunicado públicamente un diagnóstico de depresión junto con miles de cuentas seleccionadas al azar; el segundo incorporaba voluntarios captados mediante anuncios difundidos en la propia X; y el tercero incluía sujetos reclutados a través de un servicio especializado que, además, completaron cuestionarios psicológicos validados. En conjunto, la muestra superó los 17 millones de publicaciones, una escala muy superior a la habitual en esta clase de investigaciones.

    Lo llamativo de veras fue la extraordinaria solidez de la tendencia detectada. Quienes presentaban un diagnóstico previo o una mayor carga de síntomas manifestaban un vínculo vivo entre la cantidad de “me gusta” recibida y su frecuencia de publicación posterior. Dicho de otra manera, la validación social ejercía sobre ellos una capacidad reforzadora más acusada que sobre el resto de participantes.

    La validación social ejercía sobre ellos una capacidad reforzadora más acusada que sobre el resto de participantes.

    Por qué este descubrimiento desconcertó a los expertos

    La principal sorpresa reside en que esta conclusión cuestiona, al menos en parte, una de las ideas bien asentadas en la literatura científica sobre depresión. Una larga serie de experimentos publicados durante las últimas décadas había relacionado este trastorno con una menor sensibilidad frente a distintas clases de recompensa, ya fueran económicas, afectivas o interpersonales.

    El seguimiento de la actividad cotidiana en X, sin embargo, dibuja un panorama diferente, y los responsables del artículo sostienen que esa aparente contradicción podría obedecer al contexto.

    En un laboratorio, los voluntarios responden a estímulos artificiales durante periodos breves y bajo condiciones estrictamente controladas. Las comunidades virtuales, por el contrario, forman parte de la experiencia diaria y ofrecen incentivos colmados de significado emocional. Un “me gusta” no equivale solo a una cifra visible en la pantalla: también puede percibirse como aceptación, reconocimiento o interés por parte de otras personas. Esa dimensión relacional quizá ayude a esclarecer por qué la regularidad observada difiere de la descrita en buena parte de las tentativas experimentales.

    Un “me gusta” no equivale solo a una cifra visible en la pantalla: también puede percibirse como aceptación, reconocimiento o interés por parte de otras personas.

    Otro aspecto de lo más significativo es que esa sensibilidad palpable apareció asociada, sobre todo, a un factor psicológico denominado ansiedad-depresión. En contraste, otros perfiles clínicos, como la compulsividad acompañada de pensamientos intrusivos, guardaban relación con una persistencia distinta de la actividad. Ese matiz respalda la idea de que las diversas dimensiones de la psicopatología no interactúan de igual modo con los circuitos de recompensa presentes en los espacios digitales.

    Qué implica realmente este descubrimiento

    Conviene abordar estos datos con cautela. La investigación no demuestra que los “me gusta” provoquen depresión, ni afirma que las redes sociales deterioren necesariamente el bienestar psicológico. Tampoco significa que todas las personas con este diagnóstico reaccionen de la misma manera.

    Lo que ponen de manifiesto los registros es una asociación consistente: quienes presentaban una mayor sintomatología tendían a modificar con más energía su frecuencia de publicación después de recibir aprobación mediante “me gusta”.

    Ese comportamiento es compatible con propuestas formuladas anteriormente por la psicología. Una plantea que algunas personas buscan con insistencia indicios externos de validación cuando atraviesan dificultades emocionales. Otra sugiere que quienes reciben menos apoyo en su entorno presencial podrían conceder un valor elevadísimo al reconocimiento logrado a través de Internet. El trabajo no confirma ninguna de esas interpretaciones, aunque ambas concuerdan con las asociaciones identificadas.

    Recreación artística de la cantidades diferentes de “me gusta” en redes sociales y cómo varía la respuesta al refuerzo social entre distintos usuarios. ChatGPT, César Noragueda.

    Los autores recuerdan asimismo que los “me gusta” representan únicamente una modalidad de recompensa social. Cuando repitieron el mismo procedimiento utilizando los retuits como referencia, las relaciones obtenidas dejaron de mostrar la misma firmeza. Esa diferencia apunta a que las distintas formas de interacción disponibles en los entornos virtuales podrían desempeñar funciones psicológicas específicas.

    Lo que este trabajo todavía no puede aclarar

    Pese a la robustez de la muestra, los propios autores insisten en analizar las conclusiones con prudencia. El diseño es observacional y, por tanto, no permite establecer relaciones de causa y efecto. En consecuencia, resulta imposible determinar si una sensibilidad agudizada ante el refuerzo favorece la aparición de síntomas depresivos, si ocurre exactamente el proceso inverso o si ambas circunstancias pertenecen una dinámica bidireccional más compleja.

    A esa limitación se añaden otras igual de relevantes. Toda la evidencia procede de X (antes Twitter), un servicio con características propias que no tienen por qué reproducirse en Instagram, TikTok, Facebook u otras redes sociales comparables. Por otro lado, los indicadores empleados para valorar el estado psicológico se obtuvieron mediante autoinformes o declaraciones realizadas por los sujetos de estudio, no a partir de evaluaciones clínicas exhaustivas. Así mismo, aunque la tendencia volvió a reproducirse con gran nitidez en los tres conjuntos de registros, la magnitud de las asociaciones fue reducida, un hecho normal cuando se examinan conductas humanas en escenarios reales, donde intervienen innumerables variables difíciles de aislar.

    Es imposible determinar si una sensibilidad agudizada ante el refuerzo favorece la aparición de síntomas depresivos, si ocurre a la inversa o si ambas circunstancias pertenecen a una dinámica bidireccional compleja.

    Justo ahí radica uno de los mayores atractivos del artículo científico. En vez de aportar una respuesta definitiva, revela una dirección verdaderamente promisoria para futuras investigaciones. Explorar millones de interacciones espontáneas permite sacar a la luz fenómenos que rara vez afloran en experimentos breves y muy controlados.

    El equipo defiende que integrar ambas aproximaciones —la precisión del laboratorio y el realismo de la actividad cotidiana— podría ofrecer una visión mucho más completa del vínculo entre las plataformas digitales y el bienestar psicológico.

    Al margen de sus implicaciones clínicas, el estudio invita a contemplar con otros ojos un elemento aparentemente trivial de nuestra vida conectada. Un simple icono de un corazón o un pulgar levantado parece una señal insignificante, pero millones de esos pequeños gestos configuran un flujo permanente de reconocimiento social.

    Descifrar por qué algunas personas responden con singular ímpetu ante esa validación continua podría contribuir a comprender mejor las diferencias individuales en el modo de participar, expresarse o buscar aprobación en Internet. Y, aunque todavía permanecen abiertas bastantes incógnitas, esta investigación incorpora una perspectiva novedosa sobre la manera en que las recompensas virtuales pueden reflejar mecanismos psicológicos más profundos.