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  • PISA indica que los alumnos españoles han obtenido los peores resultados de su historia, pero ¿eso significa que saben menos?

    PISA indica que los alumnos españoles han obtenido los peores resultados de su historia, pero ¿eso significa que saben menos?

    España acaba de recibir una noticia penosa: los estudiantes de 15 años evaluados por PISA en 2025 rindieron peor que los de 2022 en lectura y matemáticas. En ciencias, sin embargo, la puntuación se mantuvo estable en términos estadísticos.

    Es tentador traducir esa fotografía a que los adolescentes españoles saben menos que hace tres años. Pero ¿cómo se averigua cuánto sabe una generación? ¿Puede una prueba de unas horas medir algo tan amplio?

    La pregunta se vuelve todavía más extraña al mirar entre bastidores. PISA no examina a todos los chicos y chicas de 15 años. Tampoco entrega exactamente las mismas preguntas a quienes participan. Aun así, sus datos permiten comparar países y épocas. Para descubrir qué significa de verdad ese contraste hay que desmontar primero la palabra más problemática de todas: “saber”.

    PISA no intenta medir todo lo que sabe un adolescente

    El Programa para la Evaluación Internacional de los Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) no pretende averiguar todo cuanto guarda un alumno en la cabeza. La OCDE, organismo responsable de la evaluación, analiza conocimientos, destrezas y actitudes, poniendo especial atención en la capacidad de aplicar lo aprendido ante situaciones y problemas.

    Analiza conocimientos, destrezas y actitudes, poniendo especial atención en la capacidad de aplicar lo aprendido ante situaciones y problemas.

    Una persona puede recordar muchas fórmulas y, aun así, atascarse al decidir cuál sirve ante un caso cotidiano.

    En matemáticas, alcanzar al menos el nivel 2 implica, entre otras cosas, reconocer cómo representar una situación sencilla, como comparar la distancia total de dos rutas o convertir precios a otra moneda. En lectura, supone identificar la idea principal de un texto de longitud moderada y localizar determinada información.

    Por tanto, una puntuación no constituye un contador universal del saber, sino que describe el rendimiento en unas competencias definidas mediante un instrumento concreto. Esa distinción será esencial cuando volvamos a la afirmación “saben menos”.

    Una puntuación no constituye un contador universal del saber, sino que describe el rendimiento en unas competencias definidas mediante un instrumento concreto.

    Cómo examinar a casi 460.000 jóvenes sin sentarlos a todos ante una pantalla

    En España, realizaron PISA 29.967 estudiantes de 956 centros. Y, estadísticamente, ese grupo equivale a unos 459.800 adolescentes de 15 años escolarizados.

    ¿Cómo logra una fracción hablar por una multitud? Pensemos en un análisis de sangre. Para conocer ciertas propiedades de los cerca de cinco litros que circulan por un adulto, no hace falta extraerlos enteros. Basta una cantidad pequeña obtenida de manera adecuada. Con una población, ocurre algo conceptualmente parecido, aunque la operación estadística sea bastante más compleja.

    PISA selecciona centros y alumnado mediante procedimientos de muestreo concebidos para reflejar las características de la población objetivo. Después, utiliza ponderaciones: algunos participantes adquieren estadísticamente más peso que otros según cuántas personas semejantes encarnen y cómo se haya diseñado la selección.

    Lo decisivo, por tanto, no es entrevistar a medio millón de individuos. La clave consiste en que la muestra retrate adecuadamente el conjunto y en calcular el margen de incertidumbre derivado de observar solo una parte. Si la selección estuviera sesgada —por ejemplo, porque dejara sistemáticamente fuera a cierto tipo de centros—, aumentar el número de participantes no corregiría por sí mismo el problema. La calidad depende tanto del diseño como del tamaño.

    Y ni siquiera todos responden a las mismas preguntas

    La sorpresa continúa. Cada participante afrontó cerca de dos horas de prueba y fue evaluado en dos materias. Los jóvenes recibieron preguntas y combinaciones de áreas diversas: por ejemplo, ciencias seguida de lectura o matemáticas seguida de ciencias.

    Esto impide tratar PISA como un examen escolar en el que toda la clase recibe idéntico cuadernillo y después se ordenan las notas. Para colocar información procedente de ejercicios distintos sobre una escala común, se emplean modelos estadísticos que relacionan el desempeño observado con la dificultad y otras características de las tareas.

    Recreación artística de una población de estudiantes representada mediante una muestra. ChatGPT, César Noragueda.

    Aquí aparece una expresión poco intuitiva: “valores plausibles”. No son diez notas alternativas que el sistema asigna a cada estudiante porque no sepa cuál escoger. Representan posibles niveles de competencia compatibles con sus respuestas; se usan para estimar propiedades de grupos, no para diagnosticar con precisión a un individuo.

    Imaginemos una fotografía ligeramente desenfocada. Sería engañoso señalar un píxel y afirmar que conocemos la posición exacta de un objeto. En cambio, cabe delimitar dónde es razonable situarlo y conservar ese margen en los cálculos posteriores. Los valores plausibles cumplen una función comparable.

    Su utilidad aparece al estudiar colectivos: combinados de forma apropiada, ayudan a reconstruir la distribución de capacidades sin fingir una exactitud individual que la prueba no ofrece.

    Representan posibles niveles de competencia compatibles con sus respuestas, y se usan para estimar propiedades de grupos, no para diagnosticar con precisión a un individuo.

    Entonces, ¿qué significa que España haya caído?

    Ya podemos regresar a 2025. La OCDE concluye que el rendimiento medio español fue inferior al de 2022 en matemáticas y lectura, mientras que en ciencias apenas varió. Respecto a 2015, las tres áreas presentan resultados inferiores y se encuentran entre los mínimos históricos del país.

    Hay otro detalle importante. Las cifras publicadas son estimaciones, no mediciones perfectas. Al estudiar una muestra, existe el error de muestreo. Además, un conjunto limitado de ejercicios introduce el error de medición. Por eso, aparecen intervalos de confianza, rangos que expresan la incertidumbre alrededor del valor calculado.

    Aquí entra la “significación estadística”. Simplificando, una diferencia relevante es aquella difícil de explicar solo por las fluctuaciones esperables si en las poblaciones comparadas no existiera realmente tal diferencia.

    Las cifras publicadas son estimaciones, no mediciones perfectas: al estudiar una muestra, existe el error de muestreo, y un conjunto limitado de ejercicios introduce el de medición.

    También conviene desconfiar de traducciones demasiado literales de puntos PISA a “meses perdidos” o “cursos de retraso”. La OCDE maneja equivalencias orientativas para dar contexto a determinadas brechas —en su presentación de 2025, por ejemplo, relacionó 9 puntos con alrededor de medio curso—, pero no estamos ante una regla física.

    Lo que PISA puede decir y lo que añadimos nosotros

    Con estas piezas sobre la mesa, podemos separar tres afirmaciones que suelen mezclarse.

    La primera es sólida: una muestra diseñada para retratar a los estudiantes españoles de 15 años obtuvo en 2025 determinado rendimiento en las competencias evaluadas, y ese dato admite una comparación estadística con generaciones anteriores.

    La segunda necesita más cuidado. Un descenso compatible con los criterios estadísticos del programa aporta evidencia de un deterioro en las capacidades concretas que intenta captar la evaluación. No equivale a inventariar todo lo aprendido por cada adolescente.

    La tercera cruza una frontera que los datos, por sí solos, no permiten franquear. PISA no demuestra que cada joven español sea menos inteligente, que haya olvidado más contenidos, que toda dimensión de su educación haya empeorado o que una ley educativa determinada sea responsable de la evolución.

    Quienes participaron en 2025 no son los adolescentes examinados en 2022. Cada edición toma una nueva muestra de personas de una edad semejante. Comparamos cohortes equivalentes, no observamos cómo el bagaje de los mismos individuos mengua con el tiempo.

    No equivale a inventariar todo lo aprendido por cada adolescente ni demuestra que sea menos inteligente, que haya olvidado más contenidos, que toda dimensión de su educación haya empeorado o que una ley educativa determinada sea la responsable.

    Por eso “los alumnos españoles saben menos” funciona como resumen periodístico, pero ensancha lo que los números acreditan. La formulación precisa sería menos espectacular: una nueva generación muestra peor desempeño en determinadas competencias.

    Un termómetro puede detectar la fiebre, pero no diagnosticar la enfermedad

    Queda otro salto habitual: pasar de comprobar que algo ha cambiado a decidir por qué ocurrió. Aquí sirve un termómetro. Que marque 39 grados ofrece información valiosa y puede alertarnos de un problema; pero la pantalla, ojo, no identifica por sí misma la causa de la fiebre.

    Con PISA sucede algo semejante. Las pantallas, las redes sociales, la pandemia, la desigualdad, los hábitos lectores, la inteligencia artificial, los recursos escolares, el profesorado o las reformas legislativas pueden convertirse en hipótesis. Encontrar que una característica coincide con puntuaciones superiores o inferiores permite investigar relaciones, pero una asociación no prueba automáticamente causalidad.

    Recreación artística de distintas pruebas PISA integradas en una escala común. ChatGPT, César Noragueda.

    El propio informe ilustra el riesgo. En España, quienes declararon distracciones digitales durante las clases de ciencias obtuvieron 16 puntos menos que quienes no las comunicaron, después de considerar el perfil socioeconómico del alumnado y los centros. Eso no basta para afirmar que los dispositivos causaron exactamente esa pérdida.

    Y el relato fácil de culpar únicamente a la covid tampoco encaja con toda la serie internacional. La OCDE subraya que el retroceso en numerosos países había empezado antes de 2020.

    Entonces, ¿los alumnos españoles saben menos?

    La respuesta depende de qué queramos decir con “saber”.

    PISA no puede certificar que los adolescentes españoles posean menos conocimiento en cualquier sentido imaginable. Sí proporciona evidencia estadística de que la generación evaluada en 2025 rindió peor que la de 2022 en lectura y matemáticas dentro de las competencias que el programa mide. En ciencias no se produjo ese descenso destacado.

    Igual que una muestra de sangre permite conocer determinadas propiedades de un organismo sin vaciar sus venas, una selección representativa revela características de una población enorme sin examinar a todos sus integrantes.

    Pero conviene recordar también el termómetro. Una buena medición puede avisarnos de que algo se mueve y estimar la magnitud del cambio sin diagnosticar automáticamente su origen.

    PISA no puede certificar que los adolescentes españoles posean menos conocimiento en cualquier sentido imaginable; sí proporciona evidencia estadística de que la generación evaluada rindió peor en las competencias que mide.

    La lección de PISA va así más allá de las aulas: los números pueden describir una parte de la realidad con enorme sofisticación, pero comprender qué significan exige reconocer también dónde termina aquello que son capaces de calibrar.

  • La ONU quiere cambiar los mapas que nos enseñaron en el colegio, y tiene toda la razón

    La ONU quiere cambiar los mapas que nos enseñaron en el colegio, y tiene toda la razón

    Mira el mapa que colgaba en tu clase de geografía y responde sin pensarlo mucho: ¿cuántas veces cabe Groenlandia dentro de África? La intuición dice que una, quizá una y media. África es catorce veces mayor. El continente mide 30,3 millones de kilómetros cuadrados y la isla, 2,16 millones. En el mapa que casi todos memorizamos, las dos parecen del mismo tamaño.

    Catorce veces África, y nadie lo diría

    El mapa que aprendiste no está roto: está haciendo otra cosa distinta de la que crees. Estos cinco datos explican el desajuste.

    1. Groenlandia ocupa el 7 % de África, aunque en el mapa escolar las dos siluetas parezcan gemelas.
    2. El mapa de 1569 se diseñó para navegar: su gracia era que una línea recta sobre el papel equivalía a un rumbo constante de brújula.
    3. La superficie se infla con la latitud, en proporción a 1 dividido entre el coseno al cuadrado.
    4. Ninguna proyección plana conserva superficies, formas y distancias a la vez: es un teorema demostrado en 1827.
    5. Equal Earth deforma las formas en lugar de las áreas para mantener la escala real.

    Ese desajuste llegó el 4 de septiembre de 2026 a la Asamblea General de Naciones Unidas. La Asamblea adoptó la resolución A/80/L.104 por 164 votos a favor, uno en contra (Estados Unidos) y seis abstenciones. El texto, impulsado por países africanos, anima a usar proyecciones de áreas equivalentes, y en particular la llamada Equal Earth, allí donde el tamaño comparado de los continentes importa: atlas escolares, libros de texto y medios de comunicación.

    Conviene decir cuanto antes lo que la resolución no es. El texto recomienda, no obliga. No es una norma, no fuerza a ningún Estado, editorial ni escuela a retirar nada, no prohíbe la proyección de Mercator y no fija plazo alguno. Su fuerza es simbólica y pedagógica, no jurídica.

    Un mapa fabricado para navegar, no para comparar

    Gerardus Mercator publicó su mapa en 1569 y lo tituló, sin ambigüedad, «descripción nueva y ampliada de la Tierra para uso de los navegantes». El objetivo era náutico, no descriptivo. Un barco que mantiene un rumbo fijo de brújula describe sobre la esfera terrestre una curva incómoda, la loxodrómica, y Mercator encontró la manera de que esa curva se dibujase como una recta.

    Para conseguirlo tuvo que estirar los paralelos hacia los polos y después estirar los meridianos en la misma medida, de modo que los ángulos locales quedaran intactos. El resultado es una proyección conforme: las formas pequeñas se reconocen bien, los ángulos se respetan y la navegación se vuelve trivial. A cambio, la escala deja de ser uniforme y cuanto más lejos del ecuador, más se hincha el territorio.

    Mercator no dibujó mal el mundo. Dibujó bien una herramienta de navegación que después usamos durante siglos para una tarea que no le correspondía.

    Ese salto, de la carta náutica al mapa del aula, es el verdadero objeto del debate. El pulso entre forma y superficie viene de lejos, como muestran las dos maneras de dibujar el mismo mundo que popularizaron Mercator y Gall-Peters. Esta última, difundida en los años setenta, corregía las áreas pero comprimía y estiraba los continentes hasta volverlos poco reconocibles.

    Por qué ningún mapa plano puede ser fiel del todo

    Aquí está la idea que hay que entender antes que ninguna otra, y no requiere matemáticas. Una esfera no se puede desplegar sobre un plano sin estirarla o romperla. Prueba a aplastar la piel de una naranja contra la mesa: o se rasga por algún sitio, o se deforma. No hay una tercera opción, y no la hay por una razón profunda.

    Carl Friedrich Gauss lo demostró en 1827 en lo que él mismo llamó su Theorema Egregium, su «teorema notable». La curvatura de una superficie es intrínseca: no depende de cómo la coloques en el espacio. Una esfera y un plano tienen curvaturas distintas, así que no existe ninguna forma de pasar de una a otro conservándolo todo. Cualquier mapa plano decide qué sacrifica.

    Mercator sacrifica la superficie y las proyecciones equivalentes sacrifican la forma. Otras reparten el error entre ambas para que ninguna resulte escandalosa, y hay quien ha calculado un mapa plano con el mínimo error posible combinando varios criterios a la vez. Ninguna gana en todo, porque no se puede.

    Equal Earth, presentada en 2018 por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny, es una proyección seudocilíndrica de áreas equivalentes. Respeta las superficies con exactitud y dibuja continentes de aspecto familiar, cercanos a los de la conocida proyección Robinson. Esa es su baza. No es más «verdadera» que Mercator: es más honesta con el tamaño y menos con la forma.

    Qué dice exactamente la resolución, y qué se ha contado de más

    El texto adoptado recomienda ampliar el uso de proyecciones equivalentes en los contextos donde el tamaño comparado sea relevante. Nada más, y nada menos. Los titulares que hablan de prohibir Mercator sobrepasan lo votado, igual que los que dan por hecho un cambio automático del mapamundi.

    Tampoco conviene confundir proyección con fronteras. India respaldó la resolución reafirmando su soberanía sobre Jammu y Cachemira y Ladakh: los desacuerdos cartográficos políticos siguen exactamente donde estaban. Cambiar la proyección no mueve una sola línea disputada.

    Una recomendación de la Asamblea General no obliga a nadie. Su efecto real depende de que editoriales, ministerios y plataformas decidan seguirla.

    Hay además un frente que la resolución ni toca. Los mapas digitales seguirán usando Mercator, en su variante esférica, por razones técnicas: conserva los ángulos localmente y encaja bien con el sistema de teselas cuadradas que hace posible el zoom. En navegación y reparto seguirá mandando, y con motivo.

    Diagrama comparativo a escala de la superficie de África
    Representación visual a escala del continente africano frente a otros territorios. Recreación artística. Foto: ChatGPT / Scruzcampillo.

    Qué cambia si cambia el mapa

    Lo primero, una intuición. Quien crece con proporciones falseadas hereda un planeta deformado: Europa parece comparable a Sudamérica cuando esta es casi el doble de grande. Basta comprobar el tamaño real de tu país para verlo, o recordar que la isla más grande del planeta ocupa menos del 8 % del continente africano.

    Que esa distorsión visual haya moldeado la percepción colectiva del mundo es una lectura razonable y muy repetida, pero conviene formularla con cuidado. La literatura experimental que mide ese efecto es escasa. Que el mapa contribuyó a consolidar una imagen eurocéntrica del planeta es defendible como historia; afirmar que la causó, con qué magnitud y con qué consecuencias políticas, sería ir más lejos de lo que nadie ha medido.

    Lo segundo, un trabajo enorme y lento. Cambiar el mapa por defecto obliga a rehacer atlas, manuales, infografías y bases de datos gráficas. No hay presupuesto asignado, ni plazo, ni obligación. La resolución abre una conversación; no la cierra.

    La cuestión no es qué mapa es el verdadero, sino qué mapa sirve para qué. Uno para navegar, otro para comparar, y ninguno para todo.

    Referencias

    • Šavrič, B., Patterson, T. y Jenny, B. (2018). The Equal Earth map projection. International Journal of Geographical Information Science, 33(3), 454-465. DOI: 10.1080/13658816.2018.1504949
    • Asamblea General de Naciones Unidas (2026). Resolución A/80/L.104: Correct the map: rebalancing global cartographic representation and promoting equitable representation of the world’s regions, particularly Africa. Adoptada el 4 de septiembre de 2026. Cobertura oficial de la sesión
    • Snyder, J. P. (1987). Map Projections: A Working Manual. U.S. Geological Survey Professional Paper 1395.
  • Buscan conspiranoias en Google y descubren algo inquietante: su IA puede ayudar a legitimarlas

    Buscan conspiranoias en Google y descubren algo inquietante: su IA puede ayudar a legitimarlas

    Imaginemos una escena corriente. Alguien recibe un vídeo que asegura que las estelas blancas de los aviones contienen sustancias destinadas a manipular el clima o para envenenar a la población. No está convencido, pero tampoco sabe lo suficiente para descartarlo. Así que hace algo aparentemente sensato: abre Google y busca información.

    Otra persona tropieza con mensajes que presentan las ciudades de 15 minutos como un proyecto para controlar los movimientos de la ciudadanía. También duda. Teclea una consulta y espera que el buscador le ayude a separar hechos de fantasías. En ambos casos, la intención inicial es idéntica: averiguar qué hay de verdad.

    Ese gesto tan cotidiano encierra una pregunta importante: ¿buscar en Google nos conduce necesariamente hacia información que corrige una conspiranoia o puede acercarnos a contenidos que parecen confirmarla? Un equipo de la Universidad Tecnológica de Queensland decidió comprobarlo examinando tanto los resultados tradicionales como los resúmenes generados por inteligencia artificial.

    Google no responde solo a lo que preguntas, sino también a cómo lo preguntas

    Antes de entrar en el experimento, conviene entender una idea sencilla: dos consultas sobre el mismo asunto no tienen por qué producir el mismo paisaje informativo. Cambiar unas palabras modifica qué páginas aparecen, qué fuentes ganan visibilidad y qué explicación ofrece el sistema.

    Emplear términos propios del relato que queremos verificar hace que ese vocabulario aproxime al buscador a materiales escritos por quienes comparten esa visión.

    Podemos imaginar Google como una biblioteca gigantesca cuyo bibliotecario interpreta nuestra frase antes de decidir a qué estantería llevarnos. No es igual preguntar qué son las ciudades de 15 minutos que escribir si son una forma de control. La segunda formulación ya incorpora una sospecha.

    Eso importa en comunidades donde se anima a “investigar por tu cuenta”. Contrastar una afirmación parece razonable; la dificultad surge al emplear términos propios del relato que queremos verificar. Ese vocabulario aproxima al buscador a materiales escritos por quienes comparten esa visión.

    Kateryna Kasianenko y sus colegas diseñaron una auditoría algorítmica: una prueba sistemática para observar cómo reacciona una plataforma ante muchas búsquedas controladas. Según leemos en la revista Media International Australia, prepararon versiones generales y otras que reproducían modos de expresión asociados con comunidades conspirativas.

    Eligieron dos casos. El primero fueron los chemtrails, la vieja creencia de que las estelas de condensación de los aviones esconden operaciones secretas de fumigación o manipulación atmosférica. El segundo fue la interpretación conspirativa de las ciudades de 15 minutos, un modelo urbanístico pensado para acercar servicios cotidianos que algunos relatos presentan como una maniobra destinada a restringir movimientos o vigilar a la población.

    Para recrear maneras plausibles de consultar, los autores tomaron expresiones de foros y Reddit y, en la muestra general, recurrieron además a Google Trends. Así podían contrastar comportamientos sin inventar desde cero el habla de los usuarios.

    Más de 1.600 búsquedas para observar el comportamiento del sistema

    El equipo reunió 65 consultas sobre chemtrails y 53 relativas a ciudades de 15 minutos. Un agente virtual, un programa que imitaba la actividad de una persona, las lanzó dos veces al día durante siete jornadas, entre el 14 y el 20 de enero de 2026.

    Recreación artística de un resumen de IA de Google sobre las ciudades de 15 minutos y su interpretación conspirativa. ChatGPT, César Noragueda.

    Todas se realizaron desde Sídney. El programa guardó la primera página y, cuando aparecía un AI Overview —el resumen generado por la inteligencia artificial de Google que se muestra sobre los resultados de búsqueda—, almacenó también ese texto y las referencias que lo sustentaban. Al terminar había 1.629 observaciones, 17.298 direcciones web y 1.342 textos creados por inteligencia artificial que remitían a 863 sitios únicos.

    Después, cotejaron qué ocurría con una búsqueda general y qué sucedía al utilizar expresiones propias de una creencia conspirativa. Para los AI Overviews, seleccionaron además 80 piezas al azar y evaluaron si ignoraban la conspiración, la mencionaban, la desmontaban o llegaban a promoverla.

    La limitación es decisiva: el trabajo registra qué presenta Google, no qué piensa después quien lo lee. No demuestra que un resumen convierta a una persona escéptica en creyente, sino que permite averiguar qué entorno informativo encuentra.

    El estudio registra qué presenta Google, no qué piensa después quien lo lee: no demuestra que un resumen convierta a una persona escéptica en conspiranoica, sino qué entorno informativo encuentra.

    Entonces apareció la diferencia

    Los resultados no fueron iguales. Conforme las búsquedas adoptaban un registro más próximo al de las comunidades conspirativas, el conjunto de enlaces devuelto por Google tendía a alejarse del obtenido mediante formulaciones generales. Eso no significa que todas las recomendaciones respaldaran esas ideas, pero sí cambiaba la procedencia de los contenidos.

    Las expresiones conspirativas ofrecían proporcionalmente más noticias y contenido procedente de redes sociales. Entre esas publicaciones, figuraban algunas favorables a tales creencias. Las búsquedas generales, en cambio, mostraban con mayor frecuencia webs gubernamentales. Incluso un sitio institucional podía resultar ambiguo: 46 conjuntos sobre chemtrails enlazaron una pregunta de 2012 alojada en la web del Parlamento Europeo que enumeraba tópicos de esa teoría; la contestación que los refutaba estaba tras un enlace poco evidente.

    El contraste se volvió especialmente interesante al mirar los AI Overviews. Con los chemtrails, una teoría antigua y conocida, las protecciones parecían funcionar relativamente bien. Esas síntesis no la promovieron y las formulaciones con mayor carga conspirativa recibieron más a menudo textos que intentaban desmontarla.

    Las expresiones conspirativas ofrecían proporcionalmente más noticias y contenido procedente de redes sociales y, entre ellas, figuraban algunas favorables a tales creencias.

    Con las ciudades de 15 minutos sucedió algo distinto. De los 40 resúmenes de inteligencia artificial analizados cualitativamente para ese tema, cinco presentaron la conspiranoia como una postura dentro de un debate legítimo. Eso equivale al 12,5 por ciento de esa muestra concreta, no ese porcentaje de todos los AI Overviews generados por Google.

    Uno dirigía hacia un vídeo que planteaba si este modelo urbano era una “utopía” o una “trampa de control”. Otros hablaban de “críticas”, “miedos” o “malentendidos” mientras reproducían afirmaciones sobre supuestas agendas ocultas para controlar o dividir comunidades.

    La mentira no necesita ser declarada cierta para parecer más creíble

    Aquí está el punto más delicado. Legitimar una conspiranoia no exige escribir que es verdadera. A veces, basta con presentarla como una alternativa razonable dentro de una controversia abierta.

    Legitimar una conspiranoia no exige escribir que es verdadera: basta con presentarla como una alternativa razonable dentro de una controversia abierta.

    Pensemos en un programa que sienta frente a frente a un astrónomo y a alguien que asegura que la Tierra es plana. El presentador quizá no apoye al segundo, pero el formato transmite que existen dos posiciones comparables sobre un asunto que científicamente no está en discusión. La falsa equivalencia concede apariencia de debate donde no lo hay.

    Algo parecido sucede cuando una contestación automática coloca un relato infundado bajo etiquetas como “preocupación” o “crítica” sin aclarar suficientemente por qué carece de respaldo. El lector recibe entonces el marco de una controversia, aunque las evidencias no estén equilibradas.

    La investigación halló, además, una contradicción llamativa. En cuatro ocasiones, AI Overviews relacionados con chemtrails enlazaron a libros de Amazon que ofrecían métodos para “desintoxicarse” de esas supuestas sustancias mientras la propia síntesis rechazaba la conspiración. El texto negaba la premisa, pero alguna referencia conducía a productos construidos sobre ella.

    Una pieza generada no está formada únicamente por sus frases; también importa qué materiales selecciona y qué autoridad aparente concede a cada uno. El mecanismo llega a desmentir con una mano y, sin proponérselo, otorgar visibilidad con la otra.

    Las conspiranoias nuevas son un terreno especialmente difícil

    ¿Por qué funcionaron mejor las salvaguardas con chemtrails? Los autores señalan una diferencia crucial: su antigüedad.

    Las estelas conspirativas llevan décadas circulando. Existen abundantes explicaciones científicas, portales institucionales y verificaciones que describen el fenómeno y desmontan sus versiones falsas. Los buscadores también han tenido más tiempo para identificar esa terminología problemática.

    Recreación artística de la falsa equivalencia entre una postura razonable y otra conspiranoica en un debate televisado. ChatGPT, César Noragueda.

    Las ciudades de 15 minutos ocupan un territorio menos asentado. El concepto urbanístico es real, al igual que los debates legítimos sobre tráfico, movilidad o planificación. La conspiranoia se injerta sobre esos elementos y añade una supuesta trama de vigilancia, confinamiento y control social.

    Cuando nace una narrativa conspiranoica nueva se abre lo que los especialistas llaman un “vacío de datos”: muchas personas indagan sobre ella, pero todavía escasean recursos autorizados que respondan exactamente a ese léxico.

    En esas grietas, vídeos, publicaciones sociales o sitios oportunistas pueden ganar terreno. El artículo plantea esa carencia de referencias fiables como posible explicación para algunos resultados problemáticos.

    Cuando nace una narrativa conspiranoica nueva, se abre un “vacío de datos”: muchas personas indagan sobre ello, pero todavía escasean recursos autorizados que respondan a ese léxico.

    Los investigadores observaron que las consultas más alejadas de los términos empleados por medios reputados tenían mayor probabilidad de recuperar documentos escritos en código conspirativo. No porque Google comparta esas ideas, sino porque intenta localizar contenidos pertinentes para las palabras introducidas.

    “Búscalo en Google” ya no significa exactamente lo mismo

    Durante años, hemos imaginado un buscador como un índice: escribimos unos términos, recibimos una lista y elegimos dónde entrar. Los AI Overviews añaden otra capa. El sistema ordena documentos, combina procedencias y redacta una explicación antes de que visitemos ninguna.

    La desinformación adquiere así una dimensión nueva. Ya no basta con preguntarnos qué falsedades existen en internet, sino quetambién importa cómo los intermediarios automáticos las contextualizan y qué apariencia de controversia conceden a cada afirmación.

    El análisis no demuestra que Google fabrique conspiracionistas ni que sus síntesis favorezcan sistemáticamente esas teorías. Muchas intentaron refutarlas. Tampoco sabemos cómo interpretaría un usuario aquello que los investigadores clasificaron como legitimación. Harán falta experimentos con personas.

    Pero surge una cautela importante. “Investiga por tu cuenta” resulta saludable si significa contrastar evidencias y valorar la calidad de aquello que consultamos. Ya no podemos asumir que el camino hasta la información sea neutral.

    Quien abrió Google al comienzo quizá crea que simplemente está formulando una duda. Ofrece pistas sobre qué universo informativo considera relevante. Cuando una inteligencia artificial interpreta esas señales y elabora una contestación, comprender cómo buscamos pasa a ser parte de comprender qué recibimos.

  • Enterraron 2.000 calzoncillos para medir la salud del suelo, y el experimento ha funcionado

    Enterraron 2.000 calzoncillos para medir la salud del suelo, y el experimento ha funcionado

    Dos parcelas de tierra pueden parecer casi idénticas desde arriba a nuestros ojos. Ambas muestran hierba y otras plantas y reciben lluvia. Sin embargo, bajo la superficie quizá estén sucediendo fenómenos muy distintos. A simple vista, cuesta distinguirlas.

    Surge entonces una pregunta que afecta a agricultores, jardineros y, en realidad, a cualquiera que dependa de los alimentos de cultivo: ¿cómo averiguamos si esa fina capa de tierra funciona adecuadamente? Buena parte de lo crucial permanece escondido. Color, textura o vegetación ofrecen pistas, pero no bastan para revelar el incesante trasiego que mantiene operativo ese pequeño universo.

    Según leemos en Plants, People, Planet, un equipo coordinado desde Agroscope, el centro suizo de investigación agraria, decidió abordar el problema mediante una estrategia tan sencilla que parece una broma: reclutó a ciudadanos de todo el país y les pidió enterrar calzoncillos de algodón. Aquellas prendas iban a servir como testigos de algo que se desarrolla continuamente bajo nuestros pies.

    Un suelo vivo tiene hambre

    Antes de desenterrar nada conviene entender qué pretendían observar. El suelo no es únicamente el soporte marrón donde arraigan los vegetales. Alberga bacterias, hongos, pequeños animales y otros organismos que integran una comunidad de enorme complejidad.

    La descomposición consiste precisamente en convertir materiales complejos —hojas caídas, madera o cadáveres— en sustancias más simples. Por eso, constituye una pieza esencial tanto para la fertilidad como para los ciclos del carbono y los elementos que necesitan las plantas. Los especialistas consideraron que semejante proceso ofrecía un indicador del funcionamiento de esa comunidad.

    Los calzoncillos proporcionaban una especie de merienda estandarizada a esa maquinaria subterránea. Su tejido era algodón orgánico y, salvo costuras y cintura, estaba compuesto por material biodegradable.

    La elección no era decorativa: todos debían recibir prácticamente el mismo sustrato para permitir comparaciones posteriores. El algodón contiene sobre todo celulosa, un compuesto formado por largas cadenas de azúcares que numerosos microorganismos son capaces de descomponer.

    Los calzoncillos proporcionaban una especie de merienda estandarizada a esa maquinaria subterránea: su tejido era algodón orgánico, que contiene sobre todo celulosa, largas cadenas de azúcares que numerosos microorganismos pueden descomponer.

    Influyen humedad, temperatura, composición química, manejo y características físicas. Pero, si ofrecemos el mismo alimento durante el mismo intervalo en muchos lugares, cuánto queda después aporta una pista sobre la intensidad de esa maquinaria viva. Esa era la apuesta.

    Entonces, repartieron 2.000 calzoncillos por toda Suiza

    La extravagancia estuvo acompañada por un protocolo bastante menos cómico. Alrededor de 1.400 personas solicitaron sumarse en pocos días. Los responsables seleccionaron aproximadamente mil con una distribución geográfica amplia.

    Cada colaborador recibió dos unidades blancas de algodón orgánico, doce bolsitas de té, una bolsa para recoger tierra e instrucciones detalladas. Debía cavar un hoyo, colocar las dos prendas verticalmente y cubrirlas hasta unos ocho centímetros de profundidad, con la cintura asomando. Junto a ellas introducía té verde y rooibos.

    Debían cavar un hoyo, colocar las dos prendas verticalmente y cubrirlas hasta unos ocho centímetros de profundidad, con la cintura asomando; junto a ellas, introducían té verde y rooibos.

    El paquete convertía así un gesto doméstico en un procedimiento repetible: idéntica ropa, pautas comunes y periodos de exposición equivalentes.

    ¿Por qué té? La ecología ya dispone del Tea Bag Index, un procedimiento que emplea bolsitas con materiales vegetales de composición conocida para estudiar cómo avanza su degradación.

    Transcurridos unos treinta días, los voluntarios recuperaron la primera prenda y sus correspondientes bolsitas. Un mes más tarde hicieron lo mismo con la segunda. Todo regresaba a Agroscope, donde el equipo lo examinaba junto con las muestras recogidas. La ocurrencia doméstica se había convertido en un ensayo distribuido por un país entero.

    Recreación artística de la descomposición del algodón por la vida del suelo. ChatGPT, César Noragueda.

    Dos meses después, algunos calzoncillos casi habían desaparecido

    Llegó entonces el momento de averiguar qué había sucedido. Al cabo del primer mes, las prendas habían perdido de media alrededor del 10,1 por ciento de su extensión. Tras dos meses, la cifra ascendía al 50,45.

    Había que traducir semejante espectáculo a cifras. Limpiaron los restos, abrieron cada pieza por los lados y la extendieron sobre un fondo azul. Después, tomaron fotografías desde una altura fija y utilizaron análisis digital de imágenes para calcular cuántos píxeles correspondían todavía al tejido.

    También midieron la pérdida de peso. Ambas magnitudes guardaban una relación fuerte, aunque el área resultó más fiable porque partículas de tierra adheridas podían alterar la báscula. Así nació el Underpants Index; literalmente, el Índice de los Calzoncillos: la proporción perdida respecto a una pieza nueva.

    La merienda había servido. Sus comensales seguían ocultos, pero el festín dejaba una huella cuantificable. Además, el índice de la ropa interior se correlacionó significativamente con el basado en las bolsitas de té.

    Los jardines se comieron los calzoncillos; los céspedes, mucho menos

    La sorpresa principal surgió al cotejar emplazamientos. El uso del terreno fue el factor que mejor explicaba la desigual desaparición de la fibra. El vínculo importaba: señalaba que la prueba respondía a características locales en vez de reflejar un deterioro aleatorio.

    Los jardines privados encabezaron la clasificación: después de dos meses habían consumido, en promedio, cerca del 58 por ciento de cada pieza. En el extremo contrario quedaron los céspedes, con alrededor del 40. Los campos de cultivo alcanzaron cerca del 51 y los pastizales permanentes, un 47.

    Los jardines privados habían consumido cerca del 58 por ciento de cada pieza; los campos de cultivo, sobre el 51; los pastizales permanentes, un 47; y los céspedes, alrededor del 40.

    Las mediciones aportaron contexto. Los jardines privados presentaban las concentraciones medias más altas de carbono orgánico del suelo, alrededor del 3,4 por ciento, y abundancia elevada de ciertos nutrientes. Céspedes y tierras cultivables rondaban, en cambio, el 2,1 de carbono orgánico.

    Eso desmonta una intuición seductora. Una alfombra verde perfectamente recortada puede parecernos saludable, mientras un huerto algo desordenado transmite menos pulcritud. Su aspecto no revela necesariamente cuánto trajín existe debajo. Para conocer ese universo, hay que mirar lo que hace, no únicamente cómo luce.

    Pero unos calzoncillos no pueden hacerle una analítica completa al suelo

    Aquí conviene frenar antes de convertir el cajón de la ropa interior en instrumental de laboratorio. Los autores sostienen que su índice brinda una primera impresión informativa del dinamismo biológico y de determinadas características relacionadas con fertilidad y salud. No afirman que una prenda enterrada diagnostique por sí sola todo un ecosistema.

    Unos calzoncillos degradados en grados diferentes según el suelo en el que han sido enterrados. Gabriela Brändle, Agroscope.

    La cautela importa porque “salud del suelo” engloba muchas dimensiones. El ritmo al que desaparece la celulosa ilumina una parte de ese entramado, no todas. Dos parcelas pueden mostrar una degradación parecida y, sin embargo, discrepar en otras propiedades decisivas. La herramienta se plantea, por ello, como orientación inicial, lejos de pretender reemplazar las técnicas especializadas.

    Las propias cifras delimitan su alcance. El modelo estadístico empleado para explicar el índice de los calzoncillos dio cuenta de aproximadamente el 16,5 por ciento de su variación. Quedaba, por tanto, mucho condicionado por factores no capturados, particularidades locales y la inevitable heterogeneidad de un proyecto ciudadano realizado en centenares de emplazamientos.

    Podemos imaginar la prueba como un termómetro frente a un chequeo médico completo. Los jirones cuentan una historia valiosa siempre que no les pidamos narrar el libro entero.

    La verdadera genialidad quizá no esté en los calzoncillos

    Existían métodos para estudiar la degradación mucho antes de este trabajo. El inconveniente, explican los autores, es que algunas técnicas requieren manipulación cuidadosa, balanzas precisas y, sobre todo para implicar al público, carecen de atractivo visual. Ese detalle puede parecer secundario, pero resulta crucial cuando intervienen ciudadanos: reunir muchos puntos de muestreo exige que personas no especializadas quieran colaborar y comprendan qué están observando.

    Una prenda destrozada posee justo lo contrario. Cualquiera entiende el contraste entre unos calzoncillos recién comprados y el amasijo agujereado recuperado semanas más tarde. De pronto, el fenómeno adquiere una imagen. El quehacer de una comunidad enterrada deja de ser una gráfica abstracta y aparece ante los ojos como tela que falta.

    La respuesta ciudadana demuestra el poder de esa idea. La iniciativa consiguió reunir información en cientos de puntos que un pequeño grupo de investigadores difícilmente habría podido cubrir con semejante amplitud. Y ahí reside otra enseñanza: simplificar la puerta de entrada no obliga a empobrecer el rigor. Una ocurrencia divertida puede conducir a preguntas serias, mediciones estandarizadas y análisis rigurosos.

    La iniciativa consiguió reunir información en cientos de puntos que un pequeño grupo de investigadores difícilmente habría podido cubrir con semejante amplitud.

    Bajo nuestros pies está ocurriendo algo que casi nunca vemos

    Volvamos a aquellas dos parcelas aparentemente iguales. Ahora sabemos que su parecido exterior puede esconder ritmos biológicos muy distintos. Bajo las plantas existe una red de seres que procesa residuos, moviliza elementos y participa en funciones imprescindibles para los ecosistemas.

    La tierra no es un escenario pasivo donde sucede la vida: forma parte activa de ella. Cuando una hoja cae, una raíz muere o incorporamos compost, se pone en marcha una cadena que conecta organismos diminutos con la fertilidad, la vegetación y ciclos de alcance planetario.

    El mérito del experimento tampoco consiste en descubrir que el algodón se pudre cuando permanece enterrado. Lo relevante es demostrar que esa degradación, aplicada de forma estandarizada y contrastada con otros indicadores, abre una ventana sencilla hacia procesos difíciles de rastrear directamente.

    Unos calzoncillos antes y después de permanecer enterrados en el suelo. Nicolas Zonvi, Universidad de Zúrich (UZH).

    Por eso, 2.000 calzoncillos cambian algo más interesante que nuestro concepto de instrumental científico. Nos obligan a mirar hacia abajo. Aquello que solemos llamar simplemente “tierra” alberga dinamismo, contrastes e historias imperceptibles desde la superficie. Quizá esa sea la lección más inesperada del proyecto suizo: para hacer visible uno de los ecosistemas más discretos del planeta, a veces basta con enterrar algo que jamás imaginaríamos formando parte de un experimento científico.

  • ¿Por qué miles de personas pueden intentar cruzar la frontera de Ceuta al mismo tiempo? Esto dicen los estudios

    ¿Por qué miles de personas pueden intentar cruzar la frontera de Ceuta al mismo tiempo? Esto dicen los estudios

    El 30 y el 31 de julio de 2026, Ceuta vivió un episodio de magnitud excepcional. El Gobierno de España mantiene en 72.000 la cifra de personas que entraron irregularmente desde Marruecos. La mayoría regresó en poco tiempo; semanas después, miles permanecían allí mientras continuaban los procedimientos de identificación y acogida.

    Detrás de ese número, hay distintas biografías. Alguien puede marcharse buscando trabajo; otro migrante, para reunirse con familiares; un tercero, porque teme por su seguridad o imagina un futuro diferente. Sus razones, conocimientos y planes no son necesariamente los mismos.

    Entonces, surge otra pregunta, diferente a por qué emigra una persona: ¿cómo pueden tantas trayectorias desembocar en un mismo lugar durante un intervalo tan breve?

    El episodio es demasiado reciente para que la investigación académica haya establecido sus causas. Pero Ceuta y la frontera hispanomarroquí llevan décadas bajo estudio. Redes personales, teléfonos móviles y crisis anteriores han permitido examinar cómo muchas elecciones pueden concentrarse temporalmente. Para entenderlo, hay que abandonar una intuición engañosa: una multitud no es solo una suma de desconocidos.

    Una multitud no son simplemente miles de personas juntas

    Antes de acercarnos a esos trabajos, conviene aclarar qué significa aquí una red social. No hablamos necesariamente de Instagram, TikTok o Facebook, sino del entramado formado por familiares, amistades, conocidos, compañeros de viaje y contactos ocasionales.

    Por esos lazos circulan ayuda práctica, experiencias de quienes hicieron antes el recorrido, advertencias sobre riesgos y noticias acerca de rutas, controles o posibles oportunidades de paso.

    Imaginemos una estación donde nadie conoce la hora del próximo tren. Un viajero oye que acaba de habilitarse una vía y avisa a tres conocidos, y estos transmiten el mensaje a otros. Cada cual conserva la capacidad de decidir si acude al andén, pero una novedad compartida reúne muchas elecciones alrededor de la misma oportunidad.

    No son solo las redes sociales: entre familiares, amistades, conocidos, compañeros de viaje y contactos ocasionales circulan ayuda, experiencias, advertencias y noticias para la migración.

    Migrar, naturalmente, es infinitamente más complejo que coger un tren. La comparación ilumina únicamente un mecanismo: nuestras decisiones rara vez nacen en un vacío informativo. Lo que sabemos, creemos posible o consideramos peligroso depende en parte de lo aprendido mediante otras personas. La información, además, viaja mucho más deprisa que quienes la reciben.

    Los investigadores encontraron redes donde parecían existir decisiones aisladas

    Los análisis sobre movilidad vinculada a Ceuta y Melilla revelan la importancia de esos lazos. La literatura distingue entre vínculos fuertes —familiares o amistades estrechas— y débiles, como alguien conocido recientemente, una persona encontrada durante el trayecto o el contacto de un contacto.

    Los segundos parecen menos relevantes, pero poseen una ventaja: aportan saberes ausentes del círculo habitual. Quien recorrió antes determinado tramo quizá conozca un alojamiento, un riesgo, una ruta o una posibilidad ignorada por los demás. Así, una relación fugaz a veces reorienta el siguiente paso de un itinerario de meses o años.

    La elección continúa siendo personal, aunque parte de los elementos empleados para tomarla proceda de un entramado colectivo.

    Nada de ello convierte al individuo en una pieza arrastrada automáticamente por el grupo. La distinción es esencial. La elección continúa siendo personal, aunque parte de los elementos empleados para tomarla proceda de un entramado colectivo.

    Cerca de Ceuta, un teléfono también puede convertirse en una brújula

    Miguel Fernández Labayen e Irene Gutiérrez observaron a jóvenes subsaharianos que permanecían en asentamientos marroquíes próximos a la frontera española mientras preparaban el cruce. Mediante trabajo de campo, participación y entrevistas, analizaron los vídeos que producían y el papel de esas grabaciones en su vida cotidiana.

    La diferencia importa. En una fotografía aérea, la frontera parece hecha de vallas, carreteras, controles, espigones y agua. Para quien intenta atravesarla, existe otra capa invisible: qué sabe del terreno, dónde percibe un obstáculo, qué les sucedió a quienes probaron antes o cuándo cree que alguna circunstancia ha cambiado.

    Recreación artística de redes de información entre migrantes cerca de Ceuta. ChatGPT, César Noragueda.

    Otra investigación etnográfica, centrada en la movilidad cotidiana por el Tarajal y no en entradas irregulares masivas, examinó un grupo de WhatsApp utilizado para afrontar incertidumbres relacionadas con los controles. Ilustra una idea más amplia: una frontera también constituye un espacio de información.

    2021 mostró cómo miles de trayectorias podían converger

    Cinco años antes de que 72.000 personas ingresaron irregularmente en Ceuta, la ciudad autónoma ya había vivido otro caso extraordinario. En mayo de 2021, alrededor de 8.000 entraron en unas 36 horas.

    Durante aquellos acontecimientos, circularon mensajes y rumores según los cuales el paso se había vuelto accesible. En una población conectada, una expectativa semejante se propaga rápidamente y altera cuándo mucha gente considera viable actuar.

    Circularon mensajes y rumores sobre que el paso se había vuelto accesible y, en una población conectada, semejante expectativa se propaga rápidamente y altera cuándo mucha gente considera viable actuar.

    Detener ahí la explicación sería engañoso. También variaron las condiciones materiales y políticas. Los controles marroquíes dejaron de funcionar de la manera habitual durante una fuerte tensión diplomática entre España y Marruecos. Trabajos posteriores han analizado incluso aquel episodio como una posible utilización coercitiva de la migración dentro del enfrentamiento.

    No existe, por tanto, una ecuación del tipo “rumor igual a 8.000 entradas”. Aparece, más bien, una combinación: personas ya dispuestas o preparadas para desplazarse, conexiones que transportan conocimiento, expectativas compartidas y una alteración excepcional de las posibilidades reales de cruzar.

    Cuando varios elementos coinciden, numerosas elecciones se comprimen en pocas horas. Eso no implica que todos reciban idéntico mensaje o persigan el mismo objetivo. La literatura académica ofrece algo más prudente: identifica mecanismos capaces de favorecer que multitud de itinerarios confluyan temporalmente.

    En 2026, la desinformación vuelve a formar parte de la historia

    El presente añade una pieza especialmente relevante. Tras las llegadas del 30 y 31 de julio, el Gobierno español advirtió de mensajes que difundían una interpretación errónea de una sentencia del Tribunal Supremo sobre quienes acceden por mar. Exteriores tuvo que aclarar públicamente que entrar irregularmente en Ceuta o Melilla no concede derecho a permanecer en España, viajar a la Península ni circular por Europa.

    Interior sostuvo, además, que redes de tráfico de personas estaban instrumentalizando aquella resolución judicial para fomentar el flujo. Son afirmaciones institucionales sobre unos hechos recientes, no una demostración científica de que esos mensajes provocaran las 72.000 entradas.

    Esa diferencia es crucial. La evidencia previa ayuda a entender por qué una información verdadera, falsa o incompleta se difunde deprisa dentro de poblaciones conectadas y reconfigura la oportunidad que se percibe. No obstante, eso todavía no permite calcular cuánto pesó ese proceso en julio de 2026 ni separarlo de los demás factores.

    La evidencia previa ayuda a entender por qué una información verdadera, falsa o incompleta se difunde deprisa dentro de poblaciones conectadas y reconfigura la oportunidad que se percibe.

    Una frontera puede cambiar sin moverse un centímetro

    Solemos imaginar una frontera como una raya del mapa, una valla o una garita. Sin embargo, su permeabilidad se transforma sin que nada físico cambie de sitio. Bastan nuevas normas, inspecciones distintas, documentación exigida o decisiones administrativas.

    Ana López-Sala, del CSIC, y Dirk Godenau, de la Universidad de La Laguna, han abordado Ceuta, Melilla y Canarias mediante el concepto de transferibilidad. El término describe, simplificando, hasta qué punto alguien que ha alcanzado uno de esos territorios logra continuar después hacia otros lugares, la Península.

    La idea rompe una intuición sencilla: alcanzar suelo español no equivale necesariamente a haber terminado de atravesar límites relevantes para el recorrido. Ceuta cuenta con un régimen especial y existe una supervisión posterior para desplazarse hacia territorio peninsular.

    Recreación artística de los controles sucesivos de la frontera de Ceuta. ChatGPT, César Noragueda.

    Quizá resulte más fácil imaginar la frontera, no como una puerta abierta o cerrada, sino como un pasillo con varias puertas sucesivas. Superar la primera no garantiza que las siguientes permitan avanzar. La geografía permanece inmóvil; las opciones, en cambio, varían profundamente.

    Lo que los estudios pueden y no pueden explicar de Ceuta en 2026

    La situación reciente invita a preguntarse si los mecanismos documentados anteriormente han vuelto a actuar. Formular esa cuestión es legítimo; responder afirmativamente sin investigarlo no lo sería.

    Un trabajo sobre 2005 o 2021 no demuestra las causas de lo sucedido en julio de 2026. Tampoco autoriza a observar una multitud y concluir que un rumor la provocó, que WhatsApp sincronizó sus movimientos o que todos sus integrantes reaccionaron al mismo estímulo. Cada acontecimiento reúne circunstancias políticas, sociales, económicas y personales propias.

    La situación continúa evolucionando. Interior reforzó el 27 de agosto el dispositivo de triaje —la identificación inicial y evaluación de las personas que permanecen en la ciudad— y el ministro del Interior compareció al día siguiente en el Congreso. Según la cifra comunicada entonces, unas 5.000 continuaban en Ceuta.

    Cada acontecimiento reúne circunstancias políticas, sociales, económicas y personales propias.

    Lo que Ceuta nos enseña sobre las decisiones humanas

    La lección trasciende una ciudad y una crisis. Tendemos a explicar el comportamiento colectivo imaginando primero individuos independientes y sumándolos después. En el extremo contrario, una multitud puede parecernos una entidad dotada de una sola voluntad. Ninguna imagen describe adecuadamente lo que revelan estas investigaciones.

    Cada cual decide dentro de relaciones, conocimientos y circunstancias cambiantes. Una noticia transmitida por alguien de confianza, la experiencia ajena, una oportunidad recién percibida o una transformación objetiva del entorno alteran las opciones disponibles. Eso no borra la autonomía individual: redefine el escenario donde se ejerce.

    Por eso, las imágenes de Ceuta de 2026 adquieren otra profundidad: no muestran una única masa ni decenas de miles de puntos desconectados, sino que retratan biografías diferentes cuyos recorridos terminan coincidiendo cuando información, vínculos, expectativas y condiciones fronterizas se entrecruzan.

    Para entender por qué sucede, cada caso necesita su propia investigación. Pero la evidencia acumulada ya ha renovado algo esencial en nuestra mirada: cuando miles de personas llegan al mismo lugar al mismo tiempo, lo visible es la multitud; buena parte de la explicación se encuentra en los puentes invisibles que existen entre sus integrantes.

  • Crean con inteligencia artificial un “espejo mentiroso” que puede ocultar lo que tiene delante y mostrar otra cosa

    Crean con inteligencia artificial un “espejo mentiroso” que puede ocultar lo que tiene delante y mostrar otra cosa

    Nos miramos y damos por hecho que el reflejo mantiene un pacto sencillo con el mundo: tal vez altere nuestra perspectiva o nos muestre una escena desfavorable, pero la imagen resultante procede de aquello situado delante. Hasta los espejos de feria respetan esa intuición. Alargan el cuerpo, lo ensanchan o encogen, aunque seguimos reconociendo al mismo objeto deformado.

    Ese comportamiento responde a una explicación física sencilla. Una superficie reflectante convencional rebota las ondas luminosas manteniendo su disposición espacial para que nuestros ojos recompongan la escena. La curvatura modifica los recorridos y, con ellos, las proporciones percibidas. Aun así, seguimos dentro de la lógica de una distorsión.

    ¿Y si fuéramos más lejos? ¿Sería viable fabricar un elemento que escondiera lo que recibe y ofreciera deliberadamente otra apariencia, sin una cámara que capture lo observado, un ordenador que la manipule y una pantalla que enseñe luego el engaño? Esa es la pregunta que un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) ha llevado al laboratorio.

    Un espejo no refleja objetos: devuelve señales transportadas por la luz

    Un espejo no sabe si frente a él hay una camiseta, un número o una cara. Lo que alcanza su cara reflectante es un campo luminoso cuyas variaciones codifican datos sobre aquello que observamos. Después, nuestros ojos captan esas ondas y el cerebro compone con ellas formas, contornos y contrastes.

    Lo que alcanza su cara reflectante es un campo luminoso cuyas variaciones codifican datos sobre aquello que observamos; nuestros ojos captan esas ondas y el cerebro compone con ellas formas, contornos y contrastes.

    Para entender el nuevo sistema, conviene añadir una propiedad menos intuitiva: la fase. La luz se comporta como una onda y cada porción se encuentra en un punto distinto de su ciclo. Dos partes que llegan acompasadas se refuerzan; si lo hacen desfasadas, el efecto conjunto varía y hasta llega a debilitarse.

    Esto implica que preservar la apariencia original no es una obligación de la naturaleza. Si una estructura regula con enorme precisión cómo avanza cada porción del frente luminoso, además modifica la manera en que todas esas contribuciones vuelven a reunirse. El reflejo final dependerá entonces, no solo de aquello que había delante, sino de las reglas físicas inscritas en esa arquitectura.

    La difracción permite reorganizar una escena sin dibujarla píxel a píxel

    Aquí entra en juego la difracción, el cambio que experimentan las ondas cuando atraviesan o encuentran obstáculos comparables con su longitud de onda. El fenómeno hace posible redistribuir la energía luminosa y determinar dónde unas contribuciones se suman mientras otras se contrarrestan.

    Podemos imaginarlo como un director frente a miles de voces. No inventa cantantes nuevos: marca cuándo debe intervenir cada uno para que el sonido colectivo termine siendo diferente. En óptica, tampoco aparecen píxeles desde cero. La superficie ajusta retrasos de fase y se sirve de la propagación de la luz para reorganizar la configuración luminosa que llegará al observador.

    Esa distinción separa esta tecnología de una pantalla. Esta última genera una representación con elementos gobernados por circuitos electrónicos. Una estructura difractiva pasiva, en cambio, aprovecha las leyes de dicha propagación para realizar una variación previamente diseñada.

    El planteamiento desconcierta porque solemos dividir la secuencia en dos etapas: primero, la óptica lleva una imagen hasta un sensor y, más tarde, un ordenador la transforma. Aquí, parte de ese cálculo queda incorporado al comportamiento físico de la pieza óptica.

    Una estructura difractiva pasiva aprovecha las leyes de propagación de la luz para realizar una variación previamente diseñada.

    El aprendizaje profundo ideó el engaño, pero no tiene que ejecutarlo después

    Yuhang Li, doctorando en Ingeniería Eléctrica e Informática de la UCLA, especializado en imagen computacional y redes neuronales ópticas, y sus compañeros han bautizado su propuesta como lying mirror o “espejo mentiroso”.

    Una de sus configuraciones combina un reflector convencional con una capa difractiva estructurada. El trabajo, difundido a través de Nature Communications, utiliza aprendizaje profundo —una técnica de inteligencia artificial basada en redes neuronales capaces de identificar patrones a partir de numerosos ejemplos— para optimizar esa arquitectura.

    En esa etapa, los autores alimentaron el modelo con conjuntos de imágenes y compararon las respuestas calculadas con un objetivo engañoso previamente elegido. El algoritmo fue afinando los valores de fase de miles de elementos hasta encontrar una geometría que produjera el patrón deseado.

    Combina un reflector convencional con una capa difractiva estructurada que usa aprendizaje profundo, técnica de IA basada en redes neuronales capaces de identificar patrones a partir de ejemplos, para optimizarse.

    Lo sorprendente llega al concluir esa preparación. Una vez determinada y fabricada la geometría, el mecanismo no necesita que una red neuronal vuelva a analizar cada objeto. Tampoco hace falta fotografiarlo, sustituirlo digitalmente y enseñar la imagen obtenida en un monitor. La propagación y la difracción ejecutan la transformación en el dominio óptico, sobre la propia luz; según los autores, la versión pasiva no requiere cálculo electrónico durante su funcionamiento.

    La inteligencia artificial, por tanto, actúa como arquitecta del dispositivo, no como operadora permanente del truco.

    Una camiseta entra en el sistema y aparece un bolso

    Las simulaciones muestran de forma muy visual qué supone ese planteamiento. Para explorarlo, recurrieron a tres modelos con Fashion-MNIST, MNIST y QuickDraw, bases de datos que contienen, respectivamente, prendas y accesorios, números manuscritos y dibujos sencillos.

    Una superficie difractiva optimizada y un espejo reflectante transforman señales de entrada diversas en patrones de salida predefinidos. Laboratorio Ozcan, UCLA.

    En el primer caso, elementos diferentes —camisetas, zapatos, vestidos o bolsos— terminaban como una silueta semejante a una bolsa; el segundo hacía que distintos dígitos produjeran un 8; y el tercero llevaba dibujos variados hacia una representación parecida a un panda. La figura 2 del paper compara las imágenes originales con las que produce el sistema y permite apreciar de inmediato cómo distintos objetos terminan convertidos en el mismo señuelo.

    Sin embargo, lo decisivo no es cambiar un 3 por un 8. Sería relativamente sencillo construir un truco preparado para unos pocos objetos conocidos. Los autores probaron ejemplos que nunca habían intervenido en esa fase previa, junto con datos procedentes de conjuntos distintos. En esos ensayos externos, el sistema siguió generando el objetivo, aunque con cierta pérdida de fidelidad.

    Hablamos entonces de generalización: no memorizar una fotografía concreta, sino conservar su cometido ante entradas nuevas.

    Camisetas, zapatos, vestidos o bolsos terminan como una silueta semejante a una bolsa; distintos dígitos, como un 8; y dibujos variados, como una representación parecida a un panda.

    Mover, girar o degradar la imagen tampoco anuló el truco

    Un mecanismo semejante tendría poca utilidad si solo funcionase con una figura perfectamente centrada y colocada siempre del mismo modo. Por eso, los investigadores sometieron uno de los diseños a perturbaciones que no se habían incorporado de manera específica a la optimización.

    Rotaron las imágenes aleatoriamente entre -90 y 90 grados, las desplazaron hasta un 25 por ciento del tamaño del campo y cambiaron su escala entre el 50 y el 200 por ciento. El patrón señuelo siguió apareciendo con correlaciones altas respecto al objetivo. A continuación, añadieron ruido gaussiano, una interferencia aleatoria que altera los valores de la imagen. La calidad empeoró al intensificarlo, pero la ocultación continuó funcionando.

    Eso no quiere decir que el dispositivo resista toda alteración imaginable. Demuestra algo más concreto: la función aprendida no desaparecía inmediatamente cuando la información recibida se movía, giraba, variaba de tamaño o llegaba degradada.

    Luego construyeron una versión física y la iluminaron con luz visible

    Hasta ese punto, cabría sospechar que todo era una demostración numérica. El siguiente paso llevó el concepto al laboratorio con una matriz estructurada de 150 elementos por fila y otros 150 por columna, con 22.500 microelementos en total, utilizada como espejo programado para la franja visible del espectro electromagnético, es decir, la luz que percibe el ojo humano.

    El montaje empleó longitudes de onda de 480, 550 y 600 nanómetros, correspondientes a azul, verde y rojo. Diez números manuscritos que no habían participado en el ajuste previo fueron presentados al montaje. Bajo las tres iluminaciones, utilizadas tanto secuencial como simultáneamente, las capturas mostraron el 8 definido como señuelo.

    Más adelante, desarrollaron una variante para una banda continua entre 520 y 570 nanómetros y la evaluaron desde 500 hasta 600. Incluso fuera del intervalo usado para optimizarlo, las imágenes obtenidas conservaron una similitud muy alta con el patrón objetivo, con valores de correlación de Pearson superiores a 0,85, un número que se refiere al grado de semejanza entre las imágenes y donde 1 indicaría una coincidencia perfecta.

    No tenemos todavía un espejo doméstico capaz de reemplazar cualquier reflejo bajo toda iluminación, pero sí una demostración experimental de que el mecanismo es posible.

    Eso convierte la propuesta en una prueba de principio. No tenemos todavía un espejo doméstico capaz de reemplazar cualquier reflejo bajo toda iluminación, pero sí una demostración experimental de que la información visual queda camuflada de esta manera mediante luz visible.

    Aún está muy lejos del espejo mágico de un cuento

    El prototipo conserva limitaciones importantes. Los logros principales parten de iluminación espacialmente coherente: ondas con una relación de fase bien controlada. El artículo explora mediante simulaciones adaptaciones a condiciones parcialmente coherentes o incoherentes; entre ellas, fuentes más cotidianas, pero eso no equivale a un producto preparado para cualquier habitación.

    También importa desde qué ángulo se observa el resultado. Un ensayo optimizado para una observación frontal, a cero grados respecto al eje óptico, mantuvo el engaño hasta cinco grados a cada lado de esa posición, con descensos modestos de rendimiento. El paper plantea ampliar ese margen incorporando más direcciones durante la optimización de la estructura difractiva del espejo mentiroso.

    Recreación artística de una matriz óptica que reorganiza luz visible para formar un 8. ChatGPT, César Noragueda.

    Además, la posición axial del plano de salida, la distancia exacta a la que se forma o se recoge la imagen, es de relevancia; y otros parámetros de alineamiento, la correcta alineación de los distintos componentes del sistema, influyen igualmente.

    Hay otra cautela: ocultar no significa borrar irreversiblemente. Los propios investigadores atacaron el mecanismo a partir de una red neuronal entrenada con pares de imágenes originales y las engañosas producidas por el dispositivo. Con unos 500 ejemplos reaparecieron detalles finos; alrededor de 10.000 permitieron reconstrucciones de gran calidad.

    Por tanto, estamos ante enmascaramiento óptico, no ante una caja fuerte matemática imposible de abrir.

    Cuando una superficie comienza a comportarse como un procesador

    El equipo apunta a posibles usos en camuflaje, seguridad, antiobservación, entretenimiento y tratamiento óptico de información. Pero la consecuencia conceptual rebasa esas aplicaciones.

    Estamos acostumbrados a pensar que una lente o un espejo transportan imágenes y que un ordenador las modifica posteriormente. Este trabajo difumina esa frontera: una estructura física puede ejecutar parte de la transformación aprovechando directamente el comportamiento de la luz.

    Ahí reside la rareza del espejo mentiroso. No solo altera lo que vemos; convierte una superficie óptica en una pieza capaz de procesar información antes de que intervengan una cámara, una pantalla o nuestros propios ojos.

    El espejo mentiroso tendría posibles usos en camuflaje, seguridad, antiobservación, entretenimiento y tratamiento óptico de información.

    Referencias

    • Instituto de Ingeniería de UCLA para el Avance de la Tecnología. “«Lying mirror» uses structured surfaces to conceal optical information”. Phys.org, 10 de agosto de 2026.
    • Yuhang Li, Shiqi Chen, Bijie Bai y Aydogan Ozcan. “Lying mirror using structured surfaces“. Nature Communications, 7 de agosto de 2026. DOI: 10.1038/s41467-026-76488-2.
  • De la orina fosforescente a la química contemporánea: así fue como la alquimia contribuyó al desarrollo de la ciencia del siglo XXI

    De la orina fosforescente a la química contemporánea: así fue como la alquimia contribuyó al desarrollo de la ciencia del siglo XXI

    Pongámonos en situación: nos hallamos en Europa, en una de las cortes más refinadas del continente, hace más de 300 años. Ante el rey, la reina y su séquito desfila un curioso frasco. Todos lo contemplan asombrados: su contenido brilla en la oscuridad. No es magia, sino ciencia. El inusual brillo procede del fósforo, que se ha obtenido por accidente a partir de 1.500 galones (unos 5.700 litros) de orina humana. Su descubridor, un alquimista alemán del siglo XVII, arruinó a dos esposas para financiar su obsesión. Buscaba oro, pero en su lugar encontró la luz.

    Es una de las muchas historias de la ciencia que el periodista Kit Chapman recoge en su libro La era de la alquimia: cómo los innovadores pioneros dieron forma a la química moderna (The Age of Alchemy: How Early Innovators Shaped Modern Chemistry, Profile Books, 2026). La obra, finalista del Royal Society Trivedi Science Book Prize, muestra la cara oculta de la investigación científica. Antes de que existiera la química, existió la alquimia: un mosaico de ensayo y error, secretismo y fe. La practicaron reyes, monjes, esclavos y visionarios. De ese caos surgiría, siglos después, el método que hoy sostiene la ciencia del siglo XXI.

    Antes de que existiera la química, existió la alquimia: un mosaico de ensayo y error, secretismo y fe, que fue practicado por reyes, monjes y visionarios.

    Alquimia
    Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

    El hombre que buscó oro en su propia orina

    Hennig Brand fue, según lo describe Chapman, un alquimista en el sentido más puro del término. Este estudioso, que vivió en la Alemania del siglo XVII, estaba convencido de que la orina humana, dorada como el metal que tanto ansiaba, contenía la clave de la transmutación. Para verificar su intuición, Brand acumuló miles de litros de este líquido y lo sometió a destilaciones y experimentos durante meses.

    Aunque no obtuvo oro, sus esfuerzos no fueron en vano: descubrió una sustancia blanquecina que emitía luz propia en la oscuridad. Había aislado el fósforo. Brand es, de hecho, la primera persona en descubrir un elemento químico de la que se tiene constancia. Sin embargo, Brand ignoraba por completo qué había fabricado ni por qué brillaba.

    Fiel a la lógica alquímica, guardó el secreto hasta que decidió vendérselo a un colega. El extraño material emprendió entonces una gira por las cortes europeas como una curiosidad de salón. Tendría que llegar el químico y filósofo Robert Boyle (1627-1691) para desentrañar, décadas más tarde, la naturaleza real del fenómeno. La historia de Brand ilustra un patrón que suele repetirse en la historia de la alquimia: la práctica y el resultado empírico precedían a la explicación. Se hacían descubrimientos genuinos, pero sin un marco teórico que los explicara.

    Buscando transmutar la orina en oro, Henning Brand se convirtió en la primera persona en descubrir un elemento químico de la que se tiene constancia.

    Labboratorios
    Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

    Secretos y códigos: el verdadero precio del conocimiento

    Los hallazgos que se producían en el seno de la alquimia generaban una obsesión por ocultar sus secretos. El primer tratado alquímico conocido, Physika Kai Mystika, se traduce literalmente como Cuestiones naturales y secretas. Puesto que sus autores solían depender de la exclusividad de las recetas y los experimentos para sobrevivir, a menudo recurrían a un lenguaje cifrado para proteger sus técnicas de los ojos curiosos de la competencia.

    Ese impulso de esconder el saber tuvo consecuencias devastadoras. En el año 300 d.C., el emperador romano Diocleciano ordenó destruir los textos alquímicos de Alejandría. Temía que la promesa de fabricar oro devaluara la moneda imperial y alimentara conspiraciones contra su trono. El miedo era comprensible, pues veinticinco de sus predecesores habían muerto asesinados o en circunstancias violentas. El resultado, en cualquier caso, fue una pérdida irreparable de conocimiento acumulado.

    En el año 300 d.C., el emperador romano Diocleciano ordenó destruir los textos alquímicos de Alejandría, pues temía que la promesa de fabricar oro devaluara la moneda imperial.

    Alquimista
    Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

    De Paracelso a Lavoisier: el nacimiento de la química moderna

    El giro decisivo llegó cuando distintos pensadores empezaron a exigir pruebas en lugar de dogmas. Paracelso (1493-1541), médico y alquimista suizo tan errático como brillante, llegó a creer en la existencia real de las sirenas. Aun así, se atrevió a cuestionar la medicina de su tiempo, basada en la teoría de los cuatro humores corporales. Insistió en que había que examinar y experimentar con los pacientes, en lugar de diagnosticar a distancia como dictaba la costumbre médica. Esa insistencia en mantener el contacto directo con la evidencia sentó una de las bases de la medicina moderna.

    El cierre definitivo de la era alquímica llegó con Antoine Lavoisier (1743-1794), químico francés ejecutado durante la Revolución Francesa. Formuló la ley de conservación de la materia. Elaboró, además, una de las primeras listas sistemáticas de elementos químicos, sustituyendo la especulación mística por la medición rigurosa. Chapman lo equipara con Isaac Newton: cuando toda la magia se disipa, ahí nace la química tal como la entendemos hoy.

    La científica china Tu Youyou aisló la artemisinina, el compuesto antimalárico más eficaz descubierto hasta la fecha, a partir de un manual alquímico de remedios herbales de casi 1.700 años de antigüedad.

    Una ciencia que nace de los misterios naturales

    Ese legado que conecta la alquimia con la química sigue vivo en pleno siglo XXI. La científica china Tu Youyou, por ejemplo, recibió el Nobel de Medicina de 2015 por aislar la artemisinina, el compuesto antimalárico más eficaz descubierto hasta la fecha. Lo obtuvo a partir de un manual alquímico de remedios herbales de casi 1.700 años de antigüedad. La conexión entre el pasado protocientífico y los laboratorios contemporáneos, lejos de ser anecdótica, es capaz de producir fármacos que salvan vidas.

    Comprender la alquimia permite reconocer el terreno fértil, caótico y profundamente humano del que surgió el método científico. Cada destilación fallida, cada receta cifrada y cada hallazgo accidental formaron parte de un proceso colectivo de conocimiento. Detrás de cada avance químico, por tanto, late la misma curiosidad terca que llevó a un hombre a hervir litros y litros de orina en busca de oro.


  • No es “resucitar a los muertos”: los thanabots convierten el duelo en suscripción y el dilema real es quién controla la voz

    No es “resucitar a los muertos”: los thanabots convierten el duelo en suscripción y el dilema real es quién controla la voz

    ¿Seguirías pagando una cuota mensual para escuchar la voz de alguien que ha muerto? La pregunta parece sacada de un relato de ciencia ficción, pero ya circula en tiendas de aplicaciones y en catálogos de servicios digitales. Nuestra intuición cotidiana dice que el duelo es un vínculo íntimo que nadie debería empaquetar como software por suscripción.

    Sin embargo, los thanabots empujan justo esa frontera. No hay conciencia reencarnada ni contacto real con el fallecido: hay una arquitectura de datos y predicción que genera respuestas plausibles a partir de rastros digitales. Y el verdadero conflicto no es emocional sino de control. Cuatro preguntas ordenan todo el debate: quién aporta los datos, quién controla el avatar, quién se beneficia económicamente y qué ocurre cuando la empresa cierra o cambia sus condiciones.

    Qué es un thanabot y por qué no es resurrección

    Un thanabot, también llamado griefbot, es un sistema de inteligencia artificial diseñado para imitar la forma de hablar, los recuerdos o los rasgos expresivos de una persona fallecida. Para lograrlo combina modelos generativos con materiales muy concretos: mensajes, correos electrónicos, fotografías, audios, vídeos y publicaciones en redes.

    Dicho de modo sencillo, el sistema no “recibe” mensajes del otro lado ni recuerda nada. Calcula, con probabilidad, qué diría esa persona ante una pregunta determinada. Esa distinción no es un matiz técnico menor: porque predice en lugar de recordar, un thanabot puede inventar recuerdos, atribuir opiniones que el fallecido nunca expresó o generar respuestas emocionalmente convincentes pero falsas.

    El marco filosófico ayuda a situarlo. En un análisis publicado en el Journal of the American Philosophical Association, Campbell, Liu y Nyholm (2025) examinan si un chatbot puede conservar algo de nuestras relaciones con los muertos, y concluyen que puede imitar rasgos conversacionales, pero no preserva la conciencia ni garantiza la identidad de la persona representada. Hablamos de continuidad simbólica del vínculo, no de una presencia real.

    Conviene también separar dos usos que se confunden. Un thanabot puede funcionar como archivo memorial o ritual narrativo, algo parecido a conservar cartas o grabaciones familiares, pero no debe presentarse como tratamiento psicológico ni como terapia validada. La evidencia sobre sus efectos en el duelo todavía es limitada y heterogénea.

    Cómo funcionan: del archivo memorial al chatbot generativo

    El flujo de trabajo puede resumirse en una cadena sencilla. Primero, alguien aporta los materiales. Luego la empresa los almacena y los procesa. Esos datos alimentan la síntesis de voz o el modelo de lenguaje. Finalmente, se accede al resultado mediante una cuenta o una suscripción, ya sea como texto, voz sintética o avatar audiovisual.

    Persona con auriculares en habitación tranquila revisando carpetas de correos y audios en portátil, luz suave, estilo fotográ

    La aclaración imprescindible viene aquí: la calidad y la selección de esos datos condicionan por completo el resultado. Si el material procede de una red social concreta o de un momento vital determinado, el avatar representará una personalidad editada, no la complejidad real del individuo. Se produce una especie de interferencia entre lo que la persona fue y lo que el modelo infiere que diría.

    No todos los servicios hacen lo mismo. Existen dos modelos bajo la misma etiqueta. Por un lado, los servicios memoriales basados en relatos y audios grabados, que reproducen materiales existentes en la voz auténtica de la persona. Por otro, los chatbots generativos, que producen frases nuevas con una personalidad simulada y pueden responder a preguntas que nunca se formularon en vida. Servicios como HereAfter AI se acercan principalmente al primer grupo; otras propuestas experimentales se aproximan al segundo. La distancia entre ambos es enorme: uno recupera, el otro fabrica.

    Qué prometen estos servicios y qué debería inquietarnos

    Las promesas suelen ser tres: conservar recuerdos, ofrecer continuidad simbólica y facilitar el acceso a la voz o a los relatos de quien ya no está. Sobre el papel, resultan atractivas para cualquiera que atraviese una pérdida.

    Sin embargo, “conversar” no significa “recibir un mensaje”. Significa interactuar con una interfaz que genera texto o voz mediante cálculo estadístico. El realismo emocional puede ser tan alto que resulte engañoso: para un usuario vulnerable, una voz sintética que imita el timbre y una grabación auténtica pueden ser indistinguibles, aunque su valor testimonial y su estatus legal sean radicalmente distintos.

    El estudio cualitativo de Hurtado Hurtado y Glynos (2026), que analizó diez relatos periodísticos de usuarios reales y quince entrevistas con usuarios potenciales, describe experiencias de consuelo y sensación de continuidad, pero también ambivalencia ética, preocupación por el realismo y temor a que la simulación sustituya la elaboración del duelo. Los thanabots no son inherentemente benéficos ni dañinos: su efecto depende de si invitan a la reflexión o si se limitan a simular una presencia continuada.

    Cuánto cuestan y qué pasa si dejas de pagar

    No existe un precio estándar. Se trata de una tecnología emergente y todavía minoritaria, sin catálogo estable de planes. Según los rangos publicitados en servicios comparables recogidos en la investigación previa, las tarifas se han movido, de forma orientativa, entre unos 7 y 24 dólares mensuales. Algunas aplicaciones ofrecen además compras únicas de mayor importe. Conviene subrayar que estas cifras cambian según el país, la tienda de aplicaciones y la fecha, por lo que deben tomarse como una referencia aproximada y no como una tarifa universal ni verificada para un servicio concreto.

    A la cuota se suman límites habituales: número máximo de mensajes, minutos de voz disponibles o funciones premium con cargo adicional. Y aquí aparece el matiz que casi nunca figura en la publicidad: pagar una suscripción no equivale a comprar el avatar ni los datos que lo hacen posible. Lo que se adquiere, en muchos casos, es una licencia de acceso sujeta a los términos de uso y a la jurisdicción aplicable.

    ¿Y si se deja de pagar? El servicio puede limitar los mensajes, bloquear funciones, conservar la cuenta durante un periodo de gracia o eliminarla conforme a sus condiciones. No existe una regla general que obligue a entregar al cliente un modelo conversacional portable. Una exportación realmente útil debería incluir, como mínimo, los audios y vídeos originales, las fotografías, los textos aportados, las transcripciones y los metadatos relevantes; descargar solo una transcripción no permite reconstruir el avatar en otra plataforma. Sin portabilidad real, el legado afectivo puede quedar amarrado a un servidor privado.

    Quién aporta los datos: la familia, el fallecido y los terceros que nunca eligieron

    Normalmente los datos los sube el usuario superviviente, un familiar, un albacea digital o la propia persona antes de morir. En la práctica, quien carga los archivos rara vez es su titular exclusivo. Un álbum familiar contiene las voces de varias personas; un correo revela información de terceros; una fotografía puede incluir a menores o a contactos que jamás consintieron su reutilización.

    Mesa familiar con álbumes impresos, fotografías enmarcadas y un móvil con una foto compartida, manos fuera de plano sostenien

    Hay además una distinción de consentimiento que no debe pasarse por alto. El consentimiento del fallecido no es intercambiable con el de la familia, y una autorización no cubre automáticamente cualquier uso. Una persona puede haber permitido conservar sus vídeos, pero no haber autorizado que una IA genere frases nuevas en su nombre. Guardar una grabación y sintetizar discurso inédito son operaciones muy distintas.

    Por eso lo más prudente es exigir un consentimiento específico, informado, revocable y limitado a fines concretos. La cuestión no es solo técnica: es sucesoria y moral. El deseo del fallecido puede entrar en conflicto con el de sus supervivientes, y no siempre en la misma dirección: hay quien pidió borrar todo rastro y quien deseaba conservarlo.

    Quién controla el avatar: propiedad frente a control técnico

    Aquí está, a mi juicio, la palanca decisiva. En la mayoría de los servicios, la empresa opera la infraestructura, el modelo de IA y la cuenta. El usuario puede tener una licencia de uso o un derecho de acceso, pero eso no implica controlar el modelo entrenado, los metadatos, las copias de seguridad ni las futuras versiones del sistema.

    En otras palabras, poseer una fotografía original y controlar técnicamente la representación generada a partir de ella son cosas distintas. La voz y la imagen tienen un valor identificativo y emocional enorme, pero la palanca de control suele quedar en manos del proveedor. Y hay un detalle inquietante: el usuario tampoco controla necesariamente cómo se actualiza el modelo. Cuanto más se modifica, más puede alejarse de los materiales originales y de la imagen que la familia reconocía. La “continuidad” no es lo mismo que la estabilidad.

    Quién se beneficia: el duelo convertido en mercado

    El proveedor puede cobrar por almacenamiento, por generación de respuestas, por clonación de voz o por funciones premium. Alrededor del avatar también pueden orbitar derechos de imagen, autoría, interpretación, marcas, contratos previos o intereses patrimoniales de la herencia. La respuesta a quién gana dinero cambia según el país y según si el servicio emplea materiales de dominio familiar, obras protegidas o la voz identificable del fallecido.

    El giro de fondo es sutil pero profundo: una práctica de memoria se transforma en una relación de consumo recurrente. El precio, los límites de uso y la renovación automática introducen una tensión poco visible, porque el acceso a una representación afectiva pasa a depender de la capacidad de pago de la familia. La revisión sistemática de Soh y colaboradores (2026), que analizó treinta estudios sobre tecnologías digitales aplicadas al duelo, identifica la dependencia como uno de los riesgos recurrentes, sin que ello demuestre que todo thanabot produzca un daño clínico. Conviene no confundir un riesgo señalado con una consecuencia inevitable.

    Qué ocurre si la plataforma cierra o cambia las condiciones

    Un cambio de condiciones puede ampliar los fines de uso, incorporar publicidad, permitir nuevas formas de entrenamiento del modelo o modificar el precio. El usuario debería comprobar si se le exige un consentimiento nuevo, si puede rechazarlo y si existe una vía real para recuperar o borrar los materiales aportados.

    El escenario más delicado es el cierre. Si una empresa quiebra, se disuelve o es adquirida, los datos pueden quedar sujetos a una transferencia empresarial, a un procedimiento concursal o a una política de eliminación variable. La continuidad del avatar no debería darse por garantizada. Por eso los contratos tendrían que indicar con claridad quién actúa como responsable de los datos, cuánto tiempo los conserva, dónde se almacenan, si los vende o comparte y qué sucede tras la terminación del servicio. Dicho de otro modo, una familia puede vincular su memoria a un proveedor privado y perder el acceso justo cuando más lo necesita.

    Oficina con caja de documentos digitales en nube representada por luz, cableado y servidores desenfocados, ambiente inquietan

    La protección de datos parte de una asimetría llamativa. El considerando 27 del Reglamento General de Protección de Datos establece que el RGPD no se aplica a los datos personales de las personas fallecidas y deja la regulación a cada Estado miembro. El resultado es una protección no armonizada para el legado digital. Ahora bien, eso no significa que cualquier material pueda usarse libremente: los archivos suelen contener datos de familiares y terceros vivos, y siguen siendo relevantes los contratos, la propiedad intelectual y los derechos de imagen.

    En España, el artículo 3 de la Ley Orgánica 3/2018 permite que familiares, personas vinculadas de hecho, herederos o personas expresamente designadas soliciten el acceso, la rectificación o la supresión de los datos del fallecido, con límites cuando este lo hubiera prohibido. Aun así, la norma no resuelve por sí sola quién puede ordenar la creación de un avatar generativo ni quién controla el modelo de IA. Francia, por su parte, permite dejar directrices sobre la conservación y comunicación de los datos tras la muerte, mientras que en Estados Unidos la respuesta combina leyes estatales de personalidad, derechos de autor y contratos de plataforma, sin una norma federal única. En todos los casos, el encaje jurídico depende del país, del tipo de dato y de los términos del proveedor.

    Sobre este panorama se superpone una exigencia de transparencia básica: cada respuesta debería identificarse siempre como generada por IA, para que ningún usuario vulnerable confunda un cálculo estadístico con un mensaje del fallecido.

    Qué sabemos de verdad sobre sus efectos en el duelo

    La tentación de vender estas herramientas como consuelo garantizado es evidente, pero la evidencia obliga a la cautela. Ni la revisión de treinta estudios de Soh y colaboradores ni el estudio cualitativo de Hurtado Hurtado y Glynos permiten concluir que los thanabots mejoren el duelo, reduzcan síntomas de forma general o funcionen como una intervención terapéutica validada. Lo que describen son experiencias mixtas: consuelo y continuidad simbólica en algunos casos, dependencia, representación inexacta y preocupación por la privacidad en otros.

    Existen además datos de aceptación potencial que conviene manejar con pinzas. En algunos sondeos, una parte de las personas que han perdido a un ser querido se muestra dispuesta a conversar con un avatar del fallecido. Sin embargo, la disposición a probar algo no mide su eficacia clínica ni su uso real sostenido en el tiempo. Dicho de modo sencillo: un thanabot puede servir como archivo o como ritual simbólico, pero no está avalado como tratamiento.

    Preguntas que toda familia debería hacerse antes de suscribirse

    Antes de contratar un servicio de este tipo, conviene detenerse en algunas cuestiones incómodas. ¿Quién es el responsable legal de los datos y quién puede administrar la cuenta tras la muerte del usuario? ¿El consentimiento autoriza solo el almacenamiento o también la generación de voz, texto e imágenes nuevas? ¿Qué ocurre con los datos de familiares y terceros incluidos en los archivos? ¿Puede la empresa usar esos materiales para entrenar modelos propios o de terceros?

    Y en el plano práctico: ¿se pueden exportar los originales, las transcripciones, el historial y los metadatos en formatos reutilizables? ¿Existe un borrado completo, copias de seguridad incluidas, y cuánto tarda en ejecutarse? ¿Qué sucede si se deja de pagar, si sube el precio o si la plataforma cierra? ¿Puede transferirse la información a otra compañía en una venta o quiebra? Por último, dos preguntas que casi nadie plantea y que resultan esenciales: cómo se identifica siempre que la respuesta procede de una IA y no del fallecido, y qué límites existen para evitar respuestas manipuladoras o que fomenten la dependencia emocional.

    Hacia dónde va esto

    Lo llamativo, cuando uno se aleja del asombro por la voz sintética, no es la imitación en sí, sino la arquitectura de acceso, control y portabilidad que queda en manos de una empresa. Ahí se decide si un recuerdo íntimo sigue siendo nuestro o pasa a ser una función sujeta a una cuenta, un servidor y una política comercial revisable. Si no maduran estándares claros de consentimiento, exportación y borrado, corremos el riesgo de que el duelo dependa de suscripciones y de condiciones que pueden cambiar sin aviso. Quizá la lección más útil sea esta: antes de preguntarnos si queremos escuchar de nuevo esa voz, deberíamos preguntarnos quién la guarda, quién la modifica y quién puede apagarla.

    Referencias

    • Campbell, Stephen M., Pengbo Liu y Sven Nyholm. “Can Chatbots Preserve Our Relationships with the Dead?”. Journal of the American Philosophical Association, vol. 11, núm. 2, junio de 2025, pp. 230-248. Publicado en línea el 10 de febrero de 2025. DOI: 10.1017/apa.2025.1.
    • Hurtado Hurtado, Josué, y Jason Glynos. “Thanabots, fantasy, and the ethics of mourning”. AI & Society, publicado el 6 de julio de 2026. DOI: 10.1007/s00146-026-03200-9.
    • Soh, Xun Ci, Andree Hartanto y cols. “Digital grief technology to support bereavement: A systematic review of potential benefits and risks”. Computers in Human Behavior Reports, vol. 22, 2026, artículo 101148. DOI: 10.1016/j.chbr.2026.101148.
    • Reglamento (UE) 2016/679 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 27 de abril de 2016, considerando 27.
    • España. Ley Orgánica 3/2018, de 5 de diciembre, de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales, artículo 3. Boletín Oficial del Estado, 2018.
  • Se dispararon las búsquedas de “dolor de ojos” en Google tras el eclipse: qué puede ocurrir realmente si miras al Sol sin protección

    Se dispararon las búsquedas de “dolor de ojos” en Google tras el eclipse: qué puede ocurrir realmente si miras al Sol sin protección

    El 12 de agosto de 2026, millones de personas siguieron en España un espectáculo ausente durante más de un siglo en buena parte de la península ibérica. La Luna cruzó el disco solar y, dentro de la franja de totalidad, el paisaje se sumergió por unos instantes en una oscuridad insólita.

    Mientras las fotografías inundaban las redes, Google Trends registró en España una llamativa subida de búsquedas sobre “dolor de ojos”. En Reino Unido, ocurrió algo parecido con expresiones como “eyes hurt” o “my eyes hurt after eclipse”. Pero una búsqueda en internet no equivale a un diagnóstico, ni esos síntomas prueban una lesión.

    La cuestión útil es otra: ¿qué sucede dentro del ojo tras observar el Sol sin las medidas de seguridad necesarias? Responder exige saber cómo vemos, por qué un eclipse propicia una conducta que solemos evitar y qué indicios deberían preocuparnos. Solo entonces cobra sentido aquella inquietud colectiva.

    Google retrató el nerviosismo de los espectadores

    IFLScience ha llamado la atención sobre el repunte español de “dolor de ojos” tras el eclipse. Los datos británicos mostraban una coincidencia semejante y también crecieron expresiones que relacionaban ese malestar con el fenómeno. Google Trends no revela quién observó el Sol ni si sufrió daños; mide el interés relativo, no los historiales médicos.

    La escena tampoco era inédita. Tras el eclipse total estadounidense del 8 de abril de 2024, Ethan Waisberg, Joshua Ong y Andrew Lee analizaron en la revista Eye otro salto de “my eyes hurt”. La expresión se convirtió en tendencia al comenzar el eclipse, y varios de los estados atravesados por su trayectoria registraron algunos de los mayores niveles de interés.

    En España, además, la inquietud llegó a los hospitales. El Gregorio Marañón pasó de unas seis atenciones oftalmológicas nocturnas habituales a cerca de treinta; once comunidades sumaron más de 300 asistencias relacionadas con el eclipse, en su mayoría leves. Esa distancia entre temor y lesión real es justamente lo que conviene aclarar.

    Para comprender qué ocurre hay que viajar al interior del ojo

    Ver parece una acción pasiva, pero el ojo funciona como un sistema óptico refinado. La luz atraviesa la córnea, cruza la pupila —que regula cuánta entra— y alcanza el cristalino, una lente flexible que contribuye al enfoque. El trayecto desemboca en la retina, una fina capa sensible situada al fondo del globo ocular.

    Recreación artística de cómo la luz solar se concentra en la retina y puede provocar una lesión al mirar al Sol directamente. ChatGPT, César Noragueda.

    Pensemos en el conjunto como una cámara biológica. Córnea y cristalino actúan como lentes; la retina cumple, con muchas diferencias, un papel parecido al sensor. Allí, los fotorreceptores transforman esa energía en señales que procesa el cerebro.

    En el centro está la mácula, especializada en apreciar rasgos sutiles. Dentro se encuentra la fóvea, una región minúscula clave para leer o distinguir rostros. Cuando prestamos atención a un detalle, su representación recae sobre esa zona de máxima precisión.

    Ese es el punto vulnerable. El propio ojo concentra la radiación sobre un área diminuta. La retinopatía solar surge cuando una exposición intensa desencadena un deterioro fotoquímico: la luz origina reacciones perjudiciales en células retinianas. “Quemadura” sirve para visualizar el resultado, aunque el mecanismo principal no consiste simplemente en calor.

    La retinopatía solar surge cuando una exposición intensa desencadena un deterioro fotoquímico: la luz origina reacciones perjudiciales en células retinianas.

    El eclipse no vuelve más agresivo al Sol

    La Luna no transforma la radiación solar en algo misteriosamente más potente al colocarse delante. El peligro procede, sobre todo, de nuestra conducta. Cualquier día despejado desviamos enseguida los ojos del astro deslumbrante; en un eclipse, sucede lo contrario: el fenómeno nos invita a observarlo.

    La ocultación parcial genera una engañosa impresión de inocuidad. Aunque solo quede visible una fracción de la fotosfera —la superficie brillante que percibimos—, continúa siendo demasiado intensa para contemplarla directamente con normalidad.

    La NASA recuerda que las fases parciales requieren protección específica y que solo en la totalidad, cuando la Luna tapa por completo el disco y si observador se encuentra dentro de su franja, cabe retirarla en ese breve intervalo. Incluso una pequeña porción descubierta basta para volver inseguro no apartar la vista.

    El eclipse no crea una radiación nueva, diferente ni menos dañina, sino una situación excepcional que anima a prolongar el hecho de quedarse mirando.

    Así, mientras el eclipse oculta temporalmente buena parte de nuestra estrella, multiplica las ganas de dirigir los ojos hacia la misma. Ahí está la trampa: no crea una radiación nueva, diferente ni menos dañina, sino una situación excepcional que anima a prolongar el hecho de quedarse mirando.

    La lesión más seria quizá no avise con dolor

    Nuestra experiencia sugiere una regla tranquilizadora: si algo daña el cuerpo, dolerá y nos apartaremos. Tocamos un objeto caliente y retiramos la mano; entra polvo bajo el párpado y notamos irritación. Con la retina, esa vía de aviso no funciona igual.

    En ciertos casos, la retinopatía solar se desarrolla sin dolor mientras dura la exposición. Ese tejido carece de receptores dolorosos que actúen como una señal inmediata. Por eso, una persona sigue el eclipse, se siente bien y solo más tarde descubre que su visión ya no es la misma. El Hospital Oftalmológico Moorfields de Londres advierte de ese posible retraso.

    La retinopatía solar se desarrolla sin dolor mientras dura la exposición porque ese tejido carece de receptores dolorosos que actúen como una señal inmediata.

    La paradoja aclara aquellas búsquedas en Google. Picor, arenilla, escozor o irritación no equivalen por sí solos a daño retiniano. José Luis Urcelay, jefe de Oftalmología del Hospital Gregorio Marañón, explicó que numerosos pacientes acudieron por esas sensaciones, mientras la lesión característica se traduce en trastornos visuales: “Si realmente hay un daño, se va a manifestar por pérdida de visión central o distorsión manifiesta en percepción de imágenes”.

    En consecuencia, hay que replantearse la cuestión: en vez de pensar si a uno le duelen los ojos, conviene comprobar si ve igual que antes.

    Qué nota una persona si la retina ha sufrido

    Los síntomas relevantes afectan a lo que percibimos: visión borrosa, una mancha oscura central, dificultad para descifrar texto, colores distintos o sensibilidad excesiva a la luz. Algunas personas experimentan metamorfopsia, es decir, una deformación de lo que vemos: una línea recta, por ejemplo, empieza a verse curvada u ondulada.

    Imaginemos a alguien que vuelve a casa tranquilo. Más tarde, desbloquea el móvil y descubre que varias letras se emborronan en el lugar donde intenta leer. Mueve el aparato, parpadea; la anomalía permanece en el mismo sector.

    Esa experiencia permite detectar un escotoma, nombre que recibe una zona ausente o anómala del campo visual. Si ocupa el centro, se interpone justo allí donde intentamos enfocar los detalles.

    La ubicación cuenta: un defecto pequeño en la mácula entorpece tareas cotidianas como entender un texto, conducir o reconocer una cara. La gravedad, por otra parte, no se mide por cuánto duele, sino por qué capacidades visuales han quedado mermadas; y el problema aparece en uno o ambos ojos según cómo se produjo la exposición.

    La gravedad no se mide por cuánto duele, sino por qué capacidades visuales han quedado mermadas.

    Los eclipses anteriores ya habían dejado una advertencia

    El trabajo publicado en Eye tras el eclipse norteamericano de 2024 revisó antecedentes clínicos. Uno de los más reveladores procedía del eclipse total contemplado en Reino Unido en 1999. En el mayor estudio nacional posterior se comunicaron 70 casos de pérdida visual; la mitad quedó documentada en los dos primeros días y el 84 por ciento mostraba inicialmente una anomalía macular.

    La evolución introduce un matiz esencial. Ninguna persona continuó perdiendo visión pasados seis meses. Otra cohorte de veinte pacientes encontró tres escotomas centrales aún presentes a los siete meses, resueltos en el seguimiento a los veintiúno.

    La retinopatía solar no conduce inevitablemente a ceguera permanente, pero tampoco es un simple susto. Las publicaciones especializadas recogen numerosas recuperaciones junto con situaciones en las que persisten secuelas.

    Recreación artística de la alteración visual que puede causar una lesión retiniana, con un escotoma central que dificulta la lectura. ChatGPT, César Noragueda.

    Por otro lado, no existe un tratamiento demostrado capaz de reparar con certeza el tejido deteriorado; prevenir la exposición sigue siendo la herramienta fundamental. El pronóstico depende de la gravedad y varía de una persona a otra.

    Por ello, las advertencias previas no son una formalidad exagerada, sino la principal barrera frente a un perjuicio quizá irreversible. La prevención es crucial porque la medicina diagnostica la lesión, pero no garantiza deshacerla.

    Si miraste al Sol, fíjate en cómo ves después

    Quien haya mirado directamente el Sol sin protección y note un trastorno nuevo debería solicitar una evaluación oftalmológica; sobre todo, ante manchas centrales, desenfoque, deformaciones, cambios cromáticos o disminución de nitidez. La ausencia de dolor no descarta el problema; algunas manifestaciones se demoran varios días.

    El pico de “dolor de ojos” en búsquedas de Google dejó una sombra digital tras el eclipse del 12 de agosto. Reveló temor, pero no permite contar lesiones. Los hospitales españoles registraron muchas visitas y muy pocos cuadros graves en el primer balance.

    Solemos concebir el escozor como una alarma universal que concede tiempo para detener una acción peligrosa. La retina demuestra que el organismo no siempre ofrece esa cortesía: a veces, sufre sin avisar mientras ocurre.

    Comprenderlo va más allá del próximo de acontecimientos astronómicos semejantes: nuestras sensaciones no son un medidor perfecto de seguridad y, a veces, conocer el cuerpo protege mejor que esperar a que proteste.

    Nuestras sensaciones no son un medidor perfecto de seguridad y, a veces, conocer el cuerpo protege mejor que esperar a que proteste.

    Si presencias los eclipses del futuro

    Para los siguientes eclipses, es importante tener bien claro que las gafas de sol convencionales no sirven, aunque parezcan muy oscuras. Los visores solares deben cumplir la norma ISO 12312-2 y estar en buen estado. Prismáticos, telescopios o cámaras necesitan filtros específicos colocados delante de su óptica. También se puede proyectar la imagen del Sol sobre una superficie mediante un pequeño orificio, sin mirar nunca a través de él.

    En las fases parciales, necesitamos una barrera apropiada porque, como decimos, únicamente durante la totalidad puede contemplarse la corona sin filtros. Pero no hace falta apurar ese momento: si existe alguna duda sobre cuándo reaparecerá el primer fragmento brillante, lo prudente es mantener la protección.

    Referencias

  • Del chiringuito al biquini: la historia oculta de las palabras del verano en español

    Del chiringuito al biquini: la historia oculta de las palabras del verano en español

    En cualquier paseo marítimo español de agosto conviven, sin saberlo, un conflicto dinástico del siglo XIX, una travesía atlántica de ida y vuelta y un episodio de la guerra nuclear. Un grupo de “guiris” en chanclas pide “un refresco” en un “chiringuito” mientras un camarero local comenta la escena con una sonrisa de medio lado. Ninguna de esas palabras que hoy utilizamos casi sin pensar, sin embargo, guarda el mismo significado que tenía en su origen.

    Ese es el fenómeno que interesa a la lingüística social del verano: no tanto qué designan estas palabras, sino qué relación de poder revelan entre quien habla y lo que se nombra. Según recoge la Academia Canaria de la Lengua, varias de las voces más repetidas en la costa española proceden de guerras, travesías coloniales o cruces dialectales que nada tenían que ver con el turismo. De la trinchera carlista a la sombrilla playera, este recorrido reconstruye el viaje semántico de seis palabras cotidianas.

    Refresco y playa
    Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

    El lenguaje veraniego como termómetro social

    El vocabulario de la costa funciona como un pequeño sismógrafo de las tensiones que genera el turismo de masas. Una misma palabra puede describir un objeto o una bebida y, sin embargo, transformarse en una etiqueta que agrupa e incluso estigmatiza a millones de personas.

    La diferencia entre decir “un turista pidió un refresco” y “los guiris invaden la playa” no deriva únicamente del registro. La primera frase describe una acción concreta. La segunda convierte una experiencia individual en un rasgo colectivo, con una carga semántica que bebe de las imágenes bélicas. Entender el origen de estas palabras es, por tanto, una herramienta para detectar cuándo el lenguaje deja de describir y empieza a clasificar.

    De “guiristino” a “guiri”: una guerra civil que dio nombre al turista

    El caso más revelador es el de guiri. La voz es un acortamiento de guiristino, forma que a su vez deforma cristino, término con el que se designaba en el siglo XIX a los partidarios de la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias. El marco histórico es la Primera Guerra Carlista, iniciada en 1833, un conflicto dinástico que dividió España durante varios años.

    En las zonas vascófonas, “cristino” se habría pronunciado “guiristino”, de ahí el acortamiento a “guiri”. El salto semántico posterior, que pasó de nombrar a un bando político decimonónico a designar a cualquier visitante extranjero, fascina a la lingüística histórica: la etiqueta sobrevivió casi dos siglos al conflicto que la originó.

    Guiri procede de guiristino, deformación de cristino, término con el que se designaba en el siglo XIX a los partidarios de la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.

    Paseo marítimo español en agosto, camarero sirviendo vaso de bebida en terraza junto a arena; turistas con chanclas miran el

    Chiringuito: del chorrito canario al negocio opaco

    Si “guiri” ha logrado viajar desde el País Vasco hasta la playa, el término chiringuito ha recorrido un trayecto aún más largo a través del Atlántico. En Cuba, la palabra se registró con el sentido de “trago de una bebida alcohólica”. En Canarias, por su parte, adquirió el significado de “chorrito menudo”, quizás por asociación con “chinguito” (chingo alude al chorro fino de un líquido).

    De esos usos insulares y caribeños, el término se fijó en el español peninsular con su sentido más familiar: un quiosco de bebidas al aire libre, vinculado a la arena y al ocio informal. En el uso periodístico actual, “chiringuito” adquirió un segundo significado figurado para describir una estructura opaca creada para beneficiar a un grupo reducido.

    En Cuba, la palabra chiringuito se registró con el sentido de “trago de una bebida alcohólica”.

    Refresco: cuando el registro decide el significado

    Frente a la carga histórica de “guiri” y “chiringuito”, refresco parece una palabra inofensiva. El Diccionario del estudiante de la RAE la define como “bebida refrescante, generalmente sin alcohol”, pero recoge también una acepción menos conocida: “bebida y comida ligera que se sirven en una reunión”. El significado depende, otra vez, del contexto social.

    Del biquini al veraneante: otras palabras que llegaron para quedarse

    El campo semántico del verano en la lengua española va más allá del “guiri” y el “chiringuito”. El biquini (forma que la RAE recomienda frente al anglicismo “bikini”) nació en 1946, cuando el diseñador francés Louis Réard bautizó así su traje de baño de dos piezas. Eligió el nombre del atolón de Bikini, en las Islas Marshall, donde Estados Unidos había realizado pocos días antes una prueba nuclear: quería que su diseño causara un impacto igual de explosivo.

    El veraneante, en cambio, es una palabra de fabricación puramente castiza. Deriva de “veranear”, una práctica burguesa del siglo XIX que consistía en trasladarse a la costa o a la sierra durante los meses cálidos. A diferencia de “guiri”, nunca adquirió una carga peyorativa comparable, quizá porque describía una costumbre propia antes que ajena.

    Por último, sombrilla ilustra un proceso de nomenclatura más sencillo. Es un simple diminutivo de “sombra”. Su simplicidad etimológica contrasta con la complejidad histórica de sus vecinas de playa y recuerda que no todas las palabras del verano reflejan un conflicto.

    El diseñador francés Louis Réard bautizó como “biquini” su traje de baño de dos piezas inspirándose en el atolón de Bikini, donde Estados Unidos había realizado pocos días antes una prueba nuclear.

    Playa
    Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

    Hablar de turismo sin caer en el cliché

    De este recorrido, que conduce de una guerra carlista a una prueba nuclear en el Pacífico, se desprende una conclusión aplicable a cualquier texto sobre turismo. Las palabras del verano no son neutras: arrastran siglos de historia y, en cada uso, deciden si describimos o si etiquetamos.

    Referencias

    • Diccionario de la lengua española. URL: https://dle.rae.es/
    • Le Béguec, Jordan. 2025. “El imagotipo guiri en los memes de las redes sociales: representaciones identitarias vinculadas con la nordicidad.” Imaginarios boreales en España y América Latina, pp. 195-220.