Dos hechos, al menos, llamaron la atención del periodista, historiador y académico Alfredo Sepúlveda (Santiago, 56 años), antes de investigar para su recién lanzado libro, Piñera. Un lugar en la historia (Sudamericana, de la editorial Penguin Random House), un ensayo en el que entra en la figura política del dos veces expresidente de Chile de la derecha tradicional (2010-2014, 2018-2022). Uno, fue cuando en 2009 una universidad en la que daba clases de Periodismo, un estudiante le gritó varios garabatos, además de “¡millonario!”, a Sebastián Piñera como una manera de ofenderlo, cuando entraba como invitado a una charla, mientras era candidato. Otro, más de fondo, fue por su papel político en medio de la crisis desatada tras el estallido social de 2019.
Sepúlveda recuerda que sintió “empatía” cuando a Piñera le gritaron. “Sin ser santo de mi devoción, simpaticé en ese momento con él”, señala. “Para mí fue extraño, como un despertar de un nuevo tiempo político que él fuera recibido así en una casa de estudio, en un lugar plural en el que se suponía que tenía que haber discurso libre y respetuoso”.
En su libro, el autor cuenta que fue concertacionista y que no votó por Piñera la primera vez, pero sí la segunda. “Estuve muy enojado con él después del estallido; me parecía que, como presidente de la República, aunque era un desafío gigantesco, no había estado a la altura: no podía ser que los valores de la transición democrática se hubieran ido de tal manera por el caño; era su responsabilidad mantenerlos”. Pero, “con el paso del tiempo, lo revaloricé, aunque no puedo dar cuenta de cuándo comencé a pensar en Piñera desde una nueva perspectiva: la de un presidente que había salvado la democracia” en la crisis de 2019.
Tras la muerte del exmandatario, el 6 de febrero de 2024, en un accidente en su helicóptero, Sepúlveda lo miró, definitivamente, de otra manera: “No sé si reconciliado es la palabra, porque no lo conocí, pero entendí que había tenido una perspectiva sobre lo que fue el estallido y su papel en él”.
Pregunta. En su libro cita una frase de Octavio Paz: “Querer ser moderno parece una locura: estamos condenados a serlo, ya que el futuro y el pasado, no están vedados”. ¿Cómo se relaciona esto con Piñera?
Respuesta. La definición de modernidad que ocupo, y que me gusta mucho, es la de Marshall Berman, que dice que en realidad la modernidad es un periodo histórico determinado, pero también una forma de vivir la historia en la que todo se construye y se destruye al mismo tiempo. Y por eso me gusta esa frase de Paz, porque él también capta eso. Ciertamente, la trayectoria Piñera me hace pensar de inmediato en esta maldición de la modernidad que han enfrentado todos los presidentes republicanos de nuestra historia.
P. ¿Cuál es en el caso de Piñera?
R. Él sufre una aceleración del tiempo histórico en sus dos Gobiernos y mucho más fuerte en el estallido en 2019. Es una forma especial de cambio que es muy violenta, muy radical, que pareciera que todo lo que valía ayer, al día siguiente ya se ha caído y que estamos frente a un territorio desconocido. Eso lo vive con especial fuerza. Lo sobrevive, digamos. Pero también es una modernidad y un cambio acelerados.

P. ¿Cómo se explica que en sus dos Gobiernos hubiese movilizaciones fuertes? En 2011 el movimiento estudiantil y en 2019 el estallido social.
R. Si lo dijera coloquialmente, podría decir que tuvo mala suerte, porque el tiempo histórico le cambia. La reglas que existían en la época de la transición a la democracia en los 90, la Concertación, cambian a partir de 2010 y él ese cambio lo resiste, pero no lo acepta. Es lo que yo llamo la sociedad de los derechos, un corpus de ideas hegemónico que a partir de 2011 empieza con mucha fuerza a ganar partido en la política chilena, que es esta idea de la sociedad de los derechos frente al proyecto que tenía él de legitimación del mercado a través de la democracia. Fue frente a esta segunda parte de la Concertación, que él siempre tuvo en la cabeza y que era su horizonte de expectativa deseable.
P. ¿Cómo sitúa en ese sentido a Piñera?
R. Él se ve como parte de la democracia de los años 90, pese a que fue opositor a los gobiernos de la Concertación. Ve que los pactos democráticos de 1990, que vienen de una derecha democrática que conversa, es algo de lo que orgullosamente es parte. Ese modelo él quería iterarlo, por decirlo así, y darle una nueva vida. Entonces, lo que yo digo en el libro es que, si los años de la Concertación fueron la legitimación de la democracia a través del mercado y crecimiento económico, lo que él va a proponer en sus proyectos políticos es la legitimación del mercado a través de la democracia. Y va a poner al mercado en primer lugar. La meta era el desarrollo, y siempre la tuvo en la cabeza.
“Kast admira el régimen militar”
P. En la derecha, Piñera en la práctica fue el único que fue opositor a Pinochet. ¿Eso lo validaba?
R. Al principio. Para él eso es importante, pero no central. En los 90, en lo que él escribe y dice en sus intervenciones legislativas [como senador] no deja de reconocer que votó por el No [a Pinochet en el plebiscito de 1988], pero siempre trata de hablar del futuro. En la derecha en general hay un punto de encuentro bastante grande, que es dejar de mirar hacia 1973. En eso coincide con Piñera, pero él mantuvo esa identidad de haber sido opositor a Pinochet, de respetar los derechos humanos y de hablar de los cómplices pasivos [del golpe de Estado]. Hoy la derecha se ha transformado en un espacio amplio y Piñera es quien amplía ese espacio y lo lleva al centro.
P. Piñera tenía admiración por Patricio Aylwin (1990-1994), el primer mandatario de la transición.
R. Su admiración era súper clara. Para él, Aylwin es lo mejor de la primera parte de la Concertación. No le guardaba mucha simpatía ni a Ricardo Lagos ni a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, nunca habló mucho de ellos, pero de Aylwin hasta tenía un retrato.
P. ¿En qué basaba esa admiración por Aylwin?
R. Primero, por la cuestión de su familia, que era democratacristiana. Pero, en términos políticos, Piñera se consideraba así mismo como la segunda transición, como parte de la misma corriente histórica que debutó con la Concertación, que es democracia más mercado. Y siempre tuvo ahí a Aylwin como tótem.

P. El presidente José Antonio Kast tiene como referencia a Diego Portales.
R. Portales es un símbolo entendido por el uso del orden y de la idea de la fundación de un espacio de orden. Lo que pasa es que, en la trayectoria de Kast, él tiene una admiración por el régimen militar, pero eso no lo puede expresar políticamente hoy porque es presidente de la República. Entonces, mira hacia donde miraba Pinochet también, que era Portales, con una refundación del país a partir del orden.
P. Piñera fue el primer presidente de derecha después de cuatro gobiernos de centroizquierda, y Kast el primero tras una Administración de izquierda. ¿Hay una similitud en sus arranques?
R. Yo creo que, conceptualmente, Piñera está bien a la izquierda de la derecha. Pero hubo una conveniencia electoral y se fueron con él [la UDI]. Pero Piñera no parece que fuera un neoliberal, no estaba a favor del partido militar; no era un fanático de la Constitución de 1980; siempre estuvo a favor de reformarla. Es decir, cree que en todas las cosas de que el Estado tiene que ser redistributivo y no cree que el mercado arregle todo. Pero Piñera tenía una coincidencia muy importante con sus socios: el sistema económico. Es lo que yo llamo en el libro, “economía de mercado con correcciones de parte del Estado” y no neoliberalismo, porque no creo que sea así.
P. ¿Cómo es Piñera en relación a Kast?
R. Si se compara con el Kast candidato de las dos veces que no salió, son completamente distintos. Kast cree que en el partido militar y no sé si cree todavía en la democracia protegida, pero creyó firmemente en eso. Dentro de la visión amplia de la derecha chilena, Piñera y Kast son como agua y aceite. No les veo muchos de coincidencia.
P. ¿En qué sentido?
R. La derecha chilena ha ido ampliándose, pero para el lado que representaba Piñera, hacia el centro. Ahora, las dos cosas están en el mismo recipiente. Yo no he escuchado una definición de Kast estructurada y sistemática sobre el sistema económico, pero creo que ambos tienen en común la idea que la economía abierta que tiene Chile desde 1990 es algo que vale la pena mantener. Las cosas que me parecen diferentes son más bien tácticas. Por ejemplo, no sé si Piñera hubiese presentado el concepto de Gobierno de emergencia [de Kast].
P. ¿Por qué?
R. Piñera habría sido más ambicioso, y habría presentado un proyecto político que no tiene que ver tanto con la emergencia, sino de 20 a 30 años hacia adelante. En el libro yo digo que Piñera tiene esta enfermedad de que es un optimista de la historia. Cree en el progreso y, en ese sentido, es un progresista, porque piensa que el futuro nos va a llevar a un lugar mejor. Por lo menos en lo que se ve hoy en su proyecto, Kast tiene un Gobierno que tiene como referencia al anterior [de Gabriel Boric] y soluciona los problemas que dejó y eso es lo que llama Gobierno de emergencia. Donde Piñera hubiese sido estratégico, Kast es absolutamente táctico.
P. El 12 de marzo, cuando ya era presidente, Kast dijo: “Si Piñera no hubiese tenido ese fatal accidente, yo no estaría acá”. ¿Hacia dónde se proyectaba políticamente?
R. Estoy seguro de que iba hacia una candidatura, por su biografía, su naturaleza y su característica personal competitiva. Él tenía que ganar. No sé si las condiciones políticas habrían materializado esa candidatura, pero es seguro que Piñera hubiese ido contra Kast.

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