«No me muevo por encuestas, ni cuando estoy bien ni cuando estoy mal. Me mueve el trabajo. Tengo una meta, voy a trabajar. Por todo lo que hemos hecho en este Brasil tengo la certeza de que vamos a ganar estas elecciones», aseguró en el podcast «Desce a Letra Show» el mandatario de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Confiado en el reconocimiento de su legado, busca la reelección a sus 80 años, con dos episodios de cáncer vencidos, una prótesis de cadera encima y la experiencia de 580 días de prisión por la causa Lavajato. Con su último adversario preso, el apellido Bolsonaro envuelto en líos y la derecha más bien dispersa, hasta hace unos meses, muchos daban por descontado que Lula podría ganar en primera vuelta; sin embargo, hoy no tiene asegurado el triunfo ni en la segunda ronda.
Si bien el presidente y candidato progresista ha ampliado ligeramente su ventaja en los sondeos de intención de voto en la primera vuelta sobre el senador ultraderechista Flavio Bolsonaro, ambos continúan en un empate técnico de cara a una eventual segunda ronda electoral, según dos encuestas publicadas el día 28 de septiembre. La encuesta de Quaest, encargada por el diario local «O Globo» y «TV Globo», revela que Lula cuenta con el 42% de la intención de voto en primera vuelta, frente al 37% de Flavio Bolsonaro, hijo mayor del expresidente apresado por golpista, Jair Bolsonaro. La semana pasada, la diferencia era de cuatro puntos: 37% para el mandatario y 33% para su rival. En el escenario de una segunda vuelta, Lula y Bolsonaro comparten el 42,0% del voto.
Son alrededor de 158 millones los brasileños que están llamados a votar el domingo 4 de octubre y, en los días finales de campaña, Lula suma esfuerzos para captar los votos de los indecisos y apelar al «voto útil» desde los bastiones de otros candidatos. Con miras a esa conquista de nuevos votos, la semana pasada, el presidente candidato incrementó el monto del programa social «Bolsa Familia», orientado a los más pobres, y pasó de otorgar 600 reales (unos 100 euros) a 691 reales (120 euros), a las familias más empobrecidas. El ministro de Hacienda, Dario Durigan, mencionó que esta subida se da dentro de la estrategia del Gobierno de «cuidar» a las familias más pobres y para que «retomen» el poder adquisitivo.
El impacto fiscal será de 5.800 millones de reales (unos 1.120 millones de dólares) para lo que queda del año y de alrededor de 22.000 millones de reales (unos 4.260 millones de dólares) en 2027, según las estimaciones del Gobierno. Lula también ha anunciado otras medidas, como los créditos para taxistas y subsidios a los combustibles para suavizar los efectos de la inflación.
Para algunos analistas, esta subida en el «Bolsa Familia», exitoso programa de ayuda gubernamental que fue creado en el 2003, durante el primer mandato presidencial de Lula y que ayudó a reducir drásticamente la pobreza, se asemeja a la estrategia de su predecesor Jair Bolsonaro, quien fue muy criticado por también aumentar las ayudas sociales a pocas semanas de los comicios del año 2022. Lula ha reconocido que son otros tiempos los que enfrenta en esta campaña y que su país atraviesa un momento político muy diferente al de décadas anteriores, marcado por la difusión de información falsa y por el aumento del enfrentamiento.
«La política tenía rivalidad, pero no tenía el odio extendido como está hoy, porque hoy es odio y mentira. Difusión de mentiras 24 horas por día», señaló en una entrevista hace unos días.
«La mentira vuela y la verdad va muy lenta (…), pero pienso que vamos a ganar esa disputa haciendo que la verdad derrote a la mentira. La mentira tiene un tiempo, tiene las patas cortas», afirmó Lula da Silva, convencido de los nuevos tiempos de redes sociales, fake news, bots y desinformación.
Ha señalado además a Donald Trump de estar empujando la campaña a favor de Bolsonaro. «Hay un movimiento mundial hoy de crecimiento de la extrema derecha en todo el mundo, que tiene como referencia al presidente de Estados Unidos. Él es hoy el gran gurú de la extrema derecha y ha intentado fomentar eso en varias partes del mundo, en Asia, América Latina y Europa», afirmó Lula. La arremetida del inquilino de la Casa Blanca contra Lula, tras la detención de Jair Bolsonaro, y el aumento geométrico de los aranceles que afectó a la economía brasilera, oxigenó, de alguna manera, la figura de Lula, quien hizo de la defensa de la soberanía e independencia de su país, uno de los ejes de su campaña.
En tiempos electorales, los reclamos de gran parte de los brasileños son la inseguridad y el costo de vida. Lula ha tratado de ventilar algunos de los resultados de su gestión para cosechar más apoyo electoral: el desempleo descendió a mínimos históricos y millones de personas salieron de la pobreza; el Gobierno elevó el salario mínimo por encima de la inflación y aprobó la exención del impuesto sobre la renta para quienes ganan hasta 5.000 reales mensuales (960 dólares aproximadamente).
El mandatario también va tras el voto de los evangélicos, que en su país representan casi el 30% de la población. Ha intentado dialogar con ese sector, pero ha sido vista como una estrategia fallida por tardía y porque se da solo en época electoral. En cambio, la derecha más conservadora sí tiene acceso permanente y comunicación directa al interior de esas comunidades.
Lula Da Silva esta semana se juega su última chance. El mismo que pasó de ser un vendedor ambulante y lustrabotas a un obrero metalúrgico que perdió un dedo meñique en un accidente laboral a los 17 años. Ese obrero llegó por primera vez a la Presidencia en 2002 y ahora es un referente histórico en toda Latinoamérica. Curtido con tres derrotas y otros tres triunfos electorales, dijo en 2022 que sería su última elección, pero cambió de opinión sobre la marcha y sus seguidores lo volvieron a aclamar como el candidato indiscutible y casi eterno del Partido de los Trabajadores, que él mismo fundó. De sus dos pretendidos sucesores no hay muy buenos recuerdos: Dilma Rousseff terminó destituida y Fernando Haddad, quien lo reemplazó en 2018, perdió frente a Jair Bolsonaro.
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